viernes, 24 de junio de 2011

Viernes 24 de Junio de 2011...

Hoy hice las paces con mi vecino, Popescu. Toda la semana estuve avergonzado por lo que había hecho y quería disculparme, pero realmente no me animaba. Hasta que hoy, cuando regresé del trabajo, junté coraje y le toque el timbre (Era eso o ver cumplida la amenaza de mi madre que me advirtió que, si para el viernes, no me había disculpado con Don Popescu, le daba “las revistitas” a un cartonero… “Las revistitas”, como ella las llama, son nada más ni nada menos que mi colección de comics. ¡Revistitas, por favor!). De modo que ante la extorción tuve que hacer caso omiso de mi vergüenza y mi temor y le toqué el timbre.
La puerta se abrió de inmediato, como si el tipo me hubiese estado esperando junto a ella. La figura alta y desgarbada de Popescu se asomó de pronto, luciendo un soberbio traje negro y una corbata roja. Su rostro pálido e inexpresivo, su cabeza totalmente calva, me obligaron a pensar nuevamente en él como en un vampiro y estuve a punto de salir disparando una vez más. Encima, la corbata roja, completaba el efecto y la imagen de su labio chorreando sangre de la otra noche ocupó mi mente. Me olvidé de contarles, el misterio de la comisura del labio sangrando también tenía su explicación sencilla. El pobre viejo intentando bajar el pesado ropero, se golpeó con él en el rostro y le sangró…
La cuestión es que ahí me encontraba yo, frente a mi vecino que me miraba sin parpadear, en distinta posición que hace unos días atrás pero igual de aterrado. Detrás suyo podía apreciarse el cirio rojo encendido y parte del enorme retrato de Drácula, el histórico, claro. En el aire flotaban los sones salvajes de la música balcánica. Sonreí como pude.
- ¡Eh!... Buenas, jefe… -comencé a traspirar- Linda música… Eh, no, en realidad vengo a pedirle perdón… -tragué saliva y sentí como si un bolón de acero me bajara por la tráquea-. La verdad… es que estuve mal… Sinceramente yo creí que usted era un vampiro… Usted va a pensar: “¡Este tipo está loco!”, pero yo le juro que no –miraba el piso, no me animaba a mirarlo a él directamente a la cara, y a medida que hablaba agarraba envión y saqué todo lo que tenía adentro de un tirón. Las cosas feas o dolorosas es mejor hacerlas así, de un tirón, para que pasen rápido-. Tengo problemas, ¿sabe? El trabajo, ¿vio? La vida moderna, el estrés…
De pronto, el viejo lanzó una carcajada de lo más divertida y comenzó a reírse sin parar por un buen rato mientras yo lo miraba incrédulo con una expresión mezcla de sorpresa. Tanto se rió que hasta sus mejillas pálidas cobraron color.
- ¿Un vampirro? –dijo de pronto aun entre risas y abscesos de tos-. ¡¿Un vampirro?! ¡Ja, ja! Me han dicho cosas a lo larrgo de mi vida, perro ¿vampirro? Nunca…
- Me imagino –reconocí-. ¡Bueh! Yo sólo quería disculparme y que sepa que no era nada personal… Sólo creí que la seguridad de mi familia y la mía propia estaba siendo amenazadas…
- ¡Pasa! –me pidió por respuesta-. Entrra a tomarr un trrago conmigo, muchacho…
- No es que… -me quise excusar, pero el viejo fue inflexible.
- ¡Pasa, te he dicho!
Nos acomodamos en una pequeña salita donde tenía dos antiguos sillones separados por una mesita donde se apoyaba un mapamundi. Desde mi posición podía ver el cuadro de Drácula.
La casa de Popescu era vieja, pero bien mantenida. Una de esas casas de los años treinta, de habitaciones enormes y techos altos. Cada estancia estaba recargada con cosas de una antigüedad incalculable. Parecía un prestigioso museo más que la casa de un vecino de un barrio del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
Se fue un par de minutos y regresó sosteniendo una bandejita de metal con una botella de licor y dos copitas.
- Beberremos este licor que me enseñó mi madre a fabrricarr, y brrindarremos porr los vampirros.
El viejo volvió a soltar la carcajada. Una carcajada sonora y grave, como su voz.
Resultó ser un tipo bastante animado. Después de un breve lapso de silencio, fue él quien comenzó a hablar. Era viudo. Su mujer falleció hace seis meses, por eso se había mudado acá. Su antigua casa le recordaba a ella. Antes vivía en Belgrano. Es músico de profesión, toca el violoncelo y, aunque prefiere “ejecutar” música clásica (así me dijo: “ejecutar”), ahora integra una orquesta de tango (que le gusta mucho, sobre todo Darienzo). En vida de su mujer, comenzaron a comprar objetos antiguos que le recordaran su patria (ellos habían escapado de Rumania cuando el muro de hierro se alzaba dividiendo el mundo), y poco a poco se les fue haciendo un hábito y sin querer se convirtió en una afición. Llegaron a tener una colección enorme de cosas hasta que vendieron muchas durante la crisis del 2001. Ahora él sigue para honrar la memoria de su esposa. El cuadro de Vlad Tepes lo habían adquirido en un viaje que hicieron  por Europa del este, pero curiosamente no lo compraron en Rumania o Hungría sino en Turquía, en Estambul.
- Ese rretrrato erra el prreferrido de mi señorra esposa –me explicó con un dolor insondable en su voz-. Porr esa rrazón cada noche le enciendo el cirrio rrojo…
- Al final parece que tenemos varias cosas en común –le dije después de un rato en que lo dedicamos a disfrutar de una segunda copita de tuica (nota: la tuica es un aguardiente de ciruela  típica de Rumania, de muy alta graduación alcohólica), otra vez el alcohol me hacía soltar la lengua más de lo debido-. Yo también soy coleccionista y, también sufro por una mujer…
- ¡Ah, vaya! ¿Coleccionista? –preguntó y se bebió de un trago na nueva copita-. ¿Coleccionista de qué?
- De arte…
- ¡Ah! Pinturra…
- No, comics…
- Interresante… ¿Y también has perrdido mujerr, porr esa rrazón vives con madrre y herrmana? 
- Sí… No… Parecido… -me tomé la tercera copita de un trago como había hecho él ¡me quemó el estómago!-. Eh, mi mujer me echó…
- Entonces el muerrto en vida erres tú… -acotó el viejo meneando la cabeza…
Al final pedimos pizza y nos quedamos jugando al mus (que el me enseñó a jugar; yo prometí enseñarle a jugar Magic). Acabo de llegar hace un rato, aún estoy mareado por la tuica, por eso me decidí a escribirles ahora, para que se me pase un poco la acción del alcohol y pueda acostarme como Dios manda.
A veces el destino nos coloca en caminos insospechados. Un día creemos que vamos en una dirección, pero en un instante estamos recorriendo la mano contraria de la carretera. Sino díganle a Eph, el protagonista de “Nocturna”, un día era un doctor prestigioso que trabajaba en el Organismo de Control de Epidemias de New York, y de un momento a otro se encontró con que había dejado de serlo para dedicarse a cazar vampiros… Y nunca encajaría mejor una comparación. Claro que mi vida como cazador de vampiros casi termina en homicidio agravado. Toda esta semana me estuve imaginando los titulares: “Pandilla de locos jugadores de rol matan a anciano y hacen realidad el juego”

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