jueves, 28 de julio de 2011

Jueves 28 de julio de 2011...



                Las cosas volvieron a su cause normal. Es decir, nuevamente estoy sin trabajo, la cofradía volvió a reunirse (y pudimos eliminar la maldición), y el encuentro con Mariela resultó en otro desastre… Creo que no está en nuestros destinos estar juntos.
                Comenzaré por la buena noticia. Nos reunimos con la Cofradía de los Pobres Caballeros Resignados el martes por la noche, aprovechando que yo ya había quedado dispensado de mis servicios para la Sociedad de Ornitólogos de San Onofre… Hablando de eso, volvía recibir una paloma en mi casa con un mensaje… Ya me estoy sintiendo un poco Harry Potter. La nota decía: “Por el Gran Pájaro Dodo que nos vengaremos de usted”. Pero, retomo lo de la Cofradía. Como de costumbre la reunión fue en el departamento de Tony, y una vez más contamos con la presencia de Marcelo, aunque se lo veía bastante desanimado (y no precisamente por tener que haber creado un nuevo personaje: un nuevo bardo de poco nivel que para nada llegaría a parecerse al mítico Odaesh entre cuyas proezas contaba con: haber encantado a un Cíclope con una canción improvisando un laúd con un fémur de vaca y las tanzas de pescar de Steelstrong; o haber sido condenado a muerte en un pueblo al sur  de Eberrom cuando quiso entretener al gobernador local y a sus hijas con unas canciones y su ejecución fue la más pésima que se recordará en cien años). De inmediato comenzamos a discutir acerca de la maldición que, como bien sabíamos, no habíamos logrado erradicarla con el sacrificio de Odaesh. Al igual que en la novela de Canal 13, habíamos errado el sacrificio, por eso la maldición continuaba. De hecho, a los cinco minutos de reunirnos comenzamos a pelear.
                Marcelo había decidido blanquear la situación de Gladys, de modo que en un momento, pidió nuestra atención, le dio un largo trago a su gaseosa y nos dijo:
                - Hace algunas semanas, conocía a alguien; alguien del cual me enamoré con pasión –hizo una pausa, miró al piso pero luego alzó la vista y continuó-. Pero esa persona no era quien decía ser, me engañó y me partió el corazón.
                - Y… -intervino Tony dando un manotazo a la mesa- ¡Son todas unas traidoras, como yo digo! ¡Las mujeres son traidoras por naturaleza! ¡Eva, Dalila, Guinevere, Malinche, Silvia Suller…!
                - ¡Pará! –lo cortó Marcelo-. Gladys no es una mujer…
                - Ya sé es una yegua esa…
                - ¡No! ¡Dejame terminar! –gritó Marcelo, pero se compuso enseguida y agregó con el mismo aplomo de recién:- Gladys es un hombre… Un travesti…
                - ¡Uh, Marce…! –se lamentó Pedro.
                - ¡¿Uh, qué?! –preguntó intrigado Tony-. ¿Qué tiene de malo? Dos por tres me voy al Rosedal yo…
                - Eso es lo que pienso yo –coincidió esta vez Marcelo-. Y ahí me surgieron muchos interrogantes: ¿Importa que sea travesti? ¿Los momentos felices que pasé mientras ignoraba su condición se borraron al saberlo? ¿Acaso no me siento aun enamorado, a pesar de todo? ¿Grondona unifica los torneos porque descendió River? ¿Sirven para algo las Primarias obligatorias? Y llegué a una conclusión: aun amo a Gladys y no me importa que sea travesti… ¿Acaso Pablo Goycochea no es feliz con Flor de la V? Yo soy feliz con Gladys, ella me dio lo que mi esposa no pudo darme en cinco años de casados…
                - ¡Flor de bufarra resultaste ser vos, eh! –lo interrumpió de pronto Claudio y todos estallaron en risas, perdón estallamos. Marcelo ofendido saltó sobre Claudio y se enzarzaron en una nueva refriega. Sin esperar un segundo, Pedro y Alan se metieron, uno ayudando a Marcelo, el otro a Claudio. Tony, mientras se encendía su chala de cada día (bueno iría por la décima del día, calculo yo), se mataba de la risa al verlos pelear. Yo no sabía qué hacer, hasta que miré el libro, el Manual del Jugador, allí sobre la mesa, con su caballero armado cabalgando con su corcel, su yelmo alado y su espada sostenida en alto con ambas manos. Miré la pelea y miré el libro alternativamente; un nudo me iba oprimiendo el estómago a medida que miraba e iba comprendiendo lo que debía hacer… El sacrificio era el libro… Me puse de pie como un rayo, le arrebaté el encendedor a Tony sostuve el libro en vilo por una de las tapas y, acerqué la llama a las puntas de las hojas que colgaban. El fuego agarró rápido y ascendió con velocidad. Tuve que dejarlo caer al piso para no quemarme. Ahí fue cuando Tony reaccionó.
                - ¡¿Qué haces loco de mierda?! ¡El libro! ¡El libro! –exclamó como un poseso y comenzó a sacudir a los otros para que dejasen de pelear y vieran el sacrilegio que acaba de cometer. De alguna manera, esto me hizo recordar mi experiencia en la Biblioteca…
                - ¡Nooo! ¡El libro! ¡Es casi un incunable ese libro! –se lamentó Alan tomándose la cabeza.
                - ¡El libro! ¡El libro! –no cesaba de repetir Tony como alienado. Se había sentado de nuevo y, con ambos brazos apoyados en sus rodillas, estaba inclinado hacia delante, con la cabeza gacha sacudiéndola de una forma lenta y acompasada, como queriendo negar esa realidad que estaba viviendo.
                Lo cierto es que cuando el libro fue devorado por las llamas completamente y yo les expliqué que había descubierto que ese era el sacrificio (no me pregunten cómo lo supe, pero lo supe. Fue como una especie de voz que me lo sopló dentro de mi cabeza), todos lo entendieron y se tranquilizaron.
                - ¡¿Qué vamos a hacer ahora?! –quiso saber Alan- ¿A qué jugaremos?
                - No tiene por qué detenerse el juego porque falte el libro… -sugirió Pedro.
                - ¡Claro! –el rostro de Claudio se iluminó-. ¡Hace años que venimos jugando a esto! ¡Todo lo que se refiere a reglas lo conocemos de memoria! –y ahí nomás se puso a recitar:- “La Secuencia de Combate: 1) El DM decide qué acciones emprenderán los monstruos o PJNs, incluido el lanzar conjuros (si se tercia)”
                - “2) –continuó Tony y se puso de pie-. Los jugadores indican lo que harán sus personajes, incluido el lanzar conjuros (si se tercia)”.
                - “3) Se determina la iniciativa” –añadió Marcelo sonriente y apoyo una mano en el hombro de Alan.
                - “4)Los ataques se efectuarán –dijo Alan también poniéndose de pie- por orden de iniciativa…”
                - “Estos pasos son seguidos hasta que se termina el combate –tercié yo y apoyé una mano en el otro hombro de Alan-… hasta que un lado resulta derrotado, se rinde o huye.”
                Los seis terminamos formando un círculo, todos de pie y apoyando su mano derecha en el hombro de quien tenía a su lado. Por último, con lágrimas en los ojos, nos abrazamos todos. La noche del martes jugamos nuestra mejor partida, con excepción de Tony, claro que se mandó las mismas burradas de siempre. La maldición había desaparecido.

                El día miércoles tuve la visita del tío Pascuale, muy temprano  a la mañana como es su costumbre.
                - Nene, levántate que el tío Pascale vino a verte –me dijo mi madre al despertarme-. Apurate que esta cabrero, nene…
                Cuando fui al living, el tío Pascuale estaba de pie mirando con cara de asesino a sueldo una foto mía que mi madre tiene en la repisa de la chimenea. Cuandoadvirtió mi presencia se volvió con agilidad impropia de un hombre de su edad.
                - ¡Jah! ¡Ahí está, osté, facha tosta! –me dijo casi con odio, podría jurarlo-. ¡Me hace quedare male con los amicci, osté, mascalzone! ¡Ha roto tutto en la biblioteca! Ahora la familia está enemistada con a Sociedache di Ornitolocos. Ma´no sabere lo que e´ meterse con questa organizacione… ¡Ah, ma´no va a quedarse, osté panza arriba! ¡No! Acui tene un novo laboro. Preguntare il venerdi por Cosme Lanzetti, di parte dil fontanieri…
                Dicho esto se retiró. No me dejó defenderme, ni explicarle lo extraño de Gold Silver que me espiaba y me ponía nervioso, que todo había sido un accidente, que me atacaron unos pájaros, nada… En fin, el viernes veré a ese nuevo trabajo a ver de qué se trata. Sino al viejo no lo aguanta nadie después.

                Y así llegamos al hoy… al estreno de “El Capitán América”, y al encuentro con Mariela, claro.
                Nos encontramos en la puerta del cine a las 12:45, la película comenzaba a las 13 horas. La cité a esa hora tan ajustada para no tenerla que llevarla a almorzar o a tomar algo para hacer tiempo, mis bolsillos están vacíos, literalmente. A la salida aduciría que se me hacía tarde para ir al trabajo y también zafaría de invitarla a algo. Total aun no sabía ella que estaba nuevamente desempleado.
                Con gran expectativa ingresamos por fin a la sala, pero ahí se produjo el primer indicio de que algo andaba mal. Yo había adquirido las ubicaciones H 17 y H 15, o sea al medio y al centro. ¡Perfecto! Pero ella insistía en que fuéramos a la última fila, y tanto es así que ella misma le propuso a dos adolescentes con acné cambiarles sus asientos de atrás de todo por mis maravillosas ubicaciones en el medio y al centro… Me senté bastante desilusionado y apoyé mi espalda contra la pared (¡si leyó bien, amigo, contra la pared estábamos, justo debajo del proyector!). Por suerte teníamos pochoclos y gaseosa. Mariela había querido comprar y yo me negué por tres veces aduciendo malestar estomacal (no quería que se enterara que sólo tenía $1,25 para volverme a mi casa en bondi), pero ella insistió en que compraría igual. De modo que aproveché y le pedi que comprase el combo “Hiperglotón” que constaba de un balde grande de pochoclo, más dos gaseosas grandes, más dos chocolates y, si ponías $40 más te daban el balde con la imagen de la película del Capi… Mariela se portó muy bien, ¡me compró el balde!
                Estaba que me salía de la vaina, quería que comenzara la película ya. Me comía un pochoclo detrás de otro como si fuera una máquina. Mariela me quiso dar un par de veces pochoclo ella, de su mano en mi boca directamente, lo cual me negué ambas veces rotundamente, haciéndole saber que yo solito podía comer sin ningún problema, que pudiera ser que me mostrara más ansioso que los chicos de diez años que estaban en la sala, pero que no era un niño y podía comer solo.
                Por fin se apagaron definitivamente las luces y comenzó la película. Mariela apoyó su cabeza en mi hombro.
                - ¡Eh! ¡No te me vayas a dormir, eh! Mirá que la entrada me salió careli, sino lo hubiera traído a Tony…
                - Es que la luz apagada me pone mimosa –me dijo ella simulando una voz de nenita caprichosa. Yo le sonreí y me concentré en la película. ¡Qué bien logrado estaba el efecto para que pareciera que Chris Evans pareciera un alfeñique!
                A los cinco minutos, Mariela se reacomodó de nuevo contra mí, esta vez un poco más arriba, de tal forma que su rostro le quedó muy pegado al mío. Con su abundante cabellera me tapaba un ojo.
                - Mariela, el pelo, me jode… No puedo ver la peli…
                - Hmmm, Andy, ¿no te pone mimoso a vos la luz apagada?
                Miré mi entorno oscuro, la miré a ella que me miraba mordiéndose el labio inferior.
                - No –le respondí con sinceridad-. En realidad me da miedo… Después de los de Popescu, que me obsesioné tanto, tengo que tener si o si una luz prendida…
                No sé porqué, Mariela frunció el rostro en una mueca de disgusto, se sentó bien en su asiento y comenzó a mirar la película.
                Cuando promediaba la mitad del film, de pronto, sin previo aviso, Mariela colocó una de sus manos en mi muslo, y comenzó a acariciarme la pierna. Justo estaba tomando Coca yo, y la pierna es una zona muy sensible que tengo a las cosquillas. La caricia me hizo reír, y la risa me hizo escupirle un poco de gaseosa a una chica que estaba sentada delante.
                - ¡Fijate lo que hacés, tarado! –me reprochó la chica, a lo cual yo le señalé a Mariela para hacerle saber que no había sido mi culpa sino de ella.
                A los quince minutos volvió a la carga otra vez. Se ve que la película la aburría y no sabía qué hacer para entretenerse (¿Por qué no le dije de venir a Tony?). Esta vez casi se me caen todos los pochoclos, cuyo balde enorme y con la imagen del Capi en él, tenía apoyado en el regazo.
                - ¡Para! –le dije sonriéndole, pero con firmeza, no quería que pensara que me molestaba, pero que sí, supiera que por ahora no quería jugar a nada, sólo ver la película.
                A los pocos minutos, quizás creyendo que ya se me había pasado las ganas de ver la peli. ¡Faltaba muy poco para el espectacular final! Esta vez, estiró el brazo lentamente y lo pasó por mis hombros, y una vez más se acercó a mi rostro para susurrarme al oído:
                - ¿No podrías besarme?
                Yo la mirá sorprendido, le pasé los pochoclos y me sonreí.
                - ¡Claro! –le respondí-. ¿Era eso lo que querías?
                Ella asintió con la cabeza, entonces accedí,  y le di un beso en la mejilla.
                Mariela se puso de pie y me dijo:
                - ¿Sabés qué? ¡Me voy! –comenzó a girar para retirarse, la peli estaba en su punto culmine, eché un vistazo a la pantalla, miré a Mariela que se iba, volví a mirar la pantalla... Tomé a Mariela por el brazo y la detuve.
                - ¡Esperá! ¡No te vayas! –le dije. Ella me miró con una sonrisa como de esperanza.

                - Si, decime…
                - ¿No me dejás los pochoclos? Por el balde… ¿Te acordás? –le señalé el balde-. El Capi…
                Mariela me puso el balde de sombrero, desparramándome todos los pochoclos encima… ¡Menos mal que no me vio nadie acá en el fondo! Al final fue una bendición haber cambiado los lugares… ¡¿Qué me iba a imaginar yo que ella también quería el balde?! ¡Me lo hubiera dicho y se lo daba, si total lo había pagado ella! Pero reaccionar de esa forma… muy impropio de una mujer…
                Bueno, la peli estuvo genial, a pesar de haberme perdido varios tramos de ella. Pero Mariela sigue enojada conmigo. No me responde el teléfono. Acabo de enviarle un mail. Ya sé que voy a hacer mañana si no se le pasa. Le pediré dinero a mamá y le compraré un balde igual y se lo llevaré a la casa y me disculparé con ella. Con esta jugada voy a quedar como un duque. 

miércoles, 27 de julio de 2011

Lunes 25 de julio de 2011...

               Un poco más animado por la expectativa de un nuevo encuentro con Mariela (bueno,  un 50% por eso, y otro 50 por el estreno de la peli), encaré un nuevo día (perdón, noche) de trabajo con más entusiasmo. Pude enterarme que Petrus permanecía detenido en la Alcaldía de los Tribunales a la espera de su declaración pero que decidieron trasladarlo al Hospital Borda por su gran estado de alteración y fabulación. En cuanto pueda voy a ir aunque sea a llevarle algún paquete de galletitas... Es fanático de las “Opera”. 
                Vautur me recibió como de costumbre. Siempre elegantemente vestido, siempre con su boquilla en la boca y su monóculo clavado en el ojo derecho. Por más que lo mirase, no podía atinar a descubrir a quién se parecía, y era eso más traumático que saber que probablemente una noche más debería soportar su mirada implacable desde su puesto en lo alto...
                - ¿Cómo está, usted, señor Paciencia? ¿Ha descansado bien? -me saludó con la cortesía habitual.
               -  Si, si... Pero es Pacienci el apellido...
               -  Me alegra mucho, señor Paciencia... ¡Pase, usted!
                Dicho esto se fue arriba. En un momento sopesé  la posibilidad de detenerlo y preguntarle acerca de su actitud extraña que, parecía ignorar o directamente obviar con un caradurismo atroz, pero lo pensé mejor y lo dejé pasar.
                En esta ocasión me vine mejor preparado que la noche anterior. Me traje un arsenal de comics: “Batman”, “X Men”, “Spiderman”, “Avengers” y “Justice League”. Consideré que era mejor dejar a “Oscura” para leer en casa, más tranquilo. Además traje un brebaje infalible para lograr vencer el sueño. En un termo preparé una mezcla de: café bien caliente y sin azúcar, dos latas de bebida energizante, dos botellas de 350 ml de Pepsi Kick (la nueva que viene con ginseng), un blíster de cafiaspirina, y un puñado de hojas de coca que, mi amigo Pedro me había traído de su último viaje a Salta. Para las nueve dela noche ya me había bebido medio termo; a las doce, con el termo terminado, experimenté algo nunca antes visto… Fue como haber tomado la píldora roja de Matrix.
                Mi estado de conciencia nunca estuvo tan despejado y alerta, y la percepción de mis sentidos nunca fue tan clara, tan aguda. Los negros de las sombras se profundizaron de una manera asombrosa; las luces se veían más brillantes; podía ver, desde mi posición en el escritorio, como el polvo flotaba entre las estanterías cargadas de libros. Una araña tejía su tela en un alejado rincón de la sección “Aves zancudas”.  Entonces puede verlo (y oírlo)… Vautur estaba en la balconada, como siempre, pero ahora podía ver sus pupilas dilatándose y contrayéndose, según la incidencia de la tenue luz; los poros de su piel abrirse; detecté el ronquido suave de su respiración, antes para mí imperceptible… Todo lo que yo percibía se magnificaba de una forma exponencial… Mi excitación también creció en forma desmesurada. De pronto mis pies no podían parar de repiquetear contra el suelo, y una serie de tics atacaron mi rostro y mi cuerpo. Tal era mi estado que hasta logré arrancar de su mutismo siniestro a mi jefe.
                - ¿Se siente, usted, bien, señor Paciencia? –quiso saber.
                - ¡Pacienci! ¡Pacienci, man! –me salió responderle involuntariamente, y me levanté de súbito de la silla, golpeando con mis muslos contra el borde del escritorio, haciendo caer la lámpara. En ese momento sonó el timbre de la biblioteca. El sonido (el timbre suena como el trino de una calandria) No les puedo explicar el susto que me hizo pegar el sonido amplificado de ese timbre. Pegué un grito agudo, y el propio grito me hizo pegar otro grito de miedo.
                - ¡Atienda la puerta, Paciencia! ¡Debe ser uno de nuestros socios! –me gritó Vautur desde lo alto y eso me hizo pagar otro alarido.
                Fui marchando a paso de ganso hasta la entrada, abrí la puerta y lo que vi creí, en un principio, que era… ¡El Patriarca de los Pájaros, aquella creación de García Ferrer que aconsejaba al desventurado Trapito!
                Un anciano algo bajito y un poco encorvado, con el rostro plagado de arrugas cubierto por una larga barba blanca, nariz ganchuda, pequeñas gafas de marco redondo montadas sobre ella, con una boina bordó encasquetada hasta las cejas y un  desmechado cabello blanco asomando por debajo haciendo juego con  unas deshilachadas y gruesas patillas, estaba de pie, cargando un viejo portafolios de cuero marrón, lleno de papeles a reventar. Vestía un anticuado traje gris ratón y llevaba una bufanda anudada al cuello. Después de focalizar un poco, me di cuenta que no era el Patriarca de los Pájaros, sino un tipo, común y silvestre, pero aquella visión me llevó a destrabar uno de los enigmas que me tenía preocupado… ¡Supe, en ese preciso instante a quién se parecía Vautur! ¡Se parecía a Don Gold Silver, el padre de Oaky, otro ser creado por la imaginación del viejo García Ferrer!
                El Patriarca de los Pájaros me miró con los ojos que, tras los gruesos lentes, se veían pequeños y me sonrió bonachonamente.
                - ¡Soy el profesor Nicolás Somormujo! Socio número 00034... Vengo a trabajar con el material de consulta sobre Macucos Azules...
               - ¡Todo bien, man! –me salió decirle y en ese momento todos los tics que atacaban mi cuerpo se produjeron en una concatenación de movimientos y convulsiones espasmódicas-. ¡Todo bien, pero no me grites! ¡Pasá!
                El viejo me miró un poco extrañado e ingresó a la biblioteca con las manos a la espalda sosteniendo el portafolios.
               - ¡Bien, muchacho, comencemos! -me dijo el Patriarca avanzando entre las estanterías.
              Arrastraba los pies, en lugar de levantarlos con cada paso y el sonido que producía me parecía el de cientos de sierras trabajando sobre un grueso tronco. Llegó hasta una de las mesas de lectura, apoyó pesadamente su portafolios y me observó desde el fondo de aquel pasillo de libros. Por encima de todo, Vautur me miraba también, apoyado en la baranda, con su monóculo maldito destellando en su ojo, y esa cara de inexpresiva... Llegué a detectar una minúscula gota de sudor colgando de su sien, junto a la patilla derecha.
             - ¡Vamos muchacho! ¡No tengo toda la noche! ¡Necesito los volúmenes: BC435-RT 72, 73 y 74; los NZ-14.STR, XV 98-75CLH, y el YF-09-KPL-95/89; además necesito de la sección H-1: los libros ITT-435-M; HITACHI-098; NOBLEX 764/H…
            Tantos datos juntos, que para mí fueron alaridos que retumbaron en la cabeza… No sabía qué hacer. Daba un paso para un lado, daba un paso para el otro, volvía a la posición inicial, siempre pivoteando sobre el mismo pie… Miraba al Patriarca, digo, al profesor Somormujo, miraba a Vautur… Parecía Carlitos Balá interpretando al personaje del “Indeciso”.
            - ¡Vamos, muchacho! ¡Muevete! –me gritó el viejo-. ¡Allí, pasillo de la izquierda, décimo estante a la derecha! ¡Usa la escalarilla!
            Corrí como un desaforado, pero por mi estado alterado, no podía controlar bien mi cuerpo...  Me llevé la escalera por delante, se deslizó sobre sus roldanas y salió despedida hacia el fondo. Pegó en el final del riel, rebotó y volvió pegándome en pleno rostro. Caía al piso desparramado y de un manotazo hice volar varios libros que cayeron al piso abiertos de muy mala manera abriéndose y despegándose varias páginas.
           - ¡Los libros! ¡Los libros! –gritaron al unísono tanto el Patriarca de los Pájaros como Gold Silver. Este último comenzó a correr escaleras abajo agitando los brazos como si fuera un gallináceo aleteando.
          De pronto, comenzó a emitir un chillido, como el graznar de alguna ave extraña, y entonces sucedió algo de lo más extraño. Unos paneles del alto techo se abrieron descubriendo unas enormes jaulas cargadas de cientos de aves que revoloteaban y chillaban enfurecidas.
          - ¡El sacrílego rompió los libros! –gritó Vautur ya al pie de las escaleras.
          - ¡A por él! –gritó el Patriarca y, con horror, vi cómo las jaulas se abrían y los pájaros se lanzaron en enloquecido vuelo contra mí.
         Me paré como pude y corrí hacia la salida. Los pájaros me sobrevolaron y debí zambullirme al suelo para que no me convirtieran en carne picada. Los chillidos y el batir de las alas resonaron amplificados en mi cabeza, me tapé los oídos y volví a emprender la carrera a mi salvación. Pude llegar a las puertas, las abrí, salí y las cerré justo a tiempo. Del otro lado pude escuchar varios: “¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!” de los pájaros chocando contra la madera de las batientes. Logré, sin embrago, antes de salir logré gritarles:
         - ¡Loco, renuncio, man, renuncio! ¡Y sos igual a Gold Silver, sabelo!
        Cuando salí corrí por las calles sin rumbo, desenfrenado hasta que me detuvo un patrullero y les conté lo sucedido, pues querían llevarme detenido. Pero cuando regresamos a la biblioteca con la fuerza pública. Vautur negó conocerme, y negó por supuesto que yo hubiera trabajado allí.
        - ¡¿Ah, no?! –le grité-. Ahí dentro tiene que haber unos comics míos y un termo.
        - ¡Pamplinas! –refutó Vautur y nos hizo pasar-. Como verá, oficial, ahí está nuestro sereno…
      En el asiento que yo ocupaba hasta hace un par de horas, estaba sentado el profesor Somormujo, leyendo un diario.
       - ¡Ese no es el sereno! –me defendí yo-. ¡Es el Patriarca de los Pájaros!
       - ¿El Patriarca de los Pájaros? –preguntó uno de los policías y se miró con el otro oficial.
      - ¡Sí! –exclamé yo desquiciado-. ¡¿Y los pájaros que me atacaron?! ¡¿Pregúntele, oficial?! Del techo salieron miles de pájaros que me atacaron…
      - ¡Suficiente! –chilló Vautur actuando a la perfección a un hombre ofendido-. ¡No voy a soportar las fantasías de… un lector de historietitas!
      - ¡¿Qué historietitas?! ¡¿Qué historietitas?! –exploté yo- ¡Comics se llama! ¡Estoy harto que menosprecien el género, tildándolo de infantil, despreciándolo y considerándolo un arte menor! ¡No señor! ¡Los comics son obras de arte, que joder!
      Uno de los policías me tomó por los hombros y me sacó a empujones de la biblioteca, mientras el otro se disculpaba con Vautur.
      - ¡Flaco! –me dijo el oficial-. ¡No sé lo que tomaste, pero mejor que te vayas a tu casa, si tenés una, y no te me cruces más en el camino! ¡Decí que hoy estoy bueno, porque si no te hago comer una semana en el calabozo!
      Sin chistar seguí el consejo del amable custodio de la ley, lamentando haber perdido mis preciosos cómics y mi termo. Una vez más, era un desempleado más…
     Cuando estaba por entrar a mi casa, una paloma mensajera se me posó delante de mí. Me di cuenta enseguida que tenía un mensaje y se lo saqué.
“Sabemos dónde vives. Esta afrenta no quedará sin saldar”

martes, 26 de julio de 2011

Domingo 24 de julio de 2011...

                Mi segundo día de trabajo no varió mucho del primero. A las siete de la tarde estaba sentado en mi escritorio, en la misma silla incómoda, sólo que esta vez, me vine algo más preparado, traje mi propia literatura: “Oscura”, la fabulosa segunda parte de “Nocturna”. La plaga vampírica ya está propagada por doquier y ahora aparecieron los Antiguos para desafiar al Amo. Una vez más, el señor Vautur, o el Cuervo Oscuro, apareció en lo alto, asomado a la baranda, clavándome su mirada, siempre con aquel siniestro monóculo, sin decir nada, sin mencionar palabra alguna… Este tipo me pone nervioso. Como sea, después de intentar descifrar otra vez a quién me hacía acordar su rostro, lo mejor fue enfrascarme en la lectura del libro. Definitivamente Fet es mi personaje favorito.
               La noche transcurrió lenta, a pesar de la amena lectura. Cuando uno debe pasar doce horas sentado en un mismo lugar, sin hacer nada, sin la distracción de la charla amigable de una compañía, las horas parecen no avanzar y el sueño acecha vilmente esperando una oportunidad para dejarlo a uno fuera de combate. Cada diez minutos cabeceaba, y el mismo movimiento me despertaba, y cuando alzaba la vista, allí estaba él, presencia sempiterna, inmutable, macabramente silenciosa, maléficamente vigilante… Y una vez más acudieron a mi memoria los viejos versos de Poe: “Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido…”
                Al principio, cuando le sostenía la mirada un poco, se retiraba hacia las sombras dando un paso hacia atrás. Ahora ya no parecía importunarle eso, y me la sostenía clavándome sus oscuros ojos con fuerza hipnótica. Intenté nuevamente el recurso de ir a buscar café, de ir a calentarme un caldo, de ir al baño (varias veces), pero nada parecía apartar a Vautur de su propósito y a mí de calmarme un poco. De pronto me di cuenta que continuar avanzando en el relato de Guillermo del Toro, no era conveniente, por lo menos no en esa noche. Para cuando el reloj dio las siete de la mañana, yo era un manojo de nervios. Por supuesto, el señor Vautur no bajó a despedirme, continuó desde su puesto de vigía mirándome, mirándome. Atinó, por lo menos, a alzar su mano a modo de saludo. Fue un alivio verme en la vereda, a la luz naciente del nuevo día.
                       Sin embargo no fue lo único que me pasó el día de hoy.
                Poco después de las dos de la tarde, me despertó Marcelo. Cuando abrí los ojos, tras los sacudones de mi hermana (creí escuchar como en un estado de duermevela que ella me decía algo así: “¡Despertate que te vino a ver este infeliz! Si seguís trayendo a los vagos de tus amigos aca…!”, pero no puedo asegurar que haya sido la realidad o un sueño) descubrí la figura acongojada de Marcelo,  sentada en el borde de la cama. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro algo hinchado, como si hubiese estado llorando, y la expresión que llevaba era la de un condenado a muerte, prácticamente.
                - ¿Qué haces, Marcelo? ¿Qué pasó? –el solo hecho de escuchar mi voz lo hizo derrumbarse y se deshizo en un llanto lastimero, cargado de un dolor pocas veces visto en un hombre.
                - ¡No sabés de lo que te salvaste, Andresito! –me dijo con la voz ahogada de tanto llorar-. ¡Gladys! ¡Gladys! –exclamó luego con los ojos bien abiertos y pareció que era un actor shakespereano interpretando un fragmento de Hamlet.
                - ¿Qué pasó con Gladys? –lo interrogué preocupado. Por su tono uno podía creer que una tragedia se había desatado.
                - Hoy me enteré algo de ella… -me dijo sin abandonar su dramatismo-. Algo de lo que nunca me hubiera imaginado…
                - ¡¿Qué?!
                - Gladys, no es Gladys… Es Mario Alberto –me dijo y sus hombros y su rostro se derrumbaron con abatimiento-. ¡Un hombre! ¡¿Te das cuenta?! ¡Me enamoré de un hombre!
                - ¡Huy! ¡Qué lindo! –dijo mi hermana con ternura asomándose por la puerta de mi cuarto-. ¡Me encanta que los gay declaren su amor así a los cuatro vientos!
                - No si yo… no soy… -Marcelo intentó explicarle, pero mi hermana ya había desaparecido.
                - No te calentés por mi hermana, Marce… Pero, ¿vos en serio no sabías que Gladys era un trava?
                Marcelo alzó la cabeza como si fuera una antena parabólica que hubiera captado una señal insólita y me miró con ojos sorprendidos. Acto seguido se limpió las lágrimas con el puño de su campera.
                - ¡¿Vos lo sabías?! ¡¿Vos sabías que era travesti y no me dijiste nada?!
                - ¡Claro, si es más obvio! Yo pensé que sabías y no te importaba…
                - ¡No me importaba! ¡No me importaba! –Marcelo se puso de pie y dio un par de vueltas-. ¡¿No me importaba?! –volvió a decirme mirándome furioso.
                - Bueno, perdóname, Marce… Es que era tan obvio que creí…
                - ¡Mario Alberto, le pusieron sus padres! –me interrumpió mirándome como alienado-. Su padre le puso así porque la mamá lo dio a luz en el momento en que Mario Alberto Kempes metía el segundo gol en la final a los holandeses… Me dijo que el padre soñaba con que fuera igual a Kempes… Bueno en algo salió igual… el pelo largo…
                - Disculpá, Marce… Yo no sé qué decirte…
                - ¡Dejá! ¡Dejá! No me digas nada… total si no me dijiste lo que tenías que decirme cuando debías decírmelo… ¡Ahora para qué!
                Marcelo salió corriendo de la habitación sollozando. Desde el comedor me llegó el grito de mi hermana: “¡Andate, mejor! ¡En esta casa no queremos maricas!”
                Por suerte, algo bueno me deparaba la jornada. Un regalito antes de salir a trabajar. Me llamó Mariela (una vez más fue una suerte que justo yo estuviera junto al teléfono para poder atender antes que lo hicieran o mi hermana o mi madre). Quería saber cómo me había ido en el nuevo trabajo y de paso hacerme saber que no había problema, que comprendía perfectamente que teníamos que postergar nuestro encuentro por el trabajo. De todas formas, le hice una invitación:
                - Tengo dos entradas para el estreno de la peli del “Capitán América” ¿qué te parece si te invito?
                - ¿El Capitán América? ¿No es una película para nenes esa?
                - ¡¿Sos loca vos?! ¡El Capitán América es universal, la puede ver cualquiera, además habla sobre los horrores de la Segunda Guerra!
                - ¡Bueno, dale, vamos a darle una oportunidad! Igual, quizás no veamos nada de la peli…
                - No, si… ¡Tengo excelentes ubicaciones!
                - Bueno ¿a qué hora? –quiso saber Mariela.
                - El 28, a la una de la tarde en el cine de Puerto Madero.
                - ¿A la una de la tarde? –preguntó algo decepcionada.
                - ¿Qué, no podés? ¿Estás ocupada? ¡Mirá que si no le digo a mi amigo Tony, que él nunca tiene nada que hacer…
                - No, no… Puedo… hacerme un hueco… Es que me pareció inusual la hora.
                - Iba a sacar para la noche, pero lo pensé mejor y quería ser de los primeros en verla… ¡Fue una suerte porque las entradas las saqué hace un mes! ¡Ahora trabajo de noche, no iba a poder ir si no las hubiera sacado para este horario!
                Nos despedimos y yo salí para mi trabajo con una gran sonrisa. No me preocupaba tener que  encontrarme con el loco de Vautur. No me preocupaba tener que pasar doce horas en vela, en un asiento incomodo, aburrido y solo, buen solo no, con Vautur vigilandome... Solamente me queda un sabor amargo en mi boca… No saber nada de la suerte corrida por mi amigo Petrus.




lunes, 25 de julio de 2011

Sábado 23 de julio de 2011...

                 Ayer comencé con mi nuevo trabajo. Petrus se había contactado conmigo porque justo esa noche quería ir por el Grial. Lo lamenté mucho pero le expliqué que debía trabajar y no iba apoder ir. Él me dijo que iría igual, solo. “El destino favorece a los niños, a los locos y a las naves llamadas Enterprise”, me dijo y me citó la fuente: Comandante William T. Riker.
                 Ha sido una experiencia peculiar, mi primera noche de trabajo...  Bastante aburrida y a la vez inquietante. A las siete de la tarde estaba ya instalado en mi incómodo escritorio. Me recibió una vez más el señor Vautur con ese rostro particular que, aun no puedo descifrar a quien me hace acordar.  Cuando la puerta se abrió, su figura enfundada en un traje gris me observó tan serio como siempre, parpadeó un par de veces  y luego se quedó mirándome fijo, lo que me hizo pensar en un buho curioso...
                    -  ¡Señor Paciencia! Admirable su puntualidad -me dijo de repente, extrayendo su boquilla de un bolsillo interior del saco-. ¡Adelante, adelante!
                    -   Eh… este… mi apellido es Pacienci…
                Caminamos  en silencio hasta el escritorio. Vautur colocaba un cigarrillo en su boquilla y lo encendía, tras acomodarse un poco el pañuelo que llevaba al cuello.
                   -  ¿Entusiasmado? -me preguntó luego de darle un par de pitadas al cigarrillo.
                   - Si, si... Vamos a ver qué pasa ¿no? 
                                -  Bien. Siéntese tranquilo, si usted quiere puede tomar el libro que quiera para que la noche sea más amena, y me atiende el teléfono (si suena) o a algún investigador circunstancial -me explicó-. Ya sabe que muchos de nuestros socios prefieren las horas nocturnas para el estudio... Los investigadores “lechuzas” los llamo yo -acompañó este último comentario con una risa delicada, tranquila y cargada de aristocracia. En cambio tenemos también los investigadores “alondras”, son los que están aquí a primera hora de la mañana.
                 Me acomodé en mi asiento dejando pasar el comentario y comprobé que, en efecto, iba a ser una larga y dolorosa noche con esa silla de madera...
                - Bien- concluyó Vautur-. Tras esas puertas de allí -señaló las puertas con vidrio esmerilado- hay una pequeña cocina. Podrá usted prepararse café o, eventualmente, alguna pequeña cena. Yo estaré por ahí… vigilando –acompañó a esta última palabra con una expresión ceñuda, bastante severa diría yo. Una expresión que, de alguna forma, me hizo pensar en un halcón o un águila…
                Dicho esto, se retiró subiendo las escaleras, deseándome suerte y una buena noche.
               Me quedé solo en aquel ambiente enorme, solamente iluminado por el vago fulgor de mi lámpara de escritorio. El silencio se intensificó más aun, sobre todo cuando el rumor de los pasos del señor Vautur se extinguieron al entrar a quién sabe a qué dependencia allá arriba. Me reacomodé un poco en mi asiento, y la silla crujió de una manera inquietante. Miré a mi alrededor, intenté concentrarme en el lugar. Observé las hileras de estanterías cargadas de volúmenes, el alto techo del cual colgaba una impresionante araña sobrecargada de caireles… Miré mi reloj… Apenas habían pasado un par de minutos. La cosa iba a ser dura…
                Cuando pasó media hora, a mí me había parecido que había pasado un siglo y medio. Ya había cambiado de posición varias veces, me había puesto de pie, reacomodar la silla, vuelto a sentar… Opté finalmente por acercarme a las estanterías y escoger un libro, al azar, para matar el tiempo. “Vida Sexual y Reproducción de los Cóndores Andinos”.

                “(…) En ambiente natural, uno de los aspectos menos conocidos del cóndor es el referido a su reproducción. Los cóndores son básicamente monógamos, es decir que escogen una pareja y permanecen con ésta de por vida. Sólo en caso de que uno de los dos muera, el otro busca una nueva pareja. El ciclo reproductivo del cóndor, incluido el cortejo, apareamiento, incubación y levante del polluelo hasta su emancipación dura aproximadamente dos o tres años (...).”

                 “¡Je! Hasta estos pajarracos tienen la suerte de compartir su vida con una mujer”, pensé y eso me remitió a un pensamiento quizás, banal, en comparación con la literatura que tenía entre manos: “Mariela y mi encuentro del sábado.” ¡No podría asistir al encuentro! ¡El sábado a esa hora voy a estar trabajando!
                Iba a tomar el teléfono para llamarla y avisarle que lo de mañana no iba a poder ser, pero cuando dejé el libro sobre el escritorio, sentí como que me observaban. Fue una sensación extraña, sentí como una fuerza, algo impalpable que se posaba en mí, pero a la vez era tangible… Y de pronto, me di cuenta. El señor Vautur me estaba mirando fijamente desde la baranda del primer piso. La misma cara de aguilucho expectante por su presa. El monóculo que siempre tenía clavado en el ojo derecho lanzó un destello… No puedo negar que me pareció un tanto inquietante la situación. Si bien no era nada fuero de lo común, y hasta el me lo había advertido: era el jefe que estaba controlando a su empleado nuevo. No supe, bien cómo reaccionar. Sólo me salió saludarlo tímidamente y volver a enfrascarme en la lectura del libro. El señor Vautur retrocedió y desapareció en las sombras.
               
                “(…) La especie posee el período de incubación más prolongado entre las aves rapaces; en el momento de estro o celo el color comúnmente rojizo de la piel de la cabeza se les torna amarillento. Luego de 56 a 60 días de incubación compartida, nace el polluelo el cual es alimentado por ambos padres con carne regurgitada (…).”

                “¡Mirá qué bien! A estos tipos sólo le basta cambiarse el color de la jeta para levantarse una mina, yo ni poniéndome un smoking…”, volví a pensar, y otra vez, esa sensación, y otra vez el señor Vautur mirándome desde lo alto. Con su monóculo, y su expresión inmutable, pétrea, implacable, intensa… Y ya no me pareció un águila sino un cuervo, un cuervo oscuro que fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más…
                Volví a tomar el libro pero por más que leyera que el cóndor, para anidar, escoge generalmente cuevas en grandes paredes rocosas verticales, protegidas del viento y la intemperie; o que aunque hasta hace relativamente poco tiempo se clasificaba a los cóndores entre los buitres, actualmente se nota que su linaje es más próximo al de las cigüeñas y garzas… la imagen del Cuervo de Poe me volvía una y otra vez a mi mente. En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho.
                Aunque intentaba concentrarme en el libro no podía. Allí, desde su balcón privilegiado, me vigilaba imperturbable, sin dejar de clavar su mirada. Como una gárgola de alguna catedral truculenta, me observaba, me observaba, y me observaba…
                No soporté más. Dejé el libro y me puse de pie. Rápidamente me dirigí a la cocina a prepararme un café… Y recién eran las ocho y media de la noche…
                Voy a resumirles porque si no creo que yo, voy a enloquecer de  repetir todo nuevamente por escrito. La noche se me hizo de chicle. Leí muchos libros: “Martín Pescador, la pequeña saeta azul turquesa”; “El Hornero Albañil, un pájaro obrero”; “La cantora de los cielos, conozca a la Reina Mora”…  Pero cada vez que levantaba la cabeza ahí estaba Vautur, con su aspecto de cuervo con monóculo, mirándome… La noche se hizo lenta, muy lenta, pero por fin el viejo reloj de péndulo que colgaba de uno de los muros dio las siete de la mañana. Mi turno terminaba, sin embargo, el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. En el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!

                Llegué a mi casa y, a pesar que pasé la noche en vela, tensionado por la experiencia de tener al señor Vautur sobre mí (literalmente), no pude pegar un ojo por un par de horas, de modo que me quedé tomando mate con mi madre y mi hermana, mientras ambas miraban las noticias en Crónica Tv.
                - ¡Una nueva, ahora! –rugió mi hermana y me dedicó una fulminante mirada de odio-. ¡Al señor lo tenemos que aguantar todas las mañanas!
                No le presté atención y subí el volumen de la tele, una nota que estaban presentando me estaba llamando poderosamente la atención.
                - Un matecitoooo –me invitó entonces toda amabilidad y ternura, Sandra acercándome el mate y su rostro para darme un beso. Yo, con un acto reflejo, me encogí de hombros como para cubrirme porque creí que me iba a golpear.
                El presentador de la tele de pronto dijo: “Atrapan a caco en el Palacio Barolo. Delincuente insiste en que es el elegido para recuperar el Grial. Roba importante fábrica de trofeos”. La imagen mostraba a varios efectivos llevándose a la rastra a Petrus que desaforado intentaba safarse de sus captores a la vez que miraba a cámara con ojos desorbitados: “¡Andy! Yo he caído, Andy! ¡Te toca a vos!”
                - Andrecito, ¿ese de la tele no era tu amigo Pedrito? –preguntó mi madre cambiándose los lentes para ver mejor.
                - ¡No, ma, nada que ver! ¡Mirá si va ser Petr… Pedro…
                La nota concluía con el movilero de Crónica, que se había podido acercar a mi amigo antes que lo subieran al patrullero, preguntándole: “¿Alguna declaración que hacer, señor?”
                Petrus miró a cámara con la serenidad que lo caracteriza y dijo: “Nunca me he fiado de los Klingons y nunca lo haré”.



jueves, 21 de julio de 2011

Miércoles, 21 de Julio de 2011...

                El día de hoy vino movido. Tal como han estado viniendo los últimos días en mi vida. Por la mañana fui a ver al bibliotecario amigo de mi tío Pascuale. Era ir o sufrir la ira del tío. Ayer había ido a su casa a devolverle el panamá y me amenazó de muerte si hoy mismo no iba a verlo.
                La biblioteca era un antiguo edificio gris,  algo gótico, antecedido por un agobiante jardín de enredaderas desbordadas y plantas exuberantes.  Sobre sus puertas dobles, un enorme cartel rezaba: “Biblioteca del Circulo de Ornitólogos Católicos de San Onofre”. Para llamar, había una aldaba con la forma de un macuco. Golpeé un par de veces y desde el otro lado de la puerta me llegó el rumor del eco... Y unos minutos más tarde, unos pasos pesados retumbaron también. La puerta se abrió lentamente y asomó un rostro familiarmente peculiar. Era alargado, con cierto aire aristocrático, una nariz fina y algo larga y el cabello corto, prolijamente engominado, peinado con raya al costado. En su ojo derecho ostentaba un monóculo.
                Me observó por espacio de varios segundos, como si estuviera evaluándome, hasta que finalmente dijo con una voz pausada:
                - ¡Buenos días! ¿Puedo servirle en algo al caballero?
                - ¡Eh... si, buen día! Vengo a ver al señor Teófilo  Vautur... De parte del tío Pascale... Eh, digo, del señor Pascual  Falivene...
                 - Sepa disculpar, pero ¿quién dice recomendarlo?
                 - Pascual Falivene... El plomero...
                 - ¡Ah, si el plomero! Usted viene por el puesto de bibliotecario...
                Me hizo pasar. La biblioteca era inmensa. A unos pocos metros de la puerta había un escritorio de una madera de color claro, donde descansaba una lámpara y un teléfono negro, de esos antiguos de la década del cincuenta que había que marcar a disco. El escritorio estaba ubicado de tal forma que la puerta de entrada quedaba a la derecha de quien allí se sentara. Al fondo había una puerta doble con vidrio esmerilado y un poco más adelante se ubicaban unas escaleras de madera que conducían al nivel superior que estaba, al igual que la planta baja repleto de estanterías con libros. La planta alta era abierta, con un barandal de madera, del mismo estilo que el de la escalera, y desde allí arriba uno podía tener una vista casi competa del piso de abajo. El lugar era dominado por una penumbra inquietante. Por el estilo y la iluminación, parecía el ambiente adecuado para alguna pelicula de suspenso de los ´50s; o algún film de horror de la Hammer... 
                 - Dígame... ¿qué experiencia tiene en bibliotecas? -me preguntó el hombre. La pregunta me agarró medio desprevenido pues yo, francamente estaba concentrado en tratar de descifrar a quién me hacía acordar.
                - Bueno... la verdad que bastante experiencia tengo. De chiquito era socio de una Biblioteca Popular que quedaba cerca de casa... Mi mamá me había anotado y ahí leí mis primeros libros de aventuras como “El Corsario Negro” o “Robin Hood”; después de más grande siempre utilicé la Biblioteca del Congreso o la Bibloteca Nacional como fuente de información para hacer mis trabajos prácticos, tanto en el secundario como en la facultad...
El hombre detuvo su marcha lenta y me miró seriamente.
                    - Con lo de experiencia, me refería a la laboral, señor -me dijo con esa calma, que a mí me parecía bastante crispante, en su voz-. ¿Qué experiencia tiene, usted, en cuanto a trabajar en una biblioteca?
                    - ¡Ah! ¡Claro, por supuesto! ¡Je! ¡Je! Ninguna... -me rasqué nervioso la oreja, miré hacia un lado, y me revolví el cabello-. Ninguna, si haber trabajado en la biblioteca del colegio después de clase como castigo no cuenta como experiencia.
                    El hombre me contempló de una manera peculiar. De alguna forma me pareció que se trataba de un avestruz curioso el que me observaba. Finalmente pestañeó un par de veces  y reanudó su caminata.
                    - Supongo que estará bien -dijo y me señaló el lugar haciendo un gesto amplio con su mano-. Esta biblioteca tiene una tradición enorme dentro de los círculos de ornitólogos, y es consultada por nuestros socios a todas horas. Lo que yo estoy necesitando es una persona que se maneje bien con los libros, que sea organizada, prolija y responsable.
                     - Ha dado con el hombre indicado -le apunté.
                     - Y, principalmente -añadió sin dar importancia a mi acotación-, que pueda trabajar de noche. Porque el horario que tengo que cubrir es el nocturno.
                     Demasiado bien venía la cosa... Trabajo nocturno... Debía hacer un buen balance para ver si me convenía. Debía contraponer: nuevamente tener un ingreso fijo mensual con el cual subsistir contra, por ejemplo, dejar de reunirme con la Cofradía a jugar rol... por lo menos los clásicos martes por la noche... Un temblor sacudió mi cuerpo.
                     - Este -agregó el hombre, ignorante de mis cavilaciones-, será su lugar de trabajo -me señaló el escritorio y su sillita que estaba casi oculta detrás de él. Auguraba largas horas de incómoda posición, luchando contra el dolor de espaldas y el pesado sueño.
                     Estaba decidido, me negaría rotundamente a ese trabajo aburrido, tedioso,  sin ningún beneficio aparente. Le diría que no, que muy agradecido, pero por las noche mi médico me había prohibido trabajar por causa de un extraño síndrome que me afecta el lóbulo frontal el cual se activa por las noches en vigilia...
                      - El sueldo rondaría los cinco mil quinientos, pesos más pesos menos -estaba diciendo el señor Vautur mientras yo elucubraba mi coartada que, por cierto, se fue al diablo.
                      - ¿Dónde hay que firmar? -pregunté con entusiasmo.
                      El señor Vautur por primera vez esbozó algo parecido a una sonrisa, que en realidad fue una mueca torcida de su boca pequeña y de labio finos.
                     - ¡Ah! ¡Eso es lo que amo de la juventud: su entusiasmo! Mañana mismo puede comenzar señor... ¿señor?
                     - Andrés Pacienci.
                     - Señor Paciencia, lo espero mañana, entonces. Le tendré listo su contrato.
                     - ¡Pacienci! El apellido es Pacienci.
                     - ¡Cómo sea! Lo espero mañana.
                    Salí del lugar más contento que  Wolverine en una fábrica de cerveza y de allí corrí a casa a pegarme un baño y a caracterizarme. Tenía que encontrarme con Petrus para infiltrarnos en la visita guiada al Barolo disfrazados como turistas. Yo tenía el vestuario preparado: unas bermudas floreadas, ojotas, una camisa hawaiana, una gorra de baseball y mi cámara de fotos colgando. Tendría que haber elegido otro vestuario porque fue un día particularmente frío, para mi gusto...
                    Cuando llegué  al Barolo, el grupo de turistas estaba reunido: 35 japoneses todos vestidos de gris... Petrus, como era de esperar no estaba a la vista. 
                     No pasó mucho tiempo cuando escuché un chistido leve. Dos, tres veces debió chistar Petrus hasta que pude identificar donde estaba.
                     - Distraelos que voy a salir -me dijo desde el interior del buzón que estaba emplazado en la vereda, no muy lejos de la entrada.
                     - ¿Cómo te metiste ahí?
                     - Tengo mis habilidades... Nada que el yoga y la meditación no puedan lograr... Deberías probar vos...
                     - ¿Pero no te vio nadie abrir el buzón?
                     - A las cuatro de la mañana, acá solo había un borracho tirado que creyó que el buzón me estaba tragando y huyó despavorido. 
                     -  ¡¿Vos estás acá dentro desde las cuatro de la mañana?!
                     - Ya te lo dije, nada que la meditación y el yoga no puedan lograr. ¡Cómo Tu Sam! ¿Creí que tenías muy en claro que soy un profesional en esto?
                     - No; si, si no tengo dudas de eso...
                    Me acerqué a los japoneses con una gran sonrisa y los saludé con la cabeza e intenté captar la atención de todos para que no mirasen al buzón.
                    - Buenas, buenas -les dije mientras pensaba algo ingenioso como para entretenerlos. Algo, alguna figura famosa que tuvieramos en común... que tanto ellos como yo conocieramos...
                    - ¡Toranaga san! -les dije y los japoneses me miraron extrañados-. ¡Shogun! -grité-. ¡Richard Chamberlain!
                    - ¿Lichald Chambelein? -dijo un viejito muy parecido a Pat Morita y me miró de arriba abajo. De pronto se comenzó a reír y me señaló mirando a sus compañeros.
                   - Okama... -dijo sin dejar de señalarme y estalló en una carcajada, el resto lo imitó mientras repetía: “¡Okama! ¡Okama!” Yo comencé a reírme con ellos y fui rotando como para que los ponjas le dieran la espalda al buzón. Los japoneses comenzaron a alternarse para colocarse junto a mí y sacarse fotos conmigo.
                    - ¡Okama! ¡Ajaja! -me dijo un japonés gordo como un luchador de sumo que se me acercó y me dio una palmada en el hombro que casi me lo disloca-. ¡Okama! ¡Jajaja!
                    Cuando me quise acordar, Petrus ya se encontraba a mi lado. Para mi sorpresa, vestido como siempre: pantalón de gabardina verde, abrigo largo negro y borceguíes. Pero llevaba una cámara analógica para rollo de 35 mm con un gran flash colgando del cuello.
                    Lo señalé.
                    - ¿No había que venir disfrazado de turista?
                    - ¡¿Y de que estoy disfrazado?! ¿De heladero?
                   De pronto se me acercó una muchacha muy hermosa, tendría unos veinticuatro años. Tenía una megáfono en su mano. La chica me miró de pies a cabeza y no pudo reprimir una carcajada.
                   - ¿Disculpá, ustedes son los centroamericanos que se acoplaron a la visita guiada con los japoneses?
                   - Si, shica, ¿cómo tú te has dao cuenta? -le respondí imitando un acento caribeño.
                   - ¡Okama! -gritó de nuevo el luchador de sumo y todo el grupo estalló en risas.
                   Señalé a Petrus.
                  - ¿Okama, también? -les pregunté. Los japoneses negaron con la cabeza, me señalaron a mí y siguieron fotografiándome.
                  - ¡Okama! -les grité, entonces, levantando triunfal el brazo, haciéndoles fiesta. Los japoneses se rieron a costilla partida y no dejaban de sacarme fotos.
                   - ¿Vos sos el “okama”? -me preguntó la chica, divertida.
                   - Si, shica. Los olientales me llaman así. Que va usted a selle, significalá ganadol...
                   - Okama significa maricón... -me dijo ella riéndose y se alejó para dar comienzo a la visita guiada.
                 La visita guiada fue entretenida, aunque la mayoría de las cosas no las entendimos porque la guía hablaba todo el tiempo en japonés, salvo cuando se acordaba que estábamos presentes nosotros. Pero cada vez que la atención de los japoneses se centraba en nosotros, comenzaban con su coro: “Okama, okama” y estallaban en risas.
                Cuando llegamos al segundo piso, Petrus contempló una vez más la vitrina con las copas, y permaneció ajeno, como extasiado, ignorante de la charla de la guía y de los “okamas” de los japoneses. De pronto alzó la mano, como si de un alumno que quiere despejar una duda en el colegio se tratase.
                - ¿Si? –la guía lo miró intrigada, Petrus estaba dándole la espalda al grupo, contemplando los cálices.
                - ¿Tiene idea, señorita, a qué se dedican en esta oficina? –preguntó Petrus.
                - No… lo siento, pero… yo sé de la historia del edificio no de las actividades que desarrollan los copropietarios o inquilinos.
                - ¿Y usted pensaría que alguno de esos gria… alguna de esas copas, digo,  podrían ser… especiales, mágicas digamos?
                - Bueno… hay algunas que son muy bonitas, podría decirse que algunas son especiales…
                Petrus se acercó a mí y me habló al oído:
                - ¿Te diste cuenta? Confirmadísimo… Dijo que algunas son especiales… Entre esas tiene que estar el grial…
                La charla siguió un par de minutos y una vez más Petrus la volvió a interrumpir.             
                - Señorita, ¿sabe si este edificio cuenta con alguna salida de emergencia, una entrada especial?
                - Bueno, no… Creo que hay una rampa para ingreso de mercaderías que comunica  con el subsuelo nada más.
                - ¡Suficiente para mí, gracias! –le respondió Petrus-. ¡Vámonos, Andy!
                - ¿Ya nos vamos? Esperame, entonces… -le dije y me paré delante del grupo de japoneses.
                - ¿Me podés traducir lo que les voy a decir, por favor? –le pedí a la guía…
                - Si claro, pero… ¿Ustedes no eran centroamericanos?
                - Si, pero nos criamos de chiquitos acá en Argentina, piba, como Vigo Mortensen… Deciles a los ponjas: “¿Así que yo soy maricón, tintoreros de cuarta? Bueno tomen esto:”
                Cuando la chica terminó de traducir, me puse de espaldas al grupo, me bajé los pantalones y les enseñé el culo. ¡Si señores! ¡Qué tanto! ¡Les mostré el culo a esos japoneses y salimos corriendo con Petrus!
                Claro, no contaba con que el japonés luchador de sumo había ido a la otra punta del pasillo, a sacar fotos. En el momento en que me bajaba los pantalones ante sus compatriotas, regresaba. Choqué contra la inmensa barriga del japonés, reboté y caí al piso en s
eco.
                Lo que siguió después fue todo muy vertiginoso y todavía no estoy muy seguro de recordarlo todo. El gordo me agarró, por detrás y me alzó en vilo. Con una mano me tomó por el cuello de la camisa hawaiana y con la otra, por el fondillo de las bermudas. Me miró con los ojos rasgados inyectados en sangre y los dientes apretados.
                - ¡Sayounara, Okama san! –me dijo y me arrojó por las escaleras. Los dos pisos los bajé rodando de igual forma que Rosario lo hizo el otro día… ¿Sería una maldición suya? Llegué a la planta baja hecho un ovillo y todo dolorido. El encargado (que era el mismo del otro día) me miró y chasqueó la lengua…

                - ¿Vos también, pibe? El estrés está haciendo estragos… El otro día una chica le pasó lo mismo que a vos… Yo, me voy a vivir al campo, con mi cuñado... ¿Querés que llame a la ambulancia?
                - No se preocupe, jefe, yo lo llevo al hospital –le respondió Petrus que bajaba corriendo las escaleras, me ayudó a incorporarme y me sacó casi a la rastra del lugar.
                Ahora estoy escribiendo desde la cama, casi ni puedo tipear… Me duelen todos los huesos y el coctel de ibuprofeno y diclofenaco no me hizo nada… Encima mañana empiezo a trabajar. Pero no todas fueron malas. Mariela volvió a comunicarse conmigo. El sábado me espera en su casa, dijo que tenía algo importante para decirme. Creo que esta vez, sí se me va a dar.