He llegado al límite. Espero, internauta ocasional que das con este testimonio, no te burles mucho de mi, porque en el fondo, no soy más que un pobre hombre que sufre, un pobre hombre de 30.
La primera noche en lo de Cinthya la pasé mal. ¡Bah, todas las noches y días, pero en especial la primera! Creo que extrañaba mi cama, sobre todo… y a mi mamá…
- ¡Vas a escribir un guión para mí! –me había explicado cuando recuperé la consciencia-. ¡Soy tu fan número uno!
Atado de pies y manos a los barrales de la cama no me permitía mover. Intenté forcejear, demostrarle que yo era más fuerte que ella, que no me iba a doblegar fácilmente… Pero no lo logré, así que opté por un método que varias veces me resultó muy eficaz: dar lástima.
- ¡Cinthya, no me podés tener acá atado! Yo a vos no te hice nada… ¿Y mi viejita? ¿Mi pobre viejita? Ella va a estar preocupada cuando no vaya a su casa…
- Ya lo arreglé eso –me dijo con una sonrisa triunfal enseñándome mi propio celular-. Le envié un mensaje desde tu telefonito: “Mami, no te preocupes, me voy a pasar unos días de un amigo. Lo de esta noche fue muy fuerte. Así todos podremos despejarnos un poco.”
- Le hubieras puesto que me iba a pasar unos días a lo de una amiga, por lo menos… -le reproché ofendido.
- Es que quería que el mensaje fuera verosímil… Que no levantase sospechas…
No comprendí bien qué me quiso decir con su último comentario, pero volví a atacar con la lástima.
- Cinthya… Cinthyta… Dejame ir, por el amor de Dios… Yo te juro que te escribo todos los guiones que quieras, pero por favor no me tengas en cautiverio –la voz se me quebró un par de veces, aunque hice fuerza por no llorar, no quería dar tanta lástima, que viera que algo de orgullo me quedaba. El llanto lo pondría en práctica en media hora si no lograba convencerla con esto-. ¡Por favor, soy muy joven para estar acá atado!
Treinta minutos después estaba yo, llorando como un niño, pero ella parecía no escucharme.
- ¡Qué mala que sos vo…! –le recriminé entre mohínes de congoja, y sorbida de mocos-. Ni siquiera me mirás cuando lloro… Mi mamá cuando yo estoy triste me prepare un vaso de Tody…
Cinthya se puso de pie y abandonó la habitación, cerrando la puerta tras ella. Yo, aproveché e intenté zafarme nuevamente… La maldita tenía fuerza para hacer nudos… Parecían hechos por un marinero turco…
Intenté calmarme, aunque no podía cortar el llanto. Pero relajé como pude mi respiración, cerré los ojos, y sondeé en mi mente algo que me sirviera para aplicar en esta situación. ¿Qué haría Batman en este momento? Usaría su ingenio…
Abrí los ojos nuevamente y observé mi entorno tratando de crear una empatía con los elementos que me rodeaban, para ver qué podría aplicar en mi provecho. El jarrón con flores que estaba sobre la cómoda me quedaba un poco lejos… Las almohadas no me servirían de mucho… En la mesita de luz no había nada, la sagaz de Cinthya había tomado la precaución de haber sacado todo de ella… La lámpara del techo… no… ¡Estaba acabado! ¡Nada que pudiera usar en mi provecho! En un ataque de furia comencé a agitar los brazos de arriba abajo sin detenerme hasta que un ¡Chac! Se oyó en el aire e hizo detenerme. Sin darme cuenta, al agitar los brazos, el pañuelo que ataba mi mano derecha se cortó con uno de los tornillos que fijaba el parante del cabezal y que, no había advertido, sobresalía un poco. ¡Bueno, tampoco me culpen por eso! ¡No soy Batman!
Liberado de una mano, comencé de forma acelerada a intentar desatar la otra, cuando la puerta se abrió y entró Cinthya cargando una bandeja con el vaso más grande de leche chocolatada Tody que jamás había visto y una parva de vainillas.
- Estuve pensando y tenés razón, pichoncito… Te estoy tratando mal. Hoy Cinthya va a ser tu mamita y te va a dar la lechita… -Cinthya venía con la mirada fija en la bandeja pero cuando la alzó y me vio desatándome, lanzó todo por el aire y el vaso se estrelló contra el piso salpicando de chocolatada todo alrededor. Las vainillas volaron hacia todas direcciones.
Yo grité horrorizado. Mi leche chocolatada se había perdido, mis vainillas se habían estropeado. Cinthya me miró enfurecida, sus ojos se inyectaron en sangre. Se arremangó con ínfulas de matón de esquina y avanzó hacia mí.
- ¡Cretino! Yo preocupada por vos y era todo una treta –rugió.
- No… Yo… Batman… Te juro que lloré de verdad… ¡Haceme otra lechita!-balbuceaba yo mientras Cinthya se acercaba- En serio… Mirá si ahora me estoy poniendo a llorar de nuevoooo…
Cinthya me sujetó de nuevo el brazo y lo acercó a la cabecera de malos modos.
- ¡Aya! ¡No seas brusca! –protesté-. ¡Me haces daño!
Sin inmutarse volvió a atarme con otro pañuelo y no sé de donde apareció una inyección y me la clavó en el brazo. Una vez más caí en un pozo oscuro.
Cuando me desperté, cierta claridad entraba por la ventana cuya persiana apenas dejaba unas milimétricas rendijas abiertas. Continuaba atado, y cuando la visión se me aclaró puede ver para mi horror que yo solo estaba vestido con mis calzoncillos (por suerte tenía los nuevos de Batman, algunos están un poco gastados y otros con pequeños agujeritos, pero estos estaban impecables. Mi mamá siempre me dijo: "Hay que salir con calzoncillos limpios y sanos, uno nunca sabe lo que le puede pasar" Y se ve que tenía razón), pero a mi lado, enfundada en una especie de baby doll yacía Cinthya, pero en un primer momento, creo que por efecto de los narcóticos o porque la tenue luminosidad me recordó aquel traumático pasaje de mi vida en que desperté en el hotelucho de Cosntitución con él/ella al lado mío, confundí con Gladys. Solté una risita al recordar que el travesti estaría en Devoto junto a los pibes chorros por intentar robar las oficinas del Barolo. La risita despertó a Cinthya.
- ¡Hola, tigre! –me saludó con una sonrisa sensual-. Ayer estuviste hecho un toro… a pesar de estar dormido…
- ¡Noooo! –grité y si hubiera tenido lo sbrazos libres hubiera cubierto con ellos mi torso desnudo, sintiéndome humillado, sucio. Nunca antes nadie me había vejado… (Bueno Cinthya ya lo había hecho una vez). ¡Nunca antes me habían vejado estando dormido! ¡Una vez que había tenido sexo y no recordaba un solo segundo!- ¡Noooo! –volvía gritar, pero Cinthya me silenció metiéndome un corpiño suyo en la boca.
- ¡Te seguís portando mal! –me reprendió-. ¡No te hagas el loco o me voy a tener que poner más dura!
De pronto mi teléfono celular comenzó a tocar el ringtone de la Marcha Imperial, señal que me indicaba que estaba entrando un mensaje de texto.
- ¡Vu..sh! ¡Shugu…do que esh mi mometa que sh..tá plocu…pada! –dije como pude mientras la lengua se me enredaba en el sutién.
Cinthya tomó el teléfono y miró el mensaje. De inmediato su rostro se transfiguró.
- ¡No! –me respondió furiosa-. Es esa chirusa que te anda arrastrando el ala… Mariela…
- ¡Moliela! ¡¿Molielita?! ¿´e dishe?
- ¡La muy ladrona quiere verte mañana! –Cinthya lanzó el teléfono sobre la cama y yo lo miré con las lágrimas saltándome de los ojos. ¡Mariela quería verme, todavía!- ¡Lástima que mañana no vas a poder ir!
Cinthya me aplicó una vez más esa maldita inyección y todo fue tinieblas.
Desperté por la noche. Creo, pues la ventana no me regalaba luminosidad. Pero con tanta pichicata ya no sabía cuánto había dormido, en qué día estaba, o si era de día o de noche.
Cuando tuve la mente despejada pude notar que sobre la cómoda había una bandeja con frutos, una jarra de porcelana y, a un lado estaba mi celular y ¡mi notebook! Mi boca ya no estaba taponada por corpiños, de modo que comencé a llamar a Cinthya.
- ¡Shhhh! ¡Qué es tarde! –me reprendió cuando entró.
Se acercó con la bandeja rebosante de unos frutos deliciosos, jugosos, que invitaban a devorarlos hasta saciarse; cual una Circe perversa (y bastante menos hermosa) me ofreció el alimento sin soltarme de las amarras. Ella misma me daba con su mano, haciendo planear los bocados antes de meterlos en mi boca.
- A veeer… Acá viene el avioncitoooo –me decía.
Cuando me hubo alimentado me hizo beber agua, que la mayoría se me derramó encima.
- Me mojé todo –le dije con voz lastimera.
- No te preocupes que yo te seco –me dijo rápida de reflejos y llevó una mano a mis partes pudendas.
- ¡No, no, no hace falta! –le dije pero fue inútil hasta que se me ocurrió decirle:- ¡Tengo que ir al baño!
- ¡Ahora te traigo la chata!
- No, por favor. Dejame ir al baño, no me humilles más de lo que estoy.
Al parecer estas palabras la conmovieron ya que me desató y llevándome por un brazo me condujo al baño. Sin que lo advirtiera, pude tomar mi celular y lo metí dentro de mis calzones. En un primer momento, Cinthya pretendió quedarse en el baño conmigo, pero la disuadí para que me esperase afuera.
- Si hay alguien conmigo no puedo hacer… Es como los jugadores de futbol con el antidoping.
Cuando estuve solo, le quité el sonido al celular y envié un mensaje de ayuda (cifrado) a Tony. Sé que estuve mal, pero fue el primer número que me apareció en el directorio, no disponía de mucho tiempo como para elegir.
“Ayuda. La princesa está atrapada en la torre. Ogro la custodia. Favor de avisar a los Penosos Caballeros. Coordenadas: 30 mts de casa a la derecha”.
Tony me contestó de inmediato:
“¿Qué es para la nueva aventura para el rol?”
A lo que yo respondí con rapidez:
“No. No es juego. El Ogro va en serio”
“¿Me querés decir algo, Andres?”, fue su respuesta.
“Atrapado sin salida”, le envié.
“El Resplandor”, me contestó él.
“Nooo!"
“Si que no! En las dos trabaja Jack Nicholson!”
“No tengo tiempo, help”, le puse.
“¿Qué estás concursando en pulsaciones?”
“Nooo! El Ogro! La mina!”
“Fabiani y Granata?”
Opté por sacarme una foto enseñándole mis amarras y que estaba en calzones. Se la envié.
“¿Qué fumaste, Andrés? Convidá! ¿Vos me estás proponiendo tener sexo sadomasoquista con vos y una mina?”
En eso la puerta se abrió de golpe. Cinthya me miraba con cara de asesina desde la entrada del baño y extendió la mano para que le diera el teléfono. Intenté huir corriendo. Pero Cinthya me bajó de un golpe con su antebrazo en el cuello. Caí al piso y creí que iba a morir asfixiado, pero finalmente recuperé el aliento. Cinthya me cargó al hombro y me llevó hasta la habitación, me arrojó, esta vez a un sillón pesado con gruesos posabrazos y me ató a ellos, pero de los codos hacia arriba, de modo que mis brazos tenían cierta movilidad. Me echó una frazada a las piernas y me apoyó la notebook en el regazo. La encendió y me señaló la máquina.
- ¡Ahora escribí ese guión! –me dijo a voz en grito-. Y en cuanto me hagas una treta de estas de nuevo voy a tener que castigarte.
Claro que lo primero que hice cuando se cargó el sistema operativo fue intentar conectar Internet, pero fue inútil. Cinthya no tenía Wi Fi…
Resignado abrí el Word:
Viñeta 1
El Capitán Malambo se encuentra atado en un sillón en una cueva del planeta Eea…
Permítanme, ante todo, disculparme con ustedes, si es que verdaderamente alguien lee esto en algún lado del mundo. Si hace muchos días que no escribo no ha sido por propia voluntad. Tuve un inconveniente no previsto que me mantuvo alejado por varios días. Pero ya estoy de vuelta. Así que intentaré retomar el hilo de los acontecimientos lo mejor que pueda.
No sé qué se hizo de Petrus. Desde que lo vi alejarse con los globos porel cielo, no volví a saber de él. Espero que esté a salvo, en algún lugar seguro con su Santo Grial.
Al día siguiente, por la tarde, cayó la policía en casa. De alguna manera descubrieron mi conexión con él y trajeron una orden de allanamiento. Obviamente no pudieron encontrar nada, pero descubrieron el “baño” y el “loft” que se había hecho Petrus en el placard y exigieron explicaciones.
- Bueno… es un prototipo experimental de viviendas económicas que planeo desarrollar. Estoy buscando alguna ONG o entidad Gubernamental que me financie… Creo que esto podría solucionar el problema habitacional en el país, y por qué no, en el mundo.
Fue lo primero que se me ocurrió pero parece que era mi día de suerte, o el ingreso en la Policía deja mucho que desear últimamente, pues al agente que encabezaba el operativo, el sargento Guevara, le gustó mucho…
- ¡Una idea revolucionaria, amigo! –me dijo y dio por terminada la requisa-. No se preocupe. Yo conozco gente, lo voy a conectar con alguien del Gobierno...
El viernes me llamó la secretaria del Secretario de Acción Social. Dicen que me esperan el 5 de setiembre para una reunión por lo del “proyecto solidario de viviendas” No tengo idea que voy a ser, pero por para no levantar sospechas, le dije que ahí iba a estar.
Pero eso no tiene importancia comparado con lo que sucedió al día siguiente.
A las siete de la tarde, sonó el timbre. Cuando abrí la puerta, me encontré con el Padre Francisco muñido de un valijín de cuero negro, y a Don José, con su plumero mágico, y un bolsito marinero de lona gris. Ambos estaban discutiendo a voz en grito.
- ¡José, es una herejía y lo sabés bien! ¡¿Cómo que querés intentar una limpieza espiritual del tipo Umbanda?!
- ¡Dejame, Francisco! ¡No voy a ceder ante tu religión opresiva y castradora!
- “Los que nos quieren bien por ellos, a los que no nos quieren pues que Dios los ayude, y si no quieren esa ayuda… que los vuelva enanos para que nunca más vuelvan a sorprendernos.”
Ambos, sacerdote y curandero, se amenazaron con sus armas (plumero y crucifijo) y de inmediato se tomaron cada uno por el cuello.
- ¡Eh… muchachos… digo…! -intenté detenerlos, pero no me hacían caso.Por suerte, en ese momento llegó Cinthya.
- ¡Señores! ¡Qué vergüenza! –dijo cuando los vio agrediéndose-. ¿Por qué en vez de pelear no se unen para solucionarle el problema a esta gente?
Ambos se detuvieron en sus agresiones, se miraron y miraron a Cinthya. Fue el cura Francisco quien primero aflojó y mirando a su oponente le alisó las solapas con sus manos.
- Supongo que… la señora tiene razón…
- ¡Señorita! –corrigió Cinthya y me echó una mirada sugestiva.
Don José también aflojó y se acomodó un poco su ropa y con gesto circunspecto también dijo:
- Bien… si… Supongo que sí, que tiene razón… Podemos hacer una tregua.
Ambos pasaron y comenzaron a prepararse para sus respectivos rituales. Francisco sacó de su valija un librito de tapas de hule negro, un aspersor con agua bendita, un rosario, la medalla de San Benito y su estola color violeta. José, extrajo una botella de caña, un ramo de flores con algunas hojas de romero, una campanita, una espada y ruda. Se colocó una túnica blanca y le pidió a mi madre un bol…
En el recipiente echó un poco de caña, trituró las hojas de ruda y le añadió también unas hojas de romero. Mezcló todo y lo dejó a un lado.
- ¿Me presta un poco el aspersor? –le preguntó al cura quien le dedicó una mirada de reprobación.
- ¿Cree usted que yo voy a permitir que mancille el sagrado símbolo del agua bendita? -le dijo con tono osco.
- Solo necesito un par de gotas, acá –José le señaló el bol.
El sacerdote derramó, de mala gana, unas cuantas gotas en el fluido que había hecho el curandero y se retiró rápido dándole la espalda.
Yo seguía todo muy atento, hasta que sentí una presión leve en el brazo izquierdo. En un primer momento me asusté pues creí que se trataba del demonio que se había hecho presente e intentaba apoderarse de mí, pero era Cinthya, que hábilmente se había deslizado por detrás de mí y me había pasado su brazo por el mío. Ella me arqueó las cejas con un esbozo de sonrisa en sus labios.
- ¡Disculpame, pero tengo miedo! –me dijo-. Necesito estar agarrada de un hombre…
- Bueno… allá tenías otros dos…
Cinthya tomó mi comentario por un chiste y lanzó una carcajada estruendosa, aguda y prolongada. Tanto el cura como el curandero le dedicaron una mirada de reproche.
- ¡Vamos a comenzar! –anunció el sacerdote y miró a su “colega”, luego nos advirtió: - No hagan caso a nada de lo que vean o escuchen ustedes. Ahora mi madre también se aferraba de mi otro brazo, mientras que con una mano se persignaba constantemente y recitaba sus oraciones por lo bajo en una letanía incesante.
El Padre Franciscosentó a Sandra en una silla y le sonrió brevemente con una sonrisa un tanto paternalista tras acariciarle la cabeza.
- ¡Mamá! –rugió mi hermana asomándose por un lado del sacerdote-. ¡Decile a este viejo que no me toque los pelos! ¡Saben que detesto que me toquen el pelo! ¡Me despeinan!
- Ya empezó a manifestarse –indicó el sacerdote, ignorante de la conducta cotidiana de mi hermana.
De pronto, Sandra, se largó a llorar. El enojo por haber sido ultrajados sus cabellos había quedado ya en el olvido.
- ¿Por qué lloras, niña? –le preguntó el cura.
- Es que con esa caricia me hizo acordar a mi abuelo Antonio… él me acariciaba así… -respondió entre lágrimas, muy compungida… Pero enseguida su ánimo se tornó irascible y frunció el ceño: - ¡Y eso que sabía que no me gustaba que me acaricien la cabeza, ese viejo inútil, también!
Cura y curandero se miraron y compartieron un gesto grave de asentimiento.
- ¡Ya comenzó! –reconoció Don José y tomó un trago de caña que escupió sobre el rostro de Sandra.
- ¡Mamá! –gritó ella prolongando unos cuantos segundos la “a” final- ¡Este gordo idiota me escupió en la cara! ¡¿Y vos, Andrés?! ¡¿No vas a hacer nada?! ¡Claro, él a su hermana no la defiende!
Una vez más Don José le escupió caña encima en forma de lluvia y detrás, Francisco comenzó a rociar con su aspersor el agua bendita tras persignarse. Sandra comenzó a sacudirse histéricamente y a aullar de ira. Los gritos que pegaba parecían los de una mujer a quien le habían echado aceite hirviendo.
Sandra se puso de pie y tuvo la intención de irse a su cuarto, pero rápidos de reflejos, José y Francisco la tomaron por los hombros la obligaron a sentarse y la retuvieron allí.
- ¡Sáquenme las manos de encima! ¡Mamita, mamita! ¿Qué me hacen estos señores, mamita? ¿Son como ese payaso de Palermo cuando tenía cinco años que me llevó detrás de los arbustos y… –comenzó a gritar mi hermana y saltaba de la ira al miedo en cuestión de segundos, para luego pasar a nuevamente al enojo-. ¡No me toooqueeeen!
- ¡Rápido! –pidió Don José- ¡Una soga o cualquier otra ligadura!
- ¡¿Está loco?! –le dijo mi mamá.
- ¡Traiga, mujer, por el amor de Dios! –la urgió el cura- ¡Que el demonio está muy fuerte dentro suyo!
- Pero… no es el demo… -quise explicarle yo pero no me dejaron hablar.
- ¡Silencio! ¡Acá los expertos somos nosotros! –rugió el sacerdote-. ¡Hombre de poca fe!
Mi madre corrió a su habitación y regresó de inmediato con dos cinturones y una bufanda.Los dos hombres ataron a Sandra al respaldo de la silla y sus piernas a las patas. Acto seguido, Don José le dio otro trago a la caña y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo inclinando e irguiendo su cuerpo mientras agitaba la espada de un lado a otro. Francisco lo miró enojado y le dio un empujón.
- ¡Guarda con eso, hereje! ¿Me quiere sacar un ojo?
José se detuvo en seco ante el empujón.
- ¡¿Qué hacés, chambón?! ¡¿Qué empujas?!
- ¡Te empujo todo lo que quiero, en nombre de Dios! ¡Qué tanto!
- ¡Ah, no! ¡Esta no te la permito! ¡Harto me tenés! ¡Desde el seminario! –le dijo Don José apuntándolo con su espada-. ¡Desde aquella época me tenías podrido, viejo! ¡Con tus sermones! ¡Con tus castigos! ¡Con tus anécdotas! ¡¿Sabés porqué dejé el seminario?!
- No. Y es algo que me pregunto a diario…
- ¡Por vos! ¡Por vos! ¡No te banco, viejo!
El rostro de Francisco se puso colorado súbitamente, y vi cómo apretaba sus puños, una de las manos en torno a su rosario de gastadas perlas. La frente y la calva se le perlaron de gotas de sudor y se persignó.
- Perdóname, Señor –dijo alzando su mirada al cielo raso y le propinó un puñetazo directo a la boca, a pesar de la diferencia de estatura.
Don José cayó al piso desparramado. La espada se le soltó de la mano y derrapó por el piso hasta quedar debajo de un mueble… ¡por suerte! Pues lo que se desató a continuación, de haber mediado una espada, hubiera terminado en tragedia.
El curandero se paró de un salto y tomó por el cuello al sacerdote. Ambos rodaron por el piso y se trenzaron en una entrega y devolución de piñas, codazos, piquetes de ojos y tirones de cabello, de la que fue imposible separarlos. Mientras tanto, mi hermana andaba a los saltos con silla y todo, intentando librarse de sus ataduras, persiguiendo a mi madre que, con el teléfono inalámbrico pretendía llamar a la policía.
- ¡Mami, mami, los señores del Planetario me quieren hacer cosas raras de nuevo! ¡Dicen que tienen caramelos! –gritaba Sandra que parecía un caracol con su casita a cuestas.
En cuanto a mí, Cinthya me mantenía apretado contra ella, y no me dejaba moverme.
- ¡No, Andrés, quédate conmigo! ¿No ves que el diablo los poseyó a Don José y al cura Francisco?
La noche terminó con la policía llevándose esposados tanto al cura como al curandero; a mi madre y a mi hermana. Cinthya estuvo muy ágil y se logró escabullir conmigo por entre todos los que habían ingresado a mi casa (vecinos curiosos inclusive) y me llevó a su casa.
- ¡Esto es un atropello! –gritaba el Padre Francisco mientras se lo llevaban-. ¡Se va a enterar el Obispo! ¡Se va a enterar el Vaticano de esto! ¡Ya verán! ¡Tendrán que lidiar con la ira del Papa y la ira divina!
- ¡Tenga cuidado con la campera, sargento, que es Cardon, ya bastante me la arruinó ese… hombre…! ¡Yo lo conozco a usted! ¡Yo le curo el empacho a su pibe! –decía Don José malhumorado.
- ¿Mami, nos llevan detrás de los arbustos como en el Planetario, mami? –preguntaba mi hermana, aun atada a la silla, pues los policías no quisieron correr riesgos cuando Sandra comenzó a tirarles tarascones al querer desatarla.
Para finalizar la entrada de hoy, están muy equivocados si piensan que yo fui el único que tuve suerte y me libré de la policía.Hubiera preferido ser confinado a la peor cárcel del mundo. Cinthya sabía muy bien lo que hacía. Lo había planeado todo desde el primer momento, cuando había visto al cura y al curandero en casa el otro día. Ella sabía que tarde o temprano acabarían peleando y usó todo eso para poder secuestrarme.
Cuando llegamos a su casa, me ofreció un té que yo, de buena gana acepté para ver si me ayudaba a relajarme… Pero a los tres tragos, todo se me hizo negro. Cuando desperté, estaba atado a la cama matrimonial de Cinthya.
- Escribirás un guión de historietas para mí, cariño –me dijo-. Soy tu admiradora número uno.
Los vientos soplan turbulentos. Todo lo que me rodea parece siempre torcerse.
En mi casa la situación es insostenible. A mi madre y a mi hermana no hay quién las convenza de que la otra noche no se apareció el espectro.
- ¡Nene, no me vengas a decir que no! Se te apareció al lado tuyo… ¡Salió del baúl! –me repetía una y otra vez mi madre.
- ¡Dejalo, mamá! –Intervenía Sandra entonces-. ¿No ves que el señor se cree tan superior? ¡Cómo él no posee nuestra sensibilidad para captar el mundo de lo intangible…! Prefiere negarlo, como todos los necios del mundo. –entonces la ira daba lugar a una tristeza opresiva-. ¿Por qué nadie tiene que creerme cuando veo cosas? ¡¿Por qué a Favio Zerpa le creen?! ¿Qué tiene ese viejo loco que yo no tenga? –y ahí salía corriendo a encerrarse al baño para llorar desconsolada por media hora.
La cuestión es que tuve que llamar, mal que me pese, a Cinthya para que me ayudase a calmarlas. Debo admitir que no fue de gran ayuda, pues se vino acompañada por Don José, el curandero.
Don José es un hombre de campo, pero no se crean que es el típico viejecito arrugado vistiendo boina, pantalones de franela y alpargatas, mal afeitado, que cura el empacho tirando el cuerito, el mal de ojo con el aceite y la llave, el dolor de muelas con un sapo, y la culebrilla con tinta china. No. Don José tiene unos cincuenta y pico de años, es muy alto, supera los dos metros, y su prominente barriga, gracias a su altura, la disimula bastante bien. El cabello, algo enrulado y escaso en la coronilla, presenta más canas que pelos negros. Sus cachetes siempre están sonrosados. Viste bombachas Pampero, botas y camisas, rematando todo con pañuelos al cuello. En esta ocasión toda su ropa era de color negro. Su imagen estaba más cerca a la de un rico terrateniente que a la de un curandero. Encima se corría la bolilla por el barrio que era bastante juguetón con las mujeres. Era común que Cinthya lo llamara bastante seguido a altas horas de la noche para que “le destrabara los malos efluvios”.
Don José entró observando todo a su alrededor y, de inmediato, frunció el ceño.
- ¡Esta casa está cargada! –anunció sacudiendo una especie de plumero-sonajero hecho, según él, con plumas de Cóndor hembra virgen y semillas de Algarrobo.
Por suerte (en realidad no me atrevería a calificar de suerte aquella aparición) en ese momento llegó el Padre Francisco que lo había convocado mi madre la noche anterior por teléfono.
- ¡¿Que hace este hombre acá?! –preguntó ofuscado el cura, ataviado con su sotana marrón con capucha, ya que, ¡vaya coincidencia con su nombre!, el sacerdote en realidad pertenecía a la orden de los Monjes Franciscanos.
- ¡Bueno si hubiera sabido que venía este hombre no hubiera concurrido yo! –exclamó ofendido José.
Parecía ser que ambos parecían se odiaban, pues en algún momento, Don José, había sido discípulo de Francisco en el seminario. Don José había comenzado a transitar el camino de la Fe, y el padre Francisco lo había tomado a su cargo porque le veía condiciones. No se sabe bien porqué, Don José abandonó la carrera, pero cuando lo hizo apareció diciendo que ahora poseía el don de la sanación.
- "Tus ojos pueden engañarte, no confíes en ellos” –sentenció el cura muy seriamente, y yo no podía creer lo que estaba escuchando…
- "El círculo está completo. Cuando te dejé era el alumno, ahora soy el maestro." –le respondió con arrogancia Don José y le enseñó el plumero a modo de saludo, o burla, no sé.
- "Sólo maestro en la herejía"
Allí estaban enfrentados, ex-alumno y ex-maestro. Ambos sosteniéndose la mirada, ambos inmóviles. Uno con el plumero extraño alzado delante suyo, el otro enarbolando el crucifijo de madera. Uno completamente vestido de negro, el otro, de túnica marrón con la capucha embozada. Por un momento creí que había caído en una escena del Episodio IV de Star Wars. De pronto ambos se volvieron hacia mi madre y casi al mismo tiempo dijeron:
- ¡Me voy! ¡Si quieren que vuelva, procuren que este hombre no esté presente!
Cuando el cura se alejaba acompañado por mí a la salida, mi madre, algo desesperada, y para completar la ilusión, nos corrió y tomándolo por una manga le rogó, repitiéndolo unas tres veces:
- ¡Ayúdanos, Padre Francisco... Eres nuestra única esperanza…!
En cuanto a mí, la cosa no anda bien. El miércoles no tenía ganas de levantarme de la cama. Mi fracaso en cuanto a publicar un guión de historieta, y todo el lío que hay en mi casa, sumado a que, todo lo que me prometí ese (tan lejano me parece hoy) día de mi cumpleaños, aun no pude concretar nada: ni mudarme, ni conseguir un trabajo bueno, ni conseguir establecer una relación sentimental…
Paradójicamente, fue Petrus quien me hizo levantar. A las doce de la noche salió del placard y me obligó a salir de la cama. Se acercaba la hora de la incursión al Barolo. Tan deprimido me sentí que ni siquiera había recordado eso.
- ¡Vamos, arriba! –me dijo con su serenidad particular.
- No quiero… Mi vida está acabada…
- La máxima victoria es la que se gana sobre uno mismo. –me respondió y retiró suavemente las cobijas.
- ¡No, mamí! ¡No quiero ir a la escuela! ¡Quiero quedarme a ayudarte en casa!
- No soy tu mami, soy Petrus, Andy, y tenemos trabajo que hacer dentro de un par de horas…
- No –le dije compungido-. ¡Andá vos! ¡Yo soy un fracaso!
De pronto me sentí volar por los aires. Una fuerza sobrenatural me alzó en vilo por un brazo, mi cuerpo describió una medialuna en el vacío y al segundo mi espalda estaba golpeando contra el piso de madera. Petrus me había aplicado una toma de judo. Cuando recuperé el aire, me incorporé y me senté en el borde de mi cama.
- ¿Era necesario? –le pregunté frotándome los riñones.
- Ya lo dijo Mao Tse Tung: “Lo urgente generalmente atenta contra lo necesario.”
- Voy a darme una ducha –le dije omitiendo su comentario.
- Puedo ofrecerte mi baño –me dijo señalando el placard.
Sin responderle, tomé un calzoncillo, la toalla y me dirigí a “mí” baño, recomendándole sólo con un gesto de mi dedo índice que no saliera del cuarto.
El problema que se suscitó luego fue cómo íbamos a salir de casa. Yo me negaba absolutamente a repetir lo del baúl, pero al parecer, para Petrus no había problema alguno, simplemente abrió la puerta del cuarto y salió al living para horror de mi hermana y de mi madre, y para el mío también.
- No hay tiempo para sutilezas- dijo al abrir y avanzó a grandes zancadas atravesando el living mientras Sandra y mi madre, abrazadas entre sí gritaban y rezaban e imploraban al mismo tiempo.
Yo pasé detrás de él lo más rápido que pude para que no me detuvieran y me cuestionaran nada. Después debería encargarme de ellas. Alcancé a escuchar entre Padrenuestros y Avemarías: “¡Pobre hijo, va detrás del fantasma para defendernos!”.
A las dos de la mañana en punto estuvimos todos reunidos en la puerta del Barolo. Todos, más o menos, habíamos coincidido en la vestimenta: ropa oscura, gorros de lana, guantes. Bueno, Petrus estaba vestido como siempre: sus pantalones de gabardina verdes, y su abrigo largo y negro. El último en llegar fue Claudio… Bajó de un taxi ataviado con un yelmo de cimera alta empenachado de plumas de cigüeña, cota de malla y una capa azul. De su cinto colgaba una espada larga. Todo hecho por él mismo, nos dijo después orgulloso.
- ¡Suerte en la fiesta de disfraces, jefe! –lo despidió el taxista antes de poner primera y perderse por Av. De Mayo.
- ¡¿Qué hacés vestido así, Claudio?! –le pregunté alarmado y miré para todos lados para constatar que ningún curioso estuviera mirando.
- ¡¿No dijiste ayer que debíamos venir vestidos acorde la ocasión?! –Claudio respondió ofendido-. ¡Bueno! ¡Vamos a buscar el Grial ¿no?!
- ¡Si! Pero cuando dije acorde a la ocasión me refería a que vamos a entrar a hurtadillas al edificios –le dije con tono de maestro enojado por haber repetido veinte veces la lección y con un ademán ampuloso le señalé al resto que estaban todos vestidos iguales.
Claudio los miró y sus mejillas se sonrojaron, pero no iba a reconocer su error.
- ¡La próxima vez sé más claro, entonces!
- ¡Estupendo, señor enano! –intervino festivo Petrus- ¡Usted será nuestro Campeón en esta empresa!
Claudio se descolgó de su espalda su mochila y extrajo unas enormes pinzas corta-cadenas.
- ¡Rápido, no perdamos el tiempo!
Con movimientos diestros cortó el candado que aseguraba la compuerta y de una patada la abrió. Sin decir nada, tomó su mochila y se lanzó por el tobogán que se utiliza para que los proveedores ingresen las mercaderías. El resto, uno a uno lo imitamos.
- ¡Perfecto! –exclamó ofuscado Alan-. Nadie previó que todo estaría oscuro.
Era verdad. A nadie se le había ocurrido traer una mísera linterna. Estábamos inmersos en una oscuridad impenetrable que no permitía vernos siquiera la punta de la nariz. Pero de pronto, un fogonazo, acompañado luego por un acre olor a combustible quemado llamó mi atención.
Claudio estaba parado sosteniendo en alto una antorcha.
- ¡Hablen por ustedes mismos! En todas las misiones son los mismos improvisados. ¡Menos mal que tienen a Ralin Mataorcos cerca!
Dicho esto, abrió su mochila y extrajo dos antorchas más, que encendió y le pasó una a Pedro y otra a Alán. Petrus emocionadísimo, le palmeó el hombro y lo instó a avanzar con él.
- ¡Vamos! ¡Adelante, mi inteligente Campeón! ¡Guíanos a la gloria!
Avanzamos con sumo sigilo por aquel sótano que, al parecer, era utilizado como depósito general. Había allí cajas apiladas; un viejo piano de cola; sillas que habían pertenecido, supongo, al bar que funcionó hace unos años en uno de los locales de la galería; más cajas, unos carteles de publicidad… El lugar olía a humedad, telas de araña colgaban por los rincones y en las vigas bajas que cruzaban e techo, el polvo se acumulaba en los trastos apilados y en el piso. El silencio nos envolvía como una masa invisible y pesada. Nos movíamos ligeramente, callados, en fila india. Claudio y Petrus encabezaban la hilera con una de las antorchas; Pedro al medio con otra; y Alán cerraba filas con la otra. Las trémulas llamas jugaban con nuestras sombras y de pronto… un sonido nos hizo sobresaltar.
“¡Quiki! ¡Quiki! ¡Quiki!”
Nos volvimos todos a mirar a Tony que se había apartado unos centímetros de la fila. En su mano tenía un patito de hule. Nos miró divertido y lo apretó de nuevo.
“¡Quiki! ¡Quiki! ¡Quiki!”
- ¡Ja, ja! ¡Un pato de hule!
Alan se lo arrebató de malos modos y lo arrojó lejos en la oscuridad.
- ¡Por si no te enteraste, entramos de contrabando a este lugar, así que si vos hacés ruido nos pueden descubrir! ¡Y si nos descubren vamos en cana!
- ¡Bah! Tanto lío por un ruidito de nada –dijo Tony compungido y echó una mirada triste a la negrura que se había tragado el patito-. ¡Adiós Lito! –se despidió y se unió a la fila.
- ¿Lito? –le preguntó Pedro con real curiosidad.
- Si, Lito, el patito… Ya le había puesto nombre…
Por fin llegamos a la puerta. Una clásica puerta de metal con su correspondiente barra antipánico. Sobre el dintel, a un lado, un cartelito iluminado apenas de verde indicaba: “Salida”
Claudio empujó pero la puerta estaba cerrada con llave.
- ¡Cerrada! –masculló y atinó a llevarse la mano a su espada, pero la mano de Tony lo detuvo.
- Dejame a mí –le dijo-. Setenta y cinco por ciento en Abrir Cerraduras y una ganzúa mágica que otorga un veinte por ciento adicional… Soy bribón, lo olvidaste, es mi especialidad…
Para nuestra sorpresa, Tony extrajo de su bolsillo un juego de ganzúas que introdujo sin miramientos en la cerradura de la puerta. Luego de varios intentos, ya para nuestro asombro, la cerradura cedió. Se escuchó un chasquido, y al empujar la barra antipánico, la puerta se abrió para dejarnos pasar a las escaleras de servicio.
- Escaleras de servicio –murmuré.
- ¡Esa! Parece que superaste un chequeo de inteligencia –se mofó Marcelo.
Subimos con nuestras antorchas muy lentamente. Las escaleras estaban débilmente iluminadas por unas luces de emergencia pero aun así mantuvimos las antorchas encendidas. Por suerte, en esas escaleras no había cámaras de seguridad, como si había en las escaleras principales.
Llegamos por fin al segundo nivel. El silencio era total. Otra puerta similar a la del sótano nos separaba del pasillo. Tony ya estaba sacando sus ganzúas pero Pedro, sabiamente lo detuvo. Con señas nos indicó que debíamos escuchar por si había alguien del otro lado.
- Guardias – dijo por lo bajo.
- Escuchá vos, Alan –sugirió Tony-. Vos tenés oído élfico…
- ¡Ma´que oído élfico!, ese Alathar. Yo tengo el tímpano derecho perforado, y una disminución auditiva en el izquierdo del 30 % por el uso del Mp3 a un volumen mayor de lo soportable por el hombre…
Marcelo se acercó a la puerta y pegó su oreja en ella. Todos hicimos silencio, mientras él se concentraba en los ruidos del otro lado. Nos quedamos inmóviles, con las antorchas iluminándonos. Claudio se removió nervioso y su cota de malla tintineó un poco. Estaba nervioso, y yo sabía porque, se moría de ganas de usar su espada.
- Nada –dijo Marcelo y empujó la barra antipánico de la puerta que, para decepción de Tony, esta abrió dócilmente.
Pero, Marcelo estaba equivocado, o tiene los oídos más atrofiados que Alan. En el pasillo nos estaban esperando, aunque no precisamente guardias.
Gladys, si Gladys, la novia travesti de Marcelo, estaba junto con una banda de cinco chicos, todos vestidos con equipos de gimnasia y gorritas de vicera. ¡No lo podía creer! Era el pibe chorro que había conocido en el cyber de Constitución junto con sus amigos… Y estaban armados…
- ¿Gladys? ¿Qué haces acá, con estos? –quiso saber Marcelo.
- Lo siento, papi, pero esa copita tan valiosa que viniste a buscar con tus amiguitos, la quiero yo.
- ¡¿Le constaste a Gladys lo del Grial?! –le pregunté enojado a Marcelo.
- ¡¿Y qué querés?! Entre ella y yo no hay secretos…
- Si, ya veo.
- ¡Vamo´, loco! Arriba las mano´ o los llenamos de corchazos –dijo mi “amigo” -. ¡Todo bien con vo´ fiera, pero esto es laburo! –me dijo luego.
- ¡Vos, payaso! –le dijo otro a Claudio apuntándolo con una escopeta “tumbera”- Dame la faca esa que tenés ahí.
- ¡Ahora, dígannos dónde está esa copa que tanto valor tiene! –pidió Gladys que portaba un 38 especial de caño largo.
- ¿Quién los manda a ustedes? –exigió saber Petrus, que parecía no amedrentarlo la situación - ¿Son nazis?
- ¡Eh! ¡Que la boqueas, gato! ¡Nosotro no somo ninguno nazi! Pibe chorro, somo ¡Aguante la villa!
- ¿Quién de ustedes es el coronel Vogel? –preguntó ignorando al chico- Supongo que usted es la Doctora Elsa Schneider?
- ¡Ay, papi! ¡¿Elsa?! ¡Qué nombre más horrible!, ¡Yo soy la Gladys!
- ¡Basta de chamuyo, loco! ¡Vamo a buscar la copa!
- ¡No! ¡El lugar tiene trampas que solo podrán sortear si pueden descifrar este diario –explicó Petrus exhibiendo la libreta encuadernada en cuero-. Y calculo que apenas sabrán leer ustedes…
Los pibes chorros se miraron entre sí con cierto derrotismo, pero Gladys no se dejaba amedrentar fácilmente.
- ¡Vos, Andresito, ya que me despreciaste siempre, agarrá ese diario y andá a buscar la copa! Si no volvés o hacés alguna trapisonda, mato a tus amigos.
Petrus me pasó el diario y me estrechó la mano.
- “La búsqueda del Grial no es arqueología. Es la lucha contra el mal. Si cae en manos de los nazis, los ejércitos de la oscuridad marcharán sobre la faz de la tierra.” –me dijo y añadió:- Y no lo olvides: "El destino favorece a los niños, a los locos y a las naves llamadas Enterprise."
- Tony, te necesito para abrir la puerta –dije y Tony, nuevamente sorprendiéndonos a todos con su habilidad, abrió la puerta.
Antes de ingresar miré la libreta de notas, donde decía:
PRIMERA PRUEBA: SOLO EL PENITENTE PASARÁ.
En el libro estaba dibujado un croquis de la oficina donde a mitad de camino entre la entrada y un grupo de escritorios estaba marcada una X.
Di un paso vacilante, me detuve, miré a la gente que quedaba atrás. Gladys y un par de chorros tenían apuntados a la mayoría, pero uno mantenía a Claudio agarrado por el cuello y le apoyada la punta de su revolver en la sien. Di otro paso, mientras me repetía las palabras de la libreta, una y otra vez: “Solo el penitente pasará; sólo el penitente pasará, sólo el penitente pasará.” Cuando llegué al lugar que el mapa indicaba con una cruz, casi sin pensarlo caí de rodillas como si fuera a rezar, sólo para advertir recién allí que, un casi imperceptible rayo láser cruzaba la habitación a la altura del pecho de un hombre. Con el cuerpo un poco encorvado pasé debajo del rayo y, una vez lo hube cruzado, tomé un puñado del polvo acumulado en el suelo (se ve que la limpieza no era una prioridad en ese lugar) lo lancé al aire detrás de mí, para que sus partículas revelasen su exacta posición para cuando tuviera que regresar, tal vez un poco más apurado que ahora.
- ¡Buena, Andy! –se escuchó la voz de Petrus alentándome detrás.
Me puse de pie y consulté una vez más la libreta.
SEGUNDA PRUEBA: SOLO EL QUE SIGUE LOS PASOS DE DIOS LOGRARÁ ENTRAR.
El dibujo ahora me mostraba los escritorios que, de manera desordenada se esparcían por el lugar.
Contemplé bien la situación, mientras en mi cabeza rememoraba la escena de Indiana Jones cuando iba saltando de baldosa en baldosa formando la palabra Jehová… Pero en el piso de esa oficina no había baldosas con letras. Lo que sí noté es que los escritorios tenían carteles con nombres. Los escritorios eran muchos, pero poco a poco fui identificando algunos que, tal vez, fueran los que debía pisar. De modo que juntando coraje di el primer salto y trepé a un escritorio cuyo cartel indicaba “Jerez, Obdulio”. El próximo escritorio que debía pisar, según mi teoría, se encontraba un poco difícil, pues en medio había otro. Debí tomar un poco de carrera desde el borde opuesto de la mesa y pegar un salto con esfuerzo. Un pie apoyé bien, pero el otro encontró el vacío y casi caigo de espaldas. Pude recuperar el equilibrio aleteando con los brazos. El letrerito de este decía: “Esteves, Mirian”. El próximo fue más fácil pues estaba casi pegado, aunque debí saltar en diagonal. Su cartel era: “Hernández, Pedro”. El próximo fue “Orgambide, Mariano”, y el que le siguió, “Valenzuela, Inés”. En este, golpeé una silla sin querer y hubiese caído al piso si no hubiera reaccionado rápido. La atrapé por el respaldo cuando ya describía un ángulo de 45 grados. El último fue el más difícil, pues era el que más estaba alejado de todos. Daba la impresión que había sido corrido a propósito. El cartel decía: “Anselmi, Noelia”. Tanto impulso tomé que caí sobre el escritorio con el pecho y derrapé sobre su superficie. Si no hubiera puesto las manos a tiempo en los bordes, hubiera seguido de largo. La segunda prueba estaba pasada. Ahora venía lo peor.
TERCERA PRUEBA: SÓLO LA FE TE HARÁ PASAR
Frente a mí, se elevaba una enorme puerta de hierro con robustos remaches. El muro era de blindex y detrás podían verse las estanterías que contenían toda clase de copas. En esta prueba no sabía que tenía que hacer. Recordé que Indiana Jones caminaba en el vacío, para descubrir que había un camino invisible. Pero acá no había vacío, ni mucho menos caminos invisibles. “Solo la fe te hará pasar”, decía… La fe te hará pasar… Me concentré y deseé estar del otro lado de aquella infranqueable puerta. Decidí hacerle caso a la famosa ley de atracción. Si se desea lo suficientemente algo, el Universo conspirará para que ese deseo se cumpla, decía más o menos el libro “El Secreto”. Sin embargo por más que me concentré y apreté bien los ojos para pensar que quería estar del otro lado, no pasó nada.
- ¡Dale, guachín! ¡Apurá el trámite, porque mi jermu me espera viste!
El grito no me lo esperaba y di un salto sorprendido, trastabillé e intenté apoyar una mano en la puerta blindada para detener mi caída, sin embrago, la mitad de mi cuerpo atravesó la puerta y caí de todos modos, igual. “¡Tengo los poderes de Kitty Pride!”, fue lo primero que pensé lleno de júbilo. “¡Puedo entrar en fase con los objetos sólidos y atravesarlos!”. Pero de inmediato comprendí que no era yo, sino la puerta. Allí no había nada más que un excelente holograma tan perfecto que parecía, en verdad, una puerta sólida e inexpugnable.
Me incorporé y avancé hacia las estanterías. ¡Había tantas copas! ¿Cuál podría ser el Grial?
- ¿Usted es el reemplazo?
La voz surgió desde un rincón en sombras y casi me hace morir de un infarto. Me di vuelta lentamente para ver a un guardia de seguridad, vistiendo un uniforme gris y bastante anticuado y una gorra que parecía más la de un guarda de tren que la de un vigilante. El hombre era muy viejo, estaba muy flaco y tenía una barba larga y rala de color blanco.
- ¿Es usted el reemplazo? –volvió a preguntarme y dio un paso al frente.
Ahora pude ver bien de dónde había salido. En ese rincón había un pequeño escritorio y un libro de actas, donde antiguamente se asentaban todos los movimientos que, los guardias de seguridad registraban.
- ¿Usted es el Guardián? –le pregunté a su vez al viejo.
- Hable fuerte, estoy un poco sordo –me dijo.
- ¡¿Qué si usted es el Custodio?!
El viejo afirmó con la cabeza. Su mirada se veía algo cansada.
- Si –dijo al fin-. La empresa quebró hace varios años y me dijeron que cuidara de estas cosas hasta que vinieran a reemplazarme… Pero nunca vino nadie…
- ¿Y se quedó acá igual?
- Era mi deber –respondió el anciano-. Además la puerta de entrada estaba cerrada… Y las trampas… Llegó un momento en que saltar de escritorio en escritorio me resultaba demasiado fatigoso…
- Estoy buscando el Grial –le dije.
- ¿El qué?
- La Copa del Carpintero –le expliqué.
- ¡Ah! Ya veo… -el viejo se acercó arrastrando los pies y con un leve temblor en sus extremidades, hasta las estanterías. Las recorrió con la mirada un par de veces y luego, asintiendo, tomó una copa… de madera.
- ¡Claro! –exclamé yo-. Recordando la película-. ¡Es la copa de un carpintero!
- Es el primer premio que el patrón obtuvo en una competencia internacional de ebanistas –explicó el viejo-. ¡El jefe era un gran carpintero!
- ¡Debo irme! –le anuncié recordando que mis amigos estaban siendo amenazados por una banda de ladrones armados.
- ¡No! ¡La copa no debe cruzar esa línea amarill…!
Tarde, acaba de cruzar con la copa de madera la línea amarilla de la cual trató de advertirme el vigilante. Una línea pintada en el suelo a medio metro delante de las estanterías. Casi automáticamente cayó entre nosotros un grueso muro de acrílico, y unas luces rojas comenzaron a encenderse y apagarse al tiempo que una aguda chicharra comenzó a sonar. El Guardián quedó del lado de las copas, yo del lado de la salida. El viejo desesperado apoyó sus palmas y su cara contra el acrílico y golpeándolo con desesperación comenzó a gritar, aunque yo no podía oírlo. Si mal no leí en sus labios decía algo así como: “¡No es justo! Dijeron que me vendrían a sacar de aquí y ahora me dejan encerrado para siempre.”
Deshice el camino rápidamente y llegué donde Gladys y su banda tenían a mis amigos.
- ¡¿Esto es el Crial, gato?! –preguntó uno con desconfianza.
- ¡Grial! –lo corrigió Petrus-. ¡Se llama Grial!
- ¿Pero esto tiene algún valor? ¿Están seguros?
- No todo el oro reluce –murmuró Alan citando el comienzo del poema de Tolkien.
- ¡Bueno! ¡Dame esa copa y quietecitos que nos vamos a ir, ahora –anunció Gladys y me sacó la copa de la mano-. ¡No nos sigan! ¡Estamos armados!
- Y nosotros también –acotó Tony-. ¡¿Qué?! ¡¿Nos ves desarmados vos?! ¿Estamos con las piezas sueltas?
La banda de Gladys se perdió tras la puerta de servicio.
- ¡El grial! –gritó desesperado Petrus.
- ¡Mi espada! –lo imitó Claudio.
De pronto, de las escaleras nos llegaron unos gritos: “¡Alto, policía, carajo!”. Las puertas de servicios se abrieron de nuevo y una vez más la banda de Gladys se nos vino al humo.
- ¡Vamos! ¡Vamos! –nos apuraron-. ¡Ustedes se vienen con nosotros de rehenes, que nos sigue la poli! ¡Por las escaleras principales al techo!
No supe en ese momento por qué, cuando Gladys mencionó el techo, Petrus sonrió satisfecho.
La policía apareció pronto. Efectivos comunes y miembros del GEOF, pero al ver que nos tenían de rehenes, se limitaron a seguirnos a buena distancia sin hacer nada. El ascenso fue lento, casi eterno para mí. A cada rato, alguno de nuestros captores les enseñaban sus armas a la policía y les gritaban: “¡Che, bigote! ¡Aguante los terro! ¡Abajo los Counter!”
Por fin salimos a la azotea. En el centro se elevaba la cabina del faro y, entre los equipos de aire acondicionado y los respiraderos de los baños, había algo oculto por una lona negra que parecía flotar de una forma inquietante. La policía se detuvo en la entrada y se mantuvo expectante ahí.
- ¡No entrés, rati! ¡No entré porque quemamos a estos giles! ¡¿Entendiste, bigote?
- ¡¿Qué es lo que quieren?! –preguntó uno que, supuse, sería el mediador.
- ¡Quiero que nos traigan un helicotero y que nos haga un reportaje Anabela Ascar! –pidió Gladys.
Todos estaban descuidados, concentrándose en la policía. Entonces Claudio miró a quien lo tenía del cuello y le dijo:
- Tengo maestría en ataque con armas contundentes.
- ¿Qué decís, payaso?
- ¡Qué mis manos son como mazas y la maestría me otorga un bonus al THAC0!
Claudio golpeó a su captor con ambas manos entrelazadas en la sien. Este cayó al piso inconsciente y Claudio aprovechó para recuperar su arma. Como un poseso se lanzó primero contra Gladys que de un espadazo le hizo volar el revólver, y después contra el de la tumbera que se la cortó a la mitad. La policía aprovechó y entró en acción reduciendo al resto. En la confusión, vi a Petrus tomar la copa y correr hacia donde estaba la lona flotante. La descorrió y, para mi sorpresa, descubrió un centenar de globos que pugnaban por ascender pero no podían por estar atados a un caño. Petrus me miró y me sonrió al tiempo que con una mano se agarraba de los globos y con la otra los desataba. Pronto se elevó con ellos por los aires.
- ¡Adiós, amigos! ¡Ahora soy el custodio del Grial! ¡Y recuerden!: "Al Imperio Klingon le quedan aproximadamente 50 años de existencia." ¡Y a ti, mi amigo Andy: “Si se elimina lo imposible, lo que queda será la verdad por improbable que sea”!
Petrus se perdió en el firmamento nocturno y a los ladrones se los llevó la policía. A nosotros nos trajeron mantas y café y nos pasamos varias horas declarando, aun no estaba clara nuestra situación, por qué nosotros estábamos ahí. Recordé al viejo encerrado y envié a que lo liberasen… Lamentablemente fue demasiado tarde. En un ataque de pánico, al verse encerrado, el viejo guardián tomó veneno para ratas. Gracias a Dios, cuando me vio a mí en su agonía, me señaló y dijo:
- ¡Él es mi reemplazo! ¡Él es mi reemplazo!
Habrán visto los noticieros. “Guardias de seguridad que iban a reemplazar a pobre viejo olvidado en una oficina, desbaratan una banda de delincuentes. Se presume, de todas formas, que el jefe de la banda habría huido con el botín ayudado por globos. Se trataría del mismo que, semanas atrás, ya había sido atrapado en el mismo edificio y que habría escapado de la cárcel.”
Ayer llevé a Petrus a casa de Tony, debíamos ultimar los detalles para la acción que en pocas horas más llevaremos a cabo. Pero no ha sido una idea feliz haberlo llevado, pues quiso jugar al rol, y por más que yo me negué al principio, los otros insistieron para que se lo permitiera.
Ante todo debo contrales las peripecias que debí realizar para poder sacar a Petrus de la casa sin que mi hermana ni mi madre lo vieran.
En primer lugar debí convencer al propio Petrus de que abandonase su ostracismo en el ropero y saliera al cuarto. En un primer momento no quería saber nada, limitándose tan solo a negar con su cabeza cada vez que lo instaba a salir.
- Entendés que esto es importante para vos, ¿no? El Grial es tu meta, no la mía, si te ayudo es porque somos como hermanos, pero si no salís y vamos a la reunión a ultimar detalles, se cancela la operación y vos te quedás sin grial.
Al decir esto logré que Petrus alzara la vista y me mirase, desde el interior del placard, como un cachorro abandonado.
- “Esto es lo que yo llamo innecesario” –me respondió compungido-. Y aunque esto lo dijo Decker cuando V'Ger rapta a Ilia, creo que cae justo para graficar esto que me estás haciendo que me hace tanto mal.
- Solo pretendo ayudarte –le dije exhalando con brusquedad.
- “Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela.” –me respondió al instante. Teníamos un mal día. Petrus había despertado (si es que había dormido en algún momento) con la mezcla justa de delirios trekker y espirituales.
Dicho esto salió por fin del placard y se sentó en mi cama.
- Tengo hambre –anunció.
- ¿No era que vos estás preparado para soportar largos días de ayuno? ¿Dónde quedó eso de “No solo del pan vive el hombre”?–le retruqué.
- Estoy preparado para soportar un ayuno por tiempo indefinido, pero ahora, que estoy por embarcarme en la empresa, quizás, más gloriosa de mi vida, tengo ganas de comer unas legumbres, apenas salteadas con oliva, ¡virgen! Que el extra virgen no es para cocinar. Necesito incorporar hierro y proteínas.
No puede negociar eso. Tuve que salir (y recomendarle que se mantuviera oculto en mi cuarto), para dirigirme a la cocina y prepararle unas lentejas salteadas con berro, cebollita de verdeo, ajo y un poco de salsa de soja.
- ¡Nene, ¿estás cocinando ahora?! –me preguntó mi madre-. ¿No vas a comer con tus amigos hoy? ¿No es que hoy se juntan para jugar a esa pavada que juegan ustedes?
- Si, ma, pero dos cosas. Primero: no son pavadas, el juego de rol ayuda a estimular la imaginación de las personas que lo juegan, además de introducir en la lectura a muchos que antes ni siquiera tocaban un libro, pues para conocer a fondo la temática del juego que están desarrollando, muchos adolescentes se vuelcan a la lectura de novelas de fantasía, ciencia ficción o terror y descubren clásicos como Tolkien, Lovecraft o George Lucas, que dicho sea de paso, ha co-escrito una de las novelas de fantasía épica más bellas de la literatura de ese género: La Saga de Dark Moon junto con Chris Claremont (excelente guionista de comics), que se desprendieron de la ya clásica película “Willow”, que dicho sea de paso, intentó ser en un principio una adaptación de “El Hobbit” de Tolkien, pero Lucas no logró hacerse con los derechos…
- ¡Basta, nene! ¡Me vas a volver loca! –me interrumpió mi madre de un grito- ¿Estás bien vos, o estás un poquito nervioso? Porque cuando empezás a hablarme así, como una máquina , es porque estás nervioso… ¡¿Viste al espectro vos también?!
Era verdad. Siempre que estaba nervioso por algún problema, o me había mandado una macana, comenzaba a hablarle sin parar a mi madre para evitar hablar de eso o que ella me preguntase, o se diera cuenta.
- Pero no, ma… ¿Por qué iba a estar nervioso, yo? –le respondí tratando de parecer lo más natural y despreocupado posible-. Y nada que ver eso del espectro… ¡Ya fue el espectro en esta casa! ¿No viste que no apareció más?
Si tan sólo mi vieja hubiera sabido que el motivo de mi arranque cocinero era, justamente, para alimentar a su espectro…
Una vez que Petrus terminó su plato de lentejas, que tardó media hora para hacerlo ("Debes masticar unas cien veces por bocado para obtener una óptima metabolización de los nutrientes del alimento", me había dicho serenamente, cuando intenté, en vano, apurarlo), se presentaba el problema principal: hacer que Petrus saliera de la casa sin ser visto.
- Puedo salir por la ventana –me dijo-, pasarme a la azotea de tus vecinos y descolgarme por el frente de la casa a la vereda.
- ¡No, ni loco! –le respondí. No quería saber nada con que algún vecino lo viera y llamase a la policía.
- ¡No tenés porqué preocuparte! –me dijo ofendido-. Te olvidás que soy experto en Parkur, también. Te diría que se me podría considerar en la categoría “Pro”.
- No dudo de tus habilidades, Petrus pero igual considero que es una pésima idea.
- Entonces, enfrentemos a tu madre –me respondió y comenzó a enfilar para la puerta del cuarto mientras sacaba algo de su bolsillo –Necesito un sorbete… Podría servir el del vaso de Star Wars del KFC que compraste aquella vez por Internet.
Se refería al vaso de Kentucky Fried Chicken con la tapa en forma de busto de Jar Jar Bings que había comprado en Mercado Libre cuando se estrenó Episodio 1 y me había costado unos buenos billetes. También tengo los vasos que Burger King sacó acá para la misma ocasión, y verdaderamente la diferencia de calidad es abismal.Mientras que el de KFC presentaba la mitad del muñeco perfectamente replicado su aspercto, en goma dura y con brazo articulados; los vasos locales apenas traían en su tapa la cabeza de Darth Vader, C3PO, o Master Yoda, bien logradas, pero de un plástico blando que se abollaba todo al menor contacto. El vaso de KFC, era un tesoro que yo poseía y no me gusta que me manipulen los tesoros.
- ¿Para qué lo necesitas el sorbete? –le pregunté alarmado- ¿Qué es eso que tenés en la mano?
- Dardos para cerbatana que poseen un narcótico de alto poder sedante –me respondió con su parsimonia-. Un dardo en el cuello de cada una y las dejará durmiendo unas horas… No debería traerles otra consecuencia, a menos que alguna tenga problemas cardíacos.
- ¡Si, bestia! ¡Mi mamá tiene problemas cardíacos, y vos entre tus apariciones y tus dardos me la vas a matar! ¡Tengo otra idea! ¡Esperá!
El mismo Petrus me había dado la idea al mencionar el vaso de Satr Wars. Me dirigí al arcón donde guardo, justamente, todo lo relacionado con la gran saga de Lucas: muñecos, naves, libros, revistas, merchandising, etc., etc., y comencé a vaciarlo.
- ¡Hey! Te dije que sólo necesitaba el sorbete del vaso no todo tu material coleccionable.
- Metete a dentro –le dije cuando concluí la tarea.
Petrus me miró y por un momento, sólo por un momento, sus ojos relampaguearon con un brillo que podría decirse que era de ira, pero luego avanzó tranquilo como siempre.
- Ya veo –dijo al acercarse-, me degradas por haber querido dormir a tu madre con mis narcóticos. Me pasás de un loft –señaló el placard-, a un mono-ambiente –y señaló el baúl.
- ¡Pero no! Te voy a sacar oculto en este baúl –le respondí algo molesto mientras guardaba las cosas de Star Wars en el placard, para que mi madre no las viese por si entraba en el cuarto.
Con mucho esfuerzo fui arrastrando el baúl con Petrus en su interior. Realmente era pesado. No había contado con los noventa y dos kilos de mi amigo sumados al peso de la madera de roble que conformaba el arcón.Cuando llegué al living, agitado y al borde de una taquicardia me detuve a recuperarme un poco. Mi falta de estado físico siempre había sido una realidad en mi vida, pero ahora con treinta años se ve que se hacía sentir peor.
Mi madre y mi hermana estaban sentadas cada una en un sillón mirando la televisión. Ambas se me quedaron mirando un rato y luego mi madre miró el cajón.
- ¿Qué hacés, Andresito, con ese baúl acá en el living? No me digas que te agarraron ganas de jugar con tus juguetes acá con nosotras como cuando eras chiquito…
- ¡No, má! ¡¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no compro juguetes para jugar con ellos?!
- ¡Eso es lo que no entiendo de vos, Andresito! ¿Para que te gastás todo ese dineral en juguetes que ni siquiera los sacás nunca de su cajita?
Iba a explicarle que los juguetes que yo tenía no venían en cajitas sino en blisters, y que si no los sacaba de ellos era porque su valor coleccionable bajaba mucho si se abría su packaging original, pero desde el interior del baúl se escuchó, no uno, sino dos estornudos ahogados.
- Andrés, ¿que tenés adentro del baúl?
- Nada mamá –me puse muy nervioso, debo confesarlo-. Lo que pasa es que cómo vos tantas veces me dijiste, tengo que hacerme hombre de una vez, así que decidí sacar mi baúl de cosas de Star Wars a la vereda para que se lo llevenlos cartoneros… ¡je, je! ¡Cómo con el chupete! ¿Te acordás? Que vos me dijiste que se lo diste al linyera porque yo no lo quería dejar… -estaba hablando demasiado, me daba cuenta pero no podía parar, quería que mi madre dejara de pensar en el maldito estornudo-. Bueno, porque la verdad es que estuve pensando y ya tengo treinta años y esto de andar juntando muñequitos… Además sin laburo, ya no me puedo comprar más nada, entonces para qué continuar un hobbie que no puedo desarrollarlo porque soy otro desempleado más de este país, a menos que me enganche con algún puntero político y pegue algún “plan trabajar”, entonces podría…
- ¡Uh, nene, me tenés repodrida! ¡¿Por qué no te callás un poco esa boca que tenés y me dejás escuchar la novela?! –mi hermana, tan dulce como siempre me hizo saber que la estaba perturbando en su hora de esparcimiento televisivo. No pude menos que callarme.
¡Atchús! ¡Atchús! Una vez más, Petrus desde el interior del baúl estornudó.
Hubo unos eternos segundos de silencio absoluto. Mi madre y mi hermana miraban fijo el arcón, yo miraba fijo a ambas y sudaba. La que rompió el silencio fue Sandra, casi llorisqueando.
- Mamita, mamita, me parece que tengo un hermano secuestrador…
- Nene, ¿qué tenés dentro del cajón? Los juguetes no estornudan.
Lo que siguió fue demasiado rápido como para que yo pudiera impedirlo.
La tapa del arcón se abrió violentamente y Petrus se paró como impulsado por un resorte. Dio la impresión de aquellas cajas de sorpresas de las que, cuando se abrían su tapa, saltaban esos bufones saltarines con resortes. Sólo que estos últimos no portaban cerbatanas. Pensándolo mejor, se pareció más a la escena en la que Rambo surge a la superficie después de haber estado oculto debajo de las aguas del río.
Tanto mi madre como mi hermana llegaron a lanzar un alarido de horror al ver la figura de mi amigo y hasta alcanzaron a advertirme:
- ¡El espectro!
Un segundo después ambas estaban tiradas inconscientes en el piso con un pequeño dardo narcotizante clavado en sus cuellos.
- ¡¿Qué hacés animal?! ¡Mataste a mi viejita! –grité yo y corrí hacia las dos.
Por suerte ambas respiraban.
- Nos habían descubierto –me dijo justificándose-. Además la culpa la tenés vos por no limpiar el baúl. ¡la tierra que había ahí!
Acostamos a cada una en su cama, previamente habiéndole retirado los pequeños dardos y regresamos el baúl a su lugar, con todas sus cosas dentro. Cuando despertasen les aseguraría contra viento y marea que todo había sido un mal sueño. Hecho esto, por fin pudimos ir a casa de Tony.
La Cofradía nos recibió con algo de malhumor, nos habíamos retrasado media hora del horario de encuentro, pero cuando les explicamos lo sucedido nos comprendieron y se solidarizaron con nosotros. Claudio se entusiasmó con los dardos narcotizantes y le pidió especificaciones a Petrus que este no tuvo ningún reparo en transmitirle sus conocimientos. Otra de las cosas de las que estaba convencido Petrus era que el conocimiento debía ser libre y quien lo tuviese o administrase debería compartirlo libremente.
Sin más dilaciones, es decir, después de discutir si debía o no jugar Petrus, comenzamos la partida. A mi amigo le hice el honor de jugar el personaje mío, que siempre llevaba encima con la esperanza que alguna vez, alguno de mis compañeros me dijera: “¡Che, dejá, hoy dirijo yo así podés jugar con tu personaje!”, pero eso nunca sucedía. De modo que Petrus, jugó con Blathaazar, un paladín miembro de una orden religiosa perteneciente a la Iglesia de la Flama de Plata dedicada a proteger a los comunes de las fuerzas sobrenaturales de todo lo maligno… Gran error el mío.
Introduje al personaje de Petrus, justo dónde habían quedado la semana pasada, en el bosque, durante el encuentro con el ejército real que les había anunciado que la Guerra había comenzado. Balthaazar estaba entre las filas y, como era amigo de Alathar, se quedó con ellos para ayudarles en la misión y después ir todos a unirse al combate.
- ¡Gracias, buen amigo Blathaazar! –interpretó Alan a su mago- Será bueno contar con vuestra ayuda. Que la Flama de Plata nos ampare siempre es un motivo de tranquilidad.
- Supongo que este es el saludo klingon –respondió Petrus, a través de su personaje.
- Eh… no… Esto no es Star Trek, Petrus –lo corregí como es mi deber de Dungeon Master corregir a los jugadores que se desvían del juego-. Situate, por favor. Este mundo se llama Eberron, es un mundo medieval donde existe la magia y lo sobrenatural.Aquí hay seres mitológicos o mágicos, así como monstruosidades poderosas.
- Okey, okey –dijo Petrus-. Perdonen, es la costumbre. De todas formas, el capitán Kirk alguna vez habrá llegado a un planeta que aún estuviera en su edad media.
- Sigamos –le dije, y para que terminara de comprender su personaje le agregué:- Tu personaje, Petrus, es un paladín. Una especie de caballero como lo es Parsifal, Lancelot, o el mismo Arturo.
- ¡Sorete duro! –fue la providencial intervención de Tony que, Marcelo ya nos había advertido, como tardamos en llegar, decidió mitigar la espera con uno de sus cigarros que lo elevaban. A su comentario lo acompañó de una risa infantil, casi de idiota.
La sesión se desarrolló con bastante normalidad (ahora además de Tony, teníamos a Petrus para mandarse macanas) hasta que se toparon con la primer banda de orcos que los hizo entrar en acción.
- Hawk –le dije a Tony-. Tu oído agudizado por el entrenamiento te avisa de un crujido extraño entre la maleza, justo del otro lado de ese muro medio derruido que da inicio a esa serie de ruinas que tienen delante suyo.
- Me detengo y les aviso por señas a mis compañeros –anuncia con una coherencia inusitada Tony.
- Yo saco mi espada y acomodo mi escudo –dice Pedro en la piel de Steelstrong, el bárbaro.
- Comienzo a memorizar un hechizo de protección –dijo Alathar.
- Cargo una flecha en mi arco –anunció Marcelo para la acción de su bardo, Odaesh
- Tomo mi martillo de guerra con ambas manos –anunció Claudio para su enano.
- Saco mi mi fáser de la funda y lo regulo a potencia media –anunció Petrus rompiendo toda la ilusión que se estaba logrando.
- ¡¿Qué fáser?! ¡¿Qué fáser, gil?! –le espetó molesto Alan-, ¡Acá no hay ningún fáser! ¡Esto es Eberron! ¡Acá hay espadas, hay lanzas, hay mazas, arcos y flechas!
Petrus me miró a mi y señaló con su pulgar a Alan.
- A ese hombre no le funcionan todos los impulsores…
Pedro y Marcelo debieron tomar a Alan por los brazos para que éste no se abalanzara sobre Petrus.
- Petrus, en qué quedamos… Esto no es Star Trek, es Eberron, un mundo de Dungeon & Dragons…
- "¿Quién soy yo para discutir con el capitán del Enterprise?"
Tony festejó la última respuesta con sus característica risitas y luego le palmeó un hombro a Petrus.
- ¡Qué capo que sos, vos! ¿Qué es lo que fumas? ¡Flasheas mal, eh!
- Bueno, depende el tipo de ritual –le respondió Petrus-. Si lo que vos estás buscando es que tu conciencia se abra para poder conectar con lo verdadero, con el Cosmos en su escencia, porque ¿sabías que el Cosmos está vivo? Es una presencia sentiente… Bueno yo te recomiendo el ayahuasca… Tomé ayahuasca cuando estuve en Machu Pichu, y te puedo asegurar que me encontré con mi verdadera escencia…
- ¡Bueno, basta! –les grité yo, ya algo malhumorado como el resto-. Volvamos a Eberron, por favor.
- ¡Está bien! –dijo medio a regañadientes Petrus-. Saco mi espada y digo unas palabras a mi caballo para que se tranquilice. No es caballo, es yegua –aclaró y continuó su explicación- Las yeguas carecen del sentido posesivo y la agresividad de los caballos enteros, así que son más tranquilas. El único inconveniente es cuando les viene el celo (aproximadamente unos 5 días al mes) en los que se vuelven más susceptibles a los machos y no soportan cosas como que les toquen alrededor de la cola…
- ¡Perfecto, ya nos enteramos! –lo cortó Pedro.
- Bien, ahora claramente todos pueden oír el ruido. No dudan que tras los muros hay una partida de orcos que está, al parecer, discutiendo en su lengua, auqnue nunca se sabe porque la dureza de su idioma puede hacer que se confunda una conversación pacifica con una discusión.
- ¡Ja! ¡Cómo los chinos! –acotó Tony y una vez más largó su risita-. ¿No vieron que los chinos del super siempre que se hablan parece que están discutiendo? Ahora, te digo, a la chinita que está en la caja, yo le entro, aunque seguro debe ser una turra, como todas las mujeres…
- ¡Epa, compañero! –le dijo Petrus, que al parecer habían conformado rápidamente una pareja inseparable-. Noto en su comentario un cierto resentimiento hacia el sublime genero opuesto… Ya lo dijo Paolo Mantegazza: “Ama y aprecia a la mujer y no abuses nunca de su debilidad, sería una infamia y una cobardía.”
- Y yo digo: “Las mujeres son como las corbatas: de lejos son bonitas e inofensivas, pero terminan ahorcando al hombre.” –replicó Tony y ya se estaba acomodando en la silla para presentar batalla. Nada le hacía hervir más la sangre que su resentimiento hacia la mujer.
- ¡Caballeros! –interrumpí yo-. El juego…
- Me escondo tras los arbustos y busco un buen ángulo de tiro para mi arco, por si los orcos se asoman –dijo Marcelo lanzándoles a Petrus y a Tony una mirada ceñuda.
- Yo aguardo alerta sin moverme –dijo el bárbaro.
- Yo también –añadió Alan.
- Yo avanzo muy despacio –indicó Claudio-, siempre con mi martillo preparado.
- ¡Turba díscola de graciosas flores, si queréis que juegue con vosotras, debéis cesar en tal asedio! –exclamó teatralmente Petrus.
- ¿Qué hacés, chabón? –le preguntó con un tono agrio y cortante Pedro.
- Bueno, declamo… -me miró a mí-. ¿Andy, no me dijiste que era como Parsifal? Bueno estoy recitando un verso del Acto II de la obra Parsifal de Wagner. En esa ocasión se lo dice a unas ninfas, pero pensé que bien podría servir para los orcos también. Al fin y al cabo pertenecen al mundo del faery…
- ¡Basta! ¡No juego más! –dijo Alan y revoleó el lápiz que tenía en su mano.
- ¡Si, yo tampoco! –se sumó Pedro-. Lo peor de todo es que nosotros insistimos para que jugase.
- ¡Che yo quiero seguir! –protestó Tony-. Una vez que se pone gracioso el juego…
Finalmente dimos por interrumpida la partida y pasamos a lo que realmente importaba: la incursión al Barolo que llevaríamos a cabo exactamente en poco más de veinticuatro horas.
Petrus explicó más o menos como era el lugar porque él, la vez anterior, había llegado a abrir la oficina, que él se empeñaba en llamar Templo.
- El Templo tiene trampas, que solo lograremos sortear utilizando mi diario de viajes –explicó Petrus y extrajo de un bolsillo de su pantalón una pequeña libretita de tapas de cuero y nos mostró unos croquis con anotacionesen los márgenes y a pie de página.
- ¡Qué loco! –exclamó Alán, a todos ya se les había ido el malhumor por lo infructuoso de la partida. La misión tenía atrapada a la Cofradía-. Un diario como el del papá de Indie, en la Última Cruzada.
- ¿No será Clarín, no, ese diario? –preguntó Tony encendiéndose otro cigarrillo mágico-. Digo, porque Clarín miente- agregó y comenzó a reírse entre toses, para luego enseñarle el cigarro a Petrus- ¿Querés un par de secas? ¡No será ayahuasca pero no sabés como te abre la conciencia este!
- No, gracias, amigo –fue la respuesta muy seria de Petrus-. Yo ya he alcanzado un estado de conocimiento interior que me permite liberar mi conciencia sin necesidad de ayudas externas. En mi entrenamiento con monjes tibetanos he logrado desarrollar mi tercer ojo…
- ¡Seguí, por favor! –le insté yo para que no se fuera por las ramas.
Petrus nos enseñó su diario, que yo realmente desconocía que lo tenía encima cuando había llegado a casa y elaboramos el plan. Mañana a los dos de la madrugada nos encontraríamos en las puertas del Barolo. Cada uno llegaría por su lado para no levantar sospechas.
- ¡Bien! –les dije mientras nos despedíamos en la vereda-. Mañana sean puntuales. Claudio, no olvides las herramientas. Y por favor, vengan todos con ropa adecuada para llevar a cabo esta empresa.
Amigo lector, mañana por fin se decidirá la suerte. Espero que todo salga bien, así Petrus seguirá su vida con el Grial en su poder y yo podré seguir con la mía, por patética que sea.
Por suerte, cuando llegamos a mi casa con Petrus, mi madre y mi hermana aun dormían.
Mi amigo las contempló en sus lechos y meneó la cabeza con cierta preocupación.
- Creo que se me fue un poco la mano con el cálculo del narcótico… Voy a tener que ajustarlo.