lunes, 26 de septiembre de 2011

Lunes 26 de Setiembre de 2011...

                  Mi casa ya está lista. Disculpen si me demoré algunos días en postear, pero entre los preparativos y la mudanza no tuve mucho tiempo libre.
                La casa quedó muy linda, sin embargo me da la sensación que le faltara algo, no sé… Es como que la miro y no la reconozco como mía. Es como que le falta mi toque de decoración, pero dedo reconocer que Gonzalo hizo un trabajo muy profesional, y adulto.
                En la casa predominan los muebles de diseño vanguardista. El living tiene un juego de sillones de caño de acero inoxidable, con asientos y respaldos de goma espuma “soft”, me aclaró, y forrados en corderoy de 8 bastones… Los llamó línea Sumo, cuyo juego se componía de dos sillones de un cuerpo, uno de dos cuerpos y una otomana, que de otomana tenía muy poco y parecía más una banqueta gigante que otra cosa. Cuando me había dicho su nombre por teléfono yo le había dado el ok, pues creí que serían sillones en cuyos respaldos tendrían imágenes de Luca Prodan, pero estaba equivocado, y viéndolos con detenimiento no puedo siquiera suponer por qué los llaman Sumo… Siguiendo una línea parecida, la mesa ratona (Gonzalo se molestó mucho cuando la llamé así. “Mesa baja de living, se llama, no ratona”, me corrigió con cierta acritud) era de un estilo similar a los sillones Sumo, salvo que ésta se llamaba: Mesa de Living Anet rectangular… Para el televisor, el DVD y el equipo de música colocó dos estanterías “Vasco”, una grande y una chica, que más que estanterías parecían cajones de manzana extragrandes, puestos de lado y sin fondo… Completaba el juego un modular hecho con “Estanterías Cubicos”, unos cubos blancos con fondo cuadrillé que se podían combinar de la forma que uno quisiera. La decoración consistía en varios objetos y estatuillas sin formas definidas, algunos frascos y farolitos con velas, y colgantes y platos de estilo oriental. Para el dormitorio, escogió un somier King Size con sabanas negras (“¡Para cuando hagas de las tuyas con las minas, campeón!”, me explicó entre codazos cuando me las enseñó); un par de mesas de luz (por suerte aun se siguen llamando mesas de luz estas) “Luz Carlota”, que no era más que algo similar a un sillón Sumo pero en lugar de un asiento de goma espuma tenía un cajón laqueado. También había una “mesa de arrime”, que no era más que un cubo de madera con rueditas, y que no tengo ni idea para que lo voy a utilizar; un puff “Fiorella con patas” (Gonzalo se ofendió mucho cuando le pregunté si no creía que ese banquito no era un poco afeminado); y una cajonera “Alma doble”, que no era otra cosa que un sillón Sumo de dos cuerpos pero de madera y con tres cajones… Por suerte el placard venía con la casa, estaba empotrado en la pared. La cocina seguía la misma línea: una mesa (Mara redonda) y cuatro sillas (Isa) en el centro, que ni tengo que decírselos: eran similares a las mesitas de luz… Había un mostrador desayunador con dos “Asiento Malabia Banqueta” que en realidad se asemejaban mucho a las sillitas que solían darte las viejas pizzerías para que se sentasen lo bebés.


                Lo mejor de todo fue el escritorio, aunque no reflejaba en lo más mínimo mi personalidad ni mis gustos. A diferencia del resto de la casa, esta habitación había sido decorada y amueblada con un estilo más victoriano, si se quiere, cosa que no me disgustó del todo. Me hizo pensar en el escritorio de algún vampiro de finales de siglo XIX, o de algún investigador de lo oculto de aquellos primeros años del siglo XX. Un indicio de que la abstinencia no había pasado, pues fue albergar ese pensamiento en mi cabeza, que el fuego interior comenzó a quemarme. Aquella habitación, por más esfuerzo que hice por rechazar la idea, me hizo pensar en algún cuento de H. P. Lovecraft, y por carácter transitivo, creo yo, en el juego de rol “The Call of Cthulhu”.  No pude soportar esa oleada de calor y dolor que fustigó mis entrañas, le pedí permiso a Gonzalo para ir al baño, me encerré en él y me apliqué dos fuertes cachetazos. Cuando regresé me explicó:
                - No sabía bien cómo decorar el escritorio, pero como recordé tu afición por la escritura opté por esto.
                En el centro de la sala y enfrentando a la ventana que daba a un patio, por la cual entraba durante todo el día la luz del sol, se ubicaba un robusto escritorio de estilo inglés comprado en el Mercado de Pulgas de la calle Dorrego, junto con su hermoso y señorial sillón tapizado de cuero legítimo color verde, giratorio y con posabrazos también tapizados y acolchados. En ambas paredes laterales, sendas bibliotecas que iban de piso a techo, cargadas de gruesos volúmenes de lomos con cinco nudos y rotulados en letras doradas. Daban la sensación de ser muy antiguos y prestigiosos.
                - No sabía qué tipo de literatura consumías, pero me imagino que te gusta la buena literatura como a mí –me dijo señalándome los libros.
                - No tenía idea que los clásicos de Timun Más pudieran venir en semejantes encuadernaciones –le dije yo, a lo que Gonzalo me miró extrañado-. ¿Qué hay Crónicas de la Dragonlance? ¿Algo de Ursula K Leguin? ¡Ah, las novelas de Star Wars no pueden faltar!
                Gonzalo se rió creyendo que yo le estaba gastando una broma, meneó la cabeza y me dijo:
              - Te compré los clásicos rusos:  Fedor Dostoisvky, Máximo Gorki, Leon Tolstoi… Yo creo que “Los Hermanos Karamasov”, es formidable.  También te compré una colección de literatura gauchesca: José Hernandez, Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi, el Santos Vega de Rafael Obligado, Estanislao del Campo y Antonio Lussich; Benito Linch, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes… También algo de surrealismo, y los clásicos claro está: Cervantes, Shakespeare, Góngora, Borges…
                Mientras Gonzalo me iba narrando las adquisiciones, tuve una visión repentina de aquellas espectaculares bibliotecas cargadas de cómics, libros de fantasía, de terror, alcancé a ver la saga completa de “La Torre Oscura” en lugar privilegiado; cada estante decorado con figuras de acción o estatuillas de personajes referentes a los títulos que en esos anaqueles se exhibían. Me excusé de nuevo y me encerré en el baño. Esta vez necesité de varios golpes para calmar ese ardor infernal que me carcomía. Incluso debí colocar la cabeza apoyada contra el borde del inodoro y darme con la tabla del mismo.
                - ¿Estás bien? –quiso saber Gonzalo al escuchar los golpes.
               - Perfectamente –le respondí saliendo del baño. Estaba todo transpirado, desalineado y presentaba un par de magullones en mi rostro.

                La cena de inauguración se hizo el sábado. Gonzalo y su señora, Marisa, trajeron a Miguel pero sin su esposa pues se acababa de divorciar, y a Calandria, claro, Calandria Silva, por raro que les parezca.
               Calandria realmente es una mujer hermosa, y simpatiquísima. Marisa tenía razón. Ni bien la vi quedé fascinado, y luego, durante la cena, al escucharla hablar, al escucharla reír, fui cayendo en su embrujo seductor… Aunque puede que haya influido el hecho de que hace mucho tiempo que no salgo con nadie…
                Llegaron puntuales, cosa que la comida de delivery que yo había encargado no. Les había dicho que iba a cocinarles yo, pero claro, más de un huevo frito y un churrasco no me sé hacer nada. Pero, si quería emprender este camino de los adultos debía fingir que, entre otras cosas, sé cocinar.
                - Te tenemos una sorpresa –anunció Gonzalo con su tono de voz de predicador evangélico y miró a su esposa con complicidad quien lanzó una risita picara-. ¡Tenemos otro invitado!
                - ¿Te acordás de Amilcar? –me preguntó Miguel mientras me abrazaba y me palmeaba la espalda.
                - ¡¿Cómo no me voy a acordar?! ¡¿Viene Amilcar?! –exclamé-. ¡Uf, menos mal que vos viniste solo sino tenía que llamar al delivery para agregar cosas!
                - ¡Cómo! ¡¿No era que ibas a cocinar vos? –me preguntó Gonzalo.
                - ¡Eh…! Si, lo que pasó es que… ¡No anda el horno!
            - ¡Pero! ¡No puede ser! –se lamentó Gonzalo-. El lunes voy a reclamar, menos mal que tiene garantía! Si te compré el "Super Oven Electric Magic"
                - Nooo, pero no hace falta, debe ser una pavada… Ahí está, debe ser que no lo sé usar con tanto Electric y tanto Magic... 
                En ese momento sonó el timbre. Literalmente me salvó la campana y huí a la puerta para recibir el pedido. Junto con la comida llegó Amilcar. Como quería quedar como un adulto con todas las de la ley encargué: una entrada de caldo mongol, Bibimbap coreano, comida callejera de Singapur y de postre, unas chuletas hawaiianas. Claro, a ninguno le gustaba ese menú y (por suerte, porque a mí tampoco me gustaba) terminé pidiendo pizzas y empanadas, y un kilo y medio de helado.  



                Durante la comida vinieron las preguntas de rigor sobre nuestras vidas. Gonzalo había tenido dos hijos con Marisa, de tres y un año y medio, que el sábado se quedaron en casa de los abuelos. Miguel, por su parte,  era abogado y se había divorciado hace un par de semanas.
                - No daba para más la cosa –nos explicó-. ¡Ya no me podía seguir engañando! ¡Si a mí me gustan las minas más que el dulce de leche! Además, mi jermu me enganchó dos veces con una minita con la que estoy saliendo, así que se pudrió todo…  ¡Hiciste bien vos, Andresito, que no te casaste! ¡Hay que vivir la vida! ¡Me imagino que serás un calavera vos! ¡Cómo Amilcar!
                - Bueno… si… -comencé a contestarle, iba a inventarme un pasado de mujeres y joda loca, pero noté que Calandria me observaba aguardando con interés lo que tenía para contar, de modo que me acaloré, tosí y cambié mi versión- Bueno, no… no te creas que yo… este, me quedé soltero por salir con mujeres… Al contrario, yo… yo… estoy aguardando a la adecuada –sin querer, cuando dije esto último dirigí mi vista a Calandria y esta apartó la vista sonriendo un poco.
            Finalmente, estaba Amilcar. Era Contador Público, soltero, jugador de golf y miembro de un exclusivo club de fumadores de pipa.
                - ¿No es algo para viejos un club de fumadores de pipa? –le pregunté con sinceridad y con esa pregunta comenzó la primera señal de alarma. No pude evitar imaginarme la escena en la que, en “El Hobbit”, le caen todos los enanos a comer a Bilbo… Me imaginé a Amilcar como una especie de Gandalf fumando pipa con un montón de enanos alborotadores. El fuego interior hizo que me retorciera en mi asiento.
                - ¿Te sentís bien? –quiso saber con real preocupación Calandria.
                - Si, si… No te preocupes, habrá sido la empanada de carne picante…
                Finalmente le tocó el turno a Calandria contar los pormenores de su vida.
               - No hay mucho –dijo con cierta timidez mientras se acomodaba su cabellera rubia y brillante-. Soy veterinaria, doy clases en la Facultad de Veterinaria de la UBA; me especializo en aves. Estoy separada hace unos seis meses, nada, no compatibilizábamos… Y nada más… -cuando dijo esto me miró, como si hubiera sido a mí que me hubiera contado todo y sonrió con esa sonrisa tímida que tiene y sus ojos celeste brillaron.
                - ¿Nada más? –preguntó Miguel- Falta agregar que estás más buena que Araceli González, y que lastima que estas reservada para el amigo Andrés que si no…
                Cuando dijo esto, Calandria se puso colorada y yo, que me estaba encendiendo un cigarrillo tuve un absceso de tos. ¿Por qué será que siempre me dicen cosas inconvenientes cuando me estoy encendiendo un cigarrillo?
                Por suerte la conversación derivó hacia otros rumbos. Hablamos de libros.
              - Todos compartimos la afición por la lectura –comentó Gonzalo-. Asi que, a ver, contemos que fue lo último que leímos.
              Amilcar había acabado de leer: “Los Sagrado y Lo Profano”, de Mircea Eliade, donde aborda el problema de la actualidad de lo religioso en el mundo de hoy; Gonzalo estaba leyendo "La Teoría de los Cuatro Movimientos" de Charles Fourier, en la cual hace una aguda crítica a la sociedad capitalista como generadora de toda suerte de injusticias. Miguel estaba comenzando “Cumbres Borrascosas”, de Emily Brontë, así como era mujeriego, le gustaba mucho sumergirse en las buenas novelas pasionales; esta en particular siempre había querido leerla pero nunca se había dado, hasta ahora.
                - ¿Y vos, Andrés? –quiso saber Calandria, luego de que ella nos contó que estaba muy enfrascada con libros sobre aves para una investigación que estaba haciendo y no le quedaba mucho tiempo para leer nada más.
                - Bueno… yo terminé de leer “Oscura” trata sobre una invasión de vampiros en el mundo… -no lo pude evitar, fue más fuerte que yo. Juro que intenté decir: "Los Miserables", de Víctor Hugo, o "David Copperfield" de Charles Dickens, pero no, fue más fuerte que yo y se me escapó "Oscura".
                Mientras todos reían y festejaban lo que creían que era una broma “de las mías”, el fuego interior me estalló como un volcán.
                - Me… permiten… -les dije y me paré para encarar el baño.
                - ¡Grande, Andresito! ¡Vas a traer el helado!
                - ¡Después! –exclamé como un loco-. Antes tengo que ir al baño.
                No sabía cómo detener este dolor lacerante que sentía. Dentro de mi cabeza resonaban títulos como: “Las Crónicas de Belgarath”, “El Tapiz de Fionavar”, “Harry Potter”, “Eragon”… Y una voz que no era la mía, o si, me repetía sin cesar: ¡Decícelo, cobarde! ¡Si te gusta la Fantasía, si te gustan los comics ¿qué problema hay?! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Marica! Vi, el cepillo para lavar la espalda (que Gonzalo había comprado en una casa de adornos de diseño retro de San Telmo: “Cualquier Verdura”) y comencé a flagelarme con él. Sin advertirlo comencé a gritar: “¡Callate! ¡Callate! ¡Dejame tranquilo!"
                De pronto escuché la vos de Calandria tras la puerta:
                - ¿Andrés? ¿Te sentís bien?
                Me quedé callado unos segundos. Mi brazo derecho extendido, blandiendo en el aire el cepillo, con mi otra mano aferrada a él, que pretendía bajar para castigarme. Yo miraba a la puerta sin poder reaccionar, hasta que por fin mi mano izquierda ganó la batalla y obligó a mi mano derecha a descender con el cepillo suavemente.
                - ¡Si, si! ¡Estoy bien! Ya salgo.
             Cuando regresé a la mesa, Calandria había llevado el postre. Yo me senté sin decir palabra. Estaba sudado y me había sacado la camisa fuera del pantalón.
                - Estábamos arreglando para ir al cine –me dijo Miguel mientras me pasaba un bol con helado. Estaba sirviéndolo él-. ¿Te prendés, Andresito?
                - ¡Si! –exclamé y perdí toda compostura. Es un defecto que tengo cuando me invitan al cine. ¡Es que me gusta tanto!-. ¿Qué vamos a mirar? “¡¿El Planeta de los Simios?!” “¡¿Noche de Miedo?!”  -se me escapó-. ¡No ya sé! ¡Vayamos a ver la reestreno de “Top Gun”!
                Todos se quedaron mirándome muy serios, incluso Calandria.
                - Bueno… -dijo ella- En realidad Gonzalo había propuesto “Juan y Eva”; yo decía de ver “La Vida Nueva”, con Germán Palacios…
                - Si, querido –intervino Amilcar-. O si no yo decía de ver “Habemus Papa”
                - No, sí, claro, je, je…
            Una vez más me volví a poner de pie, miré a todos muy seriamente y, alzando mi dedo índice derecho me excusé nuevamente:
                - Si… me permiten… Voy al baño…
                - ¿Otra vez? –preguntó Marisa.
           Una vez más el cepillo para la espalda me sirvió de herramienta apaciguadora, aunque no fue suficiente con él; decidí echarme spray en los ojos, cosa que el ardor me arrancó un grito de dolor agudo.
                - ¡Andrés! ¿Vos estás bien? –nuevamente era Calandria que, preocupada estaba tras la puerta.
                - No –le contesté-. Me arden los ojitos, no puedo ver nada.
                Calandria entró al baño y me envolvió en sus suaves brazos y con mucha delicadeza me condujo a mi cuarto.
                - No te preocupes. Vos quédate acá que yo despacho a los otros.
                Permanecí algunos minutos en la oscuridad total hasta que poco a poco comenzó a aclararse mi vista. Cuando esto sucedió, pude ver la silueta de Calandria que ingresaba a mi cuarto; primero creí que mis ojos dañados me engañaban, pero no. Ella se estaba quitando la ropa y cuando llegó a mí, me empujó y se abalanzó sobre mí.
                  - ¿Querés probar si yo soy esa mujer adecuada? -me dijo y sus cabellos me cayeron en cascada sobre mi y su perfume me envolvió embriagante. 
                - Cuidado que la cama es nueva, a ver si se rompe… -fue lo último que llegué a decir antes que ella me besara.


martes, 20 de septiembre de 2011

Miércoles 21 de Setiembre de 2011...

             Parecía que el martes iba a ser un día tranquilo. Estuve con Gonzalo viendo un par de muebles, algunos adornos, además me ofreció un negocio con él. Estuvimos ocupados todo el día y en ningún momento se me cruzó por la cabeza nada referente a cómics, novelas de fantasía, terror, o ciencia ficción, ni de películas o series…  Pero no contaba con que llegaría la noche y me encontraría solo en casa de mi madre.
                Por primera vez en mucho tiempo estaba solo en la casa. Desde que mi madre y mi hermana se fueron de viaje, pude disfrutar de una paz, de un silencio, reparadores. Sin embargo, ayer, en la quietud de la casa, caí en la cuenta que a esa hora debía estar, en otras circunstancias, en casa de Tony jugando rol…
                Intenté no darle bolilla a ese sentimiento que iba creciendo dentro de mí. En un primer momento intenté buscar, por instinto, por puro instinto, o costumbre tal vez –fueron quince años-, busqué con la mirada los implementos que usaba para el juego, pero en cuanto me di cuenta, lo reprimí como si fuera un sacerdote tentado por la carne. ¡Pero la carne es débil! Y el impulso por estar detrás de una pantalla de Dungeon Master, el impulso por sacudir un dado de veinte caras en tu mano para lanzarlo esperando que caiga el número correcto que te permita, perdón, que le permita al personaje, tener éxito en su acción, era tan fuerte, crecía tanto en mi interior que comencé a retorcerme como un poseso tendido en mi cama.
                Tuve que comenzar a golpearme. No podía hacer otra cosa. Debí golpearme una y otra vez: en el rostro, en el estómago, en las piernas… ¡Las piernas! ¡Las piernas! ¡Debo conseguir un silicio, como el Albino de “El Código Da Vinci”!
                Desesperado comencé a arrojarme contra las paredes, a darme la cabeza contra las puertas… En mi cabeza resonaban las palabras: “Tirada de Salvación”; “Chequeo de pericia”; “Dado de veinte”;  “Tirada de Iniciativa”; “Conjuro Cambiar de Plano”; “Clase de Armadura”; “Puntos de Golpe”; “Gnoll, gnomo, No muerto”… Rebotaba contra las paredes y contra los muebles. Por cada vocablo relacionado con el rol me daba un golpe… Hasta que, agotado, me fui a la cama y me quedé dormido. Pero en brazos de Morfeo la cosa, lejos de tranquilizarse, empeoró.
                Un sueño afiebrado y alocado me perturbó sin poder escapar de él.
         Yo era un paladín y conmigo estaban: Pedro, personificado como Douglas Steelstrong; Alan, caracterizado de Alathar, el hechicero; Claudio, vestido como Rolin Mataorcos; Tony caracterizado como Hawk el bribón; y Marcelo como Odaesh el Bardo.
               Avanzábamos por un dungeon muy oscuro, donde las telas de arañas, el moho y el polvo lo cubrían todo. El suelo de roca estaba cubierto por huesos humanos y centenares de calaveras nos miraban con sus cuencas vacías. Mis compañeros de aventura me recriminaban todo el tiempo, algo, no podía entender bien qué, pero sonaban enojados. Yo iba delante, abriendo la marcha sosteniendo en una mano mi espada, y en la otra, por sobre mi cabeza, una antorcha. De pronto, puede entender lo que Tony, en la voz de su bribón, me decía:
           - ¡Mal amigo! Vuestros Dioses deberían daros la espalda, pues una acción impía es, dejar a los amigos a la deriva.
              - ¡Hawk, tiene razón! ¡¿Acaso habéis olvidado el Sagrado Código?! –intervino Alan apuntándome acusadoramente con su bastón.
             - No merecéis llevar aun los símbolos de la Orden –me dijo de forma despectiva el enano con rostro de Claudio.
            - ¡Miserable! –rugió Steelstrong. Era curioso ver el rostro de Pedro curtido, con una barba desprolija y un parche en el ojo.
         - ¡He de entonar una balada de repudio! –anunció con teatralidad el bardo, que no era otro que Marcelo, con una cabellera larga y negra y enfundado en unas calzas amarillas, una túnica corta azul eléctrico, una capa corta a cuadros rojos y blancos y un sombrero de pico color verde tocado con una pluma. En sus manos tenía el laúd que comenzó a tañer con una melodía triste.

"De fiel corazón creía el pueblo que era
Mas en su interior anidaba un corazón de piedra
Cuando todos su confianza en él depositaban
Pues la sagrada misión de los Dioses él portaba
Con vileza y sin grandeza, por la espalda traicionó
A todos sin importar rango, amistad, o buen honor:
Tolkien, Gygax, Arneson, Weis, Hickman, Eddings y Le Guin…
Pobres Dioses, de mundos creadores, han sufrido el desprecio
De este apostata descarado que hoy la va de serio señor…"

                De pronto, el túnel se cortó en una pared de piedra. En otro momento había sido la salida del túnel, pero había sido sellada a cal y canto. Miré detenidamente el muro, pasando la antorcha por toda su superficie y, de pronto, con el calor de la trémula llama, una inscripción apareció de la nada:
                “Acá ha llegado su fin el camino para el impío. Condenado a poliédrica  muerte él está”
                No tenía ni idea qué significaban estas enigmáticas palabras, pero cuando estaba cavilando en eso, algo golpeó en mi yelmo, produciendo un sonido a repiqueteo. En un primer momento creí que se trataba de pedregullo que se desprendía del techo de la cueva, pero no. Los guijarros (o lo que creí que eran guijarros en un primer instante) provenían de detrás… y estaban siendo arrojados por mis compañeros.
               Todos con dientes apretados y ceños fruncidos en una mueca de profundo odio se habían colocado en semicírculo y desde una distancia de unos pocos metros, me arrojaban… ¡Dados de veinte caras! Los dados, que tenían el tamaño de pelotas de tenis ahora, sencillamente se les materializaban en las manos y, entonces, me los arrojaban con furia. ¡Estaba siendo lapidado con dados de veinte caras! Intenté protegerme de ellas, pero mis compañeros me las arrojaban muy rápido y todas no podía detener. Algunas logré parar con el escudo, otras pocas las desvié con mi maza, pero una en particular, arrojada por Tony, me dio en medio de la frente y me tumbó.
                - ¡Tomá! –gritó con desprecio Hawk cuando me atinó-. ¡La verdad que te mereces que Mariela te haya dejado por un enano!
                - ¡Eso! –gritó Claudio-. ¡Para que veas de lo que somos capaces los enanos!
                Yo, tirado en el piso no podía reaccionar. En esa posición expuesta, recibí muchos más dadazos y pronto comencé a ser sepultado por ellos. Las piernas ya las tenía cubiertas y aprisionadas, al igual que el brazo de mi escudo. La maza me había volado lejos. Apenas pude apartar un par con la mano libre, mientras gritaba súplicas e intentaba que mis amigos reaccionaran y cesaran en su empeño… Pero un dado volvió a golpearme en medio de la cabeza (que también había perdido el yelmo) y me desmayé. En ese momento me desperté soltando un alarido agudo e incorporándome de un salto.
              Estaba en mi cuarto. Con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando frenéticamente, vi como la claridad del nuevo día penetraba por entre las rendijas de la persiana de la ventana de mi cuarto. ¡La maldita pesadilla había sido tan real!
             Aun temblando me dirigí al baño a pegarme una ducha. Luego, saqué una baqueta al patio y me puse a tomar mate bajo el solcito de la mañanita primaveral. Estoy mal, muy mal. No sé si podré soportar esto. Creo que debería consultar con un profesional. 


lunes, 19 de septiembre de 2011

Lunes 19 de Setiembre de 2011...

            ¡Compré una casa! ¡Por fin las cosas parecen estar dando fruto! Aunque del todo encausadas no están. Hay todavía ciertos detalles que ver… Pero he dado un gran paso. ¡Tengo casa propia! ¡Ya no tendré que vivir en casa de mi madre! ¡Ya no tendré que soportar los cambios de humor de mi hermana! ¡Ya no volveré a disfrutar de las milanesas de mi madre o de su leche chocolatada…! 
                Mejor que deje de pensar en las acciones colaterales.
           No me fue difícil, como podrán ver, conseguir la casa. Una búsqueda por Internet me permitió hallarla, ¡y de dueño directo! Se trata de una casita acogedora, pequeña pero confortable en la parte norte del barrio. Dos dormitorios (que uno transformaré en escritorio), living/comedor, cocina, baño, y una piecita en la terraza. Todo está en perfecto estado. Ahora solo me queda amoblarla y decorarla…



                Y acá es donde empiezan los problemas…
         Creo que estoy sufriendo una especie de síndrome de abstinencia, y cada día se hace más incontrolable. Es como un fuego que nace en mi interior y debo detenerlo como sea. Y la única forma efectiva que he encontrado hasta ahora es pegándome. Sí, pegándome, autocastigándome.
                Todo comenzó cuando fui a escriturar.
            El destino a uno siempre le está tendiendo trampas, poniéndole zancadillas, de las maneras más insospechadas.
              Hace ya varios días que intento dejar de pensar en cómics, series, películas o libros de fantasía y juegos de rol. Intento desde el día en que decidí convertirme en un adulto hecho y derecho, no pensar en nada de eso… Sin embargo es difícil, y desde el momento en que decidí hacerlo parece ser que el mundo conspira para que no logre hacerlo. Cada cosa que hago, cada persona que veo parecen remitirme a algún cómic, alguna película de ciencia ficción, algún libro de fantasía.
                El tipo que me vendió la casa es abogado… y ciego. ¿Es culpa mía que el tipo me hiciera pensar una y otra vez en Matt Murdock, Daredevil? No podía dejar de hacerlo y durante toda la hora que estuve con él y su escribano, era mirarlo, escucharlo hablar y pensar en él, en El Hombre sin Miedo. A veces se me mezclaban las imágenes y veía a Ben Afleck personificando al superhéroe ciego, otras veces veía una imagen de él dibujada por Bill Everett, su co-creador, otras veces se me aparecía dibujado al estilo de John Romita Jr… Que me sucediera eso me ponía muy nervioso, y comencé a evitar mirar al abogado, cosa que notó su escribano y, en un momento me llevó a parte y me dijo:
                - Estimado, sé que no es agradable contemplar a un no vidente, pero no sea tan obvio… ¡Hasta un ciego se da cuenta que está evitando mirarlo!
              Supe ahí, en ese instante, que tenía un problema. El escribano creía que yo reusaba la vista del ciego porque me causaba impresión su ceguera, ni se imaginaba que lo hacía porque el maldito ciego me recordaba a Daredevil, y eso a que hacía como una semana que no consumía nada de ese material.
             Nos sentamos nuevamente y, opté por algo que, me surgió casi automáticamente. Cuando me asaltaba de nuevo el impulso de pensar en cómics, cuando las imágenes de los distintos Daredevils: de Bob Brown, Don Heck, Mazuchelli, pugnaban por abrirse paso en mi mente, deslicé la mano derecha en el bolsillo del pantalón y comencé a pellizcarme la pierna. ¡La mágica solución! Ante el dolor, la mente olvidaba remitirme a las imágenes comiqueras. Pero fue una lucha ardua y cada instante, las imágenes llegaban con una fuerza renovada y yo, debía pellizcarme con más fuerza cada vez. Llegó un momento que me dolió mucho y di un salto en mi asiento, con la rodilla golpeé la mesa y la hice saltar justo en el momento en que, el ciego, con una soltura asombrosa, estaba por firmar el boleto de compra/venta. Me miró (bueno, dirigió sus ojos tras sus gafas negras hacia mí y frunció el ceño.
                - ¿Se siente, usted, bien? –me preguntó Matt Murd… eh, digo el abogado.
                Yo estaba sudando, y mi cabello corto lo tenía alborotado de tanto refregarme la cabeza con las manos.
                - Perdoneme, la ansiedad por la transacción –respondí algo balbuceante-. No todos los días uno se puede comprar una casita. ¿Podría pasar al baño?
                - ¡Claro, hombre!
                Me encerré en el baño  como si me estuviera persiguiendo Jason o Freddy, o cualquier otro loco asesino de adolescentes yanquis. Estaba desesperado. Ya las imágenes me danzaban en mi cabeza como una calesita demencial: Daredevil en traje rojo, Daredevil en el traje amarillo, me daban vuelta y vueltas y yo no pude hacer otra cosa que golpearme un puñetazo en el rostro, y luego una vez más, y otra vez.  Me apliqué un uppercut, un directo de derecha, y nuevamente un uppercut, hasta que las imágenes remitieron. Me lavé un poco el rostro, acomodé mi ropa y salí.
                - ¿Está bien, hombre? –me preguntó ahora el escribano. Yo ya me sentí bastante más aliviado.
                - Si, si, muchas gracias. ¡Prosigamos!
             - Extraño –acotó el ciego-. Hubiera jurado que escuché como sonidos de puñetazos, como si alguien le estuviera dando una paliza a otro…
             ¡Gracias a Dios, puede firmar la escritura y me fui rápidamente de la oficina del abogado siendo dueño de una casa!
               


                El segundo incidente sucedió el domingo. Estaba en una mueblería de diseño –estaba decidido a hacer las cosas bien, por ende mi casa sería amueblada y decorada tal y como un adulto- cuando me topé con un compañero del secuandario que no veía hacía años. Gonzalo Sagardúa. Estaba con su esposa y su pequeño hijito de dos años.
                - ¡¿Andrecito?! –me dijo emocionado cuando me reconoció.
                - ¿Gonzalo?
                Nos fundimos en un abrazo interminable, y no dejábamos de palmearnos los hombros. Bueno, en realidad él era el que hacía eso, y para ser honesto, me dejó bastante dolorido.
              Después del interrogatorio de costumbre: ¿Qué es de tu vida? ¿Tus viejos? ¿Te casaste, tenés hijos? ¿En qué andás? Me comentó que se había recibido de arquitecto y cuando se enteró que estaba buscando muebles para mi nueva casa, me dijo:
                - ¡Olvidate! Entre Marisa y yo te amoblamos y decoramos la casa… ¡Nos dedicamos a eso!
                Marisa era una mujer muy mona y simpática con una larga cabellera rojiza que, de alguna manera me hacía pensar en dos mujeres distintas: La agente federal Dana Scully y Mary Jane, la esposa de Spider Man… La paranoia fue tan grande que, en un momento comencé a ver a mi amigo, en forma alternativa, parecido a Mulder y a Peter Parker. Una vez más el sudor, una sensación de sofoco me asaltó de improviso tanto que tuve que salir corriendo, mientras desabotonaba un botón más de la camisa, me encerré en el baño y comencé a castigarme con mis puños.  Esta vez, los golpes al rostro no surtían efecto, de modo que tuve que aplicar un par de piñas al estómago y al hígado. Cuando salí tenía uno de los faldones de la camisa afuera y un hilillo de sangre cayéndome por la comisura derecha del labio.
                - ¡¿Qué te pasó, Andrecito?! –quiso saber mi amigo cuando me vio en ese estado.
                - Nada, nada… Me caí y me dí la boca contra el inodoro, no te preocupes no es nada.
                Al despedirnos, me dijo que cuando terminara de decorar la casa nos íbamos a juntar a cenar para celebrarlo, y me dijo que le avisaría a Miguel, otro compañero del secundario que se seguía viendo aun con él.
                Acepté la invitación gustoso, después de todo necesitaba nuevos amigos adultos para mi nueva etapa de adulto. Como Miguel también estaba casado y yo seguía soltero, a Gonzalo se le ocurrió una idea.
                - ¡Ese día voy a traer a una chica que conocimos hace poco con Marisa –miró a su señora y le aclaró:- ¡Calandria! ¿Te acordás
                - ¡Claro! ¡Calandria! –Marisa me miró a mí con una sonrisa muy tierna-. ¡Es divina! ¡Te va a encantar! ¡Es veterinaria!
                Así están las cosas para mí en estos momentos. Casa nueva, amigos nuevos, y por qué no, novia nueva…  Mi nueva etapa de adulto no había empezado nada mal, aunque “mi nuevo problema” no me lo haga disfrutar tanto. Pero no les quepa duda y, parafraseando a Román Riquelme: “Pacienci está felí…”


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Miércoles 15 de Septiembre de 2011...

               El martes recibí una llamada del Ministerio de Desarrollo Social, por el tema de las Viviendas Económicas. Yo me había olvidado por completo del tema, pero cuando recibí el llamado no pude hacer otra cosa que seguir con la farsa… Nada menos que el Ministro se reuniría conmigo.
                El encuentro se produjo esta mañana en las dependencias del Ministerio. Una oficina bastante lujosa en un décimo piso con una vista panorámica de toda la ciudad.  El ministro estaba sentado en un enorme sillón de escritorio con un aspecto superconfortable. Totalmente tapizado en cuero, con posabrazos ergonómicos y suspensión neumática regulable.
                Cuando ingresé al despacho, acompañado por tres asesores, el Ministro nos daba la espalda. Sentado en su sillón (que se me ocurrió, muy parecido a un trono moderno) observaba en silencio la ciudad que tenía a sus pies…
                - Algún día… Algún día serás mía… -murmuraba hasta que uno de los asesores me anunció.
                El ministro giró su silla sorprendido y sonrió un poco avergonzado mientras nos enseñaba la foto de un sartén algo ennegrecido por el uso y con aspecto de muy antiguo.
                - ¡Oh, lo siento mucho! –se disculpó al tiempo que se ponía de pie-. Me sorprendieron hablándole a la foto –el ministro me la extendió-. Soy coleccionista de sartenes y este que usted ve aquí hace tiempo que quiero incluirlo en mi colección pero su valor no hace más que subir y subir… -el hombre se encogió de hombros y sonrió con sonrisa de político en campaña-. Pero, algún día será mía, es algo que presiento. ¡Un sartén del siglo XIX que ha pertenecido a al abuelo de José Marrone nada menos…! No sé si usted lo sabía pero el abuelo de Marrone fue quien popularizó en Buenos Aires la famosa tortilla a la española... ¡Pero cuénteme ese proyecto interesante que tiene!
                Debo admitir que me puse un poco nervioso. Traté de acomodarme el cabello pero recordé que lo tenía corto y me acomodé el saco antes de sentarme. Aproveché la ocasión para estrenarme mis ropas nuevas y realmente me sentía muy extraño sin mis All Star y mis remeras de superhéroes.
             - Bueno –comencé diciendo tímidamente y saqué de mi bolso un ropero de juguete. Cuando me habían llamado por teléfono para citarme fui corriendo a casa de mi primo y le pedí prestado un roperito de la Barbie de su hijita. Le pegué una duchita hecha por mí con un sorbete de leche chocolatada Cyndor e hice una cama con una cajita de fósforos-. Básicamente es esto –les dije y posé el roperito en el escritorio. El Ministro me miró un poco desilusionado.
                - Y… ¿Qué vendría a ser esto?
               - Bueno, básicamente es una unidad de vivienda funcional que, al ser hecha con un ropero, su costo es bastante accesible… El… prototipo que está en casa está pensado para una persona soltera, pero utilizando los otros compartimientos del placard se pueden añadir más ambientes –abrí las puertitas y les enseñé el compartimiento del baño y el dormitorio tipo loft.
                - ¿Y qué costos tendrían estas… viviendas?
             - Eso es lo interesante señor… Si enganchamos a algún fabricante de placares (si son de pino mejor) vamos a tener un buen precio… Digamos que de costo estas casas podrían llegar a salir entre mil y tres mil pesos dependiendo de la medida del placar… Podríamos agregarle unos quinientos pesos más si le sumamos la grifería y alguna membrana para revestir la madera y que los elementos no la dañen.
                No sé cómo se me ocurrió toda esa sarta de pavadas pero al parecer causaron buena impresión. Cuando terminé mi exposición, los tres asesores compartieron una mirada de aprobación y luego cuchichearon con el Ministro.
                - ¡Perfecto! –exclamó entonces. Se puso de pie y me estrechó la mano-. ¡Prepareme un informe completo: impacto ambiental, costos, bla, bla… Lo usual para estos casos y en cuanto lo tenga se lo acerca a alguno de los asesores. Ahora lo dejo porque tengo pautada una entrevista para el programa de Carozo y Narizota, una sección nueva de su programa que se llama: "Hecha la Ley hecha la Trampa". Calculo que voy a estar cómodo, no creo que sea muy diferente de "A Dos Voces". ¡Álvarez, regálele una foto de campaña, de las autografiadas! –le dijo a uno de los asesores y luego se dirigió a mí con una sonrisa-. Me postulo para senador, no deje de votarme.  
                Salvado este nuevo obstáculo me dediqué a lo que realmente me importaba: buscar el que sería mi hogar dulce hogar de ahora en más. De modo que me pasé toda la tarde requisando los principales sitios web de inmobiliarias. Ya tengo identificadas una par de casitas para ir a visitar, puede que más pronto de lo que pensaba voy a tener mi propia morada.
             ¡Qué sensación extraña es saberse con un millón de pesos en el banco! Saber que uno no debe preocuparse por si le alcanzará o no el sueldo, saber que uno puede darse pequeños caprichitos que uno antes no podía darse. Debo confesar que en un primer instante me vi tentado en salir corriendo a “Superheroes Cómics” y comprarme todo lo que viera, pero reprimí el impulso. Había jurado comportarme como un adulto y lo mantendría así me costase la vida.
                A mi madre y mi hermana les pagué un viaje por Europa, de modo que estoy por primera vez en mucho tiempo, solo y tranquilo… y con plata.  Claro, pero todo tiene su lado malo.
                El martes por la noche fui a la casa de Tony. Allí estaba la Cofradía reunida: era día de rol.
               - ¡Dale, sacá los dados y la pantalla que hoy estoy sebadísimo! –me urgió Pedro dando palmadas para que me apurase-. ¡No sabés las ganas que tengo de jugar hoy!
                - Pero… ¿y el morral? –observó Alan.
                - No lo tengo -les dije con gravedad.
                - ¿Qué pasó? ¿Te robaron? –quiso saber Marcelo.
                Yo negué con la cabeza.
                - ¡Pará! –exclamó Claudio y me observó de arriba abajo-. ¿Qué hacés con esas pilchas, vos?
                - Así pienso vestirme de ahora en más… El Andrés que conocían ya no existe más… A partir de ahora comenzaré a vivir como el hombre adulto que soy…
                - ¿Te sentís bien, vos? –quiso saber con honda preocupación Pedro-. ¿Te golpeaste la cabeza o algo así?
                - No, Pedro… No hay golpe ni nada extraño. ¡Ya fue! ¡Ya entendí que no soy más un niño!
                Tony me miró con ojos agrandados por unos largos segundos y de pronto su mandíbula comenzó a temblar con frenesí. Pegó media vuelta y corrió para encerrarse en el baño.
                - ¡Estupidoooo! –gritó antes de cerrar la puerta entre lágrimas mal contenidas.
                - Si es una broma es de muy mal gusto –dijo con seriedad Alan.
                - No es broma, Alan, si no hago esto siento que mi vida… Mariela se fue con el enano…
                - ¡Bah, desde cuando nos importaron las mujeres! –me retrucó ofendido Claudio.
              - ¿Es por eso? –Tony se asomó solo un poco por la puerta del baño aun lloroso- ¿Es por eso que lo hacés, por la traición de esa mujer?
                - Por eso y por todo…
            - ¡Te entiendo entonces, hermano! –dijo Tony saliendo del baño y secándose las lágrimas con el puño de la manga de su buzo. Cuando llegó a mí me abrazó con efusión-. ¡Te entiendo y tenés mi bendición! ¡Te dije que esa mina te iba a cagar! ¡Por lo menos no te quiso enchufar el hijo de un albañil tucumano como a mí!
                - De todos… vos eras el único que creí que nunca ibas a violar las normas de la Cofradía –me dijo Marcelo y percibí cierto tonito de resentimiento.
                Pedro miró a todos con angustia mientras asentía levemente con su cabeza, finalmente se dirigió a mí.
           - De modo que vos venís a ser el Onslaught nuestro. Así como Xavier traicionó a sus queridos alumnos y a su propio sueño, vos ahora hacés lo propio con nosotros…
         - Podemos decir, entonces, que la Cofradía de los Penosos Caballeros Resignados, queda formalmente disuelta –anunció Alan abatido. Su cabeza se hundía entre sus hombros caídos.
                - No creo que sea para tanto… -intenté decir, pero Claudio me cortó en seco.
                - ¡Miserable! –gritó-. ¡Nosotros creímos en vos, en este… sueño!
                - ¿De qué sueño me hablas?
                - ¡Andá a vivir tu vida de adulto! –prosiguió sin prestar atención a lo que yo le decía-. ¡Tendríamos que haber dejado que esa loca de Cynthia lo tuviera secuestrado para siempre, mirá!



                Todas eran miradas hostiles, pero que en el fondo reflejaban miedo. Por primera vez en años les estaba soltando la mano. Por primera vez en años no tendrían un Dungeon Master para que les dirija las campañas. Todas las miradas eran hostiles, excepto la de Tony quien me abrazó de nuevo.
                - ¡Yo te entiendo, papá! –me dijo mientras aferraba con fuerza mi nuca-. ¡Andá tranquilo, ya se les va a pasar a ellos! Cuando estás listo para regresar, vamos estar esperándote…
                - Es que no sé si voy a regresar, Tony. Esto es un viaje de ida.
                - ¡Quedate tranquilo que yo te mando el pasaje de vuelta!
              Dejé la casa de Tony y caminé muy despacio hasta casa, con las manos en los bolsillos y las solapas de mi saco levantadas para proteger el cuello y el pecho de la brisa fría que se había levantado por la noche. Me detuve solamente a mirar, una vez, mi reflejo en la vidriera de un negocio. Aquel tipo que se reflejaba no era yo, definitivamente. Por más que me esforzaba no lograba reconocerme, y con lo que venía de hacer mucho menos. El Andrés Pacienci que conocía nunca hubiera dejado en banda a sus amigos.
             Cuando llegué a casa, la misma lechucita del otro día me estaba aguardando con un sobre similar. Se lo tomé de las patas y no pude reprimir acariciar con ternura la cabecita del ave. La scops chilló y me picoteó el dedo, para luego irse volando. La nota era concisa como todas sus notas:
                “El huevo de la venganza ya ha sido empollado y está a punto de eclosionar.  COCSO”

lunes, 12 de septiembre de 2011

Lunes 12 de Setiembre de 2011...

             Hay cosas que son extrañas… Uno, muchas veces, no alcanza a imaginarse cómo puede virar su vida y qué consecuencias traerán sus actos. Ustedes podrán decir que yo soy un supersticioso o que realmente no estoy en mis cabales. Pero, aguarden a leer la entrada de este día y después juzguen, amigos.
             Antes de comenzar a narrarles lo acontecido déjenme contarles que finalmente he ido a la peluquería. Mi cabello algo largo y bastante alborotado y mi barbita descuidada han desaparecido. Ahora llevo un corte sobrio, bastante corto, con un peinado formal y corriente. Al verme al espejo, una vez que regresé a mi casa, me sorprendí. Me pareció no estar mirando mi propio reflejo sino el de algún ser extraño. Ante mis ojos tenía la imagen de un hombre de 30 años normal. Alguna clase de oficinista o esos padres jóvenes que se ven en los shoppings paseando a sus hijos vistiendo camisas y pantalones pinzados. Me toqué el rostro con mis manos, analicé la textura suave de mis mejillas sin vellosidad y luego toqué la superficie fría del espejo como intentando, por el tacto, reconocer algo de mí en aquella imagen. Se me antojó en mi mente una escena de Frankenstein, asombrándose con todo lo que observaba por vez primera. 
          Pero, en fin, así están las cosas ahora. Todos mis artículos de ñoñerías embalados, mi corte adolescente de cabello ha desaparecido junto con mi look. Pero parece ser que haber hecho este sacrificio fue como haber realizado un ritual de purificación; como si al haber encerrado en la oscuridad interior de aquellas cajas todos mis objetos banales hubiera encerrado también con ellos toda mi mala suerte, todas las trabas que me impedían progresar…
                - Es curioso –me indicó un anónimo psicólogo que se identificó del otro lado de la línea como Dr. F (por Freud, me aclaró)-. Por lo que usted me cuenta sugeriría que las cosas no le salían como quería pues de alguna manera usted se negaba a crecer. Síndrome de Peter Pan se da en llamar ¿Me sigue? Bien. Ahora, una vez que usted decide desprenderse de todos esos símbolos que lo anclaban en su niñez o en su temprana adolescencia, las cosas comienzan a encaminarse ¿No? Es porque su mente ha aceptado de una buena vez que ha crecido, que ha madurado.
              El Dr. F es uno de los tantos profesionales de la salud mental que lo pueden atender a uno en “Psicólogos Anónimos: La línea caliente del Psicoanálisis”. Habrán visto en la tele, escuchado por radio, o leído en los diarios y revistas sus publicidades. “¿Edipo no resuelto? ¿Complejo de inferioridad? ¿Alguna fobia repentina? ¡Llámenos, lo escuchamos! 0 800 333 PSICO (77426)”. Es muy probable que la apreciación del Dr. F sea correcta.  ¿De qué otra manera podría explicar lo que me sucedió entonces? Todo se debía al maldito Peter Pan…
               
                Regresé el lunes a mi casa a eso de las diecinueve horas. Había ido hasta el centro a renovar mi vestuario con el dinero que mi madre me había prestado. Adquirí cuatro camisas, tres pantalones de vestir, un par de zapatos y un saco sport. Entré a mi casa bastante distraído, analizando todavía las palabras que mi analista telefónico me había dicho cuando me detuve en seco y dejé caer las bolsas que llevaba en la mano al ver a las dos personas que se encontraban sentadas en los sillones individuales tomando un café junto con mi madre y mi hermana.
                - ¡Hola, Andrés! –me saludó con una alegría jovial Sandra-. ¡Mirá quiénes te vinieron a vistar! ¡Tus compañeros del trabajo! ¿No son simpáticos?
                - ¡Qué hacés, Pacienci! –me saludaron a dúo.
                Allí estaban ambos, Malsani y Capponi, tomándose un café en el living de mi casa (Malsani le estaba agregando un poco –bastante- de whisky de una petaca que sacó del bolsillo interno de su saco). En todos los años que habíamos sido compañeros, nunca, pero nunca, habían venido a visitarme.
                - ¡Che, pero que cambiado estás, Pacienci! –comentó Capponi y ambos se miraron con la típica mirada picarona que se conjugaban siempre que me gastaban-. ¡Ahora si parecés un hombre, nene!
                  Los dos estallaron en carcajadas, y mi hermana se les unió a los festejos.
                - ¿Qué hacen acá? –me salió decirles, no sé si en forma brusca, pero mi tono debió haber sido bastante neutral.
                - Tranquilo, pibe que vinimos en son de paz –explicó Malsani y le dio un trago a su café irlandés.
                - Esta vez venimos por una cuestión de honor –completó Capponi.
                - ¿Qué pasó? .quise saber mientras recogía las bolsas.
                - ¿Te acordás del billete de lotería que compramos entre los tres a principio de año? –me preguntó Malsani agregando un poco más de whisky al café que se ve que aún le faltaba un poco para que fuera un auténtico irlandés, o un auténtico Malsani… Yo asentí.
               Habíamos comprado ese billete a principio de año para un sorteo que se iba a realizar algún tiempo más adelante, aunque luego me olvidé del mismo.
                - Bueno pibe, lo sortearon ayer –anunció Malsani.
             - ¡Y ganamos el primer premio! –exclamaron los dos a dúo llenos de júbilo alzando sus brazos y dando saltitos en el asiento, que podían recordar los célebres saltos que Soldán efectuaba cuando un concursante de "Feliz Domingo" lograba abrir el Cofre de la Felicidad.
               Se pusieron de pie, me tomaron cada uno de una mano y a su vez ellos se tomaron sus manos libres y comenzaron a hacer una ronda como si fueran niños. Y mientras girábamos (ellos a los saltitos) iban cantando: “¡Ganamos la Grande! ¡Ganamos la Grande!”. De pronto, no sé cómo, vi que al corro se había unido mi hermana que, alegremente seguía uno a uno los festejos de mis dos ex compañeros de oficina.
                Cuando se calmaron un poco, obligados por el acceso de tos que tuvo Malsani, Capponi me dijo:
                - ¡Nene! ¡Un millón para cada uno nos queda! ¡Tres palitos sacamos!
                Malsani, doblado, aferrándose una de las rodillas con su mano y con la otra dándole un trago a la petaquita, asentía feliz con el aliento entrecortado.
                - Yo, la verdad, es que me había olvidado del billete –reconocí sincero.
                - ¡Pero nosotros no, nene! –dijo Malsani-. ¡El juego es sagrado!¡Si vos pusiste plata para comprar el billete, vos tenés que cobrar tu parte! Nosotros podemos ser pesados, cargosos, molestos, te habremos gastado a más no poder en el laburo, pero el juego es el juego.  Y en el fondo te queremos, nene…
              - Si, se te extraña en la oficina… añadió Capponi y creí ver como con disimulo se secaba una lágrima- ¡Acá tenés tu cheque, Andrés! –me dijo medio desviando la vista y me extendió el valor-. Tal vez vos nos hayas traído suerte porque nosotros hace treinta años que jugamos el mismo número y nunca lo agarramos hasta ahora.
                Se quedaron una media hora más, mi mamá sirvió un vino mistela que una vez le había obsequiado el Padre Francisco y ella siempre reservaba para ocasiones especiales. Mi hermana se mostró muy alegre con la presencia de mis antiguos compañeros y en todo momento festejaba los dichos “graciosos” que ellos dejaban caer. Me contaron que ni bien se enteraron que ganaron renunciaron a la oficina, que entre los dos iban a invertir la mitad del dinero de cada uno para llevar a cabo un negocio que hacía años que querían tener, y la otra mitad se la iban a patinar en Las Vegas y en Montecarlo.
                - ¿Y qué negocio van a poner? Si se puede saber ¿No? –sentí real curiosidad.
                Ambos se miraron y sonrieron con orgullo.
                - ¡Vamos a abrir un Karaoke! “Si lo sabe cante!” le pusimos, en honor al programa de Galan. Si querés ser nuestro socio... ¡Bienvenido!



                - No, gracias, tengo mis propios planes... Aunque la oferta es tentadora... Un karaoke...
                Por un momento me imaginé con los chicos de la Cofradía interpretando canciones de Linn Minmay o Dancer... O las canciones de los Opening de los dibujos animados. La versión de Spider-Man de The Ramones me salía bastante bien... Pero, no. Esos ya no eran comportamientos del nuevo hombre en que me había convertido: maduro y equilibrado.  



              Cuando finalmente se fueron, mi hermana se paró con su cara de traste habitual y se encerró en su cuarto.
              - ¡Gracias a Dios se fueron estos dos! –gritó mientas se alejaba del living-. ¡Qué imbancables son tus amigos!
                Con mi madre nos tomamos una copita más de mistela y brindamos.
                - ¿Podés creerlo, viejita? Tengo un palo en el bolsillo.


                

sábado, 10 de septiembre de 2011

Sábado 11 de Septiembre de 2011...


                ¡Hola gente! ¿Están ahí todavía? Hace días que no escribo… Espero que alguno se mantenga firme aun. Tengo la necesidad de seguir contando mis avatares. Mi vida poco a poco  va retornando a la normalidad.  Bueno eso de normalidad es una forma de decir. 
                Desde que me liberaron de la casa de Cinthya me pasé los días casi sin levantarme de la cama. Apenas lo hacía para comer o ir al baño, después mis días transcurrían entre la relectura de cómics, maratones y maratones de series, y aquellas películas que me conectaban con momentos de dicha en mi vida. “Killing Joke” de Batman, pieza fundamental en el Universo del “Detective” y obra sublime del genio de Alan Moore, recuerdo que cuando lo leí en su momento había conseguido un muñeco de Colossus de X Men, de goma articulado, 15,5cms. de altura, año 1993 bastante difícil de conseguir; “La Muerte de Superman”, cuando lo leí le gané por primera vez a Claudio una partida de “Magic”, hasta ese día me había ganado siempre, varias de mis mejores cartas ahora las atesora él, pero ese día le pude arrebatar su preciada “Black Lotus”; vi el capítulo piloto de “X File”, llamado curiosamente “Pilot” donde   el Jefe de División Scott Blevins presenta a Dana Scully a un grupo de superiores entre quienes se encuentra un hombre que fuma compulsivamente. Blevins asigna Scully a trabajar con el agente Fox Mulder  en los Expedientes X en un intento de desacreditar su trabajo en lo paranormal… Cuando vi este capítulo sucedió algo realmente especial, Lorena me trajo de EEUU (había viajado por el trabajo) el crossover completo de “House of M”, edición TPB, y así podría nombrar cada revista, cada serie y cada película que vi. Todas algo me recordaban, todas me remitían a un día cuya felicidad había sido total… Mirar el pasado idílico para no ver el presente nefasto. Y mi presente no podía estar peor: sin trabajo, con deudas (dos meses que no pago la tarjeta), acabo de ser secuestrado por una vecina sexópata, aún sigo viviendo en casa de mi madre, y no puedo conseguir una relación estable… una relación. ¡Ah, casi olvido contarles algo! Me llamó Mariela. ¿Recuerdan que no pude ir a la cita con ella por estar bajo las garras de Cinthya? Bien, me llamó muy dolida, pues ella se había hecho muchas ilusiones conmigo y creía entender que yo no; además me encontraba bastante inmaduro y extraño, como si no hubiera pasado el tiempo desde que nos conocimos cuando teníamos quince años. Me dijo que había aceptado una oferta de su ex para viajar a Europa, llevarían a Icarus con ellos e intentarían reconstruir la pareja.  ¿Pueden ver la tragedia? Vencido por una vez más, y en esta ocasión de manera humillante, por ese enano con voz de pito…
                ¡Pero se acabó! Esto fue la gota que rebalsó el vaso. Esta mañana me levanté por fin de mi cama, decidido a cambiar, de una vez por todas, mi suerte. Lo primero que hice fue conseguir cajas y, con mucho dolor, embalé todos mis preciados tesoros: muñecos, comics, libros, toda clase de merchandising, los manuales de rol… ¡Todo! ¡Hasta mis remeras con estampas de películas o historietas! ¡Todo! Con una solemnidad que no se ve siquiera en una misa oficiada por el Papa fui guardando cada cosa en sus cajas. De alguna forma parecía algún deudo embalando las pertenencias de algún familiar fallecido… Y tal vez la comparación no es tan errada, pues de alguna forma alguien o algo había muerto: mi pasado.
               Estaba decidido, iba a cambiar de una vez por todas, y para hacerlo hay que hacerlo como para dejar de fumar: de golpe. De nada sirve ir bajando la cantidad de cigarrillos fumados, creer que uno puede controlarlo gradualmente. No, al tabaco hay que cortarlo de una, a mi pasado también. Me equivoqué en creer que podría cambiarlo de a poco. Las cajas las apilé en un cuartito que tenemos en la casa para trastos y esas cosas.
              Tuve un sentimiento ambiguo cuando miré mi cuarto ahora semivacío. Por un lado, ver las estanterías de la biblioteca, el escritorio, las paredes y otros rincones de mi habitación despobladas de mis cosas, algunas de ellas que me habían acompañado por casi quince años, me producía una tristeza enorme, una angustia tan profunda que sentía como si el corazón se me estuviera resquebrajando en miles de fragmentos… Por un momento tuve el impulso feroz de correr a la sala de trastos, buscar las cajas y colocar todo en su lugar nuevamente, para poder admirarlo y sentirme orgulloso de mi colección. “¡Gollum! ¡Gollum! ¡Mi tesooooroooo!”, escuché en lo profundo de mi mente, la peculiar vocecita que el actor Andy Serkis le diera al personaje en las películas de Peter Jackson. Por otro lado, sentí un gran alivio, como quitarme una pesa de una tonelada de encima de mis hombros. En esta ocasión recordé la siguiente frase del libro “EL Señor de los Anillos“, extrañamente la escuché en mi cabeza relatada por la voz del actor  Iam Holm, quien interpretara a Bilbo Baggins en  la película:

“Bilbo sacó el sobre y justo en el momento en que lo colocaba junto al reloj, le tembló la mano y el paquete cayó al suelo. Antes que pudiera levantarlo, el mago se agachó, lo recogió y lo puso en su lugar. Un espasmo de rabia cruzó fugazmente otra vez por la cara del hobbit y casi en seguida se transformó en un gesto de alivio y en una risa.
-Bien, ya está -comentó-. Ahora sí, ¡me voy!”  


                Tras esto me dirigí al living donde mi madre y mi hermana miraban su telenovela favorita. Lo hice vistiendo unos pantalones de vestir que me había comprado para la comunión de una primita y una camisa negra.
                - ¡Bueh! –exclamó mi hermana con disgusto al verme-. ¡¿Y este de qué se la da ahora?! ¡¿De hombre serio?!
                - ¡¿Nene, vos te sentís bien?! ¿Qué hacés vestido así? ¿Conseguiste trabajo? –quiso saber mi mamá.
              - Vieja, desde ahora voy a vestirme así. Voy a necesitar un préstamo, viejita. Para ir a la peluquería, primero; y después para comprarme pilchas nuevas.
                - ¡Ah, entonces tenés alguna entrevista por un trabajo! –aventuró mi madre.
                - ¡No! –dije- ¡Ningún trabajo por ahora! ¡Quiero cambiar mi look!
                - ¡Vos te sentís mal, nene! ¡A mí no me engañás!
             - ¡Qué lindo que estás, hermanito! –exclamó de pronto, como si recién me hubiera visto, mi hermana con una sonrisa exultante, pero de inmediato torció la boca en un gesto de congoja y se puso a llorar-. ¡Me hacés acordar cuando se murió el abuelo Antonio, tarado! ¡Estás vestido igual!
               - Eh… pero cuando se murió el abuelo Antonio yo tenía trece años y estaba en remera y bermudas porque hacía un calor barbaro… -le recordé.
               - ¡Callate, idiota! ¡No me rompás el clima! –fue su dulce respuesta.
            Cuando estaba saliendo para la peluquería sucedió algo, inesperado, o no tanto, pero que se me había pasado por alto, que me indicó que probablemente no fuera tan fácil desprenderme de ese pasado al que trataba de huirle. Cuando salí a la vereda una lechuza muy pequeña y graciosa, muy parecida a la scops que Ron Weasley tiene en “Harry Potter” (Pigwidgeon, se llama) me arrojó un sobre casi en la cara.
                El sobre era negro y no tenía escrito nada, pero la nota de su interior era clarísima: “No nos hemos olvidado de tu afrenta. La pagarás. COCSO” Estaba clarito quien firmaba la misiva: COCSO: Círculo de Ornitólogos Católicos San Onofre…