Mi casa ya está lista. Disculpen si me demoré algunos días en postear, pero entre los preparativos y la mudanza no tuve mucho tiempo libre.
La casa quedó muy linda, sin embargo me da la sensación que le faltara algo, no sé… Es como que la miro y no la reconozco como mía. Es como que le falta mi toque de decoración, pero dedo reconocer que Gonzalo hizo un trabajo muy profesional, y adulto.
En la casa predominan los muebles de diseño vanguardista. El living tiene un juego de sillones de caño de acero inoxidable, con asientos y respaldos de goma espuma “soft”, me aclaró, y forrados en corderoy de 8 bastones… Los llamó línea Sumo, cuyo juego se componía de dos sillones de un cuerpo, uno de dos cuerpos y una otomana, que de otomana tenía muy poco y parecía más una banqueta gigante que otra cosa. Cuando me había dicho su nombre por teléfono yo le había dado el ok, pues creí que serían sillones en cuyos respaldos tendrían imágenes de Luca Prodan, pero estaba equivocado, y viéndolos con detenimiento no puedo siquiera suponer por qué los llaman Sumo… Siguiendo una línea parecida, la mesa ratona (Gonzalo se molestó mucho cuando la llamé así. “Mesa baja de living, se llama, no ratona”, me corrigió con cierta acritud) era de un estilo similar a los sillones Sumo, salvo que ésta se llamaba: Mesa de Living Anet rectangular… Para el televisor, el DVD y el equipo de música colocó dos estanterías “Vasco”, una grande y una chica, que más que estanterías parecían cajones de manzana extragrandes, puestos de lado y sin fondo… Completaba el juego un modular hecho con “Estanterías Cubicos”, unos cubos blancos con fondo cuadrillé que se podían combinar de la forma que uno quisiera. La decoración consistía en varios objetos y estatuillas sin formas definidas, algunos frascos y farolitos con velas, y colgantes y platos de estilo oriental. Para el dormitorio, escogió un somier King Size con sabanas negras (“¡Para cuando hagas de las tuyas con las minas, campeón!”, me explicó entre codazos cuando me las enseñó); un par de mesas de luz (por suerte aun se siguen llamando mesas de luz estas) “Luz Carlota”, que no era más que algo similar a un sillón Sumo pero en lugar de un asiento de goma espuma tenía un cajón laqueado. También había una “mesa de arrime”, que no era más que un cubo de madera con rueditas, y que no tengo ni idea para que lo voy a utilizar; un puff “Fiorella con patas” (Gonzalo se ofendió mucho cuando le pregunté si no creía que ese banquito no era un poco afeminado); y una cajonera “Alma doble”, que no era otra cosa que un sillón Sumo de dos cuerpos pero de madera y con tres cajones… Por suerte el placard venía con la casa, estaba empotrado en la pared. La cocina seguía la misma línea: una mesa (Mara redonda) y cuatro sillas (Isa) en el centro, que ni tengo que decírselos: eran similares a las mesitas de luz… Había un mostrador desayunador con dos “Asiento Malabia Banqueta” que en realidad se asemejaban mucho a las sillitas que solían darte las viejas pizzerías para que se sentasen lo bebés.
Lo mejor de todo fue el escritorio, aunque no reflejaba en lo más mínimo mi personalidad ni mis gustos. A diferencia del resto de la casa, esta habitación había sido decorada y amueblada con un estilo más victoriano, si se quiere, cosa que no me disgustó del todo. Me hizo pensar en el escritorio de algún vampiro de finales de siglo XIX, o de algún investigador de lo oculto de aquellos primeros años del siglo XX. Un indicio de que la abstinencia no había pasado, pues fue albergar ese pensamiento en mi cabeza, que el fuego interior comenzó a quemarme. Aquella habitación, por más esfuerzo que hice por rechazar la idea, me hizo pensar en algún cuento de H. P. Lovecraft, y por carácter transitivo, creo yo, en el juego de rol “The Call of Cthulhu”. No pude soportar esa oleada de calor y dolor que fustigó mis entrañas, le pedí permiso a Gonzalo para ir al baño, me encerré en él y me apliqué dos fuertes cachetazos. Cuando regresé me explicó:
- No sabía bien cómo decorar el escritorio, pero como recordé tu afición por la escritura opté por esto.
En el centro de la sala y enfrentando a la ventana que daba a un patio, por la cual entraba durante todo el día la luz del sol, se ubicaba un robusto escritorio de estilo inglés comprado en el Mercado de Pulgas de la calle Dorrego, junto con su hermoso y señorial sillón tapizado de cuero legítimo color verde, giratorio y con posabrazos también tapizados y acolchados. En ambas paredes laterales, sendas bibliotecas que iban de piso a techo, cargadas de gruesos volúmenes de lomos con cinco nudos y rotulados en letras doradas. Daban la sensación de ser muy antiguos y prestigiosos.
- No sabía qué tipo de literatura consumías, pero me imagino que te gusta la buena literatura como a mí –me dijo señalándome los libros.
- No tenía idea que los clásicos de Timun Más pudieran venir en semejantes encuadernaciones –le dije yo, a lo que Gonzalo me miró extrañado-. ¿Qué hay Crónicas de la Dragonlance? ¿Algo de Ursula K Leguin? ¡Ah, las novelas de Star Wars no pueden faltar!
Gonzalo se rió creyendo que yo le estaba gastando una broma, meneó la cabeza y me dijo:
- Te compré los clásicos rusos: Fedor Dostoisvky, Máximo Gorki, Leon Tolstoi… Yo creo que “Los Hermanos Karamasov”, es formidable. También te compré una colección de literatura gauchesca: José Hernandez, Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi, el Santos Vega de Rafael Obligado, Estanislao del Campo y Antonio Lussich; Benito Linch, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes… También algo de surrealismo, y los clásicos claro está: Cervantes, Shakespeare, Góngora, Borges…
Mientras Gonzalo me iba narrando las adquisiciones, tuve una visión repentina de aquellas espectaculares bibliotecas cargadas de cómics, libros de fantasía, de terror, alcancé a ver la saga completa de “La Torre Oscura” en lugar privilegiado; cada estante decorado con figuras de acción o estatuillas de personajes referentes a los títulos que en esos anaqueles se exhibían. Me excusé de nuevo y me encerré en el baño. Esta vez necesité de varios golpes para calmar ese ardor infernal que me carcomía. Incluso debí colocar la cabeza apoyada contra el borde del inodoro y darme con la tabla del mismo.
- ¿Estás bien? –quiso saber Gonzalo al escuchar los golpes.
- Perfectamente –le respondí saliendo del baño. Estaba todo transpirado, desalineado y presentaba un par de magullones en mi rostro.
La cena de inauguración se hizo el sábado. Gonzalo y su señora, Marisa, trajeron a Miguel pero sin su esposa pues se acababa de divorciar, y a Calandria, claro, Calandria Silva, por raro que les parezca.
Calandria realmente es una mujer hermosa, y simpatiquísima. Marisa tenía razón. Ni bien la vi quedé fascinado, y luego, durante la cena, al escucharla hablar, al escucharla reír, fui cayendo en su embrujo seductor… Aunque puede que haya influido el hecho de que hace mucho tiempo que no salgo con nadie…
Llegaron puntuales, cosa que la comida de delivery que yo había encargado no. Les había dicho que iba a cocinarles yo, pero claro, más de un huevo frito y un churrasco no me sé hacer nada. Pero, si quería emprender este camino de los adultos debía fingir que, entre otras cosas, sé cocinar.
- Te tenemos una sorpresa –anunció Gonzalo con su tono de voz de predicador evangélico y miró a su esposa con complicidad quien lanzó una risita picara-. ¡Tenemos otro invitado!
- ¿Te acordás de Amilcar? –me preguntó Miguel mientras me abrazaba y me palmeaba la espalda.
- ¡¿Cómo no me voy a acordar?! ¡¿Viene Amilcar?! –exclamé-. ¡Uf, menos mal que vos viniste solo sino tenía que llamar al delivery para agregar cosas!
- ¡Cómo! ¡¿No era que ibas a cocinar vos? –me preguntó Gonzalo.
- ¡Eh…! Si, lo que pasó es que… ¡No anda el horno!
- ¡Pero! ¡No puede ser! –se lamentó Gonzalo-. El lunes voy a reclamar, menos mal que tiene garantía! Si te compré el "Super Oven Electric Magic"
- Nooo, pero no hace falta, debe ser una pavada… Ahí está, debe ser que no lo sé usar con tanto Electric y tanto Magic...
En ese momento sonó el timbre. Literalmente me salvó la campana y huí a la puerta para recibir el pedido. Junto con la comida llegó Amilcar. Como quería quedar como un adulto con todas las de la ley encargué: una entrada de caldo mongol, Bibimbap coreano, comida callejera de Singapur y de postre, unas chuletas hawaiianas. Claro, a ninguno le gustaba ese menú y (por suerte, porque a mí tampoco me gustaba) terminé pidiendo pizzas y empanadas, y un kilo y medio de helado.
Durante la comida vinieron las preguntas de rigor sobre nuestras vidas. Gonzalo había tenido dos hijos con Marisa, de tres y un año y medio, que el sábado se quedaron en casa de los abuelos. Miguel, por su parte, era abogado y se había divorciado hace un par de semanas.
- No daba para más la cosa –nos explicó-. ¡Ya no me podía seguir engañando! ¡Si a mí me gustan las minas más que el dulce de leche! Además, mi jermu me enganchó dos veces con una minita con la que estoy saliendo, así que se pudrió todo… ¡Hiciste bien vos, Andresito, que no te casaste! ¡Hay que vivir la vida! ¡Me imagino que serás un calavera vos! ¡Cómo Amilcar!
- Bueno… si… -comencé a contestarle, iba a inventarme un pasado de mujeres y joda loca, pero noté que Calandria me observaba aguardando con interés lo que tenía para contar, de modo que me acaloré, tosí y cambié mi versión- Bueno, no… no te creas que yo… este, me quedé soltero por salir con mujeres… Al contrario, yo… yo… estoy aguardando a la adecuada –sin querer, cuando dije esto último dirigí mi vista a Calandria y esta apartó la vista sonriendo un poco.
Finalmente, estaba Amilcar. Era Contador Público, soltero, jugador de golf y miembro de un exclusivo club de fumadores de pipa.
- ¿No es algo para viejos un club de fumadores de pipa? –le pregunté con sinceridad y con esa pregunta comenzó la primera señal de alarma. No pude evitar imaginarme la escena en la que, en “El Hobbit”, le caen todos los enanos a comer a Bilbo… Me imaginé a Amilcar como una especie de Gandalf fumando pipa con un montón de enanos alborotadores. El fuego interior hizo que me retorciera en mi asiento.
- ¿Te sentís bien? –quiso saber con real preocupación Calandria.
- Si, si… No te preocupes, habrá sido la empanada de carne picante…
Finalmente le tocó el turno a Calandria contar los pormenores de su vida.
- No hay mucho –dijo con cierta timidez mientras se acomodaba su cabellera rubia y brillante-. Soy veterinaria, doy clases en la Facultad de Veterinaria de la UBA; me especializo en aves. Estoy separada hace unos seis meses, nada, no compatibilizábamos… Y nada más… -cuando dijo esto me miró, como si hubiera sido a mí que me hubiera contado todo y sonrió con esa sonrisa tímida que tiene y sus ojos celeste brillaron.
- ¿Nada más? –preguntó Miguel- Falta agregar que estás más buena que Araceli González, y que lastima que estas reservada para el amigo Andrés que si no…
Cuando dijo esto, Calandria se puso colorada y yo, que me estaba encendiendo un cigarrillo tuve un absceso de tos. ¿Por qué será que siempre me dicen cosas inconvenientes cuando me estoy encendiendo un cigarrillo?
Por suerte la conversación derivó hacia otros rumbos. Hablamos de libros.
- Todos compartimos la afición por la lectura –comentó Gonzalo-. Asi que, a ver, contemos que fue lo último que leímos.
Amilcar había acabado de leer: “Los Sagrado y Lo Profano”, de Mircea Eliade, donde aborda el problema de la actualidad de lo religioso en el mundo de hoy; Gonzalo estaba leyendo "La Teoría de los Cuatro Movimientos" de Charles Fourier, en la cual hace una aguda crítica a la sociedad capitalista como generadora de toda suerte de injusticias. Miguel estaba comenzando “Cumbres Borrascosas”, de Emily Brontë, así como era mujeriego, le gustaba mucho sumergirse en las buenas novelas pasionales; esta en particular siempre había querido leerla pero nunca se había dado, hasta ahora.
- ¿Y vos, Andrés? –quiso saber Calandria, luego de que ella nos contó que estaba muy enfrascada con libros sobre aves para una investigación que estaba haciendo y no le quedaba mucho tiempo para leer nada más.
- Bueno… yo terminé de leer “Oscura” trata sobre una invasión de vampiros en el mundo… -no lo pude evitar, fue más fuerte que yo. Juro que intenté decir: "Los Miserables", de Víctor Hugo, o "David Copperfield" de Charles Dickens, pero no, fue más fuerte que yo y se me escapó "Oscura".
Mientras todos reían y festejaban lo que creían que era una broma “de las mías”, el fuego interior me estalló como un volcán.
- Me… permiten… -les dije y me paré para encarar el baño.
- ¡Grande, Andresito! ¡Vas a traer el helado!
- ¡Después! –exclamé como un loco-. Antes tengo que ir al baño.
No sabía cómo detener este dolor lacerante que sentía. Dentro de mi cabeza resonaban títulos como: “Las Crónicas de Belgarath”, “El Tapiz de Fionavar”, “Harry Potter”, “Eragon”… Y una voz que no era la mía, o si, me repetía sin cesar: ¡Decícelo, cobarde! ¡Si te gusta la Fantasía, si te gustan los comics ¿qué problema hay?! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Marica! Vi, el cepillo para lavar la espalda (que Gonzalo había comprado en una casa de adornos de diseño retro de San Telmo: “Cualquier Verdura”) y comencé a flagelarme con él. Sin advertirlo comencé a gritar: “¡Callate! ¡Callate! ¡Dejame tranquilo!"
De pronto escuché la vos de Calandria tras la puerta:
- ¿Andrés? ¿Te sentís bien?
Me quedé callado unos segundos. Mi brazo derecho extendido, blandiendo en el aire el cepillo, con mi otra mano aferrada a él, que pretendía bajar para castigarme. Yo miraba a la puerta sin poder reaccionar, hasta que por fin mi mano izquierda ganó la batalla y obligó a mi mano derecha a descender con el cepillo suavemente.
- ¡Si, si! ¡Estoy bien! Ya salgo.
Cuando regresé a la mesa, Calandria había llevado el postre. Yo me senté sin decir palabra. Estaba sudado y me había sacado la camisa fuera del pantalón.
- Estábamos arreglando para ir al cine –me dijo Miguel mientras me pasaba un bol con helado. Estaba sirviéndolo él-. ¿Te prendés, Andresito?
- ¡Si! –exclamé y perdí toda compostura. Es un defecto que tengo cuando me invitan al cine. ¡Es que me gusta tanto!-. ¿Qué vamos a mirar? “¡¿El Planeta de los Simios?!” “¡¿Noche de Miedo?!” -se me escapó-. ¡No ya sé! ¡Vayamos a ver la reestreno de “Top Gun”!
Todos se quedaron mirándome muy serios, incluso Calandria.
- Bueno… -dijo ella- En realidad Gonzalo había propuesto “Juan y Eva”; yo decía de ver “La Vida Nueva”, con Germán Palacios…
- Si, querido –intervino Amilcar-. O si no yo decía de ver “Habemus Papa”
- No, sí, claro, je, je…
Una vez más me volví a poner de pie, miré a todos muy seriamente y, alzando mi dedo índice derecho me excusé nuevamente:
- Si… me permiten… Voy al baño…
- ¿Otra vez? –preguntó Marisa.
Una vez más el cepillo para la espalda me sirvió de herramienta apaciguadora, aunque no fue suficiente con él; decidí echarme spray en los ojos, cosa que el ardor me arrancó un grito de dolor agudo.
- ¡Andrés! ¿Vos estás bien? –nuevamente era Calandria que, preocupada estaba tras la puerta.
- No –le contesté-. Me arden los ojitos, no puedo ver nada.
Calandria entró al baño y me envolvió en sus suaves brazos y con mucha delicadeza me condujo a mi cuarto.
- No te preocupes. Vos quédate acá que yo despacho a los otros.
Permanecí algunos minutos en la oscuridad total hasta que poco a poco comenzó a aclararse mi vista. Cuando esto sucedió, pude ver la silueta de Calandria que ingresaba a mi cuarto; primero creí que mis ojos dañados me engañaban, pero no. Ella se estaba quitando la ropa y cuando llegó a mí, me empujó y se abalanzó sobre mí.
- ¿Querés probar si yo soy esa mujer adecuada? -me dijo y sus cabellos me cayeron en cascada sobre mi y su perfume me envolvió embriagante.
- Cuidado que la cama es nueva, a ver si se rompe… -fue lo último que llegué a decir antes que ella me besara.




