Por fin llegó el sábado, después de esta semana larga y agobiante y terrorífica para mí. Por fin ayer podría disfrutar de la compañía de Mariela y tal vez tener algo de acción en su departamento… Antes que se hagan ilusiones debo adelantarles que mi segunda cita resultó en un nuevo fracaso, aunque no por mi culpa, debo decir. De todas formas no puedo sacarme de la cabeza el asunto de mi vecino. Para colmo de males, en el libro Nocturna se produjo el Despertar, las victimas del Boeing 777 despertaron y se han escapado de la morgue…
Por la mañana del sabado, aun con los recuerdos de la lectura, pero más tranquilo por la claridad del día, me fui al Centro para hacer unas compras. Necesitaba ropa, sobre todo ropa interior. No podía acudir a la cita con calzoncillos viejos. De modo que pasé a buscar a Alan y fuimos hacia allá. El destino final era la comiquería “Superheroe Comics” que queda a pocas cuadras del Obelisco, y de paso pasamos por una iglesia a cargar un poco de agua bendita. Allí estaba todo lo que necesitaba. Pude conseguir el último número de la Detective Comics donde se presenta el final del arco argumental “¡Hungry City!”; una nuevo muñeco de Star Wars: The Clone Wars Anakin Skywalker con su mochila lanza misiles, su sable laser y una escafandra muy pero muy bonita; y por supuesto, me compré unos calzoncillos boxers muy pero muy sexys: ¡¡¡¡calzoncillos de Batman!!!! Unos espectaculares calzoncillos negros (el color que mejor me sienta) estampado con decenas de símbolos del Murciélago en amarillo. Reventé la tarjeta, eso sí, pero no me podía haber vuelto más feliz a mi casa. No había vampiro vecino que valiera. Aunque, inevitablemente el tema surgió mientras regresábamos en el 70 al barrio.
- ¿Alguna novedad? –preguntó escuetamente Alan. Los miembros de la Cofradía sabíamos ser muy discretos cuando se tocaban temas sobrenaturales o conspirativos. No somos ningunos improvisados.
- Nada… Es decir, excepto por el incidente Cinthya.
Alan asintió gravemente sin dejar de mirar hacia la calle que pasaba veloz a través de la ventanilla semicubierta de mugre.
- Te está rodeando… ¿Te diste cuenta? Tenés que proteger a tu hermana y a tu madre… No me extrañaría que te quiera meter al enemigo en casa…
- ¡Dios mío! –sólo pude exclamar y la piel se me erizó cuando pensé en eso… Instintivamente me hice la señal de la cruz.
Alan volvió a asentir gravemente.
La tarde trascurrió tranquila. Almorcé y me tiré un rato en la cama a leer mi nueva revista de Batman. El muñeco ya descansaba en el cofre de los muñecos de Star Wars, bien protegido dentro de su blíster. No advertí que mi madre y mi hermana habían salido. Las oí entrar cuando regresaron. Mi madre trajo una expresión apesadumbrada y con cierto atisbo de preocupación, mi hermana, al contrario tenía instalado en su delgado rostro un gesto de fastidio e incredulidad.
- Nene –me dijo mamá casi con un dramatismo trágico-. Nos llegamos hasta lo de Cinthya –a mí se me hizo un nudo en el estómago-. Le toqué como diez timbrazos y no salió. ¿Estará bien esta muchacha, nene?
- Si, mamá, déjate de hinchar con Cinthya… ¡Me prometiste que no ibas a ir! Capaz está engripada y por eso no puede atenderte…
- Bueno, pero la llamé por teléfono y nada tampoco; Sandrita le mandó un mensaje al celular y tampoco…
- ¡Me tiene podrida esa Cinthya! Me hace gastar crédito mandándole mensaje y la muy turra ni te los contesta… Seguro que está revolcándose con el sodero. Esa no deja títere con cabeza. A todos los salames del barrio se agarró.
- Bueno, no creo que todos hayan sido salames –quise justificarme, pero enseguida cambié de tema-. ¡Bueno, pero les dije que no vayan… a molestarla! ¡Y no se les ocurra ir de noche, eh!
Por fin llegó la noche. Otra vez debo advertirles que el fracaso se precipitó sobre mi como una depredador nocturno que espera a una presa incauta en la oscuridad más cerrada…
Una vez más tuve que pasarla a buscar por el maldito estudio porno. Como la vez anterior, toqué el timbre y la voz de un muchacho, bastante afeminado, para mi gusto, me indicó que pasara sin siquiera preguntarme quién era. Sólo me dijo me apurara que estaba retrasado. Yo miré la hora, había llegado a las 21 horas exactas, tal como me había pedido Mariela.
Cuando subí al estudio, un grupo de productores y asistentes con caras de pocos amigos me estaba esperando.
- Buenas noc… -quise saludar pero de inmediato me cortaron en seco.
- ¡Y todavía el señor quiere saludar!
- ¡Rápido, sacate la ropa!
- No… pero yo… Mariela me espera para…
- ¡Si, si, ya sabemos para que te espera Mariela, pero ella está atendiendo un asunto en su despacho!
- Nos dijo que mientras te sacaras la ropa…
- Me parece que hay una confu…
- ¡Nada! ¡La ropa! – y me señaló una puerta.
Esta mina era demasiado liberal, iba pensando yo, mientras me desabrochaba la camisa camino a la puerta que resultó ser un pequeño vestidor. Me había dado la impresión que estaba un poco desesperada por mí pero no la creía capaz de no poderse aguantar a estar los dos solos en la intimidad.
Antes de entrar al cuartito vi que los asistentes disponían un sofá y dos chicas con lencería erótica se acomodaban en él prodigándose arrumacos. Cuando estuve dentro, me despojé de mis ropas y salí. Todavía no entiendo muy bien de qué comenzaron a reírse todos los que estaban allí. Al principio creí que se reían porque me habían hecho una broma y me hicieron desnudar para burlarse. Pero pronto advertí que todos, incluso las chicas del sofá, me apuntaban de la cintura para abajo. Lentamente bajé la mirada y me puse colorado como un tomate… Me había olvidado de quitarme las medias. Yo uso medias tres cuarto de nylon, como las que se usan con los trajes, porque las medias de algodón o de toalla me hacen transpirar mucho el pie. Sonrojado y muerto de vergüenza me reí con ellos como para disimular un poco, y me saqué las medias de inmediato. Pero, para mi sorpresa, todos se seguían riendo y c
ada vez más fuerte. Volví a mirarme, pero esta vez no me vi nada raro. Ya me estaba mosqueando un poco. ¿Quiénes se creían estos para reírse de mí? Estaba de lo más perfecto con mis boxers de Batman que me calzaban a la perfección, parecía que los habían confeccionado para mí. Bueno, debo reconocer que no tengo una musculatura trabajada, y tengo una leve pancita prominente, pero tampoco tengo un cuerpo como para que se rían. Lo más triste de todo esto es que en ese momento, atraída por las risotadas, se acercó Mariela para ver qué era lo que sucedía. Y Mariela al verme también se echó a reír. Fue la gota que derramó el vaso. De pronto me vi rodeado de toda esa gente extraña que se habían congregado sólo con el afán de mofarse de un muchacho trabajador y educado. Me fui al vestidor ofendido y tomé mi ropa. Confieso que tuve ganas de llorar, pero me contuve, no les iba a dar otro motivo de regocijo. Me fui vistiendo a los saltos, a medida que me acercaba a la salida. Mariela intentó detenerme, pero no hubo caso. Yo no quise entender razones. ¡No sé qué clase de morbo movilizaba a Mariela para hacerme ilusionar después de tantos años y hacerme desnudar delante de sus amigos para burlarse!
Ella me siguió un par de cuadras y me juró que nada que ver, que todo había sido un mal entendido, pero por lo menos en ese momento yo no lo vi así. Para colmo de males, cuando regresé a mi casa, para mi horror, vi, sin que ellos lo advirtiesen (al menos eso creo), a Cinthya y mi vecino entrando en su casa… Ayer a la noche no leí el libro Nocturna. Colgué más ajos en la cabecera de mi cama y en la puerta de entrada. Me colgué otro rosario más y, por si acaso, tuve a tiro de mano la botellita de agua bendita que traje de la iglesia.

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