A veces creo que mi vida es alguna especie de programa de televisión del cual yo ignoro que formo parte. “The Truman Show”, ¿se acuerdan? Los últimos días han sido vertiginosos, complicados y terroríficos. Por eso pido disculpas por no haber ingresado al blog en los últimos días. Pero no tuve tiempo, ni lugar en mi mente para pensar en esta página. Bueno, manos a la obra. ¿Por dónde empezar? Supongo que por el principio.
El miércoles fui al trabajo casi sin dormir. No pude pegar un ojo esa noche pensando en mi vecino, mejor dicho, en la posibilidad de que mi vecino se materializara en forma de murciélago dentro de mi cuarto y quisiera alimentarse de mi yugular. Los informes de mi madre no eran para nada alentadores:
- Nada, nene –me comunicó casi con la severidad y solemnidad que un suboficial le comunicaría un parte de guerra a algún superior-. Ni una mosca volando se oyó hoy en todo el día. ¡Y mirá que me fui a la terraza toda la tarde para escuchar mejor!
Mis dos compañeros de oficina: Capponi y Malsanni, como de costumbre se burlaron de mi al verme tan filtrado.
- ¡Che, Capponi! ¡Miralo a Pacienci, anda con sueño! –le dijo Malsani a su amigo y luego me miró a mi con una sonrisa socarrona-. ¿Tuvimos joda, Pacienci, anoche?
- ¡Me imagino! –exclamó el otro-. ¿Hoy que te tocó? ¿Jugar role, pegar figuritas?
Estallaron los dos en unas groseras risotadas.
- No pude dormir bien, eso es todo –les contesté con acritud detrás de mi cuarta taza de café en lo que iba la mañana-. Y no es "role", ¡es "rol", "ROL!"
Capponi y Malsani, son los dos únicos compañeros que tengo en la oficina, un hueco oscuro y vetusto de un antiguo edificio de la Av Belgrano al 300. La empresa consta de ellos dos, el dueño (que en este momento debe de estar llegando de su viaje a EEUU), y yo. Nadie más. Y Capponi y Malsani son los peores compañeros que a uno le podía llegar a tocar para compartir los días laborales en una oficina de 30 metros cuadrados. Son dos viejos que rayan los sesenta años, solterones y adictos a los cabarets baratos; uno (Capponi) con una panza descomunal y litros de gomina en la escasa cabellera gris; el otro (Malsani) flaco y alto, con las piernas desproporcionadamente largas, tanto que parece que tuviera el tronco demasiado corto. Pero ambos son la maldad personificada y unos cancheros insoportables, vestigio de una raza decadente: la de los porteños sabelotodo.
- No pudo dormir el nene… -Capponi hizo un puchero-. Menos mal que está la mamita que le prepara lechita caliente…
Cuando regresé del trabajo ese miércoles los informes eran iguales. Con la salvedad de que fue mi hermana la que me dio el parte.
- ¡¿Qué querés, imbécil?! –fue lo primero que me espetó cuando le pregunté, pero enseguida cambió de humor y se mostró alegre-. ¡Ah! ¿El viejito simpático de acá al lado? ¿No te hace acordar al abuelo Antonio? –de pronto su rostro se transfiguró y la sonrisa radiante que tenía se derritió en una mueca de tristeza y rompió en un llanto lastimero cargado de dolor-.Estúpido… ¿Por qué me haces acordar del abuelo con lo que lo extraño?
Mi hermana corrió cubriéndose el rostro con ambas manos y se metió en el baño. Mi mamá me miró con un gesto preocupado saliendo de la cocina.
- Hoy está peor que nunca… La doctora le cambió una medicación, pero, me parece que no va…
La cuestión es que ni mi hermana ni mi madre vieron al vecino en todo el día, y como el día anterior, nada de ruido provenía desde su casa. Sin embargo, en cuanto cae el sol, llega desde al lado una música de tonalidades salvajes, pero melodiosas. Claramente era alguna canción típica de los Cárpatos o los Balcanes (para mi suenan similar), o al menos eso me sugiere al escucharla. Mi nerviosismo aumentó considerablemente cuando recordé que Drácula provenía de esa zona… Esto cada vez se pone peor, y para colmo de males mi madre recordó que le faltaban algunos ingredientes para la cena y me pidió que fuera al “Chino”, porque ya estaba muy oscuro y a ella le da miedo salir (¿Debería haberle dicho que dada la situación con el vecino a mi también me da miedo salir?).
Pasé por delante de la puerta del anciano (tras la cual escapaban estridentes las salvajes notas de aquella música del otro lado del mundo) con una carrerita ligera, como si con ese paso pudiera evitar que los sentidos aguzados de predador nocturno me detectasen. Justo doblaba por la esquina Cinthya, la vecina cincuentona que una vez me violó (¿les conté no?). Ella me observó al principio algo alarmada, pues yo al verla dejé de correr frenándome en seco y dedicándole una amplia y nerviosa (o avergonzada) sonrisa. Pero después me sonrió y me señaló en dirección a su casa.
- ¿Sabés que se me quemó una bombita? –me preguntó con una mirada sugerente-. Y como vos sos tan mañoso para ayudar a una dama sola me preguntaba si podrías pasar por casa y bueno…
Justo en ese momento, la música de los Cárpatos cesó y el chasquido de los pestillos de la cerradura de mi vecino atronó mis oídos. ¡Estaba abriendo la puerta! Me puse blanco como un papel y comencé a temblar.
- ¡Bueno! –exclamó ofendida Cinthya-. No sabía que te causaba tanto pavor –a esa última frase la acompañó con un movimiento sinuoso de su cuerpo que bajó y subió flexionando levemente las rodillas con ambas piernas juntas, y recorriendo la silueta de su cuerpo con su mano libre. En la otra llevaba la bolsa de las compras-. Bueno, buscaré a otro que se dé maña con las señoras… digo para ayudar a las señoras.
- No es eso, Cinthya. ¡Mañana paso, si es que llego a mañana! –le dije alborotadamente y salí corriendo cuando advertí que la puerta de mi vecino comenzaba a abrirse. Claro que después me arrepentí, pues me di cuenta que había dejado sola a Cinthya con ese monstruo. De modo que, juntando coraje, regresé para intentar ponerla a salvo… Pero era demasiado tarde.
Ambos, Cinthya y mi vecino, se alejaban a unos cincuenta metros, tal vez más, hacia el lado contrario del que venía yo, hacia la casa de ella. El viejo le rodeaba los hombros con un brazo y en la otra mano le llevaba la bolsa. Me quedé paralizado. ¡Se la estaba llevando! Seguramente para alimentarse, aprovechando la cálida bienvenida que mi vecina solía dar a casi todos los hombres del barrio… Antes que ambos entrasen a la casa, el anciano me dedicó una larga mirada. Noté el brillo de la victoria en sus ojos, a pesar de la distancia y la escasa iluminación de la cuadra; el brillo de la victoria y el regocijo de verme impotente, con la cobardía atándome los pies.
Desesperado y sin saber qué hacer exactamente, fui al Chino a comprar lo que mi mamá me había pedido. Temblaba como una hoja, pero más me puse a temblar cuando en la góndola de las salsas se colocó junto a mí el viejo y posó serena, pero amenazadoramente, su mirada en mí. Ya se había cenado a Cinthya y ahora venía a por mí, o venía a restregarme en la cara lo que había hecho sabiendo que yo no podía hacer nada. ¿Qué le iba a decir al chino? ¿Que llamase a la policía porque el viejo ese era un vampiro que acababa de lastrarse a una vecina? Lo más probable es que yo terminara internado. Dos latas de tomates se me cayeron torpemente y una reventó contra el piso manchando todo de salsa, roja y espesa como la sangre… Huí del tipo hacia la cola de la caja envuelto en una nube de nervios. Cuando me tocó el turno de abonar, temblaba y sudaba tanto que hasta el chino de la caja se dio cuenta de mi estado.
- ¡Eh! Muy nevioso usté. Tembla, suda, mucho estlés –me dijo-. Agetino, muy nevioso, agetino se hace pobema po la plata, se hace pobema po Boca, po Liver. Agetino tene que hacé meditación. Toma té verde sino va a pará a hospitá…
- Gracias, gracias –sólo atiné a respónderle y me fui. Por poco me olvido el vuelto. Cuando me volví para tomarlo, el viejo estaba haciendo la cola y no dejaba de clavar su siniestra mirada en mí.
Corrí hasta mi casa como nunca corrí en mi vida, le dejé torpemente las cosas a mi vieja y me encerré en mi cuarto anunciando que no iba a cenar. La angustia y el miedo me estaban matando. ¡Pobre Cinthya! Llamé por teléfono a su casa y, como esperaba, nadie me atendió. Corté y me metí en la cama tapándome hasta la cabeza. Debía ir hasta la casa de mi vecina, sabía que debía ir, pero no me animé. Así tapado como un chiquillo que ve movimientos irreales en la oscuridad de su cuarto y temblando y gimoteando, me quedé por fin dormido. Recuerdo que mi madre entró una vez antes de que yo me durmiera y se retiró mientras chasqueaba su lengua con preocupación.
- Este chico está enfermo… - la escuché decir antes de cerrarme la puerta.
El jueves tuve que huir de mi casa para poder ir a trabajar pues mi madre no quería saber nada. Insistía en que estaba enfermo y me había preparado un bebedizo a base de leche, miel, coñac, pimienta, y Rellenitas Chunky molidas ("Con verdadera crema mashmalone", anunciaba El Negro Brisuela Mendez en la publicidad).
- ¡Esto sabés como te levanta, nene! –me dijo enseñándome el vaso cual publicidad de gaseosa.
- Si como un cohete –le dije yo, mientras le amagaba para un lado y salía corriendo para el otro-. Voy a pegar contra el techo si tomo eso…
Estuve toda la mañana pensando en Cinthya. No me la podía sacar de la cabeza. La imaginaba tirada en su cama, desnuda y con dos pequeños orificios en su cuello de los cuales había quedado un delgado reguero de sangre ahora seca y marrón. Sus ojos miraban inertes la lámpara y la bola de espejos que colgaba sobre la cama. Por suerte, casi cerca del mediodía recibí un llamado de Mariela, de modo que por un instante puede dejar de pensar en vampiros y vecinos. De fondo se escuchaban los jadeos y gemidos de dos mujeres y otros tantos hombres.
- ¿Qué haces borrado? –me dijo apenas atendí-. ¡Pensé que habías muerto! Desde el viernes pasado que no sé nada de vos…
- Es que estuve muy enfermo –mentí enseguida-. Viste, fue algo que comí al final.
- ¡Mirá vos! Yo había jurado que eras flojito con la bebida…
- ¡Nada que ver! Eso era agua para mí…
- Me alegro, entonces –me dijo-. El sábado te voy a llevar a un lugar… Y esta vez no te me vas a escapar…
Bueno, entre tanta malaria, algo bueno por lo menos me estaba pasando. Tenía una segunda oportunidad con Mariela y esta vez no podía desaprovecharla. Tenía que tener en cuenta que ya no iba a poder contar con Cinthya. Cuando me acordé de ella nuevamente se me esfumó la alegría de golpe. Volví a llamarla. Nada. El teléfono sonaba y sonaba y nadie atendía… Estaba decidido, después del trabajo iría a su casa y si algo estaba mal llamaría a la policía. ¡Por supuesto que algo estaba mal! ¡Todo estaba mal! Mi vecino el vampiro se la había llevado, ella lo había invitado a pasar y ¡Ñacate! ¡Cena para uno! ¡Qué ingenuo era al pensar que podría llegar, tocar el timbre y me atendería ella lo más radiante…
Cuando bajé del colectivo al regresar del trabajo, ya era de noche. Apenas las seis y media de la tarde y ya estaba oscuro como si fueran las nueve. Caminé lentamente la cuadra y media que me separaba de la parada del bus hasta la casa de Cinthya. Caminé como si en realidad estuviera avanzando por un pasillo que me conducía a alguna especie de cadalso o a la silla eléctrica.
Finalmente me detuve frente a su puerta, pero me tomé como medio minuto antes de decidirme a tocar el timbre que sonó con una nota grave y prolongada. Nada. Volví a tocar por si acaso. Y esta vez, para mi sorpresa y mi horror, después de algunos segundos y cuando ya estaba a punto de retirarme, la puerta se abrió con una lentitud exacerbante. Y por el resquicio oscuro que medió entre la batiente y el dintel se asomó el rostro pálido, muy pálido y ojeroso de ¡Cinthya! Los bellos de todo mi cuerpo se erizaron, y cuando digo de todo mi cuerpo fueron los de todo mi cuerpo, eh. Hasta los de los orificios nasales… ¡Tan blanca era su cara! Una palidez cadavérica que espantaba. Me miró con ojos perdidos y vidriosos (¡Claro, recién despertaba de su letargo vampírico!) Intenté resistirme al impulso pero no pude. Fue algo que nació desde lo más profundo de mi interior, algo que gradualmente fue creciendo y, como el agua de una represa que se rompe, primero escurriendo por las grietas hasta que, instantes después, logra salir con toda la fuerza convirtiendo el muro en meros escombros y arrastrándolos consigo en su fuerza bruta, así salió mi grito de horror, que ahora al recordarlo me salió muy similar al de la mujer de la ducha en la famosa escena de la película “Psicosis”. Entonces huí despavorido hacia mi casa. Esa noche, le saqué sin que lo advirtiera, un par de pastillas a mi hermana, para poder conciliar el sueño. Finalmente, el día de hoy pasó sin pena ni gloria. Salvo porque cuando cenábamos, mi madre me hizo un comentario que por poco hace que me atragante.
- Sabés que desde hace un par de días no sé nada de Cinthya. Siempre me la cruzo a la mañana, viste que ella se va a trabajar al mediodía… Pero no la vi más. Ayer a la mañana la llamé y no me atendió, volvía a llamarla a eso de las seis y tampoco, nada. ¿No es raro?
- ¿Y qué se yo, vieja? .le respondí cuando pude recobrarme de las toses que me provocó.
- ¿Por qué no te hacés una escapada hasta la casa? ¡A ver si necesita algo!
- ¡No, ni loco voy! –yo sabía muy bien lo que necesitaba: ¡Sangre! ¡Sangre humana! ¡Minga que iba a ir a ofrecerme de donante!
- Pero nene… ¡Cómo vas a decir así! Es nuestra vecina… Hace años que la conocemos, además, me parece que te echó el ojo a vos. Vos necesitás una mujer madura que te enderece y te haga sentar cabeza…
- ¡Vieja! No voy a ir…
- ¡Está bien! ¡Mañana voy yo! –me dijo en un tono cansado, con cierta resignación-. ¡Todo yo tengo que hacer en esta casa!
- ¡Ni se te ocurra ir a esa casa! –exclamé alarmado. Al escuchar a mi madre el alma se me vino al piso-. ¡Prometeme que no vas a ir!
- ¿Pero qué te pasa? Quedate tranquilo que no le voy a ir a hablar de vos. Yo no te voy a obligar a salir con quien no querés… Pero harías bien en salir con ella.
- Nada. ¡Vos prométeme que no vas a ir de ella!
Al final tanto insistir, me aseguró que no iría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario