jueves, 27 de octubre de 2011

Martes 18 de Octubre de 2011.

                   Pasó algo extraño.  Bueno, varias cosas extrañas.  Temo por mi salud mental. 
                  En primer lugar, quiero contarles que  estoy preocupado por Calandria. Hace días que no la veo, y sólo me respondió un par de llamados. Me dijo que estaba ocupada en una investigación importante, que ya iba a saber de ella, pero no se... Algo me huele mal. Temo que esté planeando dejarme, o incluso ya esté con algún otro.
                   Pero vayamos a lo extraño, porque que me deje una chica no tiene nada de extraño...
               El otro día encontré restos de comida en mi placard. Hallé las cascaras de dos mandarinas, el envoltorio de una barrita de cereal, y un vaso con restos de jugo de pomelo exprimido.  Revisé bien la casa, no había entrado nadie. Ninguna puerta ni ventana estaba forzada. Salvo que haya sido la señora de la limpieza, me temo que: o soy sonámbulo y me dedico a cenar dormido dentro del placard, o bien hay alguna clase de fantasma glotón.  Pero para este misterio aun no tengo mucho más que aportar, en cuanto tenga novedades les contaré.
                Lo más extraño me ocurrió hace algunos días atrás. Comenzó con un correo electrónico que recibí:  “Te invitamos al evento y venta anticpada en Blue-Ray de Star Wars La saga completa. ¡Vení con tu familia a disfrutar de la fuerza y podrás sacarte fotos con tus personajes favoritos! ¡Te esperamos! Asistí caracterizado o con algún accesorio de la saga”


                Ni bien leí esto, me atacaron una serie de convulsiones, y en un momento sopesé la idea de salir corriendo a la baulera de alquiler y desempolvar mi viejo traje de Darth Vader y mi sable laser, pero me resistí y pude superar el pequeño trance. Si bien pude retomar mis actividades, la sombra de aquel anuncio me siguió a todos lados y en todas las actividades que emprendía, hasta que llegó el día.
                No sé cómo sucedió, todo es muy confuso y sólo tengo recuerdos fragmentados, como flashes de una pesadilla que uno intenta olvidar pero igual persisten.
                Lo último que recuerdo de una forma contundente es que estaba con Gonzalo teniendo una reunión con el señor Morris, cuando miré el reloj y vi que estaban marcando las cinco y media de la tarde. 
             El próximo recuerdo ya es borroso, y se presenta como de una manera muy vertiginosa y fugaz, pero siento como si fuera el recuerdo de otra persona y no el mío: el salón de ventas de la librería Yeni El Ateneo de Av. Santa Fe y Riobamba, atestado de libros y de gente, con el lujo y ese aire distinguido que caracteriza al local donde otrora funcionara un cine. La visión es rara, algo ahumada y a mi alrededor se ve negro, como si en realidad estuviera espiando a través de dos pequeños agujeros, en algún lugar cerrado y oscuro. Entre la gente puedo ver que pasan algunos cabelleros del Sith, algunos Stormtroopers, y un wookiee. Cambia el recuerdo en un nuevo flash: pasa delante de ese lugar desde el cual espío un soldado imperial, me mira (¿me habría descubierto? ¿Estaba yo oculto?) El soldado me saluda con la venia. Nuevo recuerdo. Los acordes de la banda de sonido oficial de Star Wars comienza a sonar. Tres Jedis y un soldado rebelde emergen de un ascensor. Siento que desde mi puesto de observación (o mejor dicho desde el puesto de observación de vaya a saber uno quién, por en realidad es como si yo estuviera mirando a través de los ojos de otro, como cuando Roland se mete en los cuerpos de los demás en “The Dark Tower”) veo como la gente se enloquece y todos quieren sacarse fotos. Me siento colérico, no de golpe, no. La cólera va in crescendo de a poco, lentamente como el mercurio de un termómetro, hasta que llega a lo más alto y estalla. Presiono un botón y una luz rojiza se enciende al tiempo que se escucha un leve zumbido.  Todos me miran ahora, o miran a mi huésped, y uno de los Jedis se acerca sonriente… Hasta que mi sable laser le golpea en un hombro con bastante violencia. Ahora puedo ver al hombre en cuya cabeza parezco estar. Su figura se refleja en un enorme espejo que posee el local. Es Darth Vader y comienza a realizar fintas con su sable laser rojo provocando al Jedi que, ni lerdo ni perezoso, y ante el agravio, encendió su propio sable laser que se iluminó de azul. “No puedes vencer al Lado Oscuro”. Le dijo mi huésped y atacó con destreza. Pero el Jedi se defendía bien. Unos niños, y otros no tan niños que tenían prendido del pecho un cartelito que los identificaba como miembros del Fan Club oficial de Star Wars en Argentina, lanzaron exclamaciones de aprobación y de inmediato formaron un corro para seguir el duelo. El Jedi con una sonrisa algo estúpida seguía la lucha pero como si se tratase de una coreografía previamente ensayada. Sus movimientos eran lentos y predecibles y era sencillo pararselos o esquivarlos. En cambio mi huésped, comenzó a golpear con fuerza, y si bien el jedi era diestro a la hora de parar, un par de golpes fuertes le entraron al pecho y al rostro. Ahí paró un segundo y la gente cesó de vitorear.  Hubo unos segundos de tenso silencio. La gente de seguridad de la librería se movió intranquila.
                - ¡Pará, loco! –me recriminó el Jedi con cierta tonada santiagueña-. ¡¿Qué no era una demostración para los pibes?!
                - Lo único que voy a demostrarte, Jedi, es que el Camino del Lado Oscuro es mucho más fuerte –respondió mi huésped, y gracias al distorsionador de voz que posee el casco sonó realmente como la amenaza de Vader…



                Atacó de súbito y de forma violenta, tomando desprevenido al Jedi que atinó sólo a alzar los brazos, agachar la cabeza y protegerse como podía. Los sablazos dieron en la espalda, la parte posterior de los muslos, los hombros, la cola y el abdomen. El jedi a cada golpe gritaba con voz chillona: “¡Ay, pará, pará! ¡Me rindo, me rindo! Y esos gritos parecieron enfurecer más a Vader, y arremetió con más fuerza. Los más chiquitos comenzaron a llorar y algunos padres horrorizados se los llevaron a la rastra con una mano  para que no vieran ese espectáculo de violencia, al tiempo que con la otra mano sostenían la cámara o el celular para grabar aquel duelo que no podían dejar de subir a Facebook. Finalmente, el Jedi cayó despatarrado sobre una mesa llena de libros, la mesa de las novedades, desparramando una veintena de ejemplares de “Prendete al Optimismo”, de Sergio Lapegue. En ese momento comenzaron a acercarse dos de los guardias de seguridad, pero mi huésped, los sorprendió atacándolos primero. Uno cayó de rodillas con sus dos manos en la entrepierna al recibir un sablazo en los genitales. El otro recibió un golpe en la cabeza y otro en el cuello dejándolo momentáneamente sin respiración. Quiso intervenir uno de los wookiees pero Darth Vader haciendo acopio de la Fuerza (en realidad se agachó para levantarlo y luego arrojarlo) le lanzó uno de los libros de Lape que, golpearon en el medio de la frente y, al estar parados sobre una especie de zancos para lograr la altura de un oriundo del planeta Valmori, perdió el equilibrio de inmediato y cayó sobre otro de los guardias que ya se aprestaba a atraparme. Luego pasó algo confuso: el resto de los jedis, los pilotos rebeldes, Han Solo y el wookiee que quedaba en pie, indignados se lanzaron contra mi huésped, pero también lo hicieron los pilotos del Imperio, los Stormtroopers, los clones, los guardias Imperiales…  Por más que Vader gritaba: “¡Esto es insubordinación! ¡Nadie traiciona al Imperio! ¡Palpatine se enterará!”, la turba enardecida continuó avanzando y, derrumbando una pila de libros cuidadosamente dispuestos en forma cilíndrica “No me iré sin decirte a donde voy”, de Laurent Gounelle, que les retrasó el paso, corrió hacia la salida. Allí los recuerdos se funden a negro y concluyen.
                Lo más extraño de todo esto es que al día siguiente me desperté en la baulera donde he decidido archivar todo mi material nerd. Estaba durmiendo en el piso, vestido con mi traje de Darth Vader que había comprado a través de E Bay. El yelmo no lo tenía puesto, descansaba algún par de metros, pero el sable laser lo tenía bien sujeto y apretado contra mi pecho.
                No tengo idea cómo llegué allí, ni cuándo me había colocado mi gran disfraz. Guardé todo en su lugar y me marché silbando la “Marcha Imperial”.
                 


martes, 18 de octubre de 2011

Sábado 15 de Octubre de 2011.

              ¡¿Cómo va, gente?! Una vez más estoy con ustedes. El lunes pasado asistí a mi sesión con la psicóloga… De entrada empezamos mal. La licenciada es muy parecida, yo diría que igual, a Famke Janssen, y no pude evitar pensar en Jean Gray cuando me abrió la puerta del consultorio. ¿Les comenté alguna vez, que Jean Gray es mi amor imposible?



                Me recibió muy amablemente y me hizo sentar en un confortable sillón individual. Ella se sentó junto a mí en el sillón de su escritorio.
                - Bueno… Andrés… Usted me dirá… -me dijo leyendo mi nombre en una carpeta que tenía sobre su falda. Cuando me dijo esto, hizo ondear un poco su cabello rojizo y me sonrió.
                Comencé a transpirar. A mi mente se vino la escena de la película X Men, cuando Wolverine se despierta en la enfermería hacia el final del film.
                - Bueno… en realidad no sé bien por qué estoy acá –dije un poco inseguro-. Verá, últimamente estoy teniendo problemas…
                - ¿Dónde se hizo esas heridas? –me interrumpió señalándome con la lapicera mi rostro-. ¿Tuvo un accidente?
                Negué con la cabeza.
                - ¿Lo asaltaron?
                Volví a negar.
              - Me golpeé yo mismo–respondí y clavé mi vista en mis zapatos. Llegué a ver que en su carpeta anotaba: “Autoflagelación” y luego Delirios religiosos?!!!!
            - ¿Por qué cree que lo ha hecho, Andrés? –quiso saber-. ¿Alguna clase de vocecilla lo incita a hacerlo?
                Noté que tenía cierta expectativa en mi respuesta, tal vez demasiada para mi gusto.
                - No –dije. La doctora estaba anotando esquizofrenia, pero tras mi respuesta lo tachó.
                - ¿Siente usted que debe ser castigado por algo? –me lanzó la nueva pregunta.
                - No creo que sea castigado la palabra exacta –le dije.
                - A ver… Desarrolle ese pensamiento…
                - No sé… No siento que me estoy castigando cuando me golpeo solo es que…
              La doctora volvió a mover su cabeza e hizo danzar sus cabellos con el movimiento. No había dudas, era idéntica a Jean Gray.
                - No sé explicarlo, ¿no pude meterse en mi cabeza? Es su poder ese ¿no?
                Ella se rió.
                - No creo que sea un poder, la psicología es más bien una herramienta, un instrumento, para poder introducirnos en su cabeza sí, pero sólo si usted coopera respondiendo con sinceridad…
                Me di cuenta de inmediato de lo que había dicho, y los retortijones me asaltaron de golpe. Estaba sucediendo de nuevo.
                Disimuladamente deslicé una mano en el bolsillo de mi pantalón y comencé a pellizcarme la pierna, aunque no me servía para nada.
                - Entonces, me decía… -me animó a proseguir la psicóloga.
                - Le decía que si yo fuera Cyclops… ¡Eh, perdón, perdón! –me sequé el sudor de mi rostro con el puño de la camisa-. ¡Este es el problema que tengo! ¡Amo los cómics, las películas de terror y fantasía, los juegos de rol, pero dejé todo! ¡Me prometí no tocar más algo relacionado a ellos, y comportarme como un adulto!
               - Los procesos madurativos a veces suelen ser más lentos dependiendo de la personalidad de cada individuo –me explicó la doctora con su tierna sonrisa-. Me parece una buena idea que haya dejado todas esas cosas que usted se dio cuenta que eran para inmaduros, o niños…
                - El problema es que cuando dejé todo eso, comencé a experimentar algo… Todo lo relaciono con comics, o películas y cuando sucede eso, algo pasa en mi interior… Es como cuando a alguien le falta una droga, una muy poderosa supongo yo… Y la única forma que encontré para contrarrestar  esa sensación es golpeándome.
                - Ya ve usted cómo se van atando cabos –me dijo sonriente la doctora-. Sin mencionarlo, o sin que usted lo advierta, se está castigando por seguir pensando aun en esas cosas que usted relaciona con la inmadurez…
                - ¿Yo dije eso?
                - Así es… ¿Ve cómo la psiquis nos habla desde el inconsciente?
            - Pero… el problema es que yo no pienso que sea de inmaduros… Los demás  son los que lo creen…
                - Bueno, vamos a hacer un test de Rorschach…
          ¿Me lo estaba haciendo a propósito la muy maldita? No obstante sabía de mi problema y me nombraba a Rorschach… Me di dos o tres golpes contra el respaldo del sillón, lo más disimulado posible. ¡Rorschach! De pronto en mi mente apareció una escena de Watchmen: Un tipo de piloto y sombrero con el rostro cubierto por una bolsa de tela manchada, avanza por una sórdida calle de New York. Sobre el cordón de la vereda, a punto de caer a la zanja, se ve un pin de Smile con una gota de sangre…



                - ¿Puedo pasar al baño antes? –le pregunté con la voz casi entrecortada. Me faltaba el aire.
                En el baño, tuve que aplicarme dos o tres piñas para intentar controlar esa maldita cosa que crecía dentro de mí. Cuando salí tenía un poco de sangre en el labio y la oreja la tenía toda colorada de un sopapo que me había aplicado justo ahí. 
                La doctora se horrorizó al verme y se ofreció a limpiarme el labio con agua oxigenada.
                - ¡No puede seguir haciendo esto!
                - No lo puedo evitar…
              - Bueno, dígame que ve acá –tomó la primera de una serie de tarjetas en blanco y negro  y me la exhibió.



                -  El símbolo de los Autobots –respondí, y una vez más los retortijones, y el sudor helado…
                - ¿Y esta? –me dijo mostrándome la segunda de las tarjetas.



                - Esa es fácil, dos enanos de Erebor, el Reino Bajo la Montaña, saludándose chocando sus palmas a lo rapero…
              El fuego comenzó a consumir mis entrañas… necesitaba pegarme. Me removí inquieto en mi asiento y la doctora lo notó.  
                - La tercera –me mostró otra tarjeta.



                - Dos zombis disputándose un cerebro humano…
                No lo pude aguantar y me di un sopapo.
                - ¡No se agreda! ¡Vamos con la otra!



                - Ghostrider, en su moto…
                Otro sopapo, con la otra mano y en la otra mejilla…
                - ¡No se pegue! Una más…
                Así fueron pasando todas las tarjetas y a todas le encontraba una relación con algo de cómics, fantasía, terror, o ciencia ficción… Y mi desesperación fue terrible, y comencé a retorcerme en el sillón, y la ropa se desalineó, y yo estaba sudando frio… Hasta que finalmente me mostró la última:



                - ¡La SDF1! –grité cuando la vi y corrí hacia el baño como un poseso.
                Una vez en ese cuarto blanco, tranquilizador, silencioso y de paz, me castigué como nunca.
             La doctora llamó a la policía. Me sacaron del baño con camisa de fuerza y me derivaron a una clínica psiquiátrica. Oí decir a una de las enfermeras que la doctora les dijo que tenía una crisis de estrés.
                - Pobrecito –decía la enfermera mientras me colocaba otro sedante en el suero-. Estos jovencitos que se quieren llevar la vida por delante. Debe ser de estos jóvenes exitosos que tienen mucha presión en sus trabajos por querer ser siempre los número uno, que les gusta la noche y toda la joda, y debe andar con varias mujeres a la vez… Y después el bocho te pasa factura, claro…
                Me dieron el alta ayer por la tarde. Dicen que estoy bien. Que el pico de estrés pasó y que me vino bien una semana de descanso en la clínica. Yo me siento bien. Esa pastillita rosa que me recetaron es milagrosa. Cuando me levanto a la mañana me tomo una y ya todo deja de preocuparme… La vida es linda, por más que no haya superhéroes…

jueves, 13 de octubre de 2011

Sábado 08 de Octubre de 2011.


                El sábado salimos Gonzalo y su esposa, Miguel, Amilcar, y Calandria y yo.  Fuimos a cenar, y después terminamos en la casa de Gonzalo a tomar un café y charlar un poco.
                La cena estuvo bien, aunque no me sentí del todo cómodo. Era un restaurant de estos nuevos que hay en Palermo Soho. Poca luz, platos enormes, contenido miserable, una aburrida música lounge de fondo…
                Gonzalo y Marisa pidieron sushi… Todavía no entiendo cómo la gente puede comer eso. Yo intenté pedir una milanesa con puré, pero la mesera Sofía, muy amablemente me dijo:
                - No, señor. No tenemos milanesa con puré. Podemos ofrecerle lomitos de peceto rebozados en lluvia de polvo de pan mezclado con productos de granja batidos con hierbas aromáticas, acompañados de papas al natural pisadas.
                Eran dos milanesitas de peceto  con ajo y un puré de papa que no serían más de dos o tres cucharadas. Eso sí, el precio era como si me hubieran puesto tres kilos de bola de lomo en el plato.
                A mitad de la velada, entró un chico que no tendría más de doce años vendiendo lapiceras. Gonzalo le compró una y cuando el niño se retiró, meneó la cabeza con expresión pesaroza.
                - ¡Ven, esto es lo que me pone mal de este sistema de porquería! Mientras nosotros podemos darnos el lujo de cenar acá, este pibe tiene que estar en plena noche vendiendo lapiceras para, quizás, poder comprarle una leche y pañales a sus dos o tres hermanitos menores.
                - ¡Ay, si! – añadió Calandria- La realidad de vez en cuando nos pega estos cachetazos. El otro día un viejito estaba en la puerta de casa, todo sucio, lleno de bolsas con latas que juntó de la calle… ¡Y el tipo había sido doctor! ¿Les parece a ustedes? El pobre quedó en la calle por una mala inversión, las deudas le comieron todo su patrimonio…
                - Yo, por eso comulgo con el socialismo –dijo Gonzalo-. Llamenme idealista, pero considero que debe haber una forma de crear conciencia y hacer cambiar esta sociedad individualista arrasada por el consumismo.  ¿Vos qué opinas, Andrés?
                - Si –indiqué-. Creo entender tu punto de vista. Deberíamos poder hacer algo al respecto… ¡¿Qué se yo?! Cómo el Señor V… Podríamos, comenzar a sembrar el caos con pequeños actos terroristas y así ir haciéndoles tomar conciencia a la gente… Hoy en día las máscaras de Guy Fawkes se consiguen fácil…



                - ¿De qué estás hablando, Andresito? –Miguel me miraba con una expresión entre divertida y extrañada.
                Comencé a transpirar. Una vez más estaba sucediendo. Inconscientemente se me había venido a la cabeza las páginas de la novela gráfica  “V for Vendetta” del genial Alan Moore.
                - Nada, nada… este… una cachada…
                - ¡Seguro! –intervino Amilcar lanzando una risa socarrona-. Estoy con Andrés yo. Solo se puede tomarlo a broma ese comentario. Una sociedad igualitaria, pareja para todos es una utopía. Desde el momento en que alguien de la sociedad debe ascender para guiar, o legislar al resto, ya no hay igualdad.
                - ¡Por favor, Amilcar, no empecés vos! ¡Contador tenías que ser!
                - ¡No metas la profesión acá, porque vos entonces haciendo casitas de country para los ricos!
                - ¡Che! ¿Por qué no cambiamos de tema? –propuso Miguel-. ¿Qué les parece si hablamos de arte? Menos controversial…
                - Tenés razón, Miguel –dijo Marisa y le sonrió-. Menos mal que vos sos el pensante del grupo porque si no, con estos dos…
                - ¿Te gusta el arte, Andrés? –quiso saber Calandria que de todo el tiempo que estuvimos juntos lo que menos tocamos fue el tema “arte”.
                - ¡Claro que me gusta el arte! ¡Es una disciplina espectacular!
                - ¿Ah sí, te gusta? –dijo algo sorprendido Amilcar-. No te hacía amante del arte…
                - ¡¿Yo?! –salté un poco ofendido por el comentario-. ¡Yo nací con una revista bajo el brazo!
                - Un catálogo, querrás decir –me corrigió Miguel.
                - ¿Qué, vos le llamas catálogo?
                - Y… si…
                - ¿Cuáles son tus artistas favoritos? –me preguntó Gonzalo-. Si me apurás un poco yo diría que a vos te gusta Rembrant… No sé por ahí por el estilo del barroco…
                Yo negué con la cabeza.
                - Nada que ver, aunque si me hablás de un estilo barroco te podría decir Breccia. ¡El padre, eh! Sobre todo cuando experimentó en los sesenta con la obra cumbre del maestro Oesterheld. Pero a mí me gusta un Byrne, un Romita Jr, un Alex Rose… Alex Rose trabaja sobre modelo vivo… Un manejo de la anatomía tiene…
                Cuando vi la forma en que todos se miraban entre sí, me di cuenta que había vuelto a suceder. Fue ahí que me puse de pie y me dirigí al baño a castigarme un poco.
                Cuando llegamos al departamento de Gonzalo, Marisa preparó café con su máquina expreso último modelo y nos acomodamos en los sillones de su living.
                - ¡¿Qué me cuentan de la Inseguridad?! –tiró Amilcar como para proponer algún tema.
                - ¡Ni me hablés! –saltó Gonzalo-. El otro me robaron el celular. Iba por calle Florida, imagínate lleno de gente, lleno de polis… ¡Qué me voy a imaginar que me van a arrebatar la Blackberry! Pero bueno, el raterito no tiene la culpa… La culpa la tiene el sistema, la sociedad. El pobre pibe sale a robar porque no le queda otra, si el estado le diera las herramientas para salir adelante…
                - Para mí, el que es chorro es chorro y hay que boletearlo –indicó Amilcar-. ¡Todo por culpa de la falopa, viejo. Es así! ¡Andan todos los pendejos sacados!
                - Bueno… la falopa también es culpa del sistema…
                - Hace falta más policía –acotó Miguel.
                - La policía no puede hacer nada, Miguelito –le dijo Amilcar-. Con esto de los derechos humanos están atados de pies y manos… ¡¿Y los jueces garantistas?! ¡Por favooor!
                - ¿Vos te pensás que con más policía vas a solucionar el asunto? –intervino Marisa que comparte el pensamiento de su marido-. Educación, Amilquitar, educación hace falta en este país.
                - ¿Vos que decís, Andrés? –me preguntó Gonzalo-. ¿Creés que están mal aplicados los derechos humanos?
                - Y no sé… Batman nunca te va a matar a un delincuente, pero que los quiere encerrados los quiere encerrados…



                - ¡No, dale! Estamos hablando en serio… ¡No metas un dibujito para nenes ahora!
                Me quedé mirando a Gonzalo fijamente. Giré la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, muy lentamente, haciendo crujir los huesos de la nuca. Me puse de pie, tomé mi abrigo.
                - ¿Vamos, Calandria?
                - ¡Eh! ¿Ya te vas? –me preguntó algo sorprendido Gonzalo-.
                - Sí, tengo que levantarme temprano mañana.
                - Pero… si es domingo mañana, yo pensé que…
                - ¡Yo los domingos me levanto temprano! –lo corté en seco.
                - Andresito… ¿vos te ofendiste por algo que dije? –se lo notaba realmente preocupado a Gonzalo. Pero en ese momento no me importaba.
                - Noooo… ¿Ofendido yo? ¿Por qué iba a estarlo? –la cara me estaba hirviendo-. Ya te dije, mañana… viste como es… Uno a veces…
                - No está bien, está bien… Te entiendo…
                Me despedí de todos, y por último de Gonzalo que nos acompañó a la puerta. Le di un beso en la mejilla, el me palmeó la espalada, salí al palier y llamé al ascensor.
                - ¡¿Y sabés qué?! –le dije de pronto dándome vuelta súbitamente, tanto es así que Gonzalo sorprendido dio un respingo. Yo estaba furioso y ya no me pude contener-. ¡Para que sepas, Batman no es ningún dibujito para nenes! Los argumentos de Batman gozan de una complejidad y una calidad literaria que a la altura de Borges podrían estar. ¡No le permito a nadie, a nadie, ni a mi vieja, que se insulte así de esta manera el trabajo de grandes como Alan Grant, Alan Moore, Frank Miller… tan solo porque ignorantes como vos se quedaron con los patéticos dibujitos de Hanna & Barbera…
                Llegó el ascensor y me fui junto con calandria que intercambió un par de miradas de preocupación con Gonzalo. De inmediato me di cuenta de lo desesperada de mi situación… Menos mal que el lunes voy a ver a la psicóloga… Esta situación se está volviendo insostenible.
                Ya en la tranquilidad de mi hogar, Calandria quiso saber qué había sido esa reacción mía.
                - ¿Qué reacción? –me hice el desentendido.
                - Gritarle de esa manera al pobre de Gonza…
                - Yo no le grité –le respondí haciendo pucheritos y retorciendo nerviosamente uno de los faldones de mi camisa.
                - ¡Vamos, admitilo! Te habías puesto como loco…
                Acorralado por Calandria, no sabía que responder. Comencé a sudar mientras trataba de buscar en mi mente una respuesta lógica y adulta para dejarla satisfecha, entonces le dije:
                - ¡No admito nada! ¡Y ojala que a ese Gonzalo lo agarre la Doom Patrol por bocón… ¡Mirá si Batman va a ser para nenitos! ¡La boca se tiene que lavar antes de hablar así del Caballero Oscuro! ¡¿Qué se piensa?! Y ahora si me disculpás tengo que ir al baño.
                En el baño me di una buena golpiza, pero ese fuego interior que se me despierta ya no lo pude apagar. Salí con un tapón de algodón en mi fosa nasal izquierda y una curita en mi pómulo derecho. Calandria me estaba esperando en la cama, como Dios la trajo al mundo pero a mi me dolía todo y no estaba de ánimos para hacer nada, así que me dormí.
                En mitad de la madrugada me desperté y ella no estaba en la cama. Me levanté y fui al living sin encender la luz, ella estaba sentada en uno de los sillones hablando por su celular.
                - No quiero hacerle esto, Teófilo… Me parece un buen chico… Es un poco pavo, pero malo no creo que sea como para que le hagamos esto…



                ¡Horror! Calandria me está engañando con alguien… ¡Encima con alguien llamado Teófilo! Encima tengo la extraña sensación de que ese nombre me suena muchísimo, aunque ignoro el motivo.
                Por supuesto, volví a la cama y me hice el dormido. Ella regresó a la cama a los cinco minutos procurando ser todo lo sigilosa que podía para no despertarme. Por ahora no le voy a decir nada, veré si puedo averiguar algo más concreto antes.
                No tengo más que contarles por el momento. Una angustia más se ha sumado a mi maravillosa vida de adulto. El lunes les contaré como me fue con la psicóloga. ¡Adiós!

jueves, 6 de octubre de 2011

Jueves 06 de Octubre de 2011.

            Una vez más, pido las debidas disculpas por haberlos abandonado durante tantos días. Es que fueron días intensos para mí. Esto de vivir como un adulto es agotador... Entre Gonzalo y Calandria, no doy abasto. Con Gonzalo (que amablemente me ofreció a participar de sus negocios) estuvimos teniendo una serie de reuniones con gente importante, inversionistas, para lograr que apoyen nuestro poryecto. Bueno, en realidad es de Gonzalo ya que yo no entiendo nada de lo que hablan. Gonzalo me lleva porque dice que soy carismático y simpático con la gente.
                La reunión se llevó a cabo en una lujosa torre de Puerto Madero. Piso 24 vista al río. ¿Les conté que sufro de acrofobia? Ya solo  el hecho de subir los 24 pisos por el ascensor hizo que me apunase, de modo que cuando entramos a la reunión tenía los oídos tapados y me falataba un poco el aire. Para colmo me tocó sentarme pegado al vidrio, de modo que tenía la sensación de estar de espaldas al vací
              -  Estoy encantado de conocerlo, señor Pacienci -me saludó el señor Morris al estrecharme la mano, pero yo le entendí a causa de mis oídos taponados: “Estoy tocando el violonchelo, señor Pacienci”. Por lo cual le respondí que era un instrumento  muy noble para ser ejecutado.
             La reunión fue bastante aburrida, mucho más si le sumamos el hecho de que estaba aterrado mirando a cada instante al vacío que había detrás del vidrio, y que el taponamiento de los oídos no se iba, por lo cual no escuchaba nada y no prestaba mucha atención. A esto tenemos que añadir que  también volvieron los efectos del síndrome de abstinencia.
                Sucedió de pronto, como suele ocurrirme. Gonzalo estaba exponiendo su proyecto, de pie junto a una pizarra magnética y sostenía en su mano derecha un largo puntero blanco. Gonzalo es de vestirse muy formal (bueno, más o menos como yo ahora): camisas a cuadros, chalecos de lana con escote “V”, pantalones pinzados y zapatitos náuticos de nobuk.  Su cabello negro está prolijamente  cortado y se peina con raya al costado y con un jopito. De alguna forma, verlo allí de pie, moviendo el puntero blanco hacia todos lados, me hizo pensar en Matt Murdok, el abogado invidente del barrio newyorquino denominado “The Hell´s Kitchen”, personaje tambien conocido como Dredevil. El efecto se pronunció cuando mi amigo se colocó un par de gafas oscuras, excusandose porque el sol que entraba a raudales por las enormes ventanas le pegaba de frente. Una visión del Hombre sin Miedo, agazapado sobre un saliente de algún antiguo edificio de New York me asaltó la mente. Fue como un fogonazo, un flash de color rojo. Vi el contorno de su cuerpo, su mascara roja y sus pequeños cuernos... Y ahí tuve el primer retorticón. Pegué un saltito en la silla y todos me miraron.



   -   ¿Se siente usted bien? -me preguntó el señor Morris. Pero yo le entendí: “¿Miente usted bien?”      A lo que le respondí:
   -     Y... en el truco me defiendo bastante bien...
                El segundo síntoma me atacó cuando entró la secretaria cargando una bandeja con tazas de café. ¡Era igualita a Diana Prince! Por lo menos a la Diana Prince interpretada por la clásica y hermosa Linda Carter. Me puse rígido en mi asiento cuando, literalmente, la vi comenzar a girar sobre si misma y transformarse en Wonder Woman con su sedoso cabello negro y esos adorables ojos celestes, y su cinturita de avista ceñida por el cinto dorado y ese bombachón tachonado de estrellas....



                Me sobresalté cuando su voz interrumpió mi ensoñación y la descubrí junto a mí ofreciendome una taza de café con su encantadora sonrisa de dientes perlados.
     -    ¿Cafecitooo? -me ofreció, aunque no sonó como Diana Prince sino como Moni Argento.
              Estuve tentado a responderle que yo no tomaba café, que eso era para los amargados, que prefería una Cindor bien helada... pero pude reprimirme y me puse de pie. Sin proponermelo miré por la ventana. La inmensidad del río, la pequeñez de las cosas allá abajo, me hicieron marear, trastabillé y me fui contra la muchacha con tanta mala fortuna que golpeé en la bandeja y le hice derramarse el resto de las tazas de café encima.
                  -   ¡Ahhhhh! -gritó ella de furia y de dolor pues se quemó con el líquido candente-. ¡Imbécil mire lo que me hizo!
                Yo transpiraba, el ardor interior me atacó de súbito. Imágenes de combates entre superhéroes y supervillanos se mezclaban en mi cabeza con escenas de combates de Galáctica. Me desabroché un par de botones de la camisa.
     -   ¡¿El baño?! -pregunté casi histéricamente y salí corriendo hacia donde me habían indicado.
              Ya en la seguridad del baño, encerrado en el compartimiento del inodoro comencé a golperme como de costumbre: un par de cachetazos, algún que otro puñetazo... Pero el efecto esta vez no remitía. Seguían asaltándome imagenes de peliculas, de series, de comics, de libros que había disfrutado... Y el dolor interno era tan intenso que supe, intuí, en ese momento, que si no hacía algo drástico no pararía.
                Lo primero que se me ocurrió fue auto lanzarme por el aire. Con una mano me tomé del cuello de la camisa, y con la otra del cinturón, por la parte de la espalda, tomé envión y me arrojé saliendo despedido del cubículo, derribando la puerta con la cabeza y dándome un hombro y parte de la cara contra la mesada donde estaban las piletas. Sin detenerme comencé a castigarme con todo tipo de autogolpes, y tomas de catch al mejor estilo “El Club de la Pelea”. Mientras me golpeaba me sentía todo un Edward Norton y poco a poco comenzó a remitir ese desgarro interior que me provocaba la abstinencia de todo ese material encantador que antes llenaban mis días.



             La cosa se complicó cuando, preocupados, se llegaron hacia los servicios el Señor Morris y mi amigo Gonzalo. Justo en el momento en que entraron yo me estaba aplicando una llave candando al cuello que me tenía doblegado en el piso.
                - ¿Cómo está señor Pacienci...? -entró preguntando el señor Morris.
                - ¡Andresito! –exclamó mi amigo al verme así enroscado.
        - ¡Estoy bien! ¡Estoy bien! –les respondí incorporándome un poco y dibujando una sonrisa tranquilizadora. Claro, no conté con que mis dientes estaban teñidos de rojo por la sangre que manaba de mi labio superior que me lo había abierto de un autotrompazo, ni con el ojo que comenzaba a hincharse a causa del golpe que me había pegado contra la mesada-. ¡Estoy haciendo unos ejercicios de yoga para relajar un poco!
                El señor Morris lanzó un silbido.
                - ¡Mire que he visto personas a los que una reunión de negocios los estresa, pero como usted!
              - Mire, no -le dije yo-, a mi no me gustan las cosas raras en el pelo. Encima ahora lo tengo corto, pero cuando lo tenía largo nunca me hice trenzas...
                La reunión se postergó para la semana que viene, el señor Morris y los otros inversionistas estaban interesados por el proyecto, pero visto el estado en que yo me encontraba prefirieron esperar.
                Cuando salimos, Gonzalo, visiblemente preocupado, me invitó a dar un paseo por Puerto Madero. Estaba linda la mañana.
                - Decime que te está pasando, Andrés –me dijo de pronto mi amigo. Habíamos caminado un buen trecho en silencio.
                - ¡Nada, Gonza, ya te dije, estaba haciendo yoga! –intenté sonreírle pero el corte del labio me tiró.
                - Soy instructor de yoga, Andrés, y sé perfectamente que ningún ejercicio incluye darse golpes…
                - Es una técnica nueva…
                - ¿Tenés problemas con Calandria?
                - ¡No, por favor! Calandria es un sol.
            Aprovecho para contarles: con Calandria estoy bárbaro. Por fin encontré a una mujer dulce, hermosa, que me quiere… y con la cual puedo mantener relaciones sexuales sin enanos ni nenes mal criados de por medio. ¡Todo es perfecto! Hablamos mucho y ella se interesa por mi vida, por mi pasado… sobre todo desde que le conté que trabajé en la biblioteca. Me hace muchas preguntas acerca de eso.
                - Entonces ¿qué es lo que te pasa? –me preguntó bastante preocupado Gonzalo-. No te veo bien. Estas cosas que haces…
                No respondí. No sabía que decirle, sólo atiné a desviar mi vista hacia el río. ¿Qué iba a decirle? ¿Que en realidad necesitaba flagelarme para reprimir mis impulsos ñoños?
                - Deberías ver a alguien… Yo conozco a una profesional buenísima…
              - ¡Ay, por favor! -la verdad es que ese comentario suyo me cayó muy mal- Te acabo de decir que con Calandria estoy bárbaro! Tenemos muy buen sexo, ¿por qué debería ir con una prostituta? ¿Así resuelven sus problemas, ustedes los adultos? ¿Corriendo de una prostituta para olvidarse de las cosas?
                - Me estaba refiriendo a una psicóloga, Andrés. Yo tengo una analista buenísima.
                Sentí como me puse colorado de inmediato, por suerte los moretones impidieron que Gonzalo se diera cuenta.
                - ¡Je! ¡Claro, una psicóloga! Lo sabía… Bueeno, si querés pásame el número…
                Al día siguiente, Gonzalo me pasó el número. Ya llamé, tengo turno para el lunes. No sé que va a resultar de todo eso, pero estuve pensando más tranquilo en casa, y puede que una psicóloga sea la solución. Tal vez ella me pueda ayudar a superar este problemita que tengo con mi antigua personalidad.