¡Hola, gente! Recién llego de la sesión de rol con mis queridos camaradas de la Cofradía de los Penosos Caballeros Resignados. La partida se puso buena, los aventureros en plena búsqueda de la reliquia real robada se extraviaron en el Bosque Brumoso. Hawk, el bribón de Tony y Alathar, el hechicero elfo de Alan, por un lado; Douglas Steelstrong, el guerrero de Pedro, y Odaesh, el bardo que juega Marcelo, por otro; y el enano de Claudio, Rolin Mataorcos solo. La dupla Tony/Alan se topó con una guarida de trolls aburridos; el enano Rolin dio con unas ruinas que (él lo ignora) es la base de una banda de orcos, donde acumulan un interesante pequeño tesoro; en tanto que el guerrero y el bardo dieron con unas antiguas tumbas donde, (¡maldición,, había olvidado que había incluido esto!) pulula un vampiro ancestral… Describir la escena del encuentro de estos dos con el vampiro me hizo recordar mi propio encuentro con el vampiro vecino y decidí interrumpir la partida para contárselo a ellos: a mis camaradas, a mis amigos, a mis hermanos de Cofradía. En un primer momento, los cinco levantaron aireadas protestas, sin embargo pude llamar su atención y relatarles mis penurias. Les conté todo: mi encuentro en la puerta de casa, la situación bajando el féretro del auto y el hilillo de sangre corriéndole en la boca; y la inquietante revelación que mi madre me ha hecho esta mañana.
Cuando me desperté a las seis para ir a trabajar, aún tenía grabadas en la mente las imágenes del viejo de al lado. Veía su cara pálida con el hilo de sangre brotándole de la comisura en cada rincón, en los espejos… Había tenido un sueño. Soñé que el viejo salía de aquel ataúd que estaba dispuesto en su habitación sin ventanas a manera de cama, me miraba y comenzaba a perseguirme para chuparme la sangre. Lo extraño es que estaba vestido con la ropa que mi hermana usa para dormir: el pantalon de jogging gastado y la camiseta de los Rolling Stones. Los nervios esta mañana me estaban matando, y una duda me carcomía por dentro. De modo que fui al cuarto que mi madre comparte con mi hermana desde que me separé (mi hermana muy gentilmente cedió su cuarto para que yo me instalara), y las desperté.
- Esto es importante –les dije-. ¿Ustedes por casualidad lo vieron alguna vez al vecino de al lado, el que se mudó hace poco, durante el día? Digo, a la mañana, a la tarde, antes de que anochezca...
La respuesta simpática de mi hermana no se hizo esperar:
- ¡Pero! ¡¿Para eso me despertás a las seis de la mañana?! ¡El señor no se conforma con haberme robado el cuarto sino que también viene acá y me despierta con preguntas estúpidas! ¡Me importa tres pitos lo que hace el viejo de al lado!
- No le hagas caso, nene. La verdad es que nunca lo vimos durante el día, ni cuando vamos a hacer las compras ni nada.
- ¿Y ruidos en la casa, se escuchan?
- No, tampoco. Salvo por la noche, durante el día esa casa es una tumba…
Una tumba. Mi madre, sin saberlo, había dado en el clavo. Tragué saliva con tal dificultad que, en realidad, parecía arena.
- ¿Te puedo pedir un favor, ma? ¿Podés estar un poco más atenta durante el día a ver si detectas movimientos o algún ruido en la casa de al lado?
- ¡Claro, nene! ¿Pero pasa algo malo?
- No vieja, no pasa nada. Vos haceme el favor que después te explico. Ahora me voy a bañar que si no voy a llegar tarde al laburo.
Cuando salí a la calle, no pude aguantar el impulso de espiar por el ojo de la cerradura de la puerta de entrada de la casa de mi vecino, después de cerciorarme de que no hubiera moros en la costa. Pero automáticamente me arrepentí de hacerlo. Había como una especie de vestíbulo o recibidor en penumbras, pero justo delante de la puerta había un enorme cirio rojo encendido y junto a él un gran retrato al óleo de Vlad Tepes, más conocido como Vlad El Empalador, más conocido como Vlad Draculea, más conocido como ¡El Conde Drácula! El corazón me dio un vuelco y salí corriendo como un chiquilín que estuviera jugando al mítico y desaparecido juego del “ring-raje”.
Mis amigos escucharon con atención el relato. Había expresiones concienzudas, entrecejos fruncidos, manos acariciando mentones, o revolviendo cabellos y, Tony, claro, que estaba jugando un partido al Winning Eleven en la computadora sin prestarme atención. Cuando concluí la historia, se produjo un largo intervalo de silencio, un silencio cargado de tensión y cierto temor. Fue finalmente Alan quien habló.
- Yo creo que estás en problemas –sentención muy serio-. Si ese hombre es un vampiro tenés los días contados. El tipo debe haberse dado cuenta que lo descubriste y va a querer liquidarte, o hacerte uno de los suyos…
- Si –intervino Marcelo-. Yo que vos me voy muñendo de un buen crucifijo, agua bendita y unos ajos, no sea cosa que una noche lo tengas al pie de tu cama…
Acá entramos en una discusión que nos llevó buena parte de la noche y no llegamos a una conclusión acertada. Yo decía que un vampiro no podía entrar a una casa si no era invitado por el dueño, a lo que Alan argumentaba que eso era sólo un invento del cine y la literatura. Tony y Marcelo, estaban de acuerdo con Alan, pero Pedro y Claudio apoyaban mi postura. De todas formas no pensaba correr riesgos y ante la duda seguiría el consejo de Marcelo.
- Para mí deberías mudarte –intervino de pronto Pedro-. No tenés chance, Andresito. Si el vampiro sabe que lo descubriste, fuiste… Todo bien con el ajo y la cruz en tu casa, o que no pueda entrar sin ser invitado… Pero ¿no vas a salir más de tu casa a la noche? Ahora mismo tenés que regresar, son como las doce…
- ¡Qué fácil es para vos decirlo! –le espeté algo molesto-. Si no tengo dónde caerme muerto.
- Vos sabés que podés quedarte acá cuando quieras –me dijo Tony que se estaba armando su segundo cigarrillito feliz-. Ya te lo propuse cuando te separaste. La oferta sigue en pie.
- Gracias, Tony, lo voy a tener en cuenta llegado el momento.
Tengo que hablarles de la casa de Tony. Él vive en un PH al frente en una casa que comparte con otros tres departamentos. Originalmente, el suyo estaba excelente: tres ambientes, cocina y baño. Impecable lo tenía hasta que sintió el llamado de la artesanía y del cannabis. Hoy el cuarto del fondo se transformó en un depósito de cualquier clase de chatarra que, él asegura, le sirven para sus trabajos manuales. Su propio cuarto es un campo de batalla en el que alrededor de un colchón tirado en el piso se arremolinan cajas, maderas, las bolsas de comida para el perro, pipas de agua, posters de señoritas sin ropas que alternan con los de Maradona y de Boca Jr. Más varias muestras de sus propios trabajos: fotos de revistas intervenidas por él y enmarcadas con las cosas más inverosímiles: por ejemplo, tiene una en donde se ve a Mike Tyson con ambos brazos en alto sobre un ring, pero tiene pintada una cabellera larga y rubia con trenzas y una faldita escocesa, a su vez el reborde de plástico arrancado a un viejo escáner en desuso hace las veces de marco. Más allá de eso, el aseo de la casa ha dejado de ser una prioridad, y muchas veces el aseo personal tampoco. La cocina es una colonia de cucarachas y siempre persiste un olor a rancio que se niega a ir aun cuando limpia para los días en que nos reunimos a juagar rol. Era la viva imagen de la película “El Departamento de Joe”. De modo que, por muy sincero y enternecedor que haya sido su gesto, decidí esperar un poco antes de aceptar. Por ahora prefería enfrentarme al vampiro que a una noche allí.
Al final nos despedimos y cada cual regresó a su hogar. Todos me prometieron que me mencionarían en sus oraciones para que Dios, Iluvatar, y todos los Valar, me protegiera de esa encarnación del mal y todos me desearon suerte para que no me topara con el “strigoi” (así lo llamó Claudio con un tono enigmático en su voz) de modo que muy tranquilo no me fui. Esta vez ni Marcelo se ofreció a llevarme en su motocicleta.
Cuando di la vuelta en la equina para tomar la calle de mi casa, lo vi. Ahí estaba él cerrando la puerta de su casa. En la calle, su vehículo lo aguardaba con una puerta abierta y el motor ronroneando. Me detuve en seco en cuanto lo vi, y en un primer momento pensé en pegar media vuelta y salir corriendo, pero me contuve. No quiero demostrarle que sé su secreto, aunque intuyo que ya lo sabe. Cuando me vio estaba dirigiéndose al auto, y se detuvo un instante para regalarme la mirada más glacial y aterradora que jamás nadie me haya dedicado. Amagó con avanzar hacia mí, pero pareció pensarlo mejor y se metió en el auto, puso primera y se alejó a toda velocidad. Cuando el vehículo se hubo alejado lo suficiente corrí hasta mi casa, abrí la puerta y me metí como una exhalación.
Ahora estoy escribiendo esto desde mi notebook, en la cama, tapado hasta la cabeza con las cobijas. En mi cuello me colgué el rosario que me bendijeron cuando fui a Luján a pie (una experiencia muy mala que algún día, si es que tengo otro día, se las contaré); en la cabecera de mi cama cuelgan dos riestras de ajo y, por si acaso, debajo de mi almohada coloqué Ruda macho. No tengo agua bendita (mañana debo ir a buscar a la iglesia), pero me traje un sifón de la cocina, al menos si puedo acertarle en un ojo con un sodazo, quizás me dé tiempo para escapar… ¡Cómo deseo el kit del Dr Van Helssing…!
Bien, los dejo por el momento, mañana debo trabajar, aunque no creo que pueda pegar un ojo. En cuanto tenga novedades, si es que se me concede la gracia de ver la luz de otro nuevo día, lo escribiré en el blog. ¡Adios!
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