lunes, 6 de junio de 2011

Domingo 05 de Junio de 2011...

              Ayer me sentí mucho mejor. Hoy comencé a leer un nuevo libro: “Nocturna”, ópera prima del director de cine Guillermo Del Toro. Un libro de vampiros que promete. Hasta ahora, un misterioso vuelo comercial llega al aeropuerto JFK de New York, aterriza lo más bien y de pronto: ¡Zaz! Todas las luces del avión se apagan, nadie baja y se pierde comunicación con la tripulación.
             Me decidí a leer este libro, que había comprado hace un tiempo y lo tenía en stand by en la biblioteca, porque ayer fui a la casa de Alan y nos mandamos una maratón de películas de vampiros a saber: “Nosferatu”, la versión de 1922; Drácula, la protagonizada por Bela Lugosi en 1931 y dirigida por Tod Browning; Entrevista con el Vampiro, basada en la novela de Anne Rice; y Bran Stoker´s Drácula, la dirigida por Copolla y protagonizada por Gary Oldman (para mí el mejor Drácula de todos), aunque la interpretación del Conde Orlok de Max Schreck es antológica. Existe el mito de que, en realidad Schreck era un vampiro de verdad que fue contratado por F.W. Murnau, su director. La historia fue llevada a la pantalla grande en el año 2000 con el título “La Sombra del Vampiro” con Williem Dafoe en el rol del vampiro y el magnífico John Malcovich como el director Murnau.
           La idea original era salir a tomar unos tragos y ver de poder congeniar con alguna señorita. Pero el día estaba un poco nublado y la verdad, no sabíamos a qué lugar ir para nuestra cacería, ni cómo cazarlas, claro. De modo que pedimos pizza y un kilo de helado y le dimos a las películas de vampiros. Para una futura reunión quedamos en que seguiríamos con la temática pero en género comedia. La década del ´80 había dado una buena cantidad de excelentes títulos en ese rubro.
            Lo cierto es que a raíz de esto, más precisamente de Max Schreck, o mejor dicho, más precisamente al mito que se alzaba en torno a su verdadera naturaleza, comencé a pensar en el vecino nuevo. Un hombre de edad cuya cabeza carecía totalmente de cabellos y su aspecto lívido y ojeroso no le daban muchas chances de parecer vivo. Si a esto le sumamos que, nunca, desde que se mudó, lo he visto durante el día, la ecuación cierra perfecta.
            Justamente, cuando a las cinco de la madrugada, regresé el sábado, mejor dicho, ya el domingo, con paso apretado y las manos en los bolsillos de mi campera militar a causa del frío, lo vi… Tan pálido como la luna que nos iluminaba, tan inerte como una roca. Tenía la puerta del garaje abierta y de su vehículo, una Ford Ecosport negra con vidrios polarizados, estaba bajando un largo cajón de madera, muy antiguo al parecer, y con raras inscripciones. Los movimientos del tipo eran lentos y cuando yo me detuve frente a la puerta de mi casa, contigua a la de él (y me quedé mirándolo como un idiota), dejó de hacer lo que estaba haciendo para contemplarme a su vez, con una mirada fría, glacial y una expresión pétrea. De la comisura de sus labios le bajaba un hilito de un líquido color rojo. Ni un músculo se le movió del rostro. Es más, no se le movía nada, parecía una estatua, o un diabólico muñeco. Miré su pecho, para detectar algún movimiento de respiración, no pude percibirlo. De pronto un nudo oprimió mi estómago y luego un retortijón me hizo reaccionar. ¡El tipo no respiraba! Aunque también el hecho de no poder detectarle movimiento en su tórax podría deberse a el grueso suéter y el pesado abrigo que llevaba puesto. Pero la mirada… su mirada… Y ese hilo de sangre…
          Saqué las llaves con torpeza, tanto que se me cayeron al suelo. Me agaché rápidamente, coloqué la llave en la cerradura (después de haberle errado en tres oportunidades) y abrí… Es decir, intenté abrir, pero la maldita cerradura a causa de la humedad, siempre se traba cuando uno más necesita ligereza. Debí sacar de nuevo la llave, girarla y volverla a introducir, recién allí los pestillos se corrieron y pude ingresar a la seguridad de mi hogar. Aunque cuando me escabullía en puntillas a mi habitación para no despertar a nadie, una sombra delgada y pálida surgió en la oscuridad y me enseñó un rostro perverso, con una expresión de mal humor. “Estoy condenado”, pensé. “El vampiro se escabulló dentro y va a matarme porque lo vi con su féretro”.
          - ¡Qué heces levantado a esta hora! –graznó mi hermana sin sacarme sus adormecidos ojos inyectados en sangre de mi rostro-. ¡Cómo se ve que no piensan en los demás en esta casa! –Y se alejó lanzando un improperio, sin embargo cuando llegó a la puerta de su cuarto susurró con una voz cálida y llena de amor fraternal: “Andresito, cuando te levantás ¿no vas a comprar facturitas así tomamos mate juntos?”. Yo aún me estaba recuperando de la taquicardia provocada por el nuevo susto. Después me reprendí por haberme asustado. Un fanático del género vampírico tenía que saber a la perfección que un vampiro no puede ingresar a una casa a menos que el dueño lo invite a hacerlo.
         Cuando me acosté tomé mi viejo rosario, por si acaso (uno no podía saber qué podía ser real o inventado en lo que veía en las películas o leía en los libros), y me puse a cavilar en el asunto hasta que asomó la luz del día y me quedé dormido. De todas formas, no hubo caso. Por más que le di vueltas al asunto no podía llegar a otra conclusión sino que ese tipo era un vampiro. ¡Que lo tiró! ¡¿Justo al lado de casa se tenía que venir a mudar?!

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