¡La debacle total se cierne sobre mí! Estoy pasando las horas más angustiosas de mi vida, incluso más que el día en que Lorena me estaba esperando con una valija armada con todas mis cosas guardadas (¡¡y que me rompió la Unacanny X Men n° 350, con tapa metalizada en tríptico, con motivo de los festejos de los diez años de X Men, donde Gambit es juzgado por sus crímenes con los Marauders durante el evento: Mutant Massacre!!)… Estoy en un cibercafé de Constitución. En la máquina de la derecha, un travesti está hablando vía Skype con su novio (creo, que es su novio); en la compu de la izquierda tengo a un muchacho de gorrita y equipo de gimnasia que juega al Counter (“Yo soy terro, porque no me cabe la gorra”, me aclaró) mientras escucha “Piola Vago” desde su celular (con el parlante exterior, claro está) y ya me fumó casi todo mi paquete de cigarrillos.
- ¡Ta´ todo piola, capo! –me repitió como diez veces-. No te pusiste la gorra conmigo, por eso ahora cuando terminés te voy a llevar a la plaza, a tomá vino con pasta, capo…
Yo le dije que prefería pasar, que a mí los fideos de noche me caen un poco pesados. Se rió mientras me sacaba otro cigarrillo y me pidió cinco pesos para seguir jugando.
- Te zarpas de gracioso, vo´, capo.
Ahí intervino el travesti que, dejándome un papelito en mi mesa me dijo poniéndose de pie y retirándose.
- Si no te vas con el morochito, llamame, papi. ¿No tenés ganas de comerme?
En fin, parece que la cosa venía gastronómica nomás... Acá estoy, en este ciber de Constitución (o “Conti” como lo llama al barrio mi compañerito manguea fasos), tuve que huir de casa y la poca plata extra que dispongo solo me alcanza para pagarme una noche en una pensión de San José y Pavón. Pensé en ir a pedirle asilo a Tony, pero lo pensé mejor, la pensión no puede estar tan mal después de todo...
Jueves es el día en que recorro comiquerías, un ritual que empecé a realizar de forma sistemática cuando comencé a mirar la serie “The Big Bang Theory”, que narra las desventuras de un grupo de jóvenes amigos con un coeficiente intelectual muy alto, pero totalmente inadaptados sociales, aficionados a los comics y las películas y series de ciencia ficción, terror y fantasía, y con graves problemas para relacionarse con el sexo opuesto. No sé porque me gusta tanto esta serie… La cuestión es que ellos, gracias a las manías de Sheldon, el maníaco obsesivo-compulsivo del grupo (entre otras afecciones psicológicas) van cada miércoles rutinariamente a comprar sus comics, no otro día. Yo elegí los jueves, pues era el día en que cenábamos a fuera con Lorena. La cosa es que llegué a casa apenas pasada las nueve de la noche, contento porque había comprado un par de números de Daredevil de oferta que le faltaban a mi colección (soy un lector amplio de comics pero mi debilidad son los títulos de la editorial Marvel,, soy un “marvelzombie”, como se dice), pero la felicidad no dura para siempre, al menos a mí no me dura…
Abrí la puerta con una sonrisa de niño, en mis auriculares sonaba “Viene el Verano” de “Siniestro Total”, me acerqué a mi viejita, que estaba sentada en uno de los sillones individuales del living para saludarla (mi hermana estaba sentada del otro lado de la mesa ratona, en el sofá de dos cuerpos). Me pareció extraño que estuvieran ahí las dos, con el televisor apagado y con tazas de café sobre la mesita. Tres tacitas había… No me había percatado hasta ese momento que una tercera persona estaba sentada en el otro sillón individual, el que estaba de espaldas a la puerta de entrada. Cuando mi madre anunció: “¡Ahí está mi hijo! ¿No le dije que llegaría de un momento a otro?”, lentamente una cabeza totalmente calva y mortalmente blanca se fue asomando por detrás del amplio respaldo como si fuera una luna en una escena de terror. ¡Y vaya si la escena no era de terror! Mi vecino, el vampiro, estaba sentado en el living de mi casa, tomando café (o haciendo que tomaba) con mi madre y mi hermana. Me quedé paralizado, mirando con la boca abierta, alternativamente a mi madre y al intruso. La canción sonaba frenética dentro de mi cabeza: “Óyeme nena ¿Qué puedo hacer?/ Ya viene el verano: no me sienta nada bien/A ningún vampiro le gusta el sol/ Nos pone muy malos: yo no soy una excepción”
- ¡Hola, Andrés! –me saludó mi madre de lo más contenta-. Este es el señor Popescu, el vecino ¿viste, nene?
- ¡¿Lo invitaste a pasar?! –le pregunté alarmado cuando puede recobrarme un poco. Creí que el corazón se me iba a detener.
- ¡Y claro! –saltó mi hermana, más feliz que el día en que se ganó las entradas para ver a los Rolling en un programa de radio-. ¡¿Qué te pensás que somos maleducadas como vos?! –el tono cordial y angelical ya se había esfumado, ahora primaba la cara de perro rabioso.
El señor Popescu, (ahora el strigoi tenía nombre: “El Vampiro Popescu”) se puso de pie. Todos sus movimientos eran lentos, pero precisos. Yo creo entender a qué se debe esto. Un vampiro posee supervelocidad y para aparentar ser un humano más deben concentrarse mucho en realizar los movimientos lentamente. No esperé a que utilizara su velocidad conmigo. Mi casa ya no era un refugio seguro. Cuando atinó a dar un paso adelante, extraje mi crucifijo de entre la ropa, se lo exhibí bien alto (Iba a recitar nuevamente el parlamento de Gandalf, pero supuse que no daría mucho resultado con él). Di media vuelta y eché a correr por el pasillo hacia la puerta de calle. No sé cómo hice pero emboqué la llave de una, y esta vez no se me trabó, pero cuando corría hacia la avenida, la puerta de la casa de Cinthya se abrió de improviso y asomó ella, tan pálida como lo estaba últimamente y con unas ojeras negras que le enmarcaban los ojos. Popescu había dado aviso telepáticamente a su progenie. Con un hábil quiebre de cintura, al mejor estilo Bochini, esquivé a mi vecina cuando esta estiraba los brazos hacia mí. Fue un movimiento magistral, de no ser porque tropecé y caí a la calle, raspándome las rodillas. Pero me incorporé y corrí como un loco hacia la avenida. Por suerte, cuando alcancé la esquina venía un colectivo le hice señas y me paró. Me bajé en Constitución cuando pude recuperar el aliento.
- ¿Estás bien, pibe? –quiso saber el chofer.
- Si, gracias. Es que me quisieron robar –le mentí y me bajé.
Acá estoy, ahora. Con el número de teléfono de un travesti mimoso escrito en el papel de un alfajor Grandote, y con el morocho de la gorra que me dijo que me espera en la placita de Av, Garay para “colar pasta”, se ve que no saben colar los fideos… Hace frío y estoy lejos de casa, decía Calamaro hace mucho tiempo, así estoy yo ahora. Desterrado de mi propio hogar, el enemigo ha derribado la última barrera y mi bastión sagrado cayó bajo la oscuridad del mal. No creo que pueda dormir, voy a colarle los fideos a estos pibes, mejor.
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