jueves, 30 de junio de 2011

Miércoles 29 de Junio de 2011

           La sesión de rol de ayer resultó un completo desastre. Por empezar Marcelo no apareció y no hubo caso de poder ubicarlo al celular.  No quise decir nada al grupo, pero sospecho por dónde podría estar el origen de su súbita desaparición. Habría que apuntar a Constitución... Más precisamente a Gladys. Por otro lado, el juego no salió tal como lo esperabamos: primero que nada había un jugador menos; en segundo término: Tony, desobedeciendo toda regla de convivencia para el juego, reglas que habíamos redactado en conjunto y en consenso el primer día que comenzamos a jugar rol, allá por por el año 1996, una de las cuales rezaba: “Queda absolutamente  prohibido intoxicarse con sustancias quimicas u organicas que provoquen obnubilación, exitación, sueño, desgano, o alucinaciones varias, antes o durante las sesiones de rol”, había estando fumando durante toda la tarde.
            En nuestra última sesión Hawk el Bribón, Strongsteel el guerrero, Alathar el hechicero y Odaesh el Bardo estaban juntos... (bueno ese grupo había sufrido la baja por ausencia sin aviso de Odaesh); por otro lado, solo, el enano berserker se enfrentaba a una horda de orcos.
            - ¡Bien! -les dije para comenzar a introducirlos en la historia, hacía como quince días que no jugabamos-. Ustedes acaban de expulsar al vampiro...
            - ¡Ja! ¡Cómo nosotros el otro día! -. acotó Tony con sus ojos inyectados en sangre de mirar vidrioso con una sonrisa un tanto turbia en sus labios.
           Por supuesto, omití aquel comentario y proseguí.
           - En cambio, vos, Mataorcos, estás seriamente rodeado por una horda de diez orcos comunes avidos de sangre...
           - Les mando a la 12 a ver quién tiene más aguante-volvió a acotar Tony y se rió de una forma estúpida.
           - Lamento comunicarles -me dirigí de nuevo al grupo que estaba en la cripta-, que por alguna extraña razón que aun desconocen, Odaesh se desvaneció cuando el vampiro se esfumó lanzando un grito de agonía. De modo que su algarabía por el triunfo les duró poco. Ahí está el bardo tendido y sin conocimiento.
            - Lo pongo boca abajo -declaró Tony con una sonrisa perversa- y le bajo las polainas.
            - Bien, le bajastes las polainas, Odaesh está en culo al aire. ¿Se puede saber cuál es la gracia de hacer esto?-. Tony comenzó a reirse de una forma muy estúpida y sus ojos brillaron de maldad.
            -  Le reviso la mochila -declaró. 
            - ¿Dale, ladrón de cuarta, que estamos perdiendo tiempo acá! -protestó Pedro cuyo temperamento era tan volátil como el de su personaje Steelstrong.
            Ambos se enzarzaron en una discusión sobre cómo debía comportarse un jugador mientras se llevaba a cabo una sesión de rol. De inmediato se unió a la disputa Alan. Aproveché y me dediqué a Claudio que aguardaba con ansias su combate contra la horda de orcos, pero cuando anunció con el entrecejo fruncido y los dientes apretados: “¡Ataco!”, mientras agitaba los dados entre ambas manos, escuchó decir a Tony: “¡Ustedes me dicen a mí pero cuando el enano egoísta se corta solo (como ahora) para quedarse con lo mejor de los tesoros…!”
            No pudo terminar la frase, porque Claudio le arrojó los dados por la cabeza. Tony lo miró serio, le dio una larga calada a su cigarro “especial”, lo apoyó en el cenicero y alzando sus manos como si fueran garras, y lanzando un grito tipo karate muy agudo, se lanzó sobre el agresor. Las hojas de personajes volaron por el recinto, la pantalla se cayó y las hojas donde tenía mis apuntes de la historia se mezclaron, los dados saltaron tintineando por el piso, al tiempo que el resto de nosotros intentaba separarlos y, uno de los gatos de Tony continuaba aferrado a la espalda de Claudio (que había saltado junto con su amo. Se ve que son un tándem feroz acostumbrado a actuar juntos). Finalmente pudimos separar a los dos púgiles (y al gato) y colocamos a cada uno en un rincón. Alan sostenía a Tony y yo a Claudio, mientras Pedro recogió todas las cosas tiradas e intentó poner un poco de orden.
            - ¡Gente grande! –les reprochó Alan-. Comportándose como salvajes. ¡Ahora quiero que se pidan perdón!
            - Dejate de joder –lanzó Tony algo avergonzado mientras movía el pie izquierdo de un lado a otro, arrastrándolo como si estuviera alisando un piso de tierra.
            - ¡A ese miserable no le pido ni un vaso de agua! -acotó Claudio muy dolido, en su alma y en la espalda que la tenía toda arañada por el gato.
            - ¡Se piden disculpas! –reiteró con total autoridad Alan. Tanto Tony como Claudio se sobresaltaron y murmuraron un “Disculpá, bolú!” de forma rápida.
            - ¡La mano, ahora! ¡Se dan la mano!
            Las manos se estrecharon, primero con reticencia, pero luego, al contacto, ambas se apretaron con fuerza, con calidez y de pronto… las lágrimas…
            - ¡Estúpido! ¿Por qué me hacés enojar, si yo te quiero mucho? –Claudio soltó las palabras entre sollozos.
            - Yo también te quiero mucho –Tony se deshizo del apretón de manos y lo abrazó con emoción.
            La escena nos conmovió a todos y pronto nos descubrimos los cinco abrazados y llorando, mientras nos decíamos lo mucho que nos queríamos todos, y así, con el alma ablandada, cada uno fue sacando cosas que tenía adentro.
            - Alan, nunca te lo dije, pero siempre admiré tu destreza para jugar al “Bubble Bobble” –no puede evitar confesar.
            - Y yo, y yo… -moqueó Alan-, tu colección de Batman, tan completa y con tantos ejemplares tan raros…
            Pedro se acercó a Tony y lo rodeo con un brazo.
            - Tony –Pedro se enjugó las lágrimas-. Nunca quise decírtelo pero siempre me gustó tu arte. Creo… creo que sos distinto.
            A su vez, Tony tomándolo por la nuca lo acercó con fuerza para sí, para estrecharlo en un abrazo y le respondió:
            - A mí también siempre hubo algo que me costó decírtelo… A mí siempre me gustó tu hermana. ¡Creo que está más buena que un fasito jamaiquino!
            Esa frase fue categórica para que el momento sensiblero llegara a su fin. Pedro se mosqueó con Tony y una vez el grito karateca de este último fue como un grito de guerra para que el gato (Tom Lupo, creo que se llama, en honor a nuestro filosofo mediático) se prendiera de la espalda de Pedro como si de un cacho de bofe se tratase.
            Cuando todo regresó a su cause normal, decidimos hasta tanto se apaciguaran los ánimos suspender las reuniones de la Cofradía.

martes, 28 de junio de 2011

Martes 28 de Junio de 2011.

Es extraño como hay cosas tan normales que en determinada situación nos parecen extraordinarias, como por ejemplo poder levantarse a las once de la mañana un día de semana, cuando lo común hubiera sido haber estado en pie a las seis. Si bien uno puede hacer eso los fines de semana o los feriados, tiene otro gusto cuando ese día no es uno especial, sino uno común y corriente… Claro que en mi vida los días no son comunes y corrientes nunca.
Hoy fue mi primer día como desempleado. Todas las energías que tenía ayer, todos los sueños que se agolparon en mi cabeza que iría hacer realidad gracias a mi nuevo tiempo libre, quedaron en algún rincón del limbo onírico, o debajo de mi cama ¡vaya uno a saber!
Un abatimiento sobrenatural recayó sobre mí al abrir mis ojos y chocarme con esta mañana fría con amenaza de cenizas volcánicas, que casi me costó horrores salir de la cama. Una imagen se representó en mi mente mientras por entre las rendijas de mis ojos observaba a mis muñecos escrutarme desde la biblioteca. Me vi vestido de Superman, de rodillas, abatido, pusilánime y sufriente, doblegado por mi jefe, perdón, mi ex jefe, que sostenía una muñeca Barbie pero de kryptonita. Mi jefe, en la visión, vestía un traje blanco y moño rojo, y estaba totalmente calvo.
Para colmo de males, en casa teníamos la madrugadora visita del tío Pacale, un tío de mi madre que a pesar que llegó de Italia hace más de sesenta años, todavía conserva el acento tano y habla un cocoliche que a veces es inentendible.
- ¡Jah! –exclamó cuando me vio ingresar al living-. Linda hora de levantarseno.
- Hola tío –lo saludé yo, con un apretón de manos, porque “los hombres que dan baccios son mariposone”.
- Me contó la sua mama que ha perdito el laboro, osté –me increpó.
- Si tío, no le han mentido.
- ¿E que hace que no está boscando…?
- Vea, tío, hoy me tomé el día, tengo que hacer unos retoques a mis guiones y salgo a buscar editorial…
El viejo asintió con el ceño fruncido y me enseñó su pulgar. Yo creí en un principio que era el clásico y universal gesto de “OK”; pensé que me daba ánimo en mi empresa, pero al gesto lo acompañó con la siguiente sentencia:
- Siga cosí, que a osté lo van a morfare uno piduyi así de grandeno… -y me agitó el pulgar regordete y calloso para que lo viese bien.
Ignoré el vaticinio del viejo y me interné en la cocina. Me preparé unos cereales en mi taza preferida, la que tiene el ojo único de Sauron, y luego me encerré en mi cuarto. ¡Tenía que desatar la tormenta de ideas!
 Tengo que cambiar el origen del Capitán Malambo, Alan me sugirió que la caída a un cráter radiactivo era demasiada trillada. Pensé en un par de alternativas, pero luego de un poco de autocrítica las descarté: 1) el Capitán Malambo llega de bebé desde el espacio y es adoptado por un matrimonio de peones de estancia de Entre Ríos… Muy Superman, me dijo una vocecita en mi cabeza… 2) Una mutación genética le otorgaba poderes… Muy X Men, ya me gritó la vocecita… 3) Un experimento del ejército… ¡Muy Capitán América, idiota!, la vocecita ya resultaba irritante… 4) Un Guardián del Universo le entregaba unas boleadoras mágicas que materializaban cualquier cosa que imaginase… ¡Estúpido es plagio a Green Lantern!... Maldita voz… Para las seis de la tarde, y cuando mi decepción era un agujero negro que crecía y crecía engullendo mis esperanzas de poder triunfar como guionista de comics, por fin me llegó la inspiración.
Mi madre irrumpió en mi cuarto sumido en penumbras (por favor no lo atribuyan a mi creciente depresión, simplemente me gusta trabajar, cuando escribo, sólo iluminado por la pequeña lámpara del escritorio), les decía: mi madre irrumpió en el cuarto en penumbras; su figura retacona y rellenita se recortó enigmática en una silueta oscura que no revelaba nada de sus facciones y por detrás un halo de luz brillaba como un sol, otorgándole una cualidad aun más misteriosa a la figura. Entre sus manos cargaba un sándwich de mortadela y un vaso de Cepita de Manzana. Con su ternura de madre lo depositó en el escritorio y me sonrió.
- ¡Tomá, nene! Te traje un sanguchito. ¡Tenés que comer algo! ¡No podés estar ahí pensando toda la tarde sin alimentarte! Necesitás fósforo para el cerebro…
Era la imagen que necesitaba, fue mi musa inspiradora. Me sonreí por primera vez desde que me levantara, le di un beso a mi madre y le di un tarascón al sándwich de mortadela. Entonces escribí:

            PAGINA UNO:

VIÑETA 1

Campo abierto, la llanura pampeana. Fulgencio Funes está en una encrucijada de caminos montado en su caballo. El cielo estrellado se extiende sobre él.

VIÑETA 2

Un resplandor en el cielo. Como una estrella más brillante que el resto.

VIÑETA 3

Primer plano. El rostro de Fulgencio mirando algo alarmado hacia arriba.

VIÑETA 4

Una figura femenina desciende del cielo. Es solo una silueta envuelta en una luz poderosa. Fulgencio y su caballo parecen diminutos en la inmensidad del campo.

VIÑETA 5

Se puede ver una mujer hermosa que llega entre la luz, en ambas manos sostiene algo.

VIÑETA 6

La mujer ahora se ve nítida. No es muy alta y su cabello azabache cubre sus generosos pechos desnudos (Si, no pude evitarlo, la mujer guarda la descripción exacta de Mariela). En su mano trae un sándwich de mortadela y un vaso de vino patero (troqué acá la Cepita por el vino patero pues lo vi más acorde a un gaucho... Si con el tiempo la marca quiere esponsorearme, no tengo ningún problema en alterar el origen para meter a Cepita)

Mujer: “Tomad, Fulgencio Funes, los Dioses te han elegido por tu bondad sin igual y tu preocupación por el prójimo. Come de este sándwich, bebe de esta copa y acepta tu destino, se el campeón de la humanidad…

           Nadie me podría decir ahora que el origen de mi superhéroe no era original. ¡Original y bien argentino! ¡Qué más argentino que un sándwich de mortadela y un vaso de vino patero!
            Un poco más satisfecho pude terminar de comer mi propio sándwich y de beber mi vaso de jugo. Por hoy estaba bien. Mi ánimo mejoró un poco. De modo que fui al living a compartir un poco de tiempo con la familia. Mi hermana me entregó un papel cuando me acomodé en uno de los sillones.
            - ¡Tomá! Esto te lo dejó el tío Pascual. Dice que es un amigo que necesita alguien para trabajar, porque si no te ayuda él te van a comer los piojos.
            ¡Un trabajo! Yo no quería un trabajo nuevo, explotador, agotador, esclavista, donde uno estaba atado por nueve horas al yugo de un maldito que se enriquece a costa de nuestro esfuerzo y nuestro fracaso. ¡Yo iba a triunfar en el mundo del comic! ¡A mí me iban a disputar entre DC y la Marvel! ¡Yo iba a tener filas y filas de fans en la San Diego Comic Con! Abrí el papelito, estaba escrito con la temblorosa letra del tío y decía:

 “Biblioteca Privada de Saint Patric Smoking Club” ver al señor Guillermo Lancaster de parte de Pascual el plomero.

            - ¡Ah, el viejo podrido este te dejó esto también! –me dijo mi hermana y me entregó otro papel, plegado-. ¡Una carta de recomendación, me dijo que es! Me tiene todos podrida en esta familia…
            Una carta de recomendación… Voy a ser sincero, el nombre de la biblioteca me intrigó y la carta mucho más, claro que cuando la leí me decepcionó un poco…

            “Comendatore:
             Acá le mando a questo hombre, que es figlio de la mi sobrina, para ese puestite que me había parlado osté. Se quiamano Andrés, e´ menso paparullo, juega con muñequite anque e un hombre honrado como el suo tío que le escribeno y e´ bono con lo libero. Per favore conchábelo perque la mía sobrina no se merece tenere un vagoneta como él sin laborare en la sua casa. Agradecido.
Pacale el fontanieri.”

            Un trabajo en una biblioteca… podría ser interesante. Bueno ahora no puedo pensar en esas cosas, llego tarde a mi reunión con la Cofradía. ¡Mañana será otro día!

lunes, 27 de junio de 2011

Lunes 27 de Junio de 2011...

¿Pueden a uno salirle las cosas tan mal? Tendría que tener una “L” bien grande y en rojo tatuada en la frente. Mariela me respondió el mail. ¡Quiere verme otra vez! De hecho arreglamos para vernos el viernes próximo. El problema, porque siempre hay un problema, surgió esta mañana.
Hoy mi jefe regresaba después de un largo viaje por Estados Unidos. Como de costumbre llegué a la oficina y ya estaban Malsani y Capponi tomando mate. Ellos, obviamente se habían enterado de mi incidente con Popescu y desde que me reincorporé al trabajo, no paran de gastar sus pesadas bromas. El día de la reincorporación decoraron la oficina con carteles de bienvenida, pero en lugar de colgar guirnaldas colgaron ristras de ajo y crucifijos con un cartel enorme que decía: “Bienvenido Her Doctor Van Hellsing”. Ni bien me vieron entrar hoy comenzaron los comentarios:
- ¡Che, Capponi, tengo un problema, vivo en un octavo piso y tengo murciélagos!
- ¡Ah! Decile a Pacienci que es un experto en exterminar esas alimañas…
- ¡Uh! Pacienci llegaste justo, tengo un trabajito para vos y tus amigos… Quedate tranquilo que yo no te voy a mandar la cana…
- ¡Mirá que hay que ser chambón, pibe! –acotó Capponi.
- Mejor dale bola al minón ese que te anda atrás, gilún –añadió Malsani-. ¡No sé cómo te puede dar bola a vos esa mina!
- Te acaba de llamar –explicó Capponi-. Yo aproveché y le di mi teléfono. Le dije que no pierda el tiempo con vos. “Mirá piba, le dije, mientras no le traigas un muñequito con capita el no te va a dar bola”
Ambos energúmenos lanzaron esas risas desagradables que los caracterizan y continuaron divirtiéndose a costa mía. Yo no les di bola, me dediqué a lo mío mientras pensaba que lo mismo le hacían a Clark Kent en el diario y ninguno sabía que en realidad tenía a la mejor mina y que él era Superman encima… Tuve el impulso de devolverle el llamado a Mariela, pero preferí hacerlo cuando estuviera por la calle, no quería seguir dándole de comer a las dos hienas que tenía por compañeros… Si, leyó bien lector, puse: “tenía”, porque desde hoy al mediodía soy un desocupado más… Todavía no caigo muy bien y no estoy seguro si esto es para mal o para bien. Mariela me dijo que sería para bien que ahora podría enfocarme en mi verdadera vocación… Mi madre tiene miedo.
- ¡Nene, con lo difícil que es conseguir un trabajo en este país! ¡Ahí estabas bien!
- Si, bien explotado estaba –fue mi respuesta-. ¡Nueve horas diarias por dos mil quinientos pesos al mes! Además ahora voy a dedicarme a los guiones de historieta…
- ¡Ay, nene! ¡¿Quién te va dar un mango por eso?!
Gracias mamá, siempre depositando toda tu confianza en el varoncito de la familia. Por suerte está mi hermana que no hizo esperar su aliento:
- ¿En serio no trabajás más? –me preguntó con mucha alegría-. ¡Qué lindo, te vamos a tener todo el día en casa! ¡Vas a poder ver La Familia Ingalls conmigo, que la dan a las tres de la tarde!
No pude menos que agradecerle con un tierno abrazo ese súbito amor fraternal y rememoré mi infancia, compartiendo con ella las clásicas series.
- ¡Pero salí de encima, imbécil! –al segundo mi hermana se desembarazó de mi con un empujón y se alejó dando grandes zancadas-. ¡Insoportable!¡¿Todo el día así vamos a tener que aguantar a este?!
Bien, y ustedes se preguntarán cómo fue que me quedé sin trabajo. Sencillo: por culpa de una muñeca.
A eso de las once de la mañana llegó mi jefe a la oficina, luciendo un bronceado de la Costa Oeste. Después de una media hora, más o menos, en que nos contó alguna de sus peripecias con lujo de detalles, sobre todo en la descripción de los hoteles cinco estrellas donde paró, fue hasta su maletín diciendo que había traído regalitos para todos. A Malsani y a Capponi les trajo un whisky Jack Daniels Black Label a cada uno. Además de traerles un par de cosas que ellos le habían encargado que les comprara.
- Y para vos, Andrecito, te traje algo especial –me dijo haciéndose el misterioso mientras hurgaba en su maletín.
Extrajo una caja  rectangular, más bien finita, envuelta en un papel metalizado, sospechosamente de color rosado.
- ¿Se acordó de traerme las revistas que le encargué? –me atreví a preguntarle.
- No –me respondió encogiéndose de hombros-. ¿Vos me habías encargado unas revistas? ¡Ni me acordé, perdóname! Pero… -agitó la cajita- Me acordé de esto…
Me entregó el paquete y yo, para que negarlo, lo abrí con ansiedad, como un niño en la mañana de Navidad bajo el árbol. El primer indicio de que algo andaba mal lo tuve al romper el papel en el extremo. La marca “Mattel” y unos pies de plástico enfundados en zapatos de tacones me dio mala espina, pero seguí desgarrando el papel: unas largas y contorneadas piernas femeninas y el borde de una minifalda negra. Definitivamente algo estaba mal. Terminé de arrancar el envoltorio y, para mi sorpresa, y mi indignación, me encontré con una preciosa muñeca Barbie entre mis manos. Una Barbie enfundada en un ajustado vestido negro, zapatos de taco plateados y una larga y frondoza blonda cabellera.
- ¿Y? ¿Qué tal? –me preguntó mi jefe expectante, con una sonrisa de punta a punta que le resaltaban sus blancos dientes con el bronceado de California.
- ¿Una Barbie? –pregunté perplejo-. ¡¿Usted me está regalando una Barbie?!
- ¡Viste! ¡Me acordé que coleccionabas muñecas!
Aquellas palabras y esa expresión de autosuficiencia, perdón de omnipotencia, me golpearon los sentidos como el grito de un Nazgul en pleno vuelo y ahí perdí toda razón. Una ira añejada, guardada en los sotanos de mi mente, de mi espiritu, subió como la lava de un volcán y allí largué todo: años y años de frustración, años de mansedumbre se soltaron como los animales de una jaula de zoologico con la puerta abierta.
- ¡Muñecos, colecciono! -le grité agitando la Barbie por los pelos- ¡MU-ÑE-COS, no muñecas! ¡Muñecos de Superheroes, viejo estúpido! ¡Muñecos de personajes de películas, viejo ignorante! ¡¿Dónde viste que un pibe coleccione muñecas?! ¡A tu hijo le gustarán las muñecas, pedazo de idota!
Fue así, en un segundo, de golpe, casi con las palabras atropellandose una tras otra.
Por primera vez, Malsani y Capponi estaban quietos en un rincón con los Jack Daniels en sus manos y observando la situación perplejos y en el más absoluto de los silencios.
- ¡¿Y ustedes que miran, borrachos de cuarta?! ¡¿Ustedes no sabían que a mí no me gustan las muñecas?!
Mi jefe quedó con la expresión como petrificada, la sonrisa quedó inmutable en su rostro broncineo; se acomodó un poco su impecable saco y entró a su despacho cerrando la puerta delicadamente, luego de tomar su maleta. Yo me derrumbé en una silla respirando agitadamente y bufando como un toro. Capponi abrió la botella de whisky y me sirvió un vaso.
- ¡Tomá pibe, lo vas a necesitar!
Recién ahí caí en la cuenta de lo que había hecho. Se me aflojaron las piernas, y el sudor frío acudió a mi como cada vez que el miedo inca sus filosos dientes en mi médula. Me tomé el vaso de whisky de un trago, me levanté y golpeé la puerta del despacho de mi jefe.
- Pasá, Pacienci –me dijo tranquilamente. Su voz sonó tan serena y musical como cuando cierra un negocio importante.
Cuando abrí la puerta y entré, estaba sentado detrás de su escritorio. El saco del traje, prolijamente colgado en un perchero de pie. Me miraba avanzar con su amplia sonrisa, imborrable, eterna al parecer.
- Señor, quería pedirle discul…
- No hay nada que disculpar, Pacienci –me dijo sin borrar su sonrisa-. Entiendo que hayas tomado a mal el hecho que te trajera una muñeca. Por más que no hayas sido capaz de apreciar el buen gesto que tuve... Fui a una Barbie House para comprarte a esa… Barbie “Basic Model n° 12”... Pero claro, vos no colecciónás muñecas, coleccionas muñecos, que no es lo mismo y parece que hiere bastante tu sensibilidad. Pero no te preocupes…
- Entonces… ¿me perdona? –pregunté casi azorado.
Mi jefe en ningún momento perdió su sonrisa y su compostura.
- ¿Perdonarte? ¡Nooo! –de debajo del escritorio asomó un pistolón del 12, el viejo pistolón de su padre. Doble caño, doble percutor, pavonado recientemente-. No te perdono un carajo, Pacienci, es más tenés un minuto y medio para juntar tus asquerosas cosas o te lleno el culo de perdigones… -se puso de pie lentamente con la sonrisa dibujada en su tostado rostro-. ¡Ah! Y ni se te ocurra pensar que vas a cobrar la indemnización. Tengo testigos Pacienci, vos me agrediste. Despido con causa justificada. ¡Ahora a juntar las cosas rapidito o Braulio –Braulio es el nombre que su padre le dio al pistolón-  va a hablar por mí.
Creo que tardé medio minuto para juntar mis cosas e irme con un "¡Chau, Malsani, chau Capponi, los voy a extrañar!" que quedó flotando en el aire.
Aquí estoy ahora. Un desempleado más de este país bendito. Pero, según, Mariela, con un camino nuevo abriéndose por delante. Ahora los dejo, voy a ponerme a trabajar en retocar los guiones de “Capitán Malambo” este seguro va a ser mi caballito de batalla para entrar en el negocio. "Vivir será una gran aventura", decía Jeremy Sumpter en Peter Pan, la gran aventura.

domingo, 26 de junio de 2011

Domingo 26 de Junio de 2011...

Muchas veces la rutina nos hunde en un fangal espeso y pegajoso del cual es difícil salir. Entonces, uno se deja estar y se va hundiendo poco a poco. Por suerte, en ocasiones, pasa alguien cerca, lo ve a uno hundiéndose y le estira una rama para intentar sacarlo, o mantenerlo a flote.
El sábado a la tarde me llamó Marcelo.
- ¿Qué haces, Andrés, como va eso? –me preguntó.
- ¿Y cómo querés que vaya? Mal –le respondí frustrado-. Acá estoy, un nuevo sábado y el programa más aceptable que tengo es ir de Alan a mandarnos la segunda parte de la “Maratón Vampírica”… Ahora que se aclaró lo de Popescu, puedo volver a ver películas de vampiros…
- Ten entiendo –masculló con abatimiento-. A mí me pasa lo mismo… Por eso te llamo, Andrecito. Tenemos que torcer nuestro rumbo de perdedores. Estaba pensando en ir a bailar esta noche ¿Qué te parece?
- ¿Ir a bailar, Marcelito? Pero si nosotros nunca encajamos bien en los boliches… No nos gusta…
- ¡Ya sé! ¡Ya sé! Pero es el lugar ideal para enganchar alguna mina, Andrés… Yo desde que me separé… nada… ¡pero nada eh! –había amargura en su voz, y un poco de desesperación-. Me pasaron un lugar, es para mayores de 25 años, onda retro ochentosa… Me dijeron que se pone bueno y que la mayoría son cuarentonas divorciadas… ¡No puede ser tan difícil!
No sé por qué me convenció, si por la desesperación que se le notaba a través del teléfono o por la mía propia… La cuestión es que a las diez de la noche, Marcelo me estaba tocando timbre y salimos con su moto hacia San Telmo, donde quedaba el boliche.
Antes de ingresar al baile, hicimos una parada en “Pirilo” comimos un par de porciones de esa pizza exquisita que preparan, esponjosa y aceitosa, y las acompañamos con unos moscatos como para relajarnos un poco.
Debo confesar que estaba más nervioso (y ansioso) que la primera vez que me iba a ver con Mariela. Hacía por lo menos diez años que no iba a un boliche y, la verdad, mis experiencias en ellos nunca habían sido muy buenas.
Lo cierto es que allí nos encontrábamos, haciendo la fila para ingresar. El lugar se llamaba “Retropower” En la cola había mucha gente de nuestra edad, y más grandes también. Panzones pelados que aun creían que estaban en los ochenta, mujeres que estaban viviendo su segunda adolescencia con liftings, hilos de oro, colágenos y botox; pero había muchas mujeres lindas, interesantes de nuestra edad y más jóvenes también. Con Marcelo coincidimos (como no sabíamos cómo se suele ir hoy en día vestido a los boliches) en “lookeranos” como en los ochenta, nos pareció muy adecuado con el tipo de lugar que íbamos. De modo que Marcelo, desempolvó una vieja campera de jean “nevada” con "corderito" que había pertenecido a su hermano mayor, se calzó unos chupines y unas botas texanas marrones. Yo, por mi parte, me vestí con un traje Angelo Paolo amarillo que conservé de mi padre. El saco es de solapas finitas y hombreras poderosas, con un solo botón; el pantalón pinzado y angosto abajo.  Admito que éramos los únicos vestidos de esa forma y fuimos el blanco detodas  las miradas. Cuando llegamos finalmente al acceso, el tipo de seguridad, después de evaluarnos largamente llamó a otro, al parecer su jefe o supervisor. Llegué a escuchar: “¿Los reboto a estos dos payasos?”. El otro después de estudiarnos también un buen rato, y con una luminosa y divertida sonrisa en su rostro de bulldog le respondió: “Nah, déjalos pasar…”
¡La pucha! ¡Cómo se nota una década sin ir a boliches bailables! Ni bien ingresamos nos sumimos en una oscuridad que nos engulló de pronto, sin aviso. No recordaba que fuera tan oscuro. Una luz negra en la puerta resaltó el color chillón de mi traje, parecía que estaba encendido, como un personaje de Tron. De inmediato posé una mano en el hombro de Marcelo que estaba delante de mí.
- ¡Qué hacés, Andrés? –me preguntó algo molesto.
- Para no perdernos –le expliqué yo.
- ¡Pero, no! ¡Sacá la mano que van a pensar que somos o idiotas o trolos!
Como había presentido, a los dos minutos perdí a Marcelo y ya no pude encontrarlo. Intenté llamarlo al celular pero no tenía señal dentro del boliche. Pensé en acercarme hasta lo del discjockey y pedirle que lo llamara por el micrófono, pero lo pensé mejor y sospeché que a Marcelo no le iba a gustar nada la idea. De modo que me resigné y me acerqué a la barra, llevándome por delante a algunos tipos y mujeres. No veo el sentido de que no se pueda ver nada en un lugar como ese, creo que tiene más luz un tren fantasma. Para colmo la música atronaba. En ese momento estaban pasando “Las Chicas solo quieran divertirse”, de Cindy Lauper… A mí siempre me gustó esa cantante, y este tema en particular me pone alegre. De modo que, llegué a la barra tarareando la canción y sacudiéndome, en lo que yo creía, al ritmo de la música. Me acomodé como pude en la barra y luché con la gente hasta que pude pedir una cerveza, cuando escuché una voz detrás que me decía: “Hola pollito mojado”
Imaginen esta situación… Uno está por disfrutar de una cerveza, escuchando una canción que le gusta, viendo a su alrededor las hermosas mujeres que lo rodean y de pronto esa voz aguardentosa que intentaba forzadamente sonar femenina. “¡Gladys!”, pensé y un escalofrío me recorrió el cuerpo desde el dedo chiquito del pie hasta la punta de mi último cabello y una imagen mental se materializó de inmediato: un cuartucho barato de pensión; un catre desvencijado; apenas unos débiles rayos de luz matinal colándose por las rendijas de una persiana más desvencijada que la cama; yo acostado hecho un ovillo, y a mi lado… Gladys…
- ¡Mirá donde te vengo a encontrar! –me dijo estampándome dos besos, uno a cada lado de la cara-. ¡No me llamaste más, travieso!
- ¡Eh! ¡Je, je! Mucho trabajo, viste…
Estaba acorralado. La gente que se convulsionaba por pedir el trago de moda me cerraba la salida hacia los costados; por detrás tenía la barra y por delante… Gladys. Intenté calmarme, mientras el travesti me parloteaba sin cesar… No tenía idea de lo que me estaba diciendo, yo intentaba pensar qué podría hacer Superman en una situación similar… Se me vinieron a la mente varias ideas, ninguna de ellas viables: desintegrarla con la visión laser; mandarla al Ártico de un soplido, escapar volando, llevármela volando y depositarla en el Lado Oscuro de la Luna… Opté por focalizar en lo que estaba diciendo.
- ¿Venís seguido por acá? Porque yo vengo siempre y nunca te vi… Bah, antes no te conocía, ji, ji, ji…
Desesperadamente mi mente buscaba soluciones: …… y de pronto, llegó la caballería.
- ¡Eh! Te estaba buscando por todos lados –Marcelo se acercaba agitando un dedo reprochador cuando reparó en Gladys y se detuvo en seco, la miró de pies a cabeza y le sonrió poniendo su expresión más sexy- ¡Hola! –le dijo-. Marcelo es mi nombre, bombón.
De inmediato me llevó a parte.
- ¿Vos te levantaste eso? –quiso saber y le dedicó otra sonrisita a la distancia a Gladys.
- No, pero…
- ¿Pero qué? ¿Tenés onda con ella?
- No, nada que ver pero…
- ¡Uf, menos mal porque… ¿la viste bien?
- Si, ya sé es…
- Está rebuena y no me saca los ojos desde que me vio…
Marcelo me dejó con la palabra en la boca y se acercó a Gladys, le dijo algo al oído y se acercaron a la barra. Después de unos diez minutos se alejaron hacia la pista con un gin tonic (él) y un Fernado (ella)… Una vez más estaba solo… sin saber que hacer… decidí dar un par de vueltas…
En los parlantes se había desatado un poupurrí de hits de Erasure. Estaba sonando "Oh L´amour" cuando llegué a un rincón, debajo de unas escaleras donde había unos sillones. Me senté en uno de ellos y terminé mi cerveza.
- ¿Tenés fuego? –me preguntó la voz más sensual que jamás había escuchado.
Un rostro blanco y hermoso, enmarcado en un sedoso cabello oscuro y lacio me miraba expectante con unos enormes ojos verdes…
- No –le respondí con sinceridad-. No, los cigarrillos los tiene un amigo… No lo puedo encontrar por  ningún lado. Pero mirá ahí tenés un chabón que está fumando –le señalé a un tipo de esos que le dicen metrosexuales, estaba más producido que una mujer… ¡Jamás voy a entender a esos tipos!
La muchacha lo miró apenas un segundo y volvió a mirarme a mí. Yo aproveché ese instante para observarla mejor. Tenía puesto un vestidito negro diminuto y casi todos sus atributos estaban exhibidos de una manera impúdica. Sus largas piernas estaban enfundadas en unas bucaneras también negras.
- ¿Y esa ropa? –me preguntó- ¿Sos actor vos? ¿Están filmando una película acá? –la chica miró para todos lados como buscado algo.
- No –le respondí con sinceridad y después caí en la cuenta-. ¡Ah ya sé! Vos te debes confundir como la mayoría… ¡Todo el mundo me confunde con Cabré!
- ¿Con Cabré?
- Si con Cabré, Nicolás Cabré –le respondí y le realicé la imitación de la voz de su personaje de “Los Únicos” cuando dice: “¡Me estás jodiendo! ¡¿Me estás jodiendo?!”
- Que ocurrente que sos –me dijo ella y miró hacia todas direcciones como si siguiera buscando algo - No, yo te preguntaba porque yo soy actriz, ¡bah! quiero ser... y pensé que si eras actor...
En ese momento comenzaron a sonar los primeros acordes de Thriller, de Michael Jackson. Tengo un problema con esa canción... En la escuela primaria hicimos  la coreo para un acto de la primavera, me la sé de memoria y ¡me encanta! Fue la unica vez que me llamaron para particpar en un acto escolar y, ahora, no puedo evitarlo, cada vez que escucho "Thriller", mi cuerpo solo comienza a bailar. Memoria celular me dijeron una vez que podía ser... Lo cierto es que tomé del brazo a mi circunstancial compañera y la llevé a la pista. A esa altura ya iba sacudiendo espasmódicamente y de forma alternativa mis hombros, al tiempo que giraba la cabeza hacia uno y otro costado. En un primer momento, ella se detuvo en seco y me preguntó si me pasaba algo… si me sentía bien… Le expliqué que estaba haciendo la coreo pero no sé si me entendió, porque me miró con cara rara. Después me preguntó si esto era alguna clase de cámara oculta… No entiendo porque la chica desapareció. Fue la vez que mejor me salió la coreo, hasta se formó un corro en la pista que me alentaba y hacia palmas… A mí me parece que se inhibió al verme bailar casi como Michael, aunque no quiero pecar de vanidoso,
A la chica no la encontré más… ¡Miento! La vi caminar hacia la salida del brazo del metrosexual. A Marcelo tampoco volví a verlo, y tampoco a Gladys. La cuestión es que me tuve que volver solo en colectivo. Cuando subí al colectivo el chofer me miró de arriba abajo, lanzó una risotada, y me preguntó:
- ¿Qué venís del Túnel del Tiempo, pibe, o te atrasa el almanaque?
Había un grupito de skaters que festejaron los dichos del chofer con sonoras carcajadas. Hasta una viejita que viajaba sentada en el primer asiento sonrió… De nuevo regresé a mi fangal de rutina. Le mandé, antes de acostarme, un mail a Mariela…




viernes, 24 de junio de 2011

Viernes 24 de Junio de 2011...

Hoy hice las paces con mi vecino, Popescu. Toda la semana estuve avergonzado por lo que había hecho y quería disculparme, pero realmente no me animaba. Hasta que hoy, cuando regresé del trabajo, junté coraje y le toque el timbre (Era eso o ver cumplida la amenaza de mi madre que me advirtió que, si para el viernes, no me había disculpado con Don Popescu, le daba “las revistitas” a un cartonero… “Las revistitas”, como ella las llama, son nada más ni nada menos que mi colección de comics. ¡Revistitas, por favor!). De modo que ante la extorción tuve que hacer caso omiso de mi vergüenza y mi temor y le toqué el timbre.
La puerta se abrió de inmediato, como si el tipo me hubiese estado esperando junto a ella. La figura alta y desgarbada de Popescu se asomó de pronto, luciendo un soberbio traje negro y una corbata roja. Su rostro pálido e inexpresivo, su cabeza totalmente calva, me obligaron a pensar nuevamente en él como en un vampiro y estuve a punto de salir disparando una vez más. Encima, la corbata roja, completaba el efecto y la imagen de su labio chorreando sangre de la otra noche ocupó mi mente. Me olvidé de contarles, el misterio de la comisura del labio sangrando también tenía su explicación sencilla. El pobre viejo intentando bajar el pesado ropero, se golpeó con él en el rostro y le sangró…
La cuestión es que ahí me encontraba yo, frente a mi vecino que me miraba sin parpadear, en distinta posición que hace unos días atrás pero igual de aterrado. Detrás suyo podía apreciarse el cirio rojo encendido y parte del enorme retrato de Drácula, el histórico, claro. En el aire flotaban los sones salvajes de la música balcánica. Sonreí como pude.
- ¡Eh!... Buenas, jefe… -comencé a traspirar- Linda música… Eh, no, en realidad vengo a pedirle perdón… -tragué saliva y sentí como si un bolón de acero me bajara por la tráquea-. La verdad… es que estuve mal… Sinceramente yo creí que usted era un vampiro… Usted va a pensar: “¡Este tipo está loco!”, pero yo le juro que no –miraba el piso, no me animaba a mirarlo a él directamente a la cara, y a medida que hablaba agarraba envión y saqué todo lo que tenía adentro de un tirón. Las cosas feas o dolorosas es mejor hacerlas así, de un tirón, para que pasen rápido-. Tengo problemas, ¿sabe? El trabajo, ¿vio? La vida moderna, el estrés…
De pronto, el viejo lanzó una carcajada de lo más divertida y comenzó a reírse sin parar por un buen rato mientras yo lo miraba incrédulo con una expresión mezcla de sorpresa. Tanto se rió que hasta sus mejillas pálidas cobraron color.
- ¿Un vampirro? –dijo de pronto aun entre risas y abscesos de tos-. ¡¿Un vampirro?! ¡Ja, ja! Me han dicho cosas a lo larrgo de mi vida, perro ¿vampirro? Nunca…
- Me imagino –reconocí-. ¡Bueh! Yo sólo quería disculparme y que sepa que no era nada personal… Sólo creí que la seguridad de mi familia y la mía propia estaba siendo amenazadas…
- ¡Pasa! –me pidió por respuesta-. Entrra a tomarr un trrago conmigo, muchacho…
- No es que… -me quise excusar, pero el viejo fue inflexible.
- ¡Pasa, te he dicho!
Nos acomodamos en una pequeña salita donde tenía dos antiguos sillones separados por una mesita donde se apoyaba un mapamundi. Desde mi posición podía ver el cuadro de Drácula.
La casa de Popescu era vieja, pero bien mantenida. Una de esas casas de los años treinta, de habitaciones enormes y techos altos. Cada estancia estaba recargada con cosas de una antigüedad incalculable. Parecía un prestigioso museo más que la casa de un vecino de un barrio del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
Se fue un par de minutos y regresó sosteniendo una bandejita de metal con una botella de licor y dos copitas.
- Beberremos este licor que me enseñó mi madre a fabrricarr, y brrindarremos porr los vampirros.
El viejo volvió a soltar la carcajada. Una carcajada sonora y grave, como su voz.
Resultó ser un tipo bastante animado. Después de un breve lapso de silencio, fue él quien comenzó a hablar. Era viudo. Su mujer falleció hace seis meses, por eso se había mudado acá. Su antigua casa le recordaba a ella. Antes vivía en Belgrano. Es músico de profesión, toca el violoncelo y, aunque prefiere “ejecutar” música clásica (así me dijo: “ejecutar”), ahora integra una orquesta de tango (que le gusta mucho, sobre todo Darienzo). En vida de su mujer, comenzaron a comprar objetos antiguos que le recordaran su patria (ellos habían escapado de Rumania cuando el muro de hierro se alzaba dividiendo el mundo), y poco a poco se les fue haciendo un hábito y sin querer se convirtió en una afición. Llegaron a tener una colección enorme de cosas hasta que vendieron muchas durante la crisis del 2001. Ahora él sigue para honrar la memoria de su esposa. El cuadro de Vlad Tepes lo habían adquirido en un viaje que hicieron  por Europa del este, pero curiosamente no lo compraron en Rumania o Hungría sino en Turquía, en Estambul.
- Ese rretrrato erra el prreferrido de mi señorra esposa –me explicó con un dolor insondable en su voz-. Porr esa rrazón cada noche le enciendo el cirrio rrojo…
- Al final parece que tenemos varias cosas en común –le dije después de un rato en que lo dedicamos a disfrutar de una segunda copita de tuica (nota: la tuica es un aguardiente de ciruela  típica de Rumania, de muy alta graduación alcohólica), otra vez el alcohol me hacía soltar la lengua más de lo debido-. Yo también soy coleccionista y, también sufro por una mujer…
- ¡Ah, vaya! ¿Coleccionista? –preguntó y se bebió de un trago na nueva copita-. ¿Coleccionista de qué?
- De arte…
- ¡Ah! Pinturra…
- No, comics…
- Interresante… ¿Y también has perrdido mujerr, porr esa rrazón vives con madrre y herrmana? 
- Sí… No… Parecido… -me tomé la tercera copita de un trago como había hecho él ¡me quemó el estómago!-. Eh, mi mujer me echó…
- Entonces el muerrto en vida erres tú… -acotó el viejo meneando la cabeza…
Al final pedimos pizza y nos quedamos jugando al mus (que el me enseñó a jugar; yo prometí enseñarle a jugar Magic). Acabo de llegar hace un rato, aún estoy mareado por la tuica, por eso me decidí a escribirles ahora, para que se me pase un poco la acción del alcohol y pueda acostarme como Dios manda.
A veces el destino nos coloca en caminos insospechados. Un día creemos que vamos en una dirección, pero en un instante estamos recorriendo la mano contraria de la carretera. Sino díganle a Eph, el protagonista de “Nocturna”, un día era un doctor prestigioso que trabajaba en el Organismo de Control de Epidemias de New York, y de un momento a otro se encontró con que había dejado de serlo para dedicarse a cazar vampiros… Y nunca encajaría mejor una comparación. Claro que mi vida como cazador de vampiros casi termina en homicidio agravado. Toda esta semana me estuve imaginando los titulares: “Pandilla de locos jugadores de rol matan a anciano y hacen realidad el juego”

lunes, 20 de junio de 2011

Martes 21 de Junio de 2011...


¡Aquí estoy de vuelta! Disculpen mi retraso, es probable que alguno del otro lado estuviera ansioso por saber las novedades. Lo cierto es que tuve un percance, uno de los tantos que me ocurrieron el sábado. ¡Maldición! A veces me pregunto seriamente si la mala suerte puede llegar a ser algo genético…
Pero les voy a contar las cosas paso a paso.

El viernes por la noche, como les comenté, nos reunimos con la Cofradía. Les expliqué la situación que encontré en mi casa la otra noche y les hice mi pedido. Por suerte todos aceptaron. De modo que el sábado iba a ser el gran día, justamente el sábado mi madre y mi hermana no iban a estar en casa. Armamos el plan y dedicamos toda la noche a  ajustar las piezas. La cosa era sencilla pero de todas formas no queríamos dejar nada librado al azar.
- Pasamos por la terraza de mi casa a la terraza de la casa del vecino –yo les leía la hoja impresa que habíamos hecho con el plan de acción-. La hora será a las 1300 (siempre quise decir eso), es la hora que se va el matrimonio del departamento de al lado a su caminata de cada sábado después de almorzar. Una vez en la terraza de al lado
, bajamos al patio por la escalera…
- ¿Qué pasa si tiene esbirros humanos para custodiar la casa mientras él duerme? –preguntó de pronto Claudio.
- ¿Eh? –ninguno habíamos pensado en eso…
- Humanos que ayudan a los vampiros –explicó con aire académico-. Es común que pase esto. A veces son meros mercenarios que lo hacen por dinero, a veces lo hacen con la promesa del vampiro de convertirlo cuando sea merecedor de tamaño regalo.
- Es un problema con el que no habíamos contado –reconoció Marcelo luego de que permanecimos algunos segundos en silencio meditando las palabras de Claudio-. No deberíamos bajar directamente por la escalera al patio, si hay guardias, es muy probable que estén allí cuidando la entrada.
- Hay una ventana en la terraza que da a una de las habitaciones –expliqué-. Antes de que se mudara el vampiro entré unas cuantas veces a esa casa. Podemos abrir la ventana con cuidado y bajar por ahí…
- ¡Perfecto! –exclamó entusiasmado Tony-, pero ¿si hay guardias en la habitación que bajemos; o si los atraen nuestros ruidos?
- No se preocupen por eso… Mañana les traeré una sorpresa en la que estuve trabajando toda esta semana –anunció casi al borde de la excitación Claudio.
- Bien, prosigamos. Obviemos el hecho de los guardias… Una vez que estamos abajo, debemos identificar el lugar donde esconde el féretro. Sé que esa casa tiene sótano, así que es muy probable que esté allí… Llegamos a él, clavamos la estaca, cortamos la cabeza y… sacamos los restos al sol. ¡Asunto terminado!
Todo cerraba perfecto. Además, Marcelo traería a su hermano que era religioso para que nos bendijera.
- Como en la película Vampiros, de John Carpenter –dijo-. Ellos tenían un cura…
- Si, bueno –intervino Pedro, algo confuso-, pero tu hermano es Testigo de Jehová no sé si sea lo mismo… 
- Sí, para el caso es lo mismo –dijo muy satisfecho.
Había gran expectativa, bastante entusiasmo pero también miedo. Mañana nos enfrentaríamos con una de las más perversas encarnaciones del mal… Para distendernos organizamos un “Carrera de Mente”. Marcelo formó equipo conmigo; Tony y Claudio formaron otro, y por último Pedro y Alan el otro. Nos ganaron estos dos por muy poquito. Claudio y Tony terminaron discutiendo como de costumbre pues, Tony a mitad del juego se encendió un cigarrillo de los suyos y sus respuestas (sin consultar con su compañero) fueron de lo más inverosímiles: “¿Quién ayudó a los rebeldes americanos a luchar contra la Corona Inglesa?”: Superman. Alquímedes se caraterizó por exclamar una famosa frase al descubrir su teoría de la flotación”. El que depositó dólares cobrará dólares. “¿Cuál de los hermanos Marx era mudo?” Carl Marx y además comunista. “¿Cómo se llama el popular juego donde se disponen  asientos en los que hay que  intentar sentarse antes que el otro?”. El 60 a hora pico.

El sábado me desperté temprano. A pesar que me había acostado tarde, madrugué porque la ansiedad casi no me dejó dormir. Eran muchas cosas las que se conjugaban ese día: el operativo “Vecino Nocturno”; la salida con Mariela… ¡Bah! ¿A quién engaño? No dormí en toda la noche esperando, estaca y agua bendita en mano, que se apareciera mi vecino para liquidarme o bien para convertirme. Por suerte no sucedió eso.
Mi madre y mi hermana se fueron a eso de las once de la mañana. Ni bien estuvieron en la calle, subí a la terraza y le di un vistazo al terreno enemigo, como para hacer un reconocimiento y ver si podía detectar la presencia de humanos o algún ruido extraño. No vi nada. A las doce llegaron los muchachos. Puntuales todos. Marcelo vino, como lo había prometido con su hermano Hernán.  Claudio lo hizo cargando una gran mochila de alpinista y una cara de felicidad tremenda.
- Tomen –dijo con orgullo-, por si algún traidor humano intenta causarnos problemas.
A cada uno nos repartió unas pequeñas y ligerísimas ballestas que disparaban dardos comunes, los clásicos para jugar tiro al blanco. Repasamos el plan una vez más y subimos a la terraza con las cosas que usaríamos: en un viejo maletín que había pertenecido a mi padre coloqué: estacas (que Claudio había tallado), tres martillos, seis cruces de madera bastante grandes, que luego repartí una a cada uno. Las había comprado el viernes en una enorme casa que vende insumos para sacerdotes de la calle Paraná; también coloqué agua bendita, aunque el manual nada decía de este elemento; ajos y fósforos (nunca se sabe si no hay que prender fuego la casa y huir); algunas barretas y destornilladores, y una cuerda. Claudio por su parte también se encargó de traer los elementos para cortar la cabeza del vampiro: un machete de monte y una katana que él mismo había forjado. El machete se lo pasó a Pedro, la katana se la quedó él. Tony desde que llegó registraba todo en la cámara de video que Pedro había traído. “Esto lo subimos a youtube y reventamos las pagina con visitas”, había dicho entusiasmado. Cada uno se imaginó siendo recibido por el Papa y convocados para formar el primer grupo de caza vampiros patrocinado por el Vaticano.
- ¡Dale, Hernán, bendecinos! –le dijo Marcelo a su hermano cuando el reloj marcó las 13:05. Un par de minutos atrás escuchamos como el matrimonio de al lado se iba con sus dos molestos perritos caniches ladrando como endemoniados.
- ¿Ustedes están seguros de esto? –preguntó Hernán algo temeroso. Nos miraba a cada uno con cierta desconfianza, con bastante diría yo.
- ¡Pero claro, chabón! –le espetó su hermano-. Ya te lo expliqué el otro día: en esa casa se esconde el Mal y nosotros vamos a eliminarlo en nombre de Dios… de Jehová… 
- Pero miren que yo no sé… Digo bendecir…
- No importa, no importa –intervino Alan-. Decinos algo, unas palabras...
- ¡Bueh! Que la luz del Señor, Jehová, los guíe en esta empresa y que en su venida, para juzgar a todos y anunciar el Fin de los Tiempos, los encuentre dignos gracias a esta tarea que hoy está en sus manos… Que esta batalla sea una muestra de lo que será la Batalla de Har-Magedón. ¿Está bien así?
- ¡Perfecto, chabón!
Uno a uno fuimos saltando la pared medianera que tiene un metro veinte aproximadamente de alto. Todos habíamos acordado venir vestidos de negro, y así estábamos, excepto Tony que no había recordado la consigna y vino vestido con unos pantalones de traje marrón que le colgaban de todos lados, una suéter azul y una campera militar. Uno a uno fuimos cayendo en la azotea vecina y de inmediato tomamos posiciones junto a la ventana. Como era de preveer tenía un grueso postigo cerrado. Sin demorarnos, abrí el maletín y saqué las dos barretas. Una se la pasé a Alan y la otra la tomé yo. El resto nos rodeó para mirar con expectativa como progresábamos en nuestro intento de hacer saltar los postigos. ¡Cómo se nota que éramos novatos en esto! Por los nervios y la excitación, nos olvidamos de cubrir la escalera que bajaba al patio y que disponíamos de las ballestas. Toda nuestra atención se concentró en la ventana. Los postigos estaban bien firmes, se negaban a abrirse. Tanto Alan como yo, estábamos colorados de la fuerza que hacíamos y transpirábamos como locos. Arriba el sol nos daba casi directamente. Nuestro aliado el sol, el que nos protegía del mal, el que impedía que el vampiro nos atrape…
De pronto una sombra se alargó sobre nosotros. En un principio creímos que se estaba nublando pero la voz temblorosa que nos llegó desde atrás nos hizo ver que estábamos equivocados… y perdidos.
- ¡¿Qué están haciendo acá?! ¿Se puede saberr?
La primera reacción nuestra fue quedarnos paralizados por el miedo unos segundos. Juro que la sangre se me heló y un sudor más frío aun me humedeció la espalda. Luego, casi al mismo tiempo, como si fuéramos unos robots programados para eso, volvimos lentamente la cabeza hacia el lugar donde provenía la voz. Y, luego, el grito aterrado que brotó de nuestras bocas. Fue un coro que cantaba al espanto. Yo dejé caer la barreta, creo que Alan también.
De pie ante nosotros, enfundado en unos pantalones de paño gris, una camisa blanca y una blazer cruzado, estaba el vampiro, es decir mi vecino. Su cuerpo delgado y desgarbado bien firme, su cabeza totalmente calva y pálida, las piernas separadas levemente, el ceño fruncido en un gesto de disgusto, un teléfono inalámbrico en su mano derecha…
- ¡Qué están haciendo en mi casa, prregunté!
Tony alzó la camarita de Pedro y sonrió nerviosamente.
- Nada, jefe, un trabajo para la facultad…
- ¡¿Y en mi casa?!
¡Mi vecino, el vampiro, estaba despierto en plano día! ¡Es más, estaba parado bajo el sol del mediodía sin que este le afectase!
- ¡Debió haber hecho algún ritual como en Vampiros! ¡La Cruz Negra ¿te acordás? –me susurró asustadísimo Alan.
- O es un Antiguo –añadió Pedro-. Ya no le afecta el sol…
El viejo se llevó el teléfono al oído después de marcar un número. “Está llamando a los esbirros”, le escuché murmurar a Claudio. Ninguno se acordó que en nuestras espaldas colgaban ballestas (¡Gracias a Dios!), todos temblábamos de miedo.
La policía llegó en pocos minutos y no hubo explicación que valiera, todos terminamos en el calabozo, con la promesa de que pasaríamos mucho tiempo a la sombra por los cargos de: Allanamiento de Morada, Portación ilegal de Armas, Acoso, Intento de Hurto…
Lo último que vi, antes de bajar la famosa escalera que daba al patio fue a Hernán, apenas asomado por la medianera observando todo con detalle. Él se había quedado en mi casa, de modo que se salvó de caer preso con nosotros.
Todo el sábado, todo el domingo y todo el lunes la pasamos en el calabozo, esperando para declarar ante el juez (Maldición un feriado en el calabozo!). Salimos hace un rato (acabo de llegar) porque mi vecino, gracias al intercesión de mi madre, y al parecer de Cinthya, retiró la denuncia. Hernán le había contado todo a mi mamá y ésta se presentó en lo del vecino a disculparse y explicarle el caso.
Obvio que el sábado no pude ir a encontrarme con Mariela. Obvio que cuando encendí mi celular, la casilla de mensajes explotó con las insistentes llamadas de ella del sábado, y los días subsiguientes, primero enojadísima, luego, el lunes, preocupada por si me había pasado algo. El lunes por la tarde llamó a casa y mi madre le explicó mi situación.
- ¡Ay, querida! ¡Preso me lo metieron al nene! No, él es un amor, pero se junta con cada uno… Lo que le falta es una mujer, ¿sabés? Hace como tres años que nada y está todo el día con las revistitas y los muñequitos…
Gracias mamá, siempre ayudando a tu hijo.
En fin, parece ser que en este cuento, en mi cuento, la tercera no fue la vencida y lo peor de todo es que no le puedo echar la culpa a nada esta vez, porque yo solito me hice la cabeza con mi vecino. Resulta que el pobre tipo no es ningún vampiro. Es músico y trabaja de noche, hasta las seis de la mañana en un show de tango para turistas, por esa razón siempre lo vemos de noche y durante el día duerme. Lo del cuadro y el féretro (que no era un féretro sino un armario) era sencillo de explicar: el tipo además es anticuario. Colecciona cosas antiguas y se dedica a revender las que ve que puede hacer un buen negocio… Sin contar que la música de los Cárpatos que yo oía la escucha a menudo porque lo único verídico, da la casualidad, es que el tipo es rumano y de tanto en tanto le agarra la nostalgia, se acuerda del pago… Voy a tener que ir a ofrecerle mis disculpas… Y a Cinthya también. Lo de ella también tuvo fácil explicación: se sentía mal, una gripe viral muy fuerte que no se le iba con nada. La noche que me pidió cambiarle la bombita, la estaba incubando. Cuando yo me fui, mi vecino se ofreció a cambiársela, después cuando se enteró que estaba mal, él le ofreció un remedio casero que su madre le daba a él cuando tenía este tipo de gripes...
La vergüenza me carcome. ¡Yo que me había hecho tantas ilusiones con ser convocado por el Papa! Lo bueno de todo esto es que voy a poder tirar de una vez por todas las ristras de ajo que tengo en mi habitación, el olor ya es insoportable, y que podré continuar con la lectura de Nocturna que la había suspendido por lo sugestionado que estaba.