¿Pueden a uno salirle las cosas tan mal? Tendría que tener una “L” bien grande y en rojo tatuada en la frente. Mariela me respondió el mail. ¡Quiere verme otra vez! De hecho arreglamos para vernos el viernes próximo. El problema, porque siempre hay un problema, surgió esta mañana.
Hoy mi jefe regresaba después de un largo viaje por Estados Unidos. Como de costumbre llegué a la oficina y ya estaban Malsani y Capponi tomando mate. Ellos, obviamente se habían enterado de mi incidente con Popescu y desde que me reincorporé al trabajo, no paran de gastar sus pesadas bromas. El día de la reincorporación decoraron la oficina con carteles de bienvenida, pero en lugar de colgar guirnaldas colgaron ristras de ajo y crucifijos con un cartel enorme que decía: “Bienvenido Her Doctor Van Hellsing”. Ni bien me vieron entrar hoy comenzaron los comentarios:
- ¡Che, Capponi, tengo un problema, vivo en un octavo piso y tengo murciélagos!
- ¡Ah! Decile a Pacienci que es un experto en exterminar esas alimañas…
- ¡Uh! Pacienci llegaste justo, tengo un trabajito para vos y tus amigos… Quedate tranquilo que yo no te voy a mandar la cana…
- ¡Mirá que hay que ser chambón, pibe! –acotó Capponi.
- Mejor dale bola al minón ese que te anda atrás, gilún –añadió Malsani-. ¡No sé cómo te puede dar bola a vos esa mina!
- Te acaba de llamar –explicó Capponi-. Yo aproveché y le di mi teléfono. Le dije que no pierda el tiempo con vos. “Mirá piba, le dije, mientras no le traigas un muñequito con capita el no te va a dar bola”
Ambos energúmenos lanzaron esas risas desagradables que los caracterizan y continuaron divirtiéndose a costa mía. Yo no les di bola, me dediqué a lo mío mientras pensaba que lo mismo le hacían a Clark Kent en el diario y ninguno sabía que en realidad tenía a la mejor mina y que él era Superman encima… Tuve el impulso de devolverle el llamado a Mariela, pero preferí hacerlo cuando estuviera por la calle, no quería seguir dándole de comer a las dos hienas que tenía por compañeros… Si, leyó bien lector, puse: “tenía”, porque desde hoy al mediodía soy un desocupado más… Todavía no caigo muy bien y no estoy seguro si esto es para mal o para bien. Mariela me dijo que sería para bien que ahora podría enfocarme en mi verdadera vocación… Mi madre tiene miedo.
- ¡Nene, con lo difícil que es conseguir un trabajo en este país! ¡Ahí estabas bien!
- Si, bien explotado estaba –fue mi respuesta-. ¡Nueve horas diarias por dos mil quinientos pesos al mes! Además ahora voy a dedicarme a los guiones de historieta…
- ¡Ay, nene! ¡¿Quién te va dar un mango por eso?!
Gracias mamá, siempre depositando toda tu confianza en el varoncito de la familia. Por suerte está mi hermana que no hizo esperar su aliento:
- ¿En serio no trabajás más? –me preguntó con mucha alegría-. ¡Qué lindo, te vamos a tener todo el día en casa! ¡Vas a poder ver La Familia Ingalls conmigo, que la dan a las tres de la tarde!
No pude menos que agradecerle con un tierno abrazo ese súbito amor fraternal y rememoré mi infancia, compartiendo con ella las clásicas series.
- ¡Pero salí de encima, imbécil! –al segundo mi hermana se desembarazó de mi con un empujón y se alejó dando grandes zancadas-. ¡Insoportable!¡¿Todo el día así vamos a tener que aguantar a este?!
Bien, y ustedes se preguntarán cómo fue que me quedé sin trabajo. Sencillo: por culpa de una muñeca.
A eso de las once de la mañana llegó mi jefe a la oficina, luciendo un bronceado de la Costa Oeste. Después de una media hora, más o menos, en que nos contó alguna de sus peripecias con lujo de detalles, sobre todo en la descripción de los hoteles cinco estrellas donde paró, fue hasta su maletín diciendo que había traído regalitos para todos. A Malsani y a Capponi les trajo un whisky Jack Daniels Black Label a cada uno. Además de traerles un par de cosas que ellos le habían encargado que les comprara.
- Y para vos, Andrecito, te traje algo especial –me dijo haciéndose el misterioso mientras hurgaba en su maletín.
Extrajo una caja rectangular, más bien finita, envuelta en un papel metalizado, sospechosamente de color rosado.
- ¿Se acordó de traerme las revistas que le encargué? –me atreví a preguntarle.
- No –me respondió encogiéndose de hombros-. ¿Vos me habías encargado unas revistas? ¡Ni me acordé, perdóname! Pero… -agitó la cajita- Me acordé de esto…
Me entregó el paquete y yo, para que negarlo, lo abrí con ansiedad, como un niño en la mañana de Navidad bajo el árbol. El primer indicio de que algo andaba mal lo tuve al romper el papel en el extremo. La marca “Mattel” y unos pies de plástico enfundados en zapatos de tacones me dio mala espina, pero seguí desgarrando el papel: unas largas y contorneadas piernas femeninas y el borde de una minifalda negra. Definitivamente algo estaba mal. Terminé de arrancar el envoltorio y, para mi sorpresa, y mi indignación, me encontré con una preciosa muñeca Barbie entre mis manos. Una Barbie enfundada en un ajustado vestido negro, zapatos de taco plateados y una larga y frondoza blonda cabellera.
- ¿Y? ¿Qué tal? –me preguntó mi jefe expectante, con una sonrisa de punta a punta que le resaltaban sus blancos dientes con el bronceado de California.
- ¿Una Barbie? –pregunté perplejo-. ¡¿Usted me está regalando una Barbie?!
- ¡Viste! ¡Me acordé que coleccionabas muñecas!
Aquellas palabras y esa expresión de autosuficiencia, perdón de omnipotencia, me golpearon los sentidos como el grito de un Nazgul en pleno vuelo y ahí perdí toda razón. Una ira añejada, guardada en los sotanos de mi mente, de mi espiritu, subió como la lava de un volcán y allí largué todo: años y años de frustración, años de mansedumbre se soltaron como los animales de una jaula de zoologico con la puerta abierta.
- ¡Muñecos, colecciono! -le grité agitando la Barbie por los pelos- ¡MU-ÑE-COS, no muñecas! ¡Muñecos de Superheroes, viejo estúpido! ¡Muñecos de personajes de películas, viejo ignorante! ¡¿Dónde viste que un pibe coleccione muñecas?! ¡A tu hijo le gustarán las muñecas, pedazo de idota!
Fue así, en un segundo, de golpe, casi con las palabras atropellandose una tras otra.
Por primera vez, Malsani y Capponi estaban quietos en un rincón con los Jack Daniels en sus manos y observando la situación perplejos y en el más absoluto de los silencios.
- ¡¿Y ustedes que miran, borrachos de cuarta?! ¡¿Ustedes no sabían que a mí no me gustan las muñecas?!
Mi jefe quedó con la expresión como petrificada, la sonrisa quedó inmutable en su rostro broncineo; se acomodó un poco su impecable saco y entró a su despacho cerrando la puerta delicadamente, luego de tomar su maleta. Yo me derrumbé en una silla respirando agitadamente y bufando como un toro. Capponi abrió la botella de whisky y me sirvió un vaso.
- ¡Tomá pibe, lo vas a necesitar!
Recién ahí caí en la cuenta de lo que había hecho. Se me aflojaron las piernas, y el sudor frío acudió a mi como cada vez que el miedo inca sus filosos dientes en mi médula. Me tomé el vaso de whisky de un trago, me levanté y golpeé la puerta del despacho de mi jefe.
- Pasá, Pacienci –me dijo tranquilamente. Su voz sonó tan serena y musical como cuando cierra un negocio importante.
Cuando abrí la puerta y entré, estaba sentado detrás de su escritorio. El saco del traje, prolijamente colgado en un perchero de pie. Me miraba avanzar con su amplia sonrisa, imborrable, eterna al parecer.
- Señor, quería pedirle discul…
- No hay nada que disculpar, Pacienci –me dijo sin borrar su sonrisa-. Entiendo que hayas tomado a mal el hecho que te trajera una muñeca. Por más que no hayas sido capaz de apreciar el buen gesto que tuve... Fui a una Barbie House para comprarte a esa… Barbie “Basic Model n° 12”... Pero claro, vos no colecciónás muñecas, coleccionas muñecos, que no es lo mismo y parece que hiere bastante tu sensibilidad. Pero no te preocupes…
- Entonces… ¿me perdona? –pregunté casi azorado.
Mi jefe en ningún momento perdió su sonrisa y su compostura.
- ¿Perdonarte? ¡Nooo! –de debajo del escritorio asomó un pistolón del 12, el viejo pistolón de su padre. Doble caño, doble percutor, pavonado recientemente-. No te perdono un carajo, Pacienci, es más tenés un minuto y medio para juntar tus asquerosas cosas o te lleno el culo de perdigones… -se puso de pie lentamente con la sonrisa dibujada en su tostado rostro-. ¡Ah! Y ni se te ocurra pensar que vas a cobrar la indemnización. Tengo testigos Pacienci, vos me agrediste. Despido con causa justificada. ¡Ahora a juntar las cosas rapidito o Braulio –Braulio es el nombre que su padre le dio al pistolón- va a hablar por mí.
Creo que tardé medio minuto para juntar mis cosas e irme con un "¡Chau, Malsani, chau Capponi, los voy a extrañar!" que quedó flotando en el aire.
Aquí estoy ahora. Un desempleado más de este país bendito. Pero, según, Mariela, con un camino nuevo abriéndose por delante. Ahora los dejo, voy a ponerme a trabajar en retocar los guiones de “Capitán Malambo” este seguro va a ser mi caballito de batalla para entrar en el negocio. "Vivir será una gran aventura", decía Jeremy Sumpter en Peter Pan, la gran aventura.
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