Asistí a la nueva entrevista de trabajo que me consiguió el tío Pascale. Era una casona antigua y aristocrática del barrio de Recoleta. Una verja bonita y trabajada, una fachada plagada de grandes ventanas, techo de pizarra, un gran vitral sobre la puerta de entrada… Un pequeño palacete francés, parecía. A diferencia de la biblioteca, nada parece tener de siniestro este lugar. Me atendíó una linda señora, muy paqueta ella y con delicados modales.
- En un minuto lo va a atender mi marido –me dijo y se retiró con una sonrisa.
El marido era un tipo cincuentón, muy macanudo, que tenía toda la imagen de ser un buen padre de familia. Cabello corto y canoso, una barriguita incipiente, jeans, suéter celeste, camisa a cuadros.
- ¡¿Cómo te va?! –me saludó con un franco apretón de mano-. ¿Vos debes ser, Andrés, el que viene de parte del plomero, no?
- Si, si…
- Yo soy Mario Antúnez, pero todos me dicen: Peto. Así que vos podes llamarme Peto.
- ¡Mucho gusto, señor Peto! -la verdad es que casi se me escapa una risa. ese apodo era de lo más tonto...
- ¡Mucho gusto, señor Peto! -la verdad es que casi se me escapa una risa. ese apodo era de lo más tonto...
- ¡Mirá! La cosa acá es fácil. El trabajo es de sereno. Acá funciona un museo. Toda la planta baja. Arriba está mi casa. Vivo con mi señora, que acabás de conocer y mi preciosa hijita Melanie.
- ¡Pero mire qué bien! ¡¿Y museo de qué es, si se puede saber?!
- Este es el museo de la Asociación de Coleccionistas de Cajitas de Fósforos. Una afición que comparto con otros cincuenta socios. ¡Aquí hay cajas de fósforos de todos los tamaños, todas las épocas y todas las procedencias. Incluso muchas obras de arte hechas con cajitas de fósforos. ¡Vení que te muestro!
Peto me llevó a recorrer el lugar. Realmente era un lugar extraordinario. Allí había vitrinas y vitrinas con cajas de fósforos a granel. En la sección argentina había cajitas de “Tres Patitos”; “Fragata”, “Ranchera”… Había fósforos de hoteles, de los convencionales y los de albergues transitorios; fósforos con publicidades, de campañas políticas. Fósforos de otros países, había de EEUU, de Japón con imágenes tridimensionales… Pero, lo más impresionante eran las obras de arte. Había una reproducción de la Venus de Milo hecha con cajitas de fósforo carterita; una “Piedad”, con cajitas de fósforos del Vaticano; un Partenón de tres metros de alto por cinco de ancho hecho con cuarenta y cinco millones de fósforos de madera de Grecia; un Elvis hecho con cerillas...
- No vas a tener problemas –me dijo al final de la recorrida señalándome un cómodo sofá frente a un televisor de plasma conectado a un reproductor de DVD-. El trabajo es tranquilo. Acá tenés una tele y un DVD, así que si querés podés ver películas. Tenemos cable, también. Hay una cocinita y todo. Cómo verás, hay calefacción, y aire acondicionado en verano. El horario es de 0 a 7 horas, y el sueldo de cinco mil pesos. ¿Cómo la vez?
- ¡Perfecto, Peto! –exclamé y le estreché la mano.
- ¡Bárbaro! ¡El lunes te espero a las doce de la noche, entonces!
Parece que al fin las cosas se están acomodando. Si bien es un trabajo similar al anterior, las diferencias son sustanciales. Menos horas, entro más tarde (gracias a lo cual podría jugar aunque sea un par de horas al rol los martes), buena paga, empleador macanudo, hombre de familia y nada de esos excéntricos que parecían pajarracos…
Estaba tan contento que me fui a recorrer comiquerías por el centro, aunque más no fuera para ver en qué iba a gastar mis próximos salarios. Llegué a mi casa a eso de las siete de la tarde y encontré el departamento extrañamente a oscuras. Mi madre y mi hermana no estaban.
Abrí la puerta y encendí la luz del patiecito delantero. No encendí la luz del living, con el resplandor del farol de afuera me dirigí a mi cuarto… Ahí me di cuenta que algo andaba mal.
Abrí la puerta y encendí la luz del patiecito delantero. No encendí la luz del living, con el resplandor del farol de afuera me dirigí a mi cuarto… Ahí me di cuenta que algo andaba mal.
La puerta de mi habitación estaba ligeramente abierta y una ráfaga de viento fresco me llegó desde mi derecha y por sobre mi cabeza. La puerta de la azotea estaba abierta, estaba seguro de eso, por eso la brisa. Alguien se había colado en mi casa y se ocultaba en mi cuarto. Yo siempre dejo la puerta cerrada con llave, y ahora además de entornada, tenía forzada la cerradura.
Deshice mis pasos lo más sigilosamente posible. Retrocedí hasta la entrada donde está el paragüero de cobre con dos o tres bastones de adorno. Tomé uno, el más pesado, y regresé a mi habitación. Entré de golpe y encendí la luz dispuesto a aporrear a la primera silueta que viera… Pero allí no había nadie. De pronto el pavor me invadió por completo. ¡Ladrones! ¡Ladrones habían entrado a mi casa y, seguramente, habían robado algunas de mis pertenencias! Corrí como un desesperado al sector donde están mis comics… Ya había perdido unos cuantos con los ornitólogos, no podría soportar perder más… Pero, ¡gracias a Eru!, parecían no haber robado ninguno. Corrí, entonces, hacia mi arcón de tesoros de Star Wars. ¡El candado intacto! Revisé la biblioteca… ¡Nada! Todos los libros en su lugar. ¡Las películas! ¡Las series! Nada se habían llevado… La notebook, la cámara de fotos (donde aún tenía muchas fotos de la última convención de comics sin bajar), el disfraz de Boba Fet, la espada “Narsil”… ¡Uff! Definitivamente no habían entrado ladrones. ¿Quién sino con tantos tesoros no se llevaría ninguno? Lo de la cerradura sería un misterio a develar más tarde. Por un instante pensé en los ornitólogos y su venganza jurada, pero lo deseché de inmediato. Me hubieran mandado un águila a picarme los ojos o algo parecido. Por el momento, subí a la azotea y cerré la puerta. Eché un vistazo, muy por encima, al cuarto de mi madre y mi hermana, nada parecía haber sido sustraído.
Regresé a mi cuarto dispuesto a volcar mis experiencias en el blog, pero cuando iba a encender la máquina, el chirriar lento e irritante de las bisagras de una de las puertas del placard me hizo sobresaltar. Fue un sonido de película de terror, de esos cuando el asesino serial de ultratumba está apareciendo. Me di la vuelta rápido, seguro de sorprender a Jason alzando su machete, mirándome inexpresivo con su máscara de hockey, pero en su lugar, estaba Petrus… Si, Petrus estaba saliendo del placard (y no me refiero a que me confesó su homosexualidad al mejor estilo Ricky Martin), literalmente Petrus estaba saliendo de mi placard. Estaba vestido como siempre: pantalón de gabardina verde, polera negra (le faltaba el abrigo) y los borcegos, aunque sin los cordones.
- Me escapé –me dijo con la seriedad que lo caracteriza.
- ¡¿Cómo que te escapaste?!
- Me escapé…
- Pero… -le dije bastante aterrado-. Eso está… mal…
- Ya lo dijo una vez el capitán Kirk: “En ocasiones no he cumplido las normas”… Yo tampoco –Petrus avanzó y se sentó en mi cama. Apenas el resplandor azulado de la pantalla de mi notebook no iluminaba pobremente-. Quieren impedir que cumpla mi sagrada misión, Andy. ¡No quieren que obtenga el Grial!
- Pero… ¿y si te siguieron? –le pregunté yo. Ya me imaginaba saliendo esposado de mi propia casa a la vista curiosa de todos los vecinos. La placa roja de Crónica Tv diría: “Pibe parecido a Cabré, cómplice del saqueador del Barolo”
- No me siguieron… Puedo ser invisible cuando quiero...
- Bueno… ahora vemos cómo te saco de acá sin que nadie te vea –reflexioné yo-. Deberíamos aprovechar ahora que mi vieja y mi hermana no están…
- ¡No, Andy! –su voz susurrante sonó apremiante-. No me puedo ir de acá. ¡Acá estoy a salvo!
- Pero… ¿Y dónde te meto acá para que no te vean?
Petrus me señaló sin tapujos el placard.
- ¡¿Allí?! Pero vas a tener que estar casi todo el día encerrado allí… Y yo por las noches voy a trabajar…
- Vos no te preocupes, Andy. Yo estoy entrenado para esto. Mi maestro zen me ha dado las herramientas necesarias para superar esta dura prueba a la que se somete a mi espíritu.
- ¡Está bien! –concedí luego de meditarlo un poco-. Pero vas a tener que ser más silencioso que Bernardo, el ayudante del Zorro.
Petrus me sonrió escuetamente.
- Te repito lo que una vez Kirk le dijo a su amigo Spock: “De todas las almas que he encontrado en mis viajes, la suya era la más humana.”
En ese momento escuchamos cómo mi madre abría la puerta con su llave. Habían llegado.
- ¡Rápido! ¡Rápido! –lo apremié-. ¡Llegó mi vieja! ¡Al placard! ¡Al placard!
Petrus se escabulló justo a tiempo y, en el momento en que este cerraba la puerta, mi madre asomaba la cabeza. - ¿Qué hacés, nene?
- Nada, ma… Acá con la compu…
Estaba nervioso, y temía que mi madre lo advirtiera; si alguien conocía mis estados de ánimo, esa era mi vieja…
- Pero… me pareció que hablabas con alguien…
- No, ma… Hablaba conmigo mismo… -le dije, la miré y añadí como para cambiar de tema:- ¡Conseguí trabajo!
- ¡Ay, qué lindo, nene! –exclamó-. ¿El que te consiguió de nuevo el tío Pascuale?
- Si, ma.
- Le vas a tener que hacer un regalo al tío… A él le gustan los toscanos o la caña quemada…
- Bueno, ya voy a ver… Hablando de regalos. Voy a necesitar que me prestes unos pesos, cuando cobro te los devuelvo… es que tengo que hacer un regalo…
- ¿Una señorita?
La pregunta me hizo poner colorado.
- Puede… ser, ma.
- ¡Hmmm! –dijo contenta-. ¿Marielita, tal vez? No me acuerdo mucho de esa chica, pero aprovechá, nene. ¡Una que te lleva el apunte! Aunque a mí me gustaba Lorena como nuera…
- ¡Bueno, ma! ¡Basta! ¿Me prestás o no?
- Si, nene, ¡¿cómo no te voy a prestar?! ¿Cuánto te hace falta?
- ¡Claro! ¡A él le prestan plata! ¡Total! –rugió Sandra desde la puerta-. Es un vago de porquería pero al nene le dan plata…
Como pude me desembaracé de mi mamá y de la trastornada de mi hermana y cerré la puerta. Tuve que trabarla con la silla. Entonces Petrus asomó de nuevo.
- Va a ser muy difícil esto –le hice saber.
Petrus me miró y una vez más sonrió.
- "Los Borg, los So´na, los Romulanos... siempre le tocan las misiones fáciles ¿eh, Picard?" –me dijo y volvió a introducirse en el placard.
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