Hoy y el domingo han sido extraños. Petrus no ha salido del placard para nada y por un momento tuve miedo que le hubiese pasado algo. Pero las veces que fui a verlo estaba bien. Sentado contra el fondo del ropero, a veces con una lámpara de minero en la cabeza leyendo su Leyenda de Parsifal; a veces en la oscuridad total, meditando; otras, lo encontraba en poses inverosímiles mientras practicaba sus ejercicios de yoga… Casi no bebió ni comió en estos días.
- No te preocupes –me respondió con serenidad-. Mi cuerpo está preparado para realizar largos ayunos pues mi alma está en paz y es permeable a la energía positiva del Universo que ayuda a nutrir mi cuerpo. “No sólo del pan vive el hombre”, dijo el Carpintero Santo una vez.
Preocupado, tuve que dejar a Petrus largas horas, llenándolo de recomendaciones para que no saliera en mi ausencia. Debía presentarme en una nueva editorial para ver si el guión modificado por él tenía éxito.
- No te preocupes, me dijo él. “La correcta actitud hacia todo lo que nos rodea es respetar a todos los seres vivos, particularmente los inocentes, los que están en apuros o en una situación peor que la nuestra.” –me dijo interrumpiendo su meditación por un momento. No sé cuándo preocuparme más por Petrus, si cuando está en su faceta zen o cuando está en su faceta trekkie.
La cita era en uno de los espejados edificios de Catalinas Norte. En el piso 21 estaba ubicada la editorial “Parnassus Media Group”. Casi pego media vuelta ni bien salí del ascensor.
Lo primero que me recibió, tras un mostrador de recepción, fue un enano vestido de frac y galera que me sonrió de una forma bastante espeluznante cuando me vio ingresar. A su lado, en lugar de puerta, había un enorme espejo de marco dorado trabajado de una forma barroca, con rebuscados repulgues, hojas de árboles y trenzas.
No se pueden imaginar lo que sentí cuando vi a ese enano que, de inmediato, me remitió en mi memoria a Tom. Tom que, desde hacía algunas semanas, se había convertido en mi pesadilla, en una espina que tenía clavada en la planta del pie. Las sucesivas palizas que ese enano, no solo actor porno sino luchador de catch, me ha propinado se me agolparon en la mente en ese instante… Pero pude sobreponerme. Claramente este enano no era Tom. Este parecía amable, y tenía un vozarrón en lugar de aquella voz aflautado muy al estilo Bonavena.
- ¡Bienvenido a la mente de Parnassus! –dijo el enano y, parándose en su asiento, ensayó una reverencia- ¡¿Qué ilusión está buscando el señor?!
- Bueno, este… Yo tenía una entrevista… Por un guión… De historietas...
- ¡Oh! No hay mejor ilusión que la de desear que un trabajo propio sea publicado –exclamó, medio teatralmente, el enano-. Pero, ¡adelante, adelante! ¡Anímese a entrar en la mente de Parnassus!
Dicho esto, me señaló el espejo.
Debo admitir que la invitación aquella no era para nada apetecible. Que un enano te instara a atravesar un espejo era para pensarlo dos veces, pero yo necesitaba esa entrevista, de modo que respiré profundo, apreté mi carpeta bajo el brazo y avancé.
El espejo no era un espejo, es decir, se trataba de una puerta con un cortinado de superficie reflectante, que creaba la ilusión de ser un espejo. Cuando crucé del otro lado, me recibió un pasillo pintado, por secciones, de una forma muy extraña: paredes, pisos y techos estaban pintados con amebas en un fondo submarino, o extensos arenales, y otros paisajes extraños, y uno tenía la sensación de estar andando por un sueño alocado. Al final había una puerta y tras ella, el Doctor Parnassus, es decir, el editor que, curiosamente se parecía bastante al Doctor Parnassus. Un anciano de ojos enrojecidos, largos cabellos y barba de color blancos estaba sentado en un sofá con las piernas cruzadas como los indios, o los yogi hindúes. Vestía una especie de túnica de color crudo con elaborados bordados. Cuando entré abrió los ojos (que hasta el momento mantenía cerrados) y me observó fijamente.
- ¡Bienvenido, señor…!
- Pacienci, Andrés Pacienci…
- Si, si… Ahora lo recuerdo, teníamos una entrevista por un guión… -el hombre me sonrió ahora y abandonó su posición para ponerse de pie y dirigirse a su escritorio-. Discúlpeme, me temo que me ha sorprendido usted justo en mi momento de meditación. Soy fanático de los Beatles de la primera hora, y cuando ellos comenzaron a seguir a Maharishi Yogi, yo también lo hice. Espero que no sea un incordio para usted.
- ¡Nooo, para nada! Tengo un amigo que anda en esas cosas, también –le respondí y se me vino una imagen mental de Petrus meditando dentro del placard. Rogué porque no hubiera sentido el impulso de salir y ser sorprendido por mi madre o por Sandra. No tenía ganas de otra crisis… En realidad no tenía ganas de volver a tener que leerles la Biblia…
Por suerte, pensé yo, esta vez no me tocaba un editor trastornado y cascarrabias, sino uno que estaba en el camino de la paz y la armonía interior.
- Y dígame, ¿a qué género pertenece su historieta? –quiso saber mientras se acomodaba en su escritorio.
- Ciencia Ficción –dije, no muy convencido.
- Interesante… ¡Veamos! –me dijo y extendió la mano para que le alcanzase los escritos.
El hombre (que resultó llamarse Cacho Sandoval no Doctor Parnassus, pero que hace llamarse Aman, que en sanscrito significa pacifico, tranquilo) le dedicó unos largos minutos a la lectura del guión. Leía rápidamente y pasaba las páginas. Cada tanto alzaba la vista, apenas moviendo sus ojos enrojecidos y me dedicaba una mirada que fue transformándose de la indiferencia total al más claro enojo cuando, me arrojó el escrito a la cara.
- ¡Basura! –gritó y su puño se estrelló con furia en la superficie lustrosa del escritorio. ¡No saben el salto que di en la silla por el miedo!- ¡Basura! ¡Basura! ¡Basura!
El tipo se puso de pie y, poyándose con sus dos puños en la mesa, inclinó su cuerpo para acercarse lo más posible a mí. Sus ojos ahora estaban completamente inyectados en sangre y apretaba los dientes con un odio casi primitivo, podría decirse.
- ¡¿Un gaucho que anda en una nave espacial?! –me gritó, y el grito fue acompañado de algunas gotas de saliva que me rociaron como si de un atomizador se tratase-. ¡¿Me está cargando, usted, a mí?! ¿A quién se le ocurre que esta basura puede siquiera convertirse en un proyecto comercial? –volvió a golpear con sus puños el escritorio y comenzó a dar la vuelta para llegar donde yo estaba. Por las dudas, guardé rápidamente las hojas en mi carpeta y me puse de pie usando como escudo la misma.
- ¡El señor se cree tan impune como para venir a interrumpir mi momento de meditación y hacerme perder el tiempo con esta basura telúrico-galáctica! –el tipo en un arrebato de furia comenzó a arrancarse los pelos de la barba con ambas manos. En cierto punto me hizo pensar en Gimli tirándose de la barba al descubrir que su primo Balin yacía muerto en Moria-. ¡El señor se cree que yo no tengo nada que hacer como para perder el tiempo leyendo estas estupideces carentes de talento! –ahora el tipo comenzó a tomar los papeles que había sobre el escritorio y con ira los hacía pedazos y los lanzaba al aire como sindicalista lanzando panfletos contra la patronal - ¡El señor se cree que puede venir acá a romper la tranquilidad que tanto me cuesta lograr! ¡El señor cree que uno no se esfuerza día a día, hora tras hora con un esfuerzo sobre humano para contener al monstruo que llevo dentro! ¡Meditación! ¡Ejercicios de relajación y visualización! ¡Terapia! ¡Té de lechuga!–ahora, con cada exclamación, el tipo comenzó a tirar de su túnica intentando desgarrársela como hacen los musulmanes cuando sienten dolor ante la muerte.
Yo permanecí petrificado, con mi carpeta contra el rostro para intentar cubrirme de las agresiones que, sin duda, recibiría cuando me alcanzara, o cuando terminara con su túnica. Juro que intenté mover mis piernas para huir, pero me fue imposible. Estaba aterrado ante este loco que se arrancaba pelos, ropa y papeles, y me gritaba desencajado. Ver a ese hombre de cabellos y barba larga, gritar y clavar los ojos enrojecidos en mí, me hizo quedar congelado… Perdón, no del todo. Había partes de mi cuerpo que podía mover: me castañeteaban los dientes y las rodillas se entrechocaban.
Cuando, finalmente, creí que aquel loco iba a alcanzarme y destrozarme, la puerta se abrió y una pequeña sombra se escabulló con ligereza en la oficina. Era el enano, que al advertir que yo lo había visto, me hizo una seña como para que no hablara y disimulara. De modo que retrocedí un poco como para que Aman (que de Aman ya no tenía nada) me siguiera. El enano, entonces, trepando al escritorio, se lanzó por el aire y se aferró del cuello del viejo con fuerza. En una de sus manos blandía una jeringa.
- ¡Ah, maldito, gusano traidor! –llegó a gritar Aman antes que el enano le aplicara la inyección en la carótida y este se desplomara inconsciente al piso.
- Descanse, jefecito –le deseó el enano en un tono compungido-. Al menos por unas horas tendrá esa paz que tanto busca.
El enano me miró desde el piso, con cierto reproche, debo decir, y me dijo:
- ¡Váyase! –me espetó-. ¡Váyase y llévese eso que hizo enfurecer tanto a mi jefe!
No me iba a quedar a discutirle. En cuánto me lo dijo salí corriendo del lugar y recién respiré aliviado cuando llegué a Av. Libertador.
Está decidido. Es evidente que lo mío como guionista estaba terminado. Era un fracaso. Tendría que conformarme con un trabajo aburrido de oficina una vez más.
Cuando llegué a mi casa, por suerte comprobé que todo estaba tranquilo. Mi madre y mi hermana estaban tomando mate en la cocina, mientras miraban su telenovela de la tarde: “Amor en tiempos revueltos” en el canal estatal de España, una novela de época que retrata la vida y los amores en la Madrid en tiempos de Franco.
- Todo bien, nene –me respondió mi madre cuando le pregunté por la situación-. ¡Gracias a Dios el espíritu malo no volvió a aparecer! Se ve que la limpieza de hogar con vinagre y bilis de cabra que me recomendó Don José (Don José es el curandero que vive en la otra cuadra) funcionó a las mil maravillas.
Horrorizado me fui a mi cuarto. No me atreví a preguntarle de donde cornos había conseguido bilis de cabra. Por si acaso, eché una mirada al placard. Petrus estaba allí practicando la posición de Loto. Preferí no molestarlo y cerré. Lo mejor sería despejar la mente jugando un poco a Dugeon Dragon: Dragonshard. Uno de los tantos juegos de rol para compu que tengo en minotebooks. Necesito escapar de mi realidad con urgencia.
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