sábado, 27 de agosto de 2011

Domingo 27 de agosto de 2011...


              Permítanme, ante todo, disculparme con ustedes, si es que verdaderamente alguien lee esto en algún lado del mundo. Si hace muchos días que no escribo no ha sido por propia voluntad. Tuve un inconveniente no previsto que me mantuvo alejado por varios días. Pero ya estoy de vuelta. Así que intentaré retomar el hilo de los acontecimientos lo mejor que pueda.
             No sé qué se hizo de Petrus. Desde que lo vi alejarse con los globos por  el cielo, no volví a saber de él. Espero que esté a salvo, en algún lugar seguro con su Santo Grial.
           Al día siguiente, por la tarde, cayó la policía en casa. De alguna manera descubrieron mi conexión con él y trajeron una orden de allanamiento. Obviamente no pudieron encontrar nada, pero descubrieron el “baño” y el “loft” que se había hecho Petrus en el placard y exigieron explicaciones.
       - Bueno… es un prototipo experimental de viviendas económicas que planeo desarrollar. Estoy buscando alguna ONG o entidad Gubernamental que me financie… Creo que esto podría solucionar el problema habitacional en el país, y por qué no, en el mundo.
            Fue lo primero que se me ocurrió pero parece que era mi día de suerte, o el ingreso en la Policía deja mucho que desear últimamente, pues al agente que encabezaba el operativo, el sargento Guevara, le gustó mucho…
        - ¡Una idea revolucionaria, amigo! –me dijo y dio por terminada la requisa-. No se preocupe. Yo conozco gente, lo voy a conectar con alguien del Gobierno...
       El viernes me llamó la secretaria del Secretario de Acción Social. Dicen que me esperan el 5 de setiembre para una reunión por lo del “proyecto solidario de viviendas” No tengo idea que voy a ser, pero por para no levantar sospechas, le dije que ahí iba a estar.
           Pero eso no tiene importancia comparado con lo que sucedió al día siguiente.
        A las siete de la tarde, sonó el timbre. Cuando abrí la puerta, me encontré con el Padre Francisco muñido de un valijín de cuero negro, y a Don José, con su plumero mágico, y un bolsito marinero de lona gris. Ambos estaban discutiendo a voz en grito.
       - ¡José, es una herejía y lo sabés bien! ¡¿Cómo que querés intentar una limpieza espiritual del tipo Umbanda?!
          - ¡Dejame, Francisco! ¡No voy a ceder ante tu religión opresiva y castradora!
         - “Los que nos quieren bien por ellos, a los que no nos quieren pues que Dios los ayude, y si no quieren esa ayuda… que los vuelva enanos para que nunca más vuelvan a sorprendernos.”
        Ambos, sacerdote y curandero, se amenazaron con sus armas (plumero y crucifijo) y de inmediato se tomaron cada uno por el cuello.
       - ¡Eh… muchachos… digo…! -intenté detenerlos, pero no me hacían caso.  Por suerte, en ese momento llegó Cinthya.
        - ¡Señores! ¡Qué vergüenza! –dijo cuando los vio agrediéndose-. ¿Por qué en vez de pelear no se unen para solucionarle el problema a esta gente?
      Ambos se detuvieron en sus agresiones, se miraron y miraron a Cinthya. Fue el cura Francisco quien primero aflojó y mirando a su oponente le alisó las solapas con sus manos.
         - Supongo que… la señora tiene razón…
         - ¡Señorita! –corrigió Cinthya y me echó una mirada sugestiva.
         Don José también aflojó y se acomodó un poco su ropa y con gesto circunspecto también dijo:
         - Bien… si… Supongo que sí, que tiene razón… Podemos hacer una tregua.
        Ambos pasaron y comenzaron a prepararse para sus respectivos rituales. Francisco sacó de su valija un librito de tapas de hule negro, un aspersor con agua bendita, un rosario, la medalla de San Benito y su estola color violeta. José, extrajo una botella de caña, un ramo de flores con algunas hojas de romero, una campanita, una espada y ruda. Se colocó una túnica blanca y le pidió a mi madre un bol…
      En el recipiente echó un poco de caña, trituró las hojas de ruda y le añadió también unas hojas de romero. Mezcló todo y lo dejó a un lado.
         - ¿Me presta un poco el aspersor? –le preguntó al cura quien le dedicó una mirada de reprobación.
        - ¿Cree usted que yo voy a permitir que mancille el sagrado símbolo del agua bendita?  -le dijo con tono osco.
         - Solo necesito un par de gotas, acá –José le señaló el bol.
         El sacerdote derramó, de mala gana, unas cuantas gotas en el fluido que había hecho el curandero y se retiró rápido dándole la espalda.
         Yo seguía todo muy atento, hasta que sentí una presión leve en el brazo izquierdo. En un primer momento me asusté pues creí que se trataba del demonio que se había hecho presente e intentaba apoderarse de mí, pero era Cinthya, que hábilmente se había deslizado por detrás de mí y me había pasado su brazo por el mío. Ella me arqueó las cejas con un esbozo de sonrisa en sus labios.
                - ¡Disculpame, pero tengo miedo! –me dijo-. Necesito estar agarrada de un hombre…
                - Bueno… allá tenías otros dos…
                Cinthya tomó mi comentario por un chiste y lanzó una carcajada estruendosa, aguda y prolongada. Tanto el cura como el curandero le dedicaron una mirada de reproche.
                - ¡Vamos a comenzar! –anunció el sacerdote y miró a su “colega”, luego nos advirtió: - No hagan caso a nada de lo que vean o escuchen ustedes. Ahora mi madre también se aferraba de mi otro brazo, mientras que con una mano se persignaba constantemente y recitaba sus oraciones por lo bajo en una letanía incesante.
             El Padre Francisco  sentó a Sandra en una silla y le sonrió brevemente con una sonrisa un tanto paternalista tras acariciarle la cabeza.
                - ¡Mamá! –rugió mi hermana asomándose por un lado del sacerdote-. ¡Decile a este viejo que no me toque los pelos! ¡Saben que detesto que me toquen el pelo! ¡Me despeinan!
              - Ya empezó a manifestarse –indicó el sacerdote, ignorante de la conducta cotidiana de mi hermana.
              De pronto, Sandra, se largó a llorar. El enojo por haber sido ultrajados sus cabellos había quedado ya en el olvido.
                - ¿Por qué lloras, niña? –le preguntó el cura.
                - Es que con esa caricia me hizo acordar a mi abuelo Antonio… él me acariciaba así… -respondió entre lágrimas, muy compungida… Pero enseguida su ánimo se tornó irascible y frunció el ceño: - ¡Y eso que sabía que no me gustaba que me acaricien la cabeza, ese viejo inútil, también!
                Cura y curandero se miraron y compartieron un gesto grave de asentimiento.
           - ¡Ya comenzó! –reconoció Don José y tomó un trago de caña que escupió sobre el rostro de Sandra.
               - ¡Mamá! –gritó ella prolongando unos cuantos segundos la “a” final- ¡Este gordo idiota me escupió en la cara! ¡¿Y vos, Andrés?! ¡¿No vas a hacer nada?! ¡Claro, él a su hermana no la defiende!
            Una vez más Don José le escupió caña encima en forma de lluvia y detrás, Francisco comenzó a rociar con su aspersor el agua bendita tras persignarse. Sandra comenzó a sacudirse histéricamente y a aullar de ira. Los gritos que pegaba parecían los de una mujer a quien le habían echado aceite hirviendo.
            Sandra se puso de pie y tuvo la intención de irse a su cuarto, pero rápidos de reflejos, José y Francisco la tomaron por los hombros la obligaron a sentarse y la retuvieron allí.
               - ¡Sáquenme las manos de encima! ¡Mamita, mamita! ¿Qué me hacen estos señores, mamita? ¿Son como ese payaso de Palermo cuando tenía cinco años que me llevó detrás de los arbustos y…   –comenzó a gritar mi hermana y saltaba de la ira al miedo en cuestión de segundos, para luego pasar a nuevamente al enojo-. ¡No me toooqueeeen!
                - ¡Rápido! –pidió Don José- ¡Una soga o cualquier otra ligadura!
                - ¡¿Está loco?! –le dijo mi mamá.
             - ¡Traiga, mujer, por el amor de Dios! –la urgió el cura- ¡Que el demonio está muy fuerte dentro suyo!
                - Pero… no es el demo… -quise explicarle yo pero no me dejaron hablar.
                - ¡Silencio! ¡Acá los expertos somos nosotros! –rugió el sacerdote-. ¡Hombre de poca fe!
               Mi madre corrió a su habitación y regresó de inmediato con dos cinturones y una bufanda.  Los dos hombres ataron a Sandra al respaldo de la silla y sus piernas a las patas. Acto seguido, Don José le dio otro trago a la caña y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo inclinando e irguiendo su cuerpo mientras agitaba la espada de un lado a otro.  Francisco lo miró enojado y le dio un empujón.
                - ¡Guarda con eso, hereje! ¿Me quiere sacar un ojo?
                José se detuvo en seco ante el empujón.
                - ¡¿Qué hacés, chambón?! ¡¿Qué empujas?!
                - ¡Te empujo todo lo que quiero, en nombre de Dios! ¡Qué tanto!
          - ¡Ah, no! ¡Esta no te la permito! ¡Harto me tenés! ¡Desde el seminario! –le dijo Don José apuntándolo con su espada-. ¡Desde aquella época me tenías podrido, viejo! ¡Con tus sermones! ¡Con tus castigos! ¡Con tus anécdotas! ¡¿Sabés porqué dejé el seminario?!
                - No. Y es algo que me pregunto a diario…
                - ¡Por vos! ¡Por vos! ¡No te banco, viejo!
             El rostro de Francisco se puso colorado súbitamente, y vi cómo apretaba sus puños, una de las manos en torno a su rosario de gastadas perlas. La frente y la calva se le perlaron de gotas de sudor y se persignó.
              - Perdóname, Señor –dijo alzando su mirada al cielo raso y le propinó un puñetazo directo a la boca, a pesar de la diferencia de estatura.
                Don José cayó al piso desparramado. La espada se le soltó de la mano y derrapó por el piso hasta quedar debajo de un mueble… ¡por suerte! Pues lo que se desató a continuación, de haber mediado una espada, hubiera terminado en tragedia.
               El curandero se paró de un salto y tomó por el cuello al sacerdote. Ambos rodaron por el piso y se trenzaron en una entrega y devolución  de piñas, codazos, piquetes de ojos y tirones de cabello, de la que fue imposible separarlos. Mientras tanto, mi hermana andaba a los saltos con silla y todo, intentando librarse de sus ataduras, persiguiendo a mi madre que, con el teléfono inalámbrico pretendía llamar a la policía.
              - ¡Mami, mami, los señores del Planetario me quieren hacer cosas raras de nuevo! ¡Dicen que tienen caramelos! –gritaba Sandra que parecía un caracol con su casita a cuestas.
              En cuanto a mí, Cinthya me mantenía apretado contra ella, y no me dejaba moverme.
            - ¡No, Andrés, quédate conmigo!  ¿No ves que el diablo los poseyó a Don José y al cura Francisco?
             La noche terminó con la policía llevándose esposados tanto al cura como al curandero; a mi madre y a mi hermana. Cinthya estuvo muy ágil y se logró escabullir conmigo por entre todos los que habían ingresado a mi casa (vecinos curiosos inclusive) y me llevó a su casa.
         - ¡Esto es un atropello! –gritaba el Padre Francisco mientras se lo llevaban-. ¡Se va a enterar el Obispo! ¡Se va a enterar el Vaticano de esto! ¡Ya verán! ¡Tendrán que lidiar con la ira del Papa y la ira divina!
         - ¡Tenga cuidado con la campera, sargento, que es Cardon, ya bastante me la arruinó ese… hombre…! ¡Yo lo conozco a usted! ¡Yo le curo el empacho a su pibe! –decía Don José malhumorado.
           - ¿Mami, nos llevan detrás de los arbustos como en el Planetario, mami? –preguntaba mi hermana, aun atada a la silla, pues los policías no quisieron correr riesgos cuando Sandra comenzó a tirarles tarascones al querer desatarla.
             Para finalizar la entrada de hoy, están muy equivocados si piensan que yo fui el único que tuve suerte y me libré de la policía.  Hubiera preferido ser confinado a la peor cárcel del mundo. Cinthya sabía muy bien lo que hacía. Lo había planeado todo desde el primer momento, cuando había visto al cura y al curandero en casa el otro día. Ella sabía que tarde o temprano acabarían peleando y usó todo eso para poder secuestrarme.
             Cuando llegamos a su casa, me ofreció un té que yo, de buena gana acepté para ver si me ayudaba a relajarme… Pero a los tres tragos, todo se me hizo negro. Cuando desperté, estaba atado a la cama matrimonial de Cinthya.
              - Escribirás un guión de historietas para mí, cariño –me dijo-. Soy tu admiradora número uno.


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