El domingo fue para olvidar. Dolorido como estaba, ni me levanté de la cama. Petrus me realizó unos masajes shiatsu pero no funcionaron. La golpiza había sido brava. Mi orgullo no podía estar más herido. Fajado tres veces por un enano, y descubierto desnudo por el hijo de la que pretendía fuera mi novia… En ese momento odiaba más que nunca a Tom, el enano luchador y estrella porno.
- Nunca odies a tus enemigos: no te permite juzgarles –me dijo Petrus cuando terminó su masaje.
- No estoy para frases de tus maestros zen hoy, Petrus.
- Esa frase no es de ningún maestro zen. Es del “Padrino III” –me respondió y se metió en el placard.
Me di cuenta que cada día que pasa, Petrus se encariña cada vez más con su nuevo hábitat. Son más las horas que pasa entre los abrigos y lo suéteres que fuera, aunque mi madre y mi hermana no esten en la casa.
El lunes fue algo más complicado. Por la mañana fui visitar a mi tío Pascale para contarle que había sido contratado por el museo y, también para agradecerle.
- No me haga quedare male, atorrante… Con cuesta cosa fachile me conformo…
Cuando regresé a mi casa la situación allí era mucho peor… Hubiera preferido quedarme de mi tío.
Mi madre estaba con un ataque de nervios en la cocina preparando tramperas para ratas.
- ¡Nene! ¡No vayas a tu cuarto! ¡Por Dios, no entres! –me gritó desesperada en cuanto me vio cruzar el umbral. Largó las tramperas y corrió a mí.
- ¡¿Qué pasa, mamá?!
- ¡Una rata! –me dijo y su visión era la de una alienada. Giró bruscamente la cabeza en dirección a mi cuarto-. ¡O varias, a juzgar por la situación!
- ¡¿Qué situación?!
- ¡Están adentro del placard, Andrés y roban comida! Encontré desperdicios en la puerta de tu placard… ¡Lechuga, tomates, cereales! ¡La bolsa de cereales entera se ve que se llevaron!
- ¡¿Pero que estás diciendo, mamá?! –me hice un poco el molesto y me dirigí a mi cuarto. Podía imaginarme qué estaba pasando.
- ¡No entres, nene! ¡Con el pavor que te causan las ratas a vos!
- ¡No pasa nada, ma! ¡Yo me encargo!
Me escabullí en mi habitación y trabé la puerta. En efecto, delante del placard, justo en el lado dónde habitaba Petrus había restos de verduras y algunos cereales…
- ¡Petrus! ¿Vos querés que te descubran y vayamos todos en cana?
- No pasa nada, Andy.
- ¡No pasa nada! ¡No pasa nada! –protesté-. ¡Mi viejita está histérica porque cree que hay ratas! ¿No podrías haber esperado que yo te trajera la comida?
- Se estaba pasando la hora de mi comida de media mañana. La clave para una buena alimentación, sana y equilibrada, es mantener un estricto horario para las seis ingestas diarias.
- ¡¿Y si te veían?!
- Sé algunas técnicas para hacer borrar recuerdos de la memoria…
Me lo quedé mirando algunos segundos. A veces, Petrus me da escalofríos.
- ¿Podrías ayudarme a eliminar la humillación que siento por culpa del enano entonces?
- ¡Cuando quieras!
- Ya vamos a hablar de eso… Debería enojarme con vos… ¡Nunca me dijiste que podías hacer eso! –le reproché.
- Hay muchas cosas que puedo hacer y que no sabes… -Petrus se hundió nuevamente en la negrura del interior del ropero pero salió a los pocos segundos… con una rata muerta tomada por la cola. Con un gesto adusto me la ofreció extendiendo su brazo.
- ¡¿Había una rata en serio?! –grité sin quererlo. De inmediato me tapé la boca.
- ¡Nene, te lo dije! ¡Dejame pasar que la mato! ¡Dejame entrar antes que te desmayes y la rata te ataque!
La verdad es que estuve a punto de desmayarme, pero pude sobreponerme.
- Esta es la solución al problema –me dijo Petrus-. Salí a la terraza a cazar una cuando tu madre y tu hermana fueron a comprar. ¡Andá! ¡Llevasela y decile que la mataste vos!
Petrus golpeó con su pie sobre el piso de madera tres veces, esperó unos segundos y golpeó dos veces más.
- ¡Nene! –gritó aterrada mi madre.
- ¡Dejense de hacer ruido y gritar! –gritó Sandra desde su cuarto y se escuchó un portazo.
Petrus seguía ofreciéndome la rata muerta. Con bastante asco tomé a la rata por la cola y salí de mi cuarto exhibiendo mi trofeo.
- ¡Nene! –exclamó con orgullo de madre mi madre-. ¡La mataste solito!
En eso se acercó mi hermana, miró a la rata de cerca, me miró a mí, hizo un puchero y soltando unas lágrimas se alejó llorizqueando para encerrarse en el baño:
- ¡Snif! ¡Snif! Era tan hermosaaaa… ¡¿Por qué la mataron, pobrecitaaaa?!
Con el asunto de la rata solucionado, tuve tiempo para relajarme y prepárame para mi primer día de trabajo. A las doce en punto estuve ahí. Me recibió el propio Peto con su habitual cordialidad.
- ¡Andrés, gusto de verte! ¡Bienvenido a tu nuevo día de trabajo! ¡Pasá, pasá!
Pasamos a la salita donde estaba el sofá con el televisor.
- Bueno… ¡Ya sabés! Allá está la cocinita, acá tenés la tele y el DVD… Yo me voy un rato con mi familia y después vengo un rato para hacerte compañía un poco. ¡Sé que es duro pasar la noche solo!
- ¡No se preocupe, Peto! Yo me siento acá, me pongo la tele… Si agarró alguna repetición de “The Big Bang Theory” ni me doy cuenta y se me pasa la hora…
- ¡Después vengo, chiquito! –me dijo y se fue arriba.
Me acomodé en el sofá, que era comodísimo, nada que ver comparado con la dura silla de la biblioteca… En realidad nada de lo que allí había se asemejaba al lugar deprimente que era la biblioteca. Acá había luz, colores, bellas formas en las esculturas hechas con fósforos… Y la sala donde debía pasar la noche tenía la calidez de un hogar.
No estaban transmitiendo “The Big Bang Theory” pero enganché en el canal retro TCM “Ultimátum a la Tierra” del año 1951, cuyo título original es “The Day the Earth Stood Still” o “El Día que se Detuvo la Tierra”, cuya remake protagonizó hace poco Keanu Reves. Una de las mejores obras de ciencia ficción de todos los tiempos.
Para cuando el perspicaz robot Gort estaba por desatar su furia a causa del asesinato de su amo Klaatu, escuché que la puerta de arriba se abría y luego se cerraba. El lugar estaba en penumbras, pues había apagado las luces excepto la de una lámpara de un rincón (hecha con fósforos) para ver mejor la película. Con semejante plasma y tan cómodo sillón, tuve la sensación, por un momento, de estar en el cine.
Cuando giré la cabeza descubrí una figura en lo alto de la escalera. Por el volumen de su cuerpo creí que se trataba de Peto, pero había algo extraño, algo que no parecía encajar. Pelo largo, la figura tenía pelo largo. Pensé entonces que se trataría de su esposa, pero me había parecido el otro día que era más delgada.
La figura comenzó a bajar la escalera de una forma sensual, como las grandes vedettes del Maipo y como enseña Moria Casán por la tele: lentamente, con la frente en alto y cruzando una pierna delante de la otra con cada paso. Me pareció que cada tanto alzaba un brazo y se llevaba una boquilla a la boca.
Cuando descendió la escalera, se detuvo un momento, hizo una pose tipo modelo posando para una cámara y avanzó de nuevo hasta que entró en el cono de luz que provenía de la lámpara.
- ¡Hola, chiquito! ¡Te vine a hacer compañía!
Lo que tenía delante de mí no sabía si era producto de algún gas toxico que emanaba la inmensa cantidad de fósforos que había en el lugar. Peto estaba de pie con una peluca rubia, un lunar pintado junto a la comisura del labio, y un vestido negro que le llegaba a la mitad de los muslos enfundados en unas medias de liga. Para rematarla, estaba subido a unos zapatos de tacón acharolados. Coronaba todo el conjunto una vincha con una larga pluma. Parecía una cabaretera de los años veinte.
En la tele, Gort se llevaba en brazos a Patricia Neal, o mejor dicho al personaje Helen Benson luego de que esta le transmitiera el mensaje que Klaatu le pide que le dé antes de morir: “Klaatu barada nikto”. Quería seguir mirando, no perderme un segundo de esta notable película, gran crítica pacifista al clima belicoso de la sociedad de esos años, pero Peto avanzó y yo me levanté del sofá como impulsado por resortes.
- ¡Ay, que feo, Andrés! Yo que te vengo hacer compañía para que no te sientas solito… -me dijo con un tono desilusionado en la voz.
- ¿Es una joda esto, señor Peto? –le pregunté tomando un poquito más de distancia. Peto avanzó a la par. Parecía un paso coreográfico. “Acoso alrededor del sofá”, podría llamarse la pieza. Gort, en el televisor avanzaba por los pasillos en penumbras de la nave aun con la chica en brazos.
- Peto no está… -me respondió Peto con una voz juguetona ahora. De alguna manera me hizo acordar a Tito Mendoza cuando interpretaba al gay en el sketch de los personajes históricos del programa de Porcel-. Yo soy Peta…
Peta… Digo Peto, avanzó, ahora más decidido. Era el travesti más feo que había visto en mi vida… ¡Miento! Me olvidaba de Gladys… Yo retrocedí siempre de espaldas para estar encarado a él y, a su vez no perderme detalle de la película. ¡No podría haber esperado media hora para bajar este!
- ¡Dejeme! –exclamé.
- ¡Pero, tonto! ¡Desagradecido! ¡No te das cuenta que te amo!¡Te amé desde el primer día que te vio Peto!
En la pantalla, Helen observaba con horror cómo Gort operaba los extraños controles de la nave, mientras una música fantasmagórica sonaba de fondo. Del mismo modo yo observaba a Peto, o a Peta… De todas las personas del mundo yo era el único que obtenía un empleo cuyo empleador era un buen padre de familia durante el día y un travesti lujurioso por las noches.
La femme fatale me amagó por un lado y yo, como Goycochea según Sanfilipo, me comí el amague, intenté eludirla por el otro costado, pero ésta, en un rápido quiebre de cintura cambió de rumbo y fui a derrumbarme a sus brazos.
- ¡Sabía que ibas a caer rendido a mis brazos! –exclamó feliz.
¡Atrapado! Como Helen en la nave cuando Gort la dejó sola.
- ¡Dejeme, loco!
- ¡Pero, no seas arisco! Yo sé que te gusto en el fondo…
Por más que lo intentaba no podía zafar de su abrazo de oso, pero sí podía (hasta el momento) esquivar con holgura los picotazos que me tiraba como si fuera un loro malo.
Los soldados comunicaban desde el centro de operaciones que en efecto Klaatu estaba muerto.
Cuando ya no podía esquivar más su boca pintarrajeada, apliqué un rodillazo a la entrepierna de Peto y este, con un bufido sordo me soltó y cayó al piso echo un ovillo.
- ¡Animal! Una le quiere dar cariño… y cómo le pagan… ¡Son todos iguales!
Salté por encima del sofá, tomé mi abrigo, me detuve un instante: Gort estaba aplicando su letal rayo a la pared de la celda donde tenían el cadáver de Klaatu.
Peto se estaba levantando. Gort se llevaba a Klaatu por el hueco que había dejado en el muro. Yo comencé a ir hacia la puerta. Gort llegaba a la nave cargando a su amo. Peto se incorporaba sosteniéndose del respaldo del sofá. Abrí la puerta cuando las compuertas de la nave se abrían para dejar entrar al robot. Me volví y miré a Peto que me miraba con una expresión de dolor (físico) y tristeza. Había perdido un zapato y perecía estar inclinado como la Torre de Pisa. La vincha se le había salido, y la peluca desacomodado. Podría decirse que había perdido el glamour.
- Permítame decirle –le dije indignado-, que todo esto me pareció una falta de respeto, Peto.
- No hace falata que haga eco –dijo con dolor (del alma).
- No no fue eco, dije: “respeto, Peto.”
- Y bueno… Respeto… peto…
Mientras me hablaba se iba acercando renqueando.
- ¡No! –le dije ofuscado-. “Respeto coma Peto”
De pronto, como una cobra, se lanzó sobre mí con una rapidez eléctrica.
- ¡Ah, me querés comer! –gritó en el aire.
Yo me corrí y Peto dio su cabeza contra la puerta, para caer exánime al suelo. Primero me asusté, pues creí que había muerto, pero por suerte respiraba.
Lo cargué con dificultad y lo deposité en el sofá al mismo tiempo que en la pantalla, Gort depositaba el cuerpo de su amo en un nicho de la nave ante la mirada asustada y asombrada de Hellen. Garabateé una nota y me fui. “Peto, renuncio”, le escribí. Cuando me fui, la gente y el ejército se concentraba entorno a la nave y Klaatu volvía a la vida dentro.
¡Otra noche de locos! Lo que cuesta ganarse el mango en este país, y sobre todo poder ver una buena película tranquilo.

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