Me desperté temprano. Cierto resplandor trémulo que me llegaba del living llamó mi atención. Me desperecé estirándome y al hacerlo advertí que la puerta del placard, donde se ocultaba Petrus, estaba abierta. Me despejé de golpe. ¿Podría ser que mi encuentro con Petrus ayer por la noche hubiera sido tan sólo un sueño? Me levanté de prisa, me cambié como pude y me acerqué al mueble abierto. ¡Nada! Tan sólo mis abrigos colgando de las perchas. Mi atención, entonces, se concentró en el living. ¿Podría ser que…?
Petrus estaba sobre el sofá de doble cuerpo, con ambas piernas cruzadas, a la manera india. Sus manos descansaban sobre sus rodillas y sus dedos, apuntando al techo, estaban arracimados, de tal forma que sus puntas se tocaban. Permanecía con los ojos cerrados y respiraba de una forma lenta y acompasada. Había puesto una vela encendida en el pico de una botella de gaseosa, y aquella llamita era la única iluminación que había allí. Las cortinas de la ventana ocultaban la claridad del día.
Estuve a punto de llamarlo por su nombre, pero no me atreví. ¡Tanta paz parecía irradiar su rostro! Amagué, entonces, con tocarle el hombro, pero también desistí. Comencé a dirigirme hacia la cocina cuando la voz de Petrus me detuvo:
- La duda es conflicto entre dos conclusiones. Mientras existe es imposible aceptar una u otra, los que dudan carecen de serenidad…
- ¡¿Qué haces, loco, acá en el living?!
- ¡Tu madre y tu hermana han salido! Aproveché para realizar mi meditación de la mañana.
- Pero… ¡En cualquier momento pueden llegar!
- Una mente atormentada por la duda no puede encarar el camino del éxito –me dijo poniéndose de pie. Respiró hondo y comenzó a calzarse-. Escuché a tu madre decir que iban al supermercado… Deberían estar llegando en veinte minutos. Tiempo de sobra para prepararme mi jugo multivitamínico de la mañana.
Petrus vino conmigo a la cocina y, mientras yo me preparaba un Tody, él tomó la licuadora y comenzó a poner: seis huevos, dos achicorias, cuatro bananas, corn flakes, miel, seis naranjas, y dos medidas de Hesperidina. Licuó un par de minutos, coló y se lo bebió de un trago desde la jarra misma.
- Nada como un coctel proteico para encarar el nuevo día. –me dijo con una sonrisa cuando terminó de beber.
- ¡Escuchame, Petrus! Sabés que yo estoy ciento por ciento con vos, pero tenemos que hacer algo… ¡No podes estar viviendo en un ropero!
- Pero… ¿Y si mi vieja te encuentra?
- No me va a encontrar… Y si me encuentra… bueno… Ya se me ocurrirá algo.
- No sé… No sé… ¿Cuánto vamos a tener que esperar?
- La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces –alzó la vista en dirección a la calle como lo hacen los perros que perciben que sus amos regresan a su hogar y enfiló para el cuarto-. Tu madre y tu hermana, voy a esconderme… A propósito, a tu hermana le vendría muy bien algo de meditación y tai chi chuan.
Increíblemente, cuando mi madre abrió la puerta, se habían cumplido los veinte minutos que mi amigo había pronosticado.
Fue difícil el resto de la mañana junto con mi mamá y Sandra. Ya de movida tuve que inventarle que habían cortado la luz cuando vieron la vela en la botella en el medio del living. Cuando almorzamos, me mantuve bajo un nerviosismo apenas disimulable. A cada instante echaba una mirada al cuarto. Tuve que poner de pretexto el inminente comienzo del trabajo nuevo como fuente de dicho nerviosismo. Luego, me robé un poco de verduras y un par de bananas para alimentar a Petrus.
- ¡Nene! ¡Parece que te quedaste con hambre! -me dijo cuando me vio con la comida.
- Si, ma... Debe ser el crecimiento...
El resto de la tarde me quedé hablando con Petrus (que nunca salió del placard), trazando nuevos planes para recuperar el Grial.
- Podríamos decirle a mis amigos de la Cofradía –propuse yo finalmente-. Ellos no se van a negar…
- "¿Quiénes somos nosotros para decidir el futuro de esta gente?” –me preguntó citando una frase del Capitán Picard al Almirante Dougherty en una escena de Star Trek IX: Insurrección.
- Son mis amigos y no me dejarían cuando estoy en apuros… -le dije y terminé con una frase del “Señor de los Anillos”- “Desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece”, y ellos no son desleales.
- ¡Sea, pues! –concluyó Petrus.
Con la caída del sol, le pedí ese dinero prestado a mi madre y me dirigí, primero al cine a comprar un balde del Capitán América cargado de pochoclos y luego a la casa de Mariela. Claro, todo el trayecto me la pasé rezando a todas las divinidades para que Petrus no hiciera nada descabellado y que mi madre no lo descubriese...
Tuve que tocar tres timbres antes que me atendiera y pareció sorprendida al verme allí de pie.
- ¡¿Andrés?! ¿Qué hacés acá?
- Vine… Vine a disculparme… ¿Puedo pasar?
- ¡Si, sí, claro, pero estaba por salir…!
- No te preocupes –le dije con una sonrisa cortés (conozco ese truco: se hacen las apuradas porque están ofendidas. En muchas películas lo vi)-, no me voy a demorar mucho.
Pasamos al living, ese living que tan malos recuerdos me traía. Era la arena donde había probado el sabor amargo de la derrota a manos del enano… Así nomás, de pie, me detuve y comencé mi discurso, que medio había ensayado con Petrus.
- Mariela… quería disculparme. El otro día en el cine me comporté como un idiota. Pudo más mi egoísmo que el sentimiento mutuo que experimentamos… Debo reconocer que fue difícil para mí entenderlo, pero cuando te vi alejarte enojada, comprendí que había metido la pata mal y que… había malogrado una excelente oportunidad de compartir algo que ambos queríamos y que, tal vez lo veníamos buscando desde hace tiempo… -hice una pausa estudiada, en el momento justo en que me lo había marcado Petrus haciendo gala de su curso de teatro con Norman Brisky, y la miré como un cachorrito mojado. El efecto buscado dio en el blanco. Mariela me miró con una dulzura que pocas mujeres regalan. Se llevó una mano a los labios. Ahí aproveché y, extendiendo el balde con ambas manos, le dije:
- Por eso, como símbolo de conciliación te traje el balde del Capitán América.
Mariela lanzó una risa divertida, se acercó y me besó en la boca. Dio me día vuelta, como si hubiera recordado algo de pronto, y subió al trote las escaleras.
- ¡Ya vengo! –me dijo-. ¡Sentate, ponete cómodo!
“¡Ponete cómodo!” Esa frase también la había escuchado en miles de películas y sabía perfectamente lo que significaba. Sin perder el tiempo me quité la ropa y me eché al sofá mirando al techo. Cerré los ojos y comencé a imaginarme la noche que me esperaba.
“Nunca voy a entender a las mujeres. Sus gustos son extraños… Mirá cómo se había enojado el otro día porque le saqué el balde del Capi, y mirá cómo se pone ahora porque le regalé uno”, pensé mientras aguardaba. “Si hubiera sabido antes que le gustaba el Capi, la hubiera abrumado con mi conocimiento y la hubiera tenido mucho antes”
En ese momento sentí pasos descendiendo la escalera.
- ¡Acá está tu Capitán América, amorcito! –le grité.
Silencio.
- ¿Dónde está mi Sharon Carter?
Silencio.
Abrí los ojos y miré a un lado. En lugar de Mariela, de pie junto a mí, estaba Icarus que me miraba con una expresión mezcla de horror, indignación, y odio. El ceño fruncido, los ojos entornados, la nariz arrugada, y su boca contraída en una mueca de compunción… Sus bracitos paralelos a su cuerpecito de niño con su dos puñitos apretados como boxeador que está por empezar un round.
- ¡Mamá! –gritó de pronto al tiempo que yo le hacía desesperadas señas para que se callase e intentaba taparme mis partes privadas con la remera-. ¡Mamá, el hombre malo está desnudo en el sofá! –anunció con el volumen de su voz a unos cuantos decibeles más de lo soportable por el oído humano, con esa voz aguda que tanto hacía recordar a la de su padre, y me propinó un trompazo en la entrepierna.
Cuando bajó Mariela para ver qué era lo que estaba ocurriendo, yo estaba tirado en el piso, apenas cubriéndome con la remera mis partes, echo un ovillo revolcándome de un lado a otro intentando recuperar mi respiración.
- ¡Andrés! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Vestite, degenerado!
Comencé a vestirme como puede, de alguna manera la situación me recordaba a la última vez que había estado en esa casa… Y en eso, tocan el timbre. Yo miré la puerta. Mariela miró a al diablillo de Icarus. Icarus me miró a mí con un gesto de tal perversidad que propiamente parecía un diablillo.
- ¡Mi ex! –exclamó Mariela.
- ¡El enano! –exclamé yo y me apuré en subirme los pantalones.
- ¡Mi papito! –me dijo con perversidad el nene.
En efecto, Tom el enano entró a la casa con una sonrisa de ganador que me hizo doler el hígado, pero al verme se le borró de inmediato.
- ¡Tu, de nuevo! –me dijo y me señaló con su dedito.
- ¡Papi, el hombre malo se desnudó y me mostró su pirulin!
- ¡¿Qué?!
- No, jefe… No le va a creer al nene… Vio la imaginación frondosa que…
No lo vi llegar. El enano fue una tromba. Me llovieron piñas, patadas y tomas por todos lados. Solo paró cuando Mariela le dijo que parara, bah, cuando la escuchó. Cuando quedé tirado en el piso, Icarus se acercó con el balde de pochoclo y me lo vació encima después de darme otra patada en la espinilla.
Me paré como pude; Mariela intentó ayudarme pero a mí me quedaba algo de dignidad, aunque trastabillé tres veces antes de poder ponerme en pie. De todas formas, Mariela estaba indignada y me repetía por lo bajo mientras me acompañaba a la calle: “¡¿Cómo pudiste hacerle eso al nene?!” Cuando le expliqué que yo sólo había venido a darle el balde del Capitán América que yo tan egoístamente le había quitado, ella me miró más indignada aun y me dijo casi con lástima, podría decir:
- Vos no entendiste nada… ¿Te pensaste que todo era por el balde? Todo ese discurso hermoso que me hiciste… ¿Estabas hablando del balde? ¿Nunca fue…? –Mariela me cerró la puerta en la cara. No podría afirmarlo pero juraría que se había largado a llorar.
Caminé un par de cuadras pero realmente me dolía todo el cuerpo. Como me habían sobrado unos pesos de lo que mi mamá me prestó me tomé un taxi.
- ¡Eh, jefe! ¿Qué le pasó? ¿Lo fajaron entre unos cuantos?
- Si… eran un montón…
- ¡Está peligrosa la calle! ¿Lo llevo a un hospital?
- No. ¡Lléveme a mi casa! Mañana se me pasa.

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