Los vientos soplan turbulentos. Todo lo que me rodea parece siempre torcerse.
En mi casa la situación es insostenible. A mi madre y a mi hermana no hay quién las convenza de que la otra noche no se apareció el espectro.
- ¡Nene, no me vengas a decir que no! Se te apareció al lado tuyo… ¡Salió del baúl! –me repetía una y otra vez mi madre.
- ¡Dejalo, mamá! –Intervenía Sandra entonces-. ¿No ves que el señor se cree tan superior? ¡Cómo él no posee nuestra sensibilidad para captar el mundo de lo intangible…! Prefiere negarlo, como todos los necios del mundo. –entonces la ira daba lugar a una tristeza opresiva-. ¿Por qué nadie tiene que creerme cuando veo cosas? ¡¿Por qué a Favio Zerpa le creen?! ¿Qué tiene ese viejo loco que yo no tenga? –y ahí salía corriendo a encerrarse al baño para llorar desconsolada por media hora.
La cuestión es que tuve que llamar, mal que me pese, a Cinthya para que me ayudase a calmarlas. Debo admitir que no fue de gran ayuda, pues se vino acompañada por Don José, el curandero.
Don José es un hombre de campo, pero no se crean que es el típico viejecito arrugado vistiendo boina, pantalones de franela y alpargatas, mal afeitado, que cura el empacho tirando el cuerito, el mal de ojo con el aceite y la llave, el dolor de muelas con un sapo, y la culebrilla con tinta china. No. Don José tiene unos cincuenta y pico de años, es muy alto, supera los dos metros, y su prominente barriga, gracias a su altura, la disimula bastante bien. El cabello, algo enrulado y escaso en la coronilla, presenta más canas que pelos negros. Sus cachetes siempre están sonrosados. Viste bombachas Pampero, botas y camisas, rematando todo con pañuelos al cuello. En esta ocasión toda su ropa era de color negro. Su imagen estaba más cerca a la de un rico terrateniente que a la de un curandero. Encima se corría la bolilla por el barrio que era bastante juguetón con las mujeres. Era común que Cinthya lo llamara bastante seguido a altas horas de la noche para que “le destrabara los malos efluvios”.
Don José entró observando todo a su alrededor y, de inmediato, frunció el ceño.
- ¡Esta casa está cargada! –anunció sacudiendo una especie de plumero-sonajero hecho, según él, con plumas de Cóndor hembra virgen y semillas de Algarrobo.
Por suerte (en realidad no me atrevería a calificar de suerte aquella aparición) en ese momento llegó el Padre Francisco que lo había convocado mi madre la noche anterior por teléfono.
- ¡¿Que hace este hombre acá?! –preguntó ofuscado el cura, ataviado con su sotana marrón con capucha, ya que, ¡vaya coincidencia con su nombre!, el sacerdote en realidad pertenecía a la orden de los Monjes Franciscanos.
- ¡Bueno si hubiera sabido que venía este hombre no hubiera concurrido yo! –exclamó ofendido José.
Parecía ser que ambos parecían se odiaban, pues en algún momento, Don José, había sido discípulo de Francisco en el seminario. Don José había comenzado a transitar el camino de la Fe, y el padre Francisco lo había tomado a su cargo porque le veía condiciones. No se sabe bien porqué, Don José abandonó la carrera, pero cuando lo hizo apareció diciendo que ahora poseía el don de la sanación.
- "Tus ojos pueden engañarte, no confíes en ellos” –sentenció el cura muy seriamente, y yo no podía creer lo que estaba escuchando…
- "El círculo está completo. Cuando te dejé era el alumno, ahora soy el maestro." –le respondió con arrogancia Don José y le enseñó el plumero a modo de saludo, o burla, no sé.
Allí estaban enfrentados, ex-alumno y ex-maestro. Ambos sosteniéndose la mirada, ambos inmóviles. Uno con el plumero extraño alzado delante suyo, el otro enarbolando el crucifijo de madera. Uno completamente vestido de negro, el otro, de túnica marrón con la capucha embozada. Por un momento creí que había caído en una escena del Episodio IV de Star Wars. De pronto ambos se volvieron hacia mi madre y casi al mismo tiempo dijeron:
- ¡Me voy! ¡Si quieren que vuelva, procuren que este hombre no esté presente!
Cuando el cura se alejaba acompañado por mí a la salida, mi madre, algo desesperada, y para completar la ilusión, nos corrió y tomándolo por una manga le rogó, repitiéndolo unas tres veces:
- ¡Ayúdanos, Padre Francisco... Eres nuestra única esperanza…!
En cuanto a mí, la cosa no anda bien. El miércoles no tenía ganas de levantarme de la cama. Mi fracaso en cuanto a publicar un guión de historieta, y todo el lío que hay en mi casa, sumado a que, todo lo que me prometí ese (tan lejano me parece hoy) día de mi cumpleaños, aun no pude concretar nada: ni mudarme, ni conseguir un trabajo bueno, ni conseguir establecer una relación sentimental…
Paradójicamente, fue Petrus quien me hizo levantar. A las doce de la noche salió del placard y me obligó a salir de la cama. Se acercaba la hora de la incursión al Barolo. Tan deprimido me sentí que ni siquiera había recordado eso.
- ¡Vamos, arriba! –me dijo con su serenidad particular.
- No quiero… Mi vida está acabada…
- La máxima victoria es la que se gana sobre uno mismo. –me respondió y retiró suavemente las cobijas.
- ¡No, mamí! ¡No quiero ir a la escuela! ¡Quiero quedarme a ayudarte en casa!
- No soy tu mami, soy Petrus, Andy, y tenemos trabajo que hacer dentro de un par de horas…
- No –le dije compungido-. ¡Andá vos! ¡Yo soy un fracaso!
De pronto me sentí volar por los aires. Una fuerza sobrenatural me alzó en vilo por un brazo, mi cuerpo describió una medialuna en el vacío y al segundo mi espalda estaba golpeando contra el piso de madera. Petrus me había aplicado una toma de judo. Cuando recuperé el aire, me incorporé y me senté en el borde de mi cama.
- ¿Era necesario? –le pregunté frotándome los riñones.
- Ya lo dijo Mao Tse Tung: “Lo urgente generalmente atenta contra lo necesario.”
- Voy a darme una ducha –le dije omitiendo su comentario.
- Puedo ofrecerte mi baño –me dijo señalando el placard.
Sin responderle, tomé un calzoncillo, la toalla y me dirigí a “mí” baño, recomendándole sólo con un gesto de mi dedo índice que no saliera del cuarto.
El problema que se suscitó luego fue cómo íbamos a salir de casa. Yo me negaba absolutamente a repetir lo del baúl, pero al parecer, para Petrus no había problema alguno, simplemente abrió la puerta del cuarto y salió al living para horror de mi hermana y de mi madre, y para el mío también.
- No hay tiempo para sutilezas- dijo al abrir y avanzó a grandes zancadas atravesando el living mientras Sandra y mi madre, abrazadas entre sí gritaban y rezaban e imploraban al mismo tiempo.
Yo pasé detrás de él lo más rápido que pude para que no me detuvieran y me cuestionaran nada. Después debería encargarme de ellas. Alcancé a escuchar entre Padrenuestros y Avemarías: “¡Pobre hijo, va detrás del fantasma para defendernos!”.
A las dos de la mañana en punto estuvimos todos reunidos en la puerta del Barolo. Todos, más o menos, habíamos coincidido en la vestimenta: ropa oscura, gorros de lana, guantes. Bueno, Petrus estaba vestido como siempre: sus pantalones de gabardina verdes, y su abrigo largo y negro. El último en llegar fue Claudio… Bajó de un taxi ataviado con un yelmo de cimera alta empenachado de plumas de cigüeña, cota de malla y una capa azul. De su cinto colgaba una espada larga. Todo hecho por él mismo, nos dijo después orgulloso.
- ¡Suerte en la fiesta de disfraces, jefe! –lo despidió el taxista antes de poner primera y perderse por Av. De Mayo.
- ¡¿Qué hacés vestido así, Claudio?! –le pregunté alarmado y miré para todos lados para constatar que ningún curioso estuviera mirando.
- ¡¿No dijiste ayer que debíamos venir vestidos acorde la ocasión?! –Claudio respondió ofendido-. ¡Bueno! ¡Vamos a buscar el Grial ¿no?!
- ¡Si! Pero cuando dije acorde a la ocasión me refería a que vamos a entrar a hurtadillas al edificios –le dije con tono de maestro enojado por haber repetido veinte veces la lección y con un ademán ampuloso le señalé al resto que estaban todos vestidos iguales.
Claudio los miró y sus mejillas se sonrojaron, pero no iba a reconocer su error.
- ¡La próxima vez sé más claro, entonces!
- ¡Estupendo, señor enano! –intervino festivo Petrus- ¡Usted será nuestro Campeón en esta empresa!
Claudio se descolgó de su espalda su mochila y extrajo unas enormes pinzas corta-cadenas.
- ¡Rápido, no perdamos el tiempo!
Con movimientos diestros cortó el candado que aseguraba la compuerta y de una patada la abrió. Sin decir nada, tomó su mochila y se lanzó por el tobogán que se utiliza para que los proveedores ingresen las mercaderías. El resto, uno a uno lo imitamos.
- ¡Perfecto! –exclamó ofuscado Alan-. Nadie previó que todo estaría oscuro.
Era verdad. A nadie se le había ocurrido traer una mísera linterna. Estábamos inmersos en una oscuridad impenetrable que no permitía vernos siquiera la punta de la nariz. Pero de pronto, un fogonazo, acompañado luego por un acre olor a combustible quemado llamó mi atención.
Claudio estaba parado sosteniendo en alto una antorcha.
- ¡Hablen por ustedes mismos! En todas las misiones son los mismos improvisados. ¡Menos mal que tienen a Ralin Mataorcos cerca!
Dicho esto, abrió su mochila y extrajo dos antorchas más, que encendió y le pasó una a Pedro y otra a Alán. Petrus emocionadísimo, le palmeó el hombro y lo instó a avanzar con él.
- ¡Vamos! ¡Adelante, mi inteligente Campeón! ¡Guíanos a la gloria!
Avanzamos con sumo sigilo por aquel sótano que, al parecer, era utilizado como depósito general. Había allí cajas apiladas; un viejo piano de cola; sillas que habían pertenecido, supongo, al bar que funcionó hace unos años en uno de los locales de la galería; más cajas, unos carteles de publicidad… El lugar olía a humedad, telas de araña colgaban por los rincones y en las vigas bajas que cruzaban e techo, el polvo se acumulaba en los trastos apilados y en el piso. El silencio nos envolvía como una masa invisible y pesada. Nos movíamos ligeramente, callados, en fila india. Claudio y Petrus encabezaban la hilera con una de las antorchas; Pedro al medio con otra; y Alán cerraba filas con la otra. Las trémulas llamas jugaban con nuestras sombras y de pronto… un sonido nos hizo sobresaltar. “¡Quiki! ¡Quiki! ¡Quiki!”
Nos volvimos todos a mirar a Tony que se había apartado unos centímetros de la fila. En su mano tenía un patito de hule. Nos miró divertido y lo apretó de nuevo.
“¡Quiki! ¡Quiki! ¡Quiki!”
- ¡Ja, ja! ¡Un pato de hule!
Alan se lo arrebató de malos modos y lo arrojó lejos en la oscuridad.
- ¡Por si no te enteraste, entramos de contrabando a este lugar, así que si vos hacés ruido nos pueden descubrir! ¡Y si nos descubren vamos en cana!
- ¡Bah! Tanto lío por un ruidito de nada –dijo Tony compungido y echó una mirada triste a la negrura que se había tragado el patito-. ¡Adiós Lito! –se despidió y se unió a la fila.
- ¿Lito? –le preguntó Pedro con real curiosidad.
- Si, Lito, el patito… Ya le había puesto nombre…
Por fin llegamos a la puerta. Una clásica puerta de metal con su correspondiente barra antipánico. Sobre el dintel, a un lado, un cartelito iluminado apenas de verde indicaba: “Salida”
Claudio empujó pero la puerta estaba cerrada con llave.
- ¡Cerrada! –masculló y atinó a llevarse la mano a su espada, pero la mano de Tony lo detuvo.
- Dejame a mí –le dijo-. Setenta y cinco por ciento en Abrir Cerraduras y una ganzúa mágica que otorga un veinte por ciento adicional… Soy bribón, lo olvidaste, es mi especialidad…
Para nuestra sorpresa, Tony extrajo de su bolsillo un juego de ganzúas que introdujo sin miramientos en la cerradura de la puerta. Luego de varios intentos, ya para nuestro asombro, la cerradura cedió. Se escuchó un chasquido, y al empujar la barra antipánico, la puerta se abrió para dejarnos pasar a las escaleras de servicio.
- Escaleras de servicio –murmuré.
- ¡Esa! Parece que superaste un chequeo de inteligencia –se mofó Marcelo.
Subimos con nuestras antorchas muy lentamente. Las escaleras estaban débilmente iluminadas por unas luces de emergencia pero aun así mantuvimos las antorchas encendidas. Por suerte, en esas escaleras no había cámaras de seguridad, como si había en las escaleras principales.
Llegamos por fin al segundo nivel. El silencio era total. Otra puerta similar a la del sótano nos separaba del pasillo. Tony ya estaba sacando sus ganzúas pero Pedro, sabiamente lo detuvo. Con señas nos indicó que debíamos escuchar por si había alguien del otro lado.
- Guardias – dijo por lo bajo.
- Escuchá vos, Alan –sugirió Tony-. Vos tenés oído élfico…
- ¡Ma´que oído élfico!, ese Alathar. Yo tengo el tímpano derecho perforado, y una disminución auditiva en el izquierdo del 30 % por el uso del Mp3 a un volumen mayor de lo soportable por el hombre…
Marcelo se acercó a la puerta y pegó su oreja en ella. Todos hicimos silencio, mientras él se concentraba en los ruidos del otro lado. Nos quedamos inmóviles, con las antorchas iluminándonos. Claudio se removió nervioso y su cota de malla tintineó un poco. Estaba nervioso, y yo sabía porque, se moría de ganas de usar su espada.
- Nada –dijo Marcelo y empujó la barra antipánico de la puerta que, para decepción de Tony, esta abrió dócilmente.
Pero, Marcelo estaba equivocado, o tiene los oídos más atrofiados que Alan. En el pasillo nos estaban esperando, aunque no precisamente guardias.
Gladys, si Gladys, la novia travesti de Marcelo, estaba junto con una banda de cinco chicos, todos vestidos con equipos de gimnasia y gorritas de vicera. ¡No lo podía creer! Era el pibe chorro que había conocido en el cyber de Constitución junto con sus amigos… Y estaban armados…
- ¿Gladys? ¿Qué haces acá, con estos? –quiso saber Marcelo.
- Lo siento, papi, pero esa copita tan valiosa que viniste a buscar con tus amiguitos, la quiero yo.
- ¡¿Le constaste a Gladys lo del Grial?! –le pregunté enojado a Marcelo.
- ¡¿Y qué querés?! Entre ella y yo no hay secretos…
- Si, ya veo.
- ¡Vamo´, loco! Arriba las mano´ o los llenamos de corchazos –dijo mi “amigo” -. ¡Todo bien con vo´ fiera, pero esto es laburo! –me dijo luego.
- ¡Vos, payaso! –le dijo otro a Claudio apuntándolo con una escopeta “tumbera”- Dame la faca esa que tenés ahí.
- ¡Ahora, dígannos dónde está esa copa que tanto valor tiene! –pidió Gladys que portaba un 38 especial de caño largo.
- ¿Quién los manda a ustedes? –exigió saber Petrus, que parecía no amedrentarlo la situación - ¿Son nazis?
- ¡Eh! ¡Que la boqueas, gato! ¡Nosotro no somo ninguno nazi! Pibe chorro, somo ¡Aguante la villa!
- ¿Quién de ustedes es el coronel Vogel? –preguntó ignorando al chico- Supongo que usted es la Doctora Elsa Schneider?
- ¡Ay, papi! ¡¿Elsa?! ¡Qué nombre más horrible!, ¡Yo soy la Gladys!
- ¡Basta de chamuyo, loco! ¡Vamo a buscar la copa!
- ¡No! ¡El lugar tiene trampas que solo podrán sortear si pueden descifrar este diario –explicó Petrus exhibiendo la libreta encuadernada en cuero-. Y calculo que apenas sabrán leer ustedes…
Los pibes chorros se miraron entre sí con cierto derrotismo, pero Gladys no se dejaba amedrentar fácilmente.
- ¡Vos, Andresito, ya que me despreciaste siempre, agarrá ese diario y andá a buscar la copa! Si no volvés o hacés alguna trapisonda, mato a tus amigos.
Petrus me pasó el diario y me estrechó la mano.
- “La búsqueda del Grial no es arqueología. Es la lucha contra el mal. Si cae en manos de los nazis, los ejércitos de la oscuridad marcharán sobre la faz de la tierra.” –me dijo y añadió:- Y no lo olvides: "El destino favorece a los niños, a los locos y a las naves llamadas Enterprise."
- Tony, te necesito para abrir la puerta –dije y Tony, nuevamente sorprendiéndonos a todos con su habilidad, abrió la puerta.
Antes de ingresar miré la libreta de notas, donde decía:
PRIMERA PRUEBA: SOLO EL PENITENTE PASARÁ.
En el libro estaba dibujado un croquis de la oficina donde a mitad de camino entre la entrada y un grupo de escritorios estaba marcada una X.
Di un paso vacilante, me detuve, miré a la gente que quedaba atrás. Gladys y un par de chorros tenían apuntados a la mayoría, pero uno mantenía a Claudio agarrado por el cuello y le apoyada la punta de su revolver en la sien. Di otro paso, mientras me repetía las palabras de la libreta, una y otra vez: “Solo el penitente pasará; sólo el penitente pasará, sólo el penitente pasará.” Cuando llegué al lugar que el mapa indicaba con una cruz, casi sin pensarlo caí de rodillas como si fuera a rezar, sólo para advertir recién allí que, un casi imperceptible rayo láser cruzaba la habitación a la altura del pecho de un hombre. Con el cuerpo un poco encorvado pasé debajo del rayo y, una vez lo hube cruzado, tomé un puñado del polvo acumulado en el suelo (se ve que la limpieza no era una prioridad en ese lugar) lo lancé al aire detrás de mí, para que sus partículas revelasen su exacta posición para cuando tuviera que regresar, tal vez un poco más apurado que ahora.
- ¡Buena, Andy! –se escuchó la voz de Petrus alentándome detrás.
Me puse de pie y consulté una vez más la libreta.
SEGUNDA PRUEBA: SOLO EL QUE SIGUE LOS PASOS DE DIOS LOGRARÁ ENTRAR.
El dibujo ahora me mostraba los escritorios que, de manera desordenada se esparcían por el lugar.
Contemplé bien la situación, mientras en mi cabeza rememoraba la escena de Indiana Jones cuando iba saltando de baldosa en baldosa formando la palabra Jehová… Pero en el piso de esa oficina no había baldosas con letras. Lo que sí noté es que los escritorios tenían carteles con nombres. Los escritorios eran muchos, pero poco a poco fui identificando algunos que, tal vez, fueran los que debía pisar. De modo que juntando coraje di el primer salto y trepé a un escritorio cuyo cartel indicaba “Jerez, Obdulio”. El próximo escritorio que debía pisar, según mi teoría, se encontraba un poco difícil, pues en medio había otro. Debí tomar un poco de carrera desde el borde opuesto de la mesa y pegar un salto con esfuerzo. Un pie apoyé bien, pero el otro encontró el vacío y casi caigo de espaldas. Pude recuperar el equilibrio aleteando con los brazos. El letrerito de este decía: “Esteves, Mirian”. El próximo fue más fácil pues estaba casi pegado, aunque debí saltar en diagonal. Su cartel era: “Hernández, Pedro”. El próximo fue “Orgambide, Mariano”, y el que le siguió, “Valenzuela, Inés”. En este, golpeé una silla sin querer y hubiese caído al piso si no hubiera reaccionado rápido. La atrapé por el respaldo cuando ya describía un ángulo de 45 grados. El último fue el más difícil, pues era el que más estaba alejado de todos. Daba la impresión que había sido corrido a propósito. El cartel decía: “Anselmi, Noelia”. Tanto impulso tomé que caí sobre el escritorio con el pecho y derrapé sobre su superficie. Si no hubiera puesto las manos a tiempo en los bordes, hubiera seguido de largo. La segunda prueba estaba pasada. Ahora venía lo peor.
TERCERA PRUEBA: SÓLO LA FE TE HARÁ PASAR
Frente a mí, se elevaba una enorme puerta de hierro con robustos remaches. El muro era de blindex y detrás podían verse las estanterías que contenían toda clase de copas. En esta prueba no sabía que tenía que hacer. Recordé que Indiana Jones caminaba en el vacío, para descubrir que había un camino invisible. Pero acá no había vacío, ni mucho menos caminos invisibles. “Solo la fe te hará pasar”, decía… La fe te hará pasar… Me concentré y deseé estar del otro lado de aquella infranqueable puerta. Decidí hacerle caso a la famosa ley de atracción. Si se desea lo suficientemente algo, el Universo conspirará para que ese deseo se cumpla, decía más o menos el libro “El Secreto”. Sin embargo por más que me concentré y apreté bien los ojos para pensar que quería estar del otro lado, no pasó nada.
- ¡Dale, guachín! ¡Apurá el trámite, porque mi jermu me espera viste!
El grito no me lo esperaba y di un salto sorprendido, trastabillé e intenté apoyar una mano en la puerta blindada para detener mi caída, sin embrago, la mitad de mi cuerpo atravesó la puerta y caí de todos modos, igual. “¡Tengo los poderes de Kitty Pride!”, fue lo primero que pensé lleno de júbilo. “¡Puedo entrar en fase con los objetos sólidos y atravesarlos!”. Pero de inmediato comprendí que no era yo, sino la puerta. Allí no había nada más que un excelente holograma tan perfecto que parecía, en verdad, una puerta sólida e inexpugnable.
Me incorporé y avancé hacia las estanterías. ¡Había tantas copas! ¿Cuál podría ser el Grial?
- ¿Usted es el reemplazo?
La voz surgió desde un rincón en sombras y casi me hace morir de un infarto. Me di vuelta lentamente para ver a un guardia de seguridad, vistiendo un uniforme gris y bastante anticuado y una gorra que parecía más la de un guarda de tren que la de un vigilante. El hombre era muy viejo, estaba muy flaco y tenía una barba larga y rala de color blanco.
- ¿Es usted el reemplazo? –volvió a preguntarme y dio un paso al frente.
Ahora pude ver bien de dónde había salido. En ese rincón había un pequeño escritorio y un libro de actas, donde antiguamente se asentaban todos los movimientos que, los guardias de seguridad registraban.
- ¿Usted es el Guardián? –le pregunté a su vez al viejo.
- Hable fuerte, estoy un poco sordo –me dijo.
- ¡¿Qué si usted es el Custodio?!
El viejo afirmó con la cabeza. Su mirada se veía algo cansada.
- Si –dijo al fin-. La empresa quebró hace varios años y me dijeron que cuidara de estas cosas hasta que vinieran a reemplazarme… Pero nunca vino nadie…
- ¿Y se quedó acá igual?
- Era mi deber –respondió el anciano-. Además la puerta de entrada estaba cerrada… Y las trampas… Llegó un momento en que saltar de escritorio en escritorio me resultaba demasiado fatigoso…
- Estoy buscando el Grial –le dije.
- ¿El qué?
- La Copa del Carpintero –le expliqué.
- ¡Ah! Ya veo… -el viejo se acercó arrastrando los pies y con un leve temblor en sus extremidades, hasta las estanterías. Las recorrió con la mirada un par de veces y luego, asintiendo, tomó una copa… de madera.
- ¡Claro! –exclamé yo-. Recordando la película-. ¡Es la copa de un carpintero!
- Es el primer premio que el patrón obtuvo en una competencia internacional de ebanistas –explicó el viejo-. ¡El jefe era un gran carpintero!
- ¡Debo irme! –le anuncié recordando que mis amigos estaban siendo amenazados por una banda de ladrones armados.
- ¡No! ¡La copa no debe cruzar esa línea amarill…!
Tarde, acaba de cruzar con la copa de madera la línea amarilla de la cual trató de advertirme el vigilante. Una línea pintada en el suelo a medio metro delante de las estanterías. Casi automáticamente cayó entre nosotros un grueso muro de acrílico, y unas luces rojas comenzaron a encenderse y apagarse al tiempo que una aguda chicharra comenzó a sonar. El Guardián quedó del lado de las copas, yo del lado de la salida. El viejo desesperado apoyó sus palmas y su cara contra el acrílico y golpeándolo con desesperación comenzó a gritar, aunque yo no podía oírlo. Si mal no leí en sus labios decía algo así como: “¡No es justo! Dijeron que me vendrían a sacar de aquí y ahora me dejan encerrado para siempre.”
Deshice el camino rápidamente y llegué donde Gladys y su banda tenían a mis amigos.
- ¡¿Esto es el Crial, gato?! –preguntó uno con desconfianza.
- ¡Grial! –lo corrigió Petrus-. ¡Se llama Grial!
- ¿Pero esto tiene algún valor? ¿Están seguros?
- No todo el oro reluce –murmuró Alan citando el comienzo del poema de Tolkien.
- ¡Bueno! ¡Dame esa copa y quietecitos que nos vamos a ir, ahora –anunció Gladys y me sacó la copa de la mano-. ¡No nos sigan! ¡Estamos armados!
- Y nosotros también –acotó Tony-. ¡¿Qué?! ¡¿Nos ves desarmados vos?! ¿Estamos con las piezas sueltas?
La banda de Gladys se perdió tras la puerta de servicio.
- ¡El grial! –gritó desesperado Petrus.
- ¡Mi espada! –lo imitó Claudio.
De pronto, de las escaleras nos llegaron unos gritos: “¡Alto, policía, carajo!”. Las puertas de servicios se abrieron de nuevo y una vez más la banda de Gladys se nos vino al humo.
- ¡Vamos! ¡Vamos! –nos apuraron-. ¡Ustedes se vienen con nosotros de rehenes, que nos sigue la poli! ¡Por las escaleras principales al techo!
No supe en ese momento por qué, cuando Gladys mencionó el techo, Petrus sonrió satisfecho.
La policía apareció pronto. Efectivos comunes y miembros del GEOF, pero al ver que nos tenían de rehenes, se limitaron a seguirnos a buena distancia sin hacer nada. El ascenso fue lento, casi eterno para mí. A cada rato, alguno de nuestros captores les enseñaban sus armas a la policía y les gritaban: “¡Che, bigote! ¡Aguante los terro! ¡Abajo los Counter!”
Por fin salimos a la azotea. En el centro se elevaba la cabina del faro y, entre los equipos de aire acondicionado y los respiraderos de los baños, había algo oculto por una lona negra que parecía flotar de una forma inquietante. La policía se detuvo en la entrada y se mantuvo expectante ahí.
- ¡No entrés, rati! ¡No entré porque quemamos a estos giles! ¡¿Entendiste, bigote?
- ¡¿Qué es lo que quieren?! –preguntó uno que, supuse, sería el mediador.
- ¡Quiero que nos traigan un helicotero y que nos haga un reportaje Anabela Ascar! –pidió Gladys.
Todos estaban descuidados, concentrándose en la policía. Entonces Claudio miró a quien lo tenía del cuello y le dijo:
- Tengo maestría en ataque con armas contundentes.
- ¿Qué decís, payaso?
- ¡Qué mis manos son como mazas y la maestría me otorga un bonus al THAC0!
Claudio golpeó a su captor con ambas manos entrelazadas en la sien. Este cayó al piso inconsciente y Claudio aprovechó para recuperar su arma. Como un poseso se lanzó primero contra Gladys que de un espadazo le hizo volar el revólver, y después contra el de la tumbera que se la cortó a la mitad. La policía aprovechó y entró en acción reduciendo al resto. En la confusión, vi a Petrus tomar la copa y correr hacia donde estaba la lona flotante. La descorrió y, para mi sorpresa, descubrió un centenar de globos que pugnaban por ascender pero no podían por estar atados a un caño. Petrus me miró y me sonrió al tiempo que con una mano se agarraba de los globos y con la otra los desataba. Pronto se elevó con ellos por los aires. - ¡Adiós, amigos! ¡Ahora soy el custodio del Grial! ¡Y recuerden!: "Al Imperio Klingon le quedan aproximadamente 50 años de existencia." ¡Y a ti, mi amigo Andy: “Si se elimina lo imposible, lo que queda será la verdad por improbable que sea”!
Petrus se perdió en el firmamento nocturno y a los ladrones se los llevó la policía. A nosotros nos trajeron mantas y café y nos pasamos varias horas declarando, aun no estaba clara nuestra situación, por qué nosotros estábamos ahí. Recordé al viejo encerrado y envié a que lo liberasen… Lamentablemente fue demasiado tarde. En un ataque de pánico, al verse encerrado, el viejo guardián tomó veneno para ratas. Gracias a Dios, cuando me vio a mí en su agonía, me señaló y dijo:
- ¡Él es mi reemplazo! ¡Él es mi reemplazo!
Habrán visto los noticieros. “Guardias de seguridad que iban a reemplazar a pobre viejo olvidado en una oficina, desbaratan una banda de delincuentes. Se presume, de todas formas, que el jefe de la banda habría huido con el botín ayudado por globos. Se trataría del mismo que, semanas atrás, ya había sido atrapado en el mismo edificio y que habría escapado de la cárcel.”

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