lunes, 4 de julio de 2011

Lunes 04 de Julio...

Ante todo pido disculpas. Estuve con una gripe muy fuerte que no me permitió, en estos días asomar mi nariz un poco más allá del cobertor de mi cama. Desde el sábado que estoy así. Tres días de locura, fiebre, estornudos, remedios caseros de mi madre, más fiebre, más locura y algunos episodios de “Kolchak, The Night Stalker”, cuando la fiebre, los estornudos, los remedios de mi madre y… los elogios de mi hermana, me lo permitían.
Claro, antes que eso estuvo el encuentro con Mariela.  
El viernes fui directamente a su casa como habíamos quedado. Una vez más al pequeño Icarus le tocaba estar con su padre, el “apuesto”, “musculoso”, “viril” y “extraordinariamente bien dotado”, ex marido de ella… ¡Ah me olvidaba el detalle escencial: “y actor porno”! Mientras elegía el vestuario para la ocasión (estaba indeciso en si ponerme la remera roja con el símbolo de flash –esa me había traído suerte, pues la vestía cuando sucedió lo de la chica fanática de Guy Gardner- o algo más sobrio como la negra con el Ojo Único de Sauron en el pecho), pensaba en el ex de Mariela, y de cómo podría yo satisfacerla después de semejantes experiencias que habría tenido con el actor en cuestión… De pronto, al verme al espejo, me reconocí un inmaduro; me vi como un chiquillo sin chances ante la avasallante hermosura y el largo camino que ella tendría recorrido en materia de amor… perdón, a quién quiero engañar: de sexo, estoy hablando de sexo… Entonces tomé una decisión drástica: hoy Peter Pan se quedaría en el armario, junto con la remera de Flash y la del Señor de los Anillos.
Justo el viernes había comenzado a ver Kolchak (¡las cosas que uno puede hacer cuando no está atado por el yugo esclavizante de un trabajo!) y me había parecido muy bueno su “look”, de modo que me dije “¿Por qué no? Ya era hora que comenzara a vestirme como un adulto serio”. Desempolvé un viejo traje que había usado una vez para un casamiento (era blanco, en lugar del que Kolchak usa con rayitas finitas celestes), camisa y una corbata bordó (es la única que tengo aparte de una con el estampado de Homero Simpson, pero esa no juzgué conveniente vestir si pretendía ser un hombre serio) y, por supuesto, zapatillas (no eran las de tenis blancas de cuero que usa él, pero mis amigas “All Star” nunca quedan mal) y el sombrero… El toque distintivo era el sombrero. No tengo uno estilo Panamá como el que usaba Kolchak, pero un funyi herencia de un tío tanguero era un buen reemplazo… Me miré al espejo y asentí con satisfacción… Sólo me faltaba la cámara de fotos y el grabador portátil para parecerme al Investigador de casos paranormales.
Llegué casi a las nueve y media, un poco más tarde de lo que habíamos quedado. Los malditos colectivos que demoran y el maldito tráfico que los hace demorarse mucho más.  Cuando doblé en la esquina de la casa de Mariela, tuve la suerte de presenciar una escena muy bizarra (mentalmente me froté las manos pensando en la cara de satisfacción que pondría Alan cuando le contase): un niño de unos ocho años se acercaba a un lujoso auto con chofer de la mano de un enano. Ambos me daban la espalda pues se alejaban de mí. Lo gracioso era ver como el nene a su lado y de la mano le sacaba casi una cabeza de alto. Cuando alcanzaron el auto, el chofer se desesperó por ser atento y abrió la puerta para que ambos entraran (al enano tuvo que hacerle un poco de upa para que pudiera subir), luego subió él mismo y el auto se alejó con un ronronear suave dejando una estela de luz roja de los faros traseros tras de sí.
Aun riéndome a mandíbula partida toqué el timbre de la casa de Mariela, y enseguida ella me abrió la puerta. Estaba despampanante: un vestido ajustado de color rojo, un escote para nada egoísta y uno tacos de veinte centímetros. Cuando la vi paré de reírme, me acomodé el saco como vi que en alguna película se lo acomodó Mikey Rourke, me acomodé el sombrero como vi que en alguna película se lo acomodó Frank Sinatra, aspiré su perfume embriagante, contemplé sus labios rojos, su cabello brillante y voluminoso, sus formas que invitaban al pecado y su sonrisa cautivante y… La imagen del enano alejándose con el chico tomó mi mente por asalto y la risotada se me escapó a la fuerza, luego una incontenible catarata de risas salió detrás, tanto, que casi me ahogo y tuve que comenzar a toser… Finalmente, cuando me di cuenta que ya a Mariela se le había tornado pesado lo que al principio le pareció gracioso, hice un esfuerzo sobrehumano para parar de reírme, y para concentrarme en ella procurando alejar la imagen del enano de mi cabeza.
- ¿Ahora te doy risa? –preguntó ofendida ella.
- No, no… discúlpame, por favor. ¡Sé que es horrible, pero discúlpame, no me pude contener! Es que si vos hubieras visto  lo que yo vi… -ahí se me escapó otra risita que tuve que hacer mucho esfuerzo por apaciguar. Unas pocas lágrimas corrían por mi rostro.
- Bueno, contame por lo menos asi me río yo también…
- No, no… ¡Ya está! ¡Ya pasó! –le dije haciéndole señas con las manos como para indicarle que lo olvidara-. Además si te cuento no voy a poder parar de reírme. Tomá te traje un regalo.
Saqué del bolsillo de mi saco un paquete que tenía muy bien guardado. Con ese gesto, si había algo de malhumor en ella se esfumó como la neblina matinal al salir el sol.
Mariela me miró con sus hermosos y enormes ojos bien abiertos, las cejas arqueadas y la boca bien abierta en una expresión de fascinación total. Tomó el paquete casi con desesperación y comenzó a romper el envoltorio.
- ¡Gracias! ¡Hace mucho tiempo que nadie me regala nada! –me dijo y continuó abriendo el paquete-. Yo… yo… -la mueca de alegría y sorpresa se le trocó por una de desconcierto-, yo nunca había recibido ¿un muñequito de la Mujer Maravilla?… ¡Gracias!
                - Es que para mí sos como una Mujer Maravillajunté coraje y se lo dije. Mariela me miró con una sonrisa tierna. Lo que yo creí que era desilusión voló y me tomó de la mano y me hizo pasar.
            Nos sentamos en el living, en el sillón grande. Una música suave sonaba en el equipo de música y la luz estaba algo tenue.
            - ¿Te sirvo algo de tomar? –me preguntó.
            - Una coca está bien.
            - ¿Coca? Yo voy a tomar champán –me indicó ella algo desilusionada tal vez -¿No me acompañás?
            - Sí, claro. ¿A dónde?
            - ¡Con el champán, zonzo!
            - ¡Ah! No, no, paso, paso… Es que con el estómago vacío, viste…
            No sé por qué Mariela alzó la mirada al techo; intenté ver si había detectado una gotera, tal vez una tela de araña, pero no vi nada.
            - Traigo algo para comer, entonces… Tengo ostras –me ofreció y se acercó recogiéndose un poco la falda de su vestido y apoyando una rosilla en el sillón, muy cerca de mí-.
            - ¿Ostras? ¡Puaj! Nooo…
            - ¿Alguna fruta? –ofreció ella cada vez un poco más cerca. Me miraba desde arriba con sus cabellos colgando casi oscureciéndole el rostro-. Frutillas, cerezas…
            - ¿Una mandarina?
            Me tenía arrinconado entre el respaldo y el posabrazos.
            -¡Je! ¿Qué calor que hace acá, no? –le pregunté mientras me aflojaba el nudo de la corbata, que ella se encargó de arrancarme de un tirón.
            - Cuidado… que es la única que tengo… decente.
            Ella ya no hablaba, la falda del vestido se había deslizado bien arriba y su pierna flexionada estaba bien expuesta. Me abrió la camisa… los botones saltaron por el suelo…
            - No, pero… la que me va armar con mi viej… Digo con mi vieja camisa…
            - No sé porque es así, pero desde que nos reencontramos me volvés loca... a pesar de todo –me dijo y me estampó un beso.
            ¡Ah! ¡Si ustedes hubieran sido testigos de ese beso, amigos lectores! Sus labios húmedos apretando sutilmente los míos, su aliento prefumado inundándome la boca, su lengua, sabia y juguetona y de repente… Y de repente sonó el timbre con insistencia... Una, dos, tres veces…
            Mariela se incorporó y se acomodó el vestido que ya estaba comenzando a quitarse. Me miró suplicante y me dijo:
            - Tengo que atender, disculpá. Mirá con la insistencia que tocan,
            - No, no, todo bien andá nomás, no pasa nada –le respondí como buen caballero con uno de los almohadones sabiamente colocado en la entrepierna.
            Los timbres seguían sonando.
            - ¿Quién es? –preguntó Mariela mientras se acercaba a la entrada.
            La voz que sonó del otro lado de la puerta era aguda y chillona. Ciertamente era una voz masculina y adulta, pero su timbre era de lo más extraño que había escuchado jamás.
            - ¡Soy yo, Mariela, Tom! ¡Abre que Icarus se ha lastimado! –escuchar su voz era como estar escuchando la voz de Bonavena cantando “Pio, Pio”
            Al escuchar esto, Mariela se desesperó, me miró mientras abría la puerta.
            - Es Tom, mi ex… Algo le pasó a Icarus… Vestite…
            - Si fácil: “Vestite” después que me arrancaste todos los botones…
            Comencé a juntar los botones desparramados al tiempo que me ponía el saco, al menos para disimular; el almohadón aun lo sostenía apretando las piernas…
            ¡Dios mío! Estaba a punto de conocer a esa máquina sexual que sería su ex y yo en el suelo juntando botones… Nada podría ser más humillante…
            La puerta se abrió cuando yo terminé de juntar todos los botones. Me incorporé rápidamente y me abroché el saco lo más rápido que pude, pero con tal torpeza que le pifié a los ojales correspondientes y me quedó una cosa arrugada y apretada de la cual asomaban los faldones abiertos de mi camisa y que dejaba ver mi ombligo.
            No puedo decirles la sorpresa que me llevé al alzar la vista y ver entrar al semental europeo junto a un niño rubión que lloraba tomándose la cabeza…
            ¡El tipo era el enano! ¡El enano! Aquel que había visto alejarse con el niño, que no era otro sino Icarus, el hijo de Mariela… ¿Un enano? ¡¿Mariela se había casado con un enano?!
            - Ibamos en el auto, tu sabes. A Carter no le gusta mucho manejar en Buenos Aires, dicen que son todos locos, pero ya ves, parece que tiene razón –el enano con su voz aflautada le estaba relatando a Mariela lo sucedido, estaba bastante alterado, tanto que daba la sensación que no había reparado en mí. El que sí reparó en mí fue Icarus que, aun frotándose la cabeza, se me acercó y me preguntó aun entre sollozos:
            - ¿Vos sos el novio de mi mamá?
            Me pareció muy tierna la pregunta del nene… y muy incómoda, así que opté por utilizar la psicología infantil: me agaché un poco apoyando mis manos en las rodillas, incliné un poco la cabeza hacia un lado y le sonreí frunciendo la nariz.
            - ¡Ji, ji, ji! –me reí suavemente-. Pero que nene tan inteligente… pero no, no soy el novio de tu mamá… Recién nos estamos conocien…
            - ¡Yo no quiero! ¡Y le voy a decir a mi papá que te cague a trompadas! –fue la amable respuesta del nene, acompañada de una patada a la espinilla que me cortó la respiración en seco.
            - ¡Papá, papá! Ese hombre es malo…
            - ¿Qué le hiciste a mi hijo! –me gritó el enano y enojado su voz se hacía más aguda todavía. Ahora que lo miraba bien tenía un aire a Osvaldo Laport...
            - No, nada si yo…
            - ¡Que sea la última vez porque si no!
            - ¡Porque si no qué? Tarzán de Maceta! –fue la primera replica que se me vino a la cabeza. Encima que me había venido a arruinar la noche, me ligaba una patada del pibe y también una apurada de un enano… ¡No! ¡Seré un perdedor pero no es para tanto!
            - ¡Ah! ¡Así que eres malo de verdad como dice mi hijo!
            - ¡No, por favor, Tom! –gritó horrorizada Mariela.
            - No te preocupés, Mariela –le dije para tranquilizarla-. Me voy a medir, no lo voy a lastimar mucho.
            - ¡Es que no entendés! No me preocupo por él sino por vos… Tom es campeón de lucha libre…
            La advertencia me llegó tarde. Para cuando Mariela me advirtió yo estaba en el piso boca abajo con el enano sentado sobre mi espalda practicándole una quebradora a mi pierna derecha, mientras Icarus (que parecía que se había olvidado del golpe que había recibido) me tiraba de los pelos… El combate terminó por puestas de espaldas (yo terminé de espaldas con las rechonchas piernas del enano practicándome una llave candado al cuello) No hubo conteo, sino el grito iracundo de Mariela. Recién ahí el enano aflojó. Yo aproveché para levantarme, tomar mi sombrero, que había quedado debajo de mí y ahora estaba más arrugado que el tío Pascuale y realicé una salida digna, es decir por la puerta principal.
            Con la lucha había perdido la billetera, seguramente fue a parar debajo del sillón o de la mesa ratona… Espero que no la encuentre ni Icarus ni el enano porque puedo irme despidiendo de mis documentos y mis $25… De modo que, regresé a mi casa caminando… Mariela vive en Devoto, ¿les comenté ese detalle? La cuestión es que con el saco finito (el traje blanco es de verano) con la camisa abierta por carecer de botones, y sin la corbata siquiera para improvisar una bufanda, me chupé toda la helada del sábado a la madrugada. … Durante los días de convalecencia, cuando la fiebre me acosaba, creía ver avanzando al enano disfrazado con una malla igualita a la que Karadagian usaba en Titanes en el Ring. Sabía que pretendía atacarme con su arma letal: “El Cortito” y yo no me podía defender. Ahí comenzaban los gritos desesperados y los intentos denodados de mi madre para calmarme… Y cuando ella fracasaba tomaba la posta mi hermana Sandra: “¡Escuchame, infeliz” ¡Si no te dejás de gritar te hago internar! ¡¿Vos te crees que te vamos a bancar todas a vos?!”. No sé si era por la fiebre, pero al instante, cuando se estaba retirando la escuchaba decir: “¡Pobre hermanito, me da una cosa verlo así, enfermito!
Y ahora estoy aquí, tendido en mi lecho, tal vez de muerte, derrotado por un niño y un enano luchador y actor porno… ¡Huy! Creo que la fiebre está subiendo… Bueno tengo que dejarlos, ahí está el enano, agazapado en lo más oscuro de mi habitación… Puedo escuchar el clamor de la gente: “¡El cortito!” “¡El cortito!”. No sé si lo aclaman a él o le piden su golpe… ¡Ahí se paró, corre hacia mí! ¡Mamitaaaa!

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