jueves, 21 de julio de 2011

Miércoles, 21 de Julio de 2011...

                El día de hoy vino movido. Tal como han estado viniendo los últimos días en mi vida. Por la mañana fui a ver al bibliotecario amigo de mi tío Pascuale. Era ir o sufrir la ira del tío. Ayer había ido a su casa a devolverle el panamá y me amenazó de muerte si hoy mismo no iba a verlo.
                La biblioteca era un antiguo edificio gris,  algo gótico, antecedido por un agobiante jardín de enredaderas desbordadas y plantas exuberantes.  Sobre sus puertas dobles, un enorme cartel rezaba: “Biblioteca del Circulo de Ornitólogos Católicos de San Onofre”. Para llamar, había una aldaba con la forma de un macuco. Golpeé un par de veces y desde el otro lado de la puerta me llegó el rumor del eco... Y unos minutos más tarde, unos pasos pesados retumbaron también. La puerta se abrió lentamente y asomó un rostro familiarmente peculiar. Era alargado, con cierto aire aristocrático, una nariz fina y algo larga y el cabello corto, prolijamente engominado, peinado con raya al costado. En su ojo derecho ostentaba un monóculo.
                Me observó por espacio de varios segundos, como si estuviera evaluándome, hasta que finalmente dijo con una voz pausada:
                - ¡Buenos días! ¿Puedo servirle en algo al caballero?
                - ¡Eh... si, buen día! Vengo a ver al señor Teófilo  Vautur... De parte del tío Pascale... Eh, digo, del señor Pascual  Falivene...
                 - Sepa disculpar, pero ¿quién dice recomendarlo?
                 - Pascual Falivene... El plomero...
                 - ¡Ah, si el plomero! Usted viene por el puesto de bibliotecario...
                Me hizo pasar. La biblioteca era inmensa. A unos pocos metros de la puerta había un escritorio de una madera de color claro, donde descansaba una lámpara y un teléfono negro, de esos antiguos de la década del cincuenta que había que marcar a disco. El escritorio estaba ubicado de tal forma que la puerta de entrada quedaba a la derecha de quien allí se sentara. Al fondo había una puerta doble con vidrio esmerilado y un poco más adelante se ubicaban unas escaleras de madera que conducían al nivel superior que estaba, al igual que la planta baja repleto de estanterías con libros. La planta alta era abierta, con un barandal de madera, del mismo estilo que el de la escalera, y desde allí arriba uno podía tener una vista casi competa del piso de abajo. El lugar era dominado por una penumbra inquietante. Por el estilo y la iluminación, parecía el ambiente adecuado para alguna pelicula de suspenso de los ´50s; o algún film de horror de la Hammer... 
                 - Dígame... ¿qué experiencia tiene en bibliotecas? -me preguntó el hombre. La pregunta me agarró medio desprevenido pues yo, francamente estaba concentrado en tratar de descifrar a quién me hacía acordar.
                - Bueno... la verdad que bastante experiencia tengo. De chiquito era socio de una Biblioteca Popular que quedaba cerca de casa... Mi mamá me había anotado y ahí leí mis primeros libros de aventuras como “El Corsario Negro” o “Robin Hood”; después de más grande siempre utilicé la Biblioteca del Congreso o la Bibloteca Nacional como fuente de información para hacer mis trabajos prácticos, tanto en el secundario como en la facultad...
El hombre detuvo su marcha lenta y me miró seriamente.
                    - Con lo de experiencia, me refería a la laboral, señor -me dijo con esa calma, que a mí me parecía bastante crispante, en su voz-. ¿Qué experiencia tiene, usted, en cuanto a trabajar en una biblioteca?
                    - ¡Ah! ¡Claro, por supuesto! ¡Je! ¡Je! Ninguna... -me rasqué nervioso la oreja, miré hacia un lado, y me revolví el cabello-. Ninguna, si haber trabajado en la biblioteca del colegio después de clase como castigo no cuenta como experiencia.
                    El hombre me contempló de una manera peculiar. De alguna forma me pareció que se trataba de un avestruz curioso el que me observaba. Finalmente pestañeó un par de veces  y reanudó su caminata.
                    - Supongo que estará bien -dijo y me señaló el lugar haciendo un gesto amplio con su mano-. Esta biblioteca tiene una tradición enorme dentro de los círculos de ornitólogos, y es consultada por nuestros socios a todas horas. Lo que yo estoy necesitando es una persona que se maneje bien con los libros, que sea organizada, prolija y responsable.
                     - Ha dado con el hombre indicado -le apunté.
                     - Y, principalmente -añadió sin dar importancia a mi acotación-, que pueda trabajar de noche. Porque el horario que tengo que cubrir es el nocturno.
                     Demasiado bien venía la cosa... Trabajo nocturno... Debía hacer un buen balance para ver si me convenía. Debía contraponer: nuevamente tener un ingreso fijo mensual con el cual subsistir contra, por ejemplo, dejar de reunirme con la Cofradía a jugar rol... por lo menos los clásicos martes por la noche... Un temblor sacudió mi cuerpo.
                     - Este -agregó el hombre, ignorante de mis cavilaciones-, será su lugar de trabajo -me señaló el escritorio y su sillita que estaba casi oculta detrás de él. Auguraba largas horas de incómoda posición, luchando contra el dolor de espaldas y el pesado sueño.
                     Estaba decidido, me negaría rotundamente a ese trabajo aburrido, tedioso,  sin ningún beneficio aparente. Le diría que no, que muy agradecido, pero por las noche mi médico me había prohibido trabajar por causa de un extraño síndrome que me afecta el lóbulo frontal el cual se activa por las noches en vigilia...
                      - El sueldo rondaría los cinco mil quinientos, pesos más pesos menos -estaba diciendo el señor Vautur mientras yo elucubraba mi coartada que, por cierto, se fue al diablo.
                      - ¿Dónde hay que firmar? -pregunté con entusiasmo.
                      El señor Vautur por primera vez esbozó algo parecido a una sonrisa, que en realidad fue una mueca torcida de su boca pequeña y de labio finos.
                     - ¡Ah! ¡Eso es lo que amo de la juventud: su entusiasmo! Mañana mismo puede comenzar señor... ¿señor?
                     - Andrés Pacienci.
                     - Señor Paciencia, lo espero mañana, entonces. Le tendré listo su contrato.
                     - ¡Pacienci! El apellido es Pacienci.
                     - ¡Cómo sea! Lo espero mañana.
                    Salí del lugar más contento que  Wolverine en una fábrica de cerveza y de allí corrí a casa a pegarme un baño y a caracterizarme. Tenía que encontrarme con Petrus para infiltrarnos en la visita guiada al Barolo disfrazados como turistas. Yo tenía el vestuario preparado: unas bermudas floreadas, ojotas, una camisa hawaiana, una gorra de baseball y mi cámara de fotos colgando. Tendría que haber elegido otro vestuario porque fue un día particularmente frío, para mi gusto...
                    Cuando llegué  al Barolo, el grupo de turistas estaba reunido: 35 japoneses todos vestidos de gris... Petrus, como era de esperar no estaba a la vista. 
                     No pasó mucho tiempo cuando escuché un chistido leve. Dos, tres veces debió chistar Petrus hasta que pude identificar donde estaba.
                     - Distraelos que voy a salir -me dijo desde el interior del buzón que estaba emplazado en la vereda, no muy lejos de la entrada.
                     - ¿Cómo te metiste ahí?
                     - Tengo mis habilidades... Nada que el yoga y la meditación no puedan lograr... Deberías probar vos...
                     - ¿Pero no te vio nadie abrir el buzón?
                     - A las cuatro de la mañana, acá solo había un borracho tirado que creyó que el buzón me estaba tragando y huyó despavorido. 
                     -  ¡¿Vos estás acá dentro desde las cuatro de la mañana?!
                     - Ya te lo dije, nada que la meditación y el yoga no puedan lograr. ¡Cómo Tu Sam! ¿Creí que tenías muy en claro que soy un profesional en esto?
                     - No; si, si no tengo dudas de eso...
                    Me acerqué a los japoneses con una gran sonrisa y los saludé con la cabeza e intenté captar la atención de todos para que no mirasen al buzón.
                    - Buenas, buenas -les dije mientras pensaba algo ingenioso como para entretenerlos. Algo, alguna figura famosa que tuvieramos en común... que tanto ellos como yo conocieramos...
                    - ¡Toranaga san! -les dije y los japoneses me miraron extrañados-. ¡Shogun! -grité-. ¡Richard Chamberlain!
                    - ¿Lichald Chambelein? -dijo un viejito muy parecido a Pat Morita y me miró de arriba abajo. De pronto se comenzó a reír y me señaló mirando a sus compañeros.
                   - Okama... -dijo sin dejar de señalarme y estalló en una carcajada, el resto lo imitó mientras repetía: “¡Okama! ¡Okama!” Yo comencé a reírme con ellos y fui rotando como para que los ponjas le dieran la espalda al buzón. Los japoneses comenzaron a alternarse para colocarse junto a mí y sacarse fotos conmigo.
                    - ¡Okama! ¡Ajaja! -me dijo un japonés gordo como un luchador de sumo que se me acercó y me dio una palmada en el hombro que casi me lo disloca-. ¡Okama! ¡Jajaja!
                    Cuando me quise acordar, Petrus ya se encontraba a mi lado. Para mi sorpresa, vestido como siempre: pantalón de gabardina verde, abrigo largo negro y borceguíes. Pero llevaba una cámara analógica para rollo de 35 mm con un gran flash colgando del cuello.
                    Lo señalé.
                    - ¿No había que venir disfrazado de turista?
                    - ¡¿Y de que estoy disfrazado?! ¿De heladero?
                   De pronto se me acercó una muchacha muy hermosa, tendría unos veinticuatro años. Tenía una megáfono en su mano. La chica me miró de pies a cabeza y no pudo reprimir una carcajada.
                   - ¿Disculpá, ustedes son los centroamericanos que se acoplaron a la visita guiada con los japoneses?
                   - Si, shica, ¿cómo tú te has dao cuenta? -le respondí imitando un acento caribeño.
                   - ¡Okama! -gritó de nuevo el luchador de sumo y todo el grupo estalló en risas.
                   Señalé a Petrus.
                  - ¿Okama, también? -les pregunté. Los japoneses negaron con la cabeza, me señalaron a mí y siguieron fotografiándome.
                  - ¡Okama! -les grité, entonces, levantando triunfal el brazo, haciéndoles fiesta. Los japoneses se rieron a costilla partida y no dejaban de sacarme fotos.
                   - ¿Vos sos el “okama”? -me preguntó la chica, divertida.
                   - Si, shica. Los olientales me llaman así. Que va usted a selle, significalá ganadol...
                   - Okama significa maricón... -me dijo ella riéndose y se alejó para dar comienzo a la visita guiada.
                 La visita guiada fue entretenida, aunque la mayoría de las cosas no las entendimos porque la guía hablaba todo el tiempo en japonés, salvo cuando se acordaba que estábamos presentes nosotros. Pero cada vez que la atención de los japoneses se centraba en nosotros, comenzaban con su coro: “Okama, okama” y estallaban en risas.
                Cuando llegamos al segundo piso, Petrus contempló una vez más la vitrina con las copas, y permaneció ajeno, como extasiado, ignorante de la charla de la guía y de los “okamas” de los japoneses. De pronto alzó la mano, como si de un alumno que quiere despejar una duda en el colegio se tratase.
                - ¿Si? –la guía lo miró intrigada, Petrus estaba dándole la espalda al grupo, contemplando los cálices.
                - ¿Tiene idea, señorita, a qué se dedican en esta oficina? –preguntó Petrus.
                - No… lo siento, pero… yo sé de la historia del edificio no de las actividades que desarrollan los copropietarios o inquilinos.
                - ¿Y usted pensaría que alguno de esos gria… alguna de esas copas, digo,  podrían ser… especiales, mágicas digamos?
                - Bueno… hay algunas que son muy bonitas, podría decirse que algunas son especiales…
                Petrus se acercó a mí y me habló al oído:
                - ¿Te diste cuenta? Confirmadísimo… Dijo que algunas son especiales… Entre esas tiene que estar el grial…
                La charla siguió un par de minutos y una vez más Petrus la volvió a interrumpir.             
                - Señorita, ¿sabe si este edificio cuenta con alguna salida de emergencia, una entrada especial?
                - Bueno, no… Creo que hay una rampa para ingreso de mercaderías que comunica  con el subsuelo nada más.
                - ¡Suficiente para mí, gracias! –le respondió Petrus-. ¡Vámonos, Andy!
                - ¿Ya nos vamos? Esperame, entonces… -le dije y me paré delante del grupo de japoneses.
                - ¿Me podés traducir lo que les voy a decir, por favor? –le pedí a la guía…
                - Si claro, pero… ¿Ustedes no eran centroamericanos?
                - Si, pero nos criamos de chiquitos acá en Argentina, piba, como Vigo Mortensen… Deciles a los ponjas: “¿Así que yo soy maricón, tintoreros de cuarta? Bueno tomen esto:”
                Cuando la chica terminó de traducir, me puse de espaldas al grupo, me bajé los pantalones y les enseñé el culo. ¡Si señores! ¡Qué tanto! ¡Les mostré el culo a esos japoneses y salimos corriendo con Petrus!
                Claro, no contaba con que el japonés luchador de sumo había ido a la otra punta del pasillo, a sacar fotos. En el momento en que me bajaba los pantalones ante sus compatriotas, regresaba. Choqué contra la inmensa barriga del japonés, reboté y caí al piso en s
eco.
                Lo que siguió después fue todo muy vertiginoso y todavía no estoy muy seguro de recordarlo todo. El gordo me agarró, por detrás y me alzó en vilo. Con una mano me tomó por el cuello de la camisa hawaiana y con la otra, por el fondillo de las bermudas. Me miró con los ojos rasgados inyectados en sangre y los dientes apretados.
                - ¡Sayounara, Okama san! –me dijo y me arrojó por las escaleras. Los dos pisos los bajé rodando de igual forma que Rosario lo hizo el otro día… ¿Sería una maldición suya? Llegué a la planta baja hecho un ovillo y todo dolorido. El encargado (que era el mismo del otro día) me miró y chasqueó la lengua…

                - ¿Vos también, pibe? El estrés está haciendo estragos… El otro día una chica le pasó lo mismo que a vos… Yo, me voy a vivir al campo, con mi cuñado... ¿Querés que llame a la ambulancia?
                - No se preocupe, jefe, yo lo llevo al hospital –le respondió Petrus que bajaba corriendo las escaleras, me ayudó a incorporarme y me sacó casi a la rastra del lugar.
                Ahora estoy escribiendo desde la cama, casi ni puedo tipear… Me duelen todos los huesos y el coctel de ibuprofeno y diclofenaco no me hizo nada… Encima mañana empiezo a trabajar. Pero no todas fueron malas. Mariela volvió a comunicarse conmigo. El sábado me espera en su casa, dijo que tenía algo importante para decirme. Creo que esta vez, sí se me va a dar.





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