Ayer comencé con mi nuevo trabajo. Petrus se había contactado conmigo porque justo esa noche quería ir por el Grial. Lo lamenté mucho pero le expliqué que debía trabajar y no iba apoder ir. Él me dijo que iría igual, solo. “El destino favorece a los niños, a los locos y a las naves llamadas Enterprise”, me dijo y me citó la fuente: Comandante William T. Riker.
Ha sido una experiencia peculiar, mi primera noche de trabajo... Bastante aburrida y a la vez inquietante. A las siete de la tarde estaba ya instalado en mi incómodo escritorio. Me recibió una vez más el señor Vautur con ese rostro particular que, aun no puedo descifrar a quien me hace acordar. Cuando la puerta se abrió, su figura enfundada en un traje gris me observó tan serio como siempre, parpadeó un par de veces y luego se quedó mirándome fijo, lo que me hizo pensar en un buho curioso...
- ¡Señor Paciencia! Admirable su puntualidad -me dijo de repente, extrayendo su boquilla de un bolsillo interior del saco-. ¡Adelante, adelante!
- Eh… este… mi apellido es Pacienci…
Caminamos en silencio hasta el escritorio. Vautur colocaba un cigarrillo en su boquilla y lo encendía, tras acomodarse un poco el pañuelo que llevaba al cuello.
- ¿Entusiasmado? -me preguntó luego de darle un par de pitadas al cigarrillo.
- Si, si... Vamos a ver qué pasa ¿no?
- Bien. Siéntese tranquilo, si usted quiere puede tomar el libro que quiera para que la noche sea más amena, y me atiende el teléfono (si suena) o a algún investigador circunstancial -me explicó-. Ya sabe que muchos de nuestros socios prefieren las horas nocturnas para el estudio... Los investigadores “lechuzas” los llamo yo -acompañó este último comentario con una risa delicada, tranquila y cargada de aristocracia. En cambio tenemos también los investigadores “alondras”, son los que están aquí a primera hora de la mañana.
Me acomodé en mi asiento dejando pasar el comentario y comprobé que, en efecto, iba a ser una larga y dolorosa noche con esa silla de madera...
- Bien- concluyó Vautur-. Tras esas puertas de allí -señaló las puertas con vidrio esmerilado- hay una pequeña cocina. Podrá usted prepararse café o, eventualmente, alguna pequeña cena. Yo estaré por ahí… vigilando –acompañó a esta última palabra con una expresión ceñuda, bastante severa diría yo. Una expresión que, de alguna forma, me hizo pensar en un halcón o un águila…
Dicho esto, se retiró subiendo las escaleras, deseándome suerte y una buena noche.
Me quedé solo en aquel ambiente enorme, solamente iluminado por el vago fulgor de mi lámpara de escritorio. El silencio se intensificó más aun, sobre todo cuando el rumor de los pasos del señor Vautur se extinguieron al entrar a quién sabe a qué dependencia allá arriba. Me reacomodé un poco en mi asiento, y la silla crujió de una manera inquietante. Miré a mi alrededor, intenté concentrarme en el lugar. Observé las hileras de estanterías cargadas de volúmenes, el alto techo del cual colgaba una impresionante araña sobrecargada de caireles… Miré mi reloj… Apenas habían pasado un par de minutos. La cosa iba a ser dura…
Cuando pasó media hora, a mí me había parecido que había pasado un siglo y medio. Ya había cambiado de posición varias veces, me había puesto de pie, reacomodar la silla, vuelto a sentar… Opté finalmente por acercarme a las estanterías y escoger un libro, al azar, para matar el tiempo. “Vida Sexual y Reproducción de los Cóndores Andinos”.
“(…) En ambiente natural, uno de los aspectos menos conocidos del cóndor es el referido a su reproducción. Los cóndores son básicamente monógamos, es decir que escogen una pareja y permanecen con ésta de por vida. Sólo en caso de que uno de los dos muera, el otro busca una nueva pareja. El ciclo reproductivo del cóndor, incluido el cortejo, apareamiento, incubación y levante del polluelo hasta su emancipación dura aproximadamente dos o tres años (...).”
“¡Je! Hasta estos pajarracos tienen la suerte de compartir su vida con una mujer”, pensé y eso me remitió a un pensamiento quizás, banal, en comparación con la literatura que tenía entre manos: “Mariela y mi encuentro del sábado.” ¡No podría asistir al encuentro! ¡El sábado a esa hora voy a estar trabajando!
Iba a tomar el teléfono para llamarla y avisarle que lo de mañana no iba a poder ser, pero cuando dejé el libro sobre el escritorio, sentí como que me observaban. Fue una sensación extraña, sentí como una fuerza, algo impalpable que se posaba en mí, pero a la vez era tangible… Y de pronto, me di cuenta. El señor Vautur me estaba mirando fijamente desde la baranda del primer piso. La misma cara de aguilucho expectante por su presa. El monóculo que siempre tenía clavado en el ojo derecho lanzó un destello… No puedo negar que me pareció un tanto inquietante la situación. Si bien no era nada fuero de lo común, y hasta el me lo había advertido: era el jefe que estaba controlando a su empleado nuevo. No supe, bien cómo reaccionar. Sólo me salió saludarlo tímidamente y volver a enfrascarme en la lectura del libro. El señor Vautur retrocedió y desapareció en las sombras.
“(…) La especie posee el período de incubación más prolongado entre las aves rapaces; en el momento de estro o celo el color comúnmente rojizo de la piel de la cabeza se les torna amarillento. Luego de 56 a 60 días de incubación compartida, nace el polluelo el cual es alimentado por ambos padres con carne regurgitada (…).”
“¡Mirá qué bien! A estos tipos sólo le basta cambiarse el color de la jeta para levantarse una mina, yo ni poniéndome un smoking…”, volví a pensar, y otra vez, esa sensación, y otra vez el señor Vautur mirándome desde lo alto. Con su monóculo, y su expresión inmutable, pétrea, implacable, intensa… Y ya no me pareció un águila sino un cuervo, un cuervo oscuro que fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más… Volví a tomar el libro pero por más que leyera que el cóndor, para anidar, escoge generalmente cuevas en grandes paredes rocosas verticales, protegidas del viento y la intemperie; o que aunque hasta hace relativamente poco tiempo se clasificaba a los cóndores entre los buitres, actualmente se nota que su linaje es más próximo al de las cigüeñas y garzas… la imagen del Cuervo de Poe me volvía una y otra vez a mi mente. En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Aunque intentaba concentrarme en el libro no podía. Allí, desde su balcón privilegiado, me vigilaba imperturbable, sin dejar de clavar su mirada. Como una gárgola de alguna catedral truculenta, me observaba, me observaba, y me observaba…
No soporté más. Dejé el libro y me puse de pie. Rápidamente me dirigí a la cocina a prepararme un café… Y recién eran las ocho y media de la noche…
Voy a resumirles porque si no creo que yo, voy a enloquecer de repetir todo nuevamente por escrito. La noche se me hizo de chicle. Leí muchos libros: “Martín Pescador, la pequeña saeta azul turquesa”; “El Hornero Albañil, un pájaro obrero”; “La cantora de los cielos, conozca a la Reina Mora”… Pero cada vez que levantaba la cabeza ahí estaba Vautur, con su aspecto de cuervo con monóculo, mirándome… La noche se hizo lenta, muy lenta, pero por fin el viejo reloj de péndulo que colgaba de uno de los muros dio las siete de la mañana. Mi turno terminaba, sin embargo, el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. En el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!
Llegué a mi casa y, a pesar que pasé la noche en vela, tensionado por la experiencia de tener al señor Vautur sobre mí (literalmente), no pude pegar un ojo por un par de horas, de modo que me quedé tomando mate con mi madre y mi hermana, mientras ambas miraban las noticias en Crónica Tv.
- ¡Una nueva, ahora! –rugió mi hermana y me dedicó una fulminante mirada de odio-. ¡Al señor lo tenemos que aguantar todas las mañanas!
No le presté atención y subí el volumen de la tele, una nota que estaban presentando me estaba llamando poderosamente la atención.
- Un matecitoooo –me invitó entonces toda amabilidad y ternura, Sandra acercándome el mate y su rostro para darme un beso. Yo, con un acto reflejo, me encogí de hombros como para cubrirme porque creí que me iba a golpear.
El presentador de la tele de pronto dijo: “Atrapan a caco en el Palacio Barolo. Delincuente insiste en que es el elegido para recuperar el Grial. Roba importante fábrica de trofeos”. La imagen mostraba a varios efectivos llevándose a la rastra a Petrus que desaforado intentaba safarse de sus captores a la vez que miraba a cámara con ojos desorbitados: “¡Andy! Yo he caído, Andy! ¡Te toca a vos!”
- Andrecito, ¿ese de la tele no era tu amigo Pedrito? –preguntó mi madre cambiándose los lentes para ver mejor.
- ¡No, ma, nada que ver! ¡Mirá si va ser Petr… Pedro…
La nota concluía con el movilero de Crónica, que se había podido acercar a mi amigo antes que lo subieran al patrullero, preguntándole: “¿Alguna declaración que hacer, señor?”
Petrus miró a cámara con la serenidad que lo caracteriza y dijo: “Nunca me he fiado de los Klingons y nunca lo haré”.
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