miércoles, 27 de julio de 2011

Lunes 25 de julio de 2011...

               Un poco más animado por la expectativa de un nuevo encuentro con Mariela (bueno,  un 50% por eso, y otro 50 por el estreno de la peli), encaré un nuevo día (perdón, noche) de trabajo con más entusiasmo. Pude enterarme que Petrus permanecía detenido en la Alcaldía de los Tribunales a la espera de su declaración pero que decidieron trasladarlo al Hospital Borda por su gran estado de alteración y fabulación. En cuanto pueda voy a ir aunque sea a llevarle algún paquete de galletitas... Es fanático de las “Opera”. 
                Vautur me recibió como de costumbre. Siempre elegantemente vestido, siempre con su boquilla en la boca y su monóculo clavado en el ojo derecho. Por más que lo mirase, no podía atinar a descubrir a quién se parecía, y era eso más traumático que saber que probablemente una noche más debería soportar su mirada implacable desde su puesto en lo alto...
                - ¿Cómo está, usted, señor Paciencia? ¿Ha descansado bien? -me saludó con la cortesía habitual.
               -  Si, si... Pero es Pacienci el apellido...
               -  Me alegra mucho, señor Paciencia... ¡Pase, usted!
                Dicho esto se fue arriba. En un momento sopesé  la posibilidad de detenerlo y preguntarle acerca de su actitud extraña que, parecía ignorar o directamente obviar con un caradurismo atroz, pero lo pensé mejor y lo dejé pasar.
                En esta ocasión me vine mejor preparado que la noche anterior. Me traje un arsenal de comics: “Batman”, “X Men”, “Spiderman”, “Avengers” y “Justice League”. Consideré que era mejor dejar a “Oscura” para leer en casa, más tranquilo. Además traje un brebaje infalible para lograr vencer el sueño. En un termo preparé una mezcla de: café bien caliente y sin azúcar, dos latas de bebida energizante, dos botellas de 350 ml de Pepsi Kick (la nueva que viene con ginseng), un blíster de cafiaspirina, y un puñado de hojas de coca que, mi amigo Pedro me había traído de su último viaje a Salta. Para las nueve dela noche ya me había bebido medio termo; a las doce, con el termo terminado, experimenté algo nunca antes visto… Fue como haber tomado la píldora roja de Matrix.
                Mi estado de conciencia nunca estuvo tan despejado y alerta, y la percepción de mis sentidos nunca fue tan clara, tan aguda. Los negros de las sombras se profundizaron de una manera asombrosa; las luces se veían más brillantes; podía ver, desde mi posición en el escritorio, como el polvo flotaba entre las estanterías cargadas de libros. Una araña tejía su tela en un alejado rincón de la sección “Aves zancudas”.  Entonces puede verlo (y oírlo)… Vautur estaba en la balconada, como siempre, pero ahora podía ver sus pupilas dilatándose y contrayéndose, según la incidencia de la tenue luz; los poros de su piel abrirse; detecté el ronquido suave de su respiración, antes para mí imperceptible… Todo lo que yo percibía se magnificaba de una forma exponencial… Mi excitación también creció en forma desmesurada. De pronto mis pies no podían parar de repiquetear contra el suelo, y una serie de tics atacaron mi rostro y mi cuerpo. Tal era mi estado que hasta logré arrancar de su mutismo siniestro a mi jefe.
                - ¿Se siente, usted, bien, señor Paciencia? –quiso saber.
                - ¡Pacienci! ¡Pacienci, man! –me salió responderle involuntariamente, y me levanté de súbito de la silla, golpeando con mis muslos contra el borde del escritorio, haciendo caer la lámpara. En ese momento sonó el timbre de la biblioteca. El sonido (el timbre suena como el trino de una calandria) No les puedo explicar el susto que me hizo pegar el sonido amplificado de ese timbre. Pegué un grito agudo, y el propio grito me hizo pegar otro grito de miedo.
                - ¡Atienda la puerta, Paciencia! ¡Debe ser uno de nuestros socios! –me gritó Vautur desde lo alto y eso me hizo pagar otro alarido.
                Fui marchando a paso de ganso hasta la entrada, abrí la puerta y lo que vi creí, en un principio, que era… ¡El Patriarca de los Pájaros, aquella creación de García Ferrer que aconsejaba al desventurado Trapito!
                Un anciano algo bajito y un poco encorvado, con el rostro plagado de arrugas cubierto por una larga barba blanca, nariz ganchuda, pequeñas gafas de marco redondo montadas sobre ella, con una boina bordó encasquetada hasta las cejas y un  desmechado cabello blanco asomando por debajo haciendo juego con  unas deshilachadas y gruesas patillas, estaba de pie, cargando un viejo portafolios de cuero marrón, lleno de papeles a reventar. Vestía un anticuado traje gris ratón y llevaba una bufanda anudada al cuello. Después de focalizar un poco, me di cuenta que no era el Patriarca de los Pájaros, sino un tipo, común y silvestre, pero aquella visión me llevó a destrabar uno de los enigmas que me tenía preocupado… ¡Supe, en ese preciso instante a quién se parecía Vautur! ¡Se parecía a Don Gold Silver, el padre de Oaky, otro ser creado por la imaginación del viejo García Ferrer!
                El Patriarca de los Pájaros me miró con los ojos que, tras los gruesos lentes, se veían pequeños y me sonrió bonachonamente.
                - ¡Soy el profesor Nicolás Somormujo! Socio número 00034... Vengo a trabajar con el material de consulta sobre Macucos Azules...
               - ¡Todo bien, man! –me salió decirle y en ese momento todos los tics que atacaban mi cuerpo se produjeron en una concatenación de movimientos y convulsiones espasmódicas-. ¡Todo bien, pero no me grites! ¡Pasá!
                El viejo me miró un poco extrañado e ingresó a la biblioteca con las manos a la espalda sosteniendo el portafolios.
               - ¡Bien, muchacho, comencemos! -me dijo el Patriarca avanzando entre las estanterías.
              Arrastraba los pies, en lugar de levantarlos con cada paso y el sonido que producía me parecía el de cientos de sierras trabajando sobre un grueso tronco. Llegó hasta una de las mesas de lectura, apoyó pesadamente su portafolios y me observó desde el fondo de aquel pasillo de libros. Por encima de todo, Vautur me miraba también, apoyado en la baranda, con su monóculo maldito destellando en su ojo, y esa cara de inexpresiva... Llegué a detectar una minúscula gota de sudor colgando de su sien, junto a la patilla derecha.
             - ¡Vamos muchacho! ¡No tengo toda la noche! ¡Necesito los volúmenes: BC435-RT 72, 73 y 74; los NZ-14.STR, XV 98-75CLH, y el YF-09-KPL-95/89; además necesito de la sección H-1: los libros ITT-435-M; HITACHI-098; NOBLEX 764/H…
            Tantos datos juntos, que para mí fueron alaridos que retumbaron en la cabeza… No sabía qué hacer. Daba un paso para un lado, daba un paso para el otro, volvía a la posición inicial, siempre pivoteando sobre el mismo pie… Miraba al Patriarca, digo, al profesor Somormujo, miraba a Vautur… Parecía Carlitos Balá interpretando al personaje del “Indeciso”.
            - ¡Vamos, muchacho! ¡Muevete! –me gritó el viejo-. ¡Allí, pasillo de la izquierda, décimo estante a la derecha! ¡Usa la escalarilla!
            Corrí como un desaforado, pero por mi estado alterado, no podía controlar bien mi cuerpo...  Me llevé la escalera por delante, se deslizó sobre sus roldanas y salió despedida hacia el fondo. Pegó en el final del riel, rebotó y volvió pegándome en pleno rostro. Caía al piso desparramado y de un manotazo hice volar varios libros que cayeron al piso abiertos de muy mala manera abriéndose y despegándose varias páginas.
           - ¡Los libros! ¡Los libros! –gritaron al unísono tanto el Patriarca de los Pájaros como Gold Silver. Este último comenzó a correr escaleras abajo agitando los brazos como si fuera un gallináceo aleteando.
          De pronto, comenzó a emitir un chillido, como el graznar de alguna ave extraña, y entonces sucedió algo de lo más extraño. Unos paneles del alto techo se abrieron descubriendo unas enormes jaulas cargadas de cientos de aves que revoloteaban y chillaban enfurecidas.
          - ¡El sacrílego rompió los libros! –gritó Vautur ya al pie de las escaleras.
          - ¡A por él! –gritó el Patriarca y, con horror, vi cómo las jaulas se abrían y los pájaros se lanzaron en enloquecido vuelo contra mí.
         Me paré como pude y corrí hacia la salida. Los pájaros me sobrevolaron y debí zambullirme al suelo para que no me convirtieran en carne picada. Los chillidos y el batir de las alas resonaron amplificados en mi cabeza, me tapé los oídos y volví a emprender la carrera a mi salvación. Pude llegar a las puertas, las abrí, salí y las cerré justo a tiempo. Del otro lado pude escuchar varios: “¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!” de los pájaros chocando contra la madera de las batientes. Logré, sin embrago, antes de salir logré gritarles:
         - ¡Loco, renuncio, man, renuncio! ¡Y sos igual a Gold Silver, sabelo!
        Cuando salí corrí por las calles sin rumbo, desenfrenado hasta que me detuvo un patrullero y les conté lo sucedido, pues querían llevarme detenido. Pero cuando regresamos a la biblioteca con la fuerza pública. Vautur negó conocerme, y negó por supuesto que yo hubiera trabajado allí.
        - ¡¿Ah, no?! –le grité-. Ahí dentro tiene que haber unos comics míos y un termo.
        - ¡Pamplinas! –refutó Vautur y nos hizo pasar-. Como verá, oficial, ahí está nuestro sereno…
      En el asiento que yo ocupaba hasta hace un par de horas, estaba sentado el profesor Somormujo, leyendo un diario.
       - ¡Ese no es el sereno! –me defendí yo-. ¡Es el Patriarca de los Pájaros!
       - ¿El Patriarca de los Pájaros? –preguntó uno de los policías y se miró con el otro oficial.
      - ¡Sí! –exclamé yo desquiciado-. ¡¿Y los pájaros que me atacaron?! ¡¿Pregúntele, oficial?! Del techo salieron miles de pájaros que me atacaron…
      - ¡Suficiente! –chilló Vautur actuando a la perfección a un hombre ofendido-. ¡No voy a soportar las fantasías de… un lector de historietitas!
      - ¡¿Qué historietitas?! ¡¿Qué historietitas?! –exploté yo- ¡Comics se llama! ¡Estoy harto que menosprecien el género, tildándolo de infantil, despreciándolo y considerándolo un arte menor! ¡No señor! ¡Los comics son obras de arte, que joder!
      Uno de los policías me tomó por los hombros y me sacó a empujones de la biblioteca, mientras el otro se disculpaba con Vautur.
      - ¡Flaco! –me dijo el oficial-. ¡No sé lo que tomaste, pero mejor que te vayas a tu casa, si tenés una, y no te me cruces más en el camino! ¡Decí que hoy estoy bueno, porque si no te hago comer una semana en el calabozo!
      Sin chistar seguí el consejo del amable custodio de la ley, lamentando haber perdido mis preciosos cómics y mi termo. Una vez más, era un desempleado más…
     Cuando estaba por entrar a mi casa, una paloma mensajera se me posó delante de mí. Me di cuenta enseguida que tenía un mensaje y se lo saqué.
“Sabemos dónde vives. Esta afrenta no quedará sin saldar”

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