¡Buenas, gente! Disculpen mi ausencia, si es que alguien está esperando aún que vuelque en esta página mi pobre vida, pero tuve una semana bastante agitada, y deprimente. No tuve ni tiempo ni ganas de escribir. Es más, estoy pensando seriamente en si vale la pena esto, si sirve para algo, porque… ¿Qué sentido tiene escribir todo lo desastroso que sucede en mi vida para que alguien (si es que hay alguien realmente) lo lea, se interese, y arrebate algún sentimiento de su alma? ¡Ni sé si lo hago con ese propósito! Quizás lo haga con el mero objeto de hacer catarsis, de poder volcar acá todo lo que no me animo a decirle a un psicólogo… No sé. ¿Y qué sentimientos podrían despertar mis desventuras en ustedes, señores lectores? ¿Tal vez compasión? ¿Tal vez piedad? ¿Quizás risa? ¿Quizás ganas de encontrarme y golpearme por ser tan…? ¿Tan qué? ¿Nerd? ¿Perdedor? ¿Lunático? ¿Infantil?
Afuera está lloviendo a cantaros. Es una noche horrible, fría y despiadada. En su cruel oscuridad, en su persistente humedad, veo reflejados todas mis frustraciones. Pero el miércoles pasado no había comenzado así. Me levanté ese día con un entusiasmo inusual. No sé si lo había provocado el encuentro como mi amigo Petrus o el hallazgo en los clasificados del diario: “Importante editorial busca jóvenes talentos. Guionistas de historieta inéditos presentarse 10 AM”
Y allí estuve, con mi puntualidad inglesa a las 9:59 horas, con mi carpeta bajo el brazo y unos doscientos guionistas delante de mí…
De todas formas, la espera no duró mucho, el tipo los despachaba como si fueran semillas de sandía escupidas de una boca una tarde de verano. El tipo era un burro, un ser grotesco que parecía disfrutar humillando a un talento como yo. Lo cierto es que no resistí escuchar opiniones tan insultantes sobre mi “Capitán Malambo” y le tuve que cantar cuatro frescas… Fui retirado del lugar por personal de seguridad. Pero ese traspié no me hizo caer. Había entrado en ritmo, de modo que, por la tarde, me presenté a otras dos editoriales, y el jueves a otras tres… "La vida puede derribarte, pero tú decides sitienes ganas de volverte a poner de pie o de quedarte tirado", le decía el Señor Han al pequeño Dre, en la nueva versión de "Karate Kid". Y yo elegí ponerme de pie... Aunque creo que hay una confabulación en mi contra. De alguna manera, alguien, no sé quien, está gastando todos sus recursos en boicotearme mis entrevistas. Alguien ha pagado a cada editor para que me diga lo mismo, para que me humille de igual forma. Todos los que me entrevistaron me dijeron lo mismo: “Su obra es pésima, infantil, previsible, totalmente carente de ideas y ordinaria.”
El día viernes hubiera intentado un poco más, pero debía reunirme con mi amigo Petrus en las puertas del Pasaje Barolo. Habíamos acordado ir disfrazados como dos hombres de negocios, de modo que recurrí una vez más al disfraz de Kolchak: mi traje blanco, mi corbata bordó y el sombrero. Esta vez, para no desentonar como el otro día, en lugar de usar mi viejo funyi, le pedí prestado al tío Pascuale un panamá de museo que usa siempre en verano.
- ¿E´ para que quiere osté el mío capello? –quiso saber con justa razón el tío-. Ha conseguito uno laboro en el circo, o en una compañía di teatro? ¿Angora quiere fachere il artisteno? Ya le dije io, a osté se lo van a mangiare uno piguyi cosi de grandeno –y una vez más me enseñó su pulgar ancho y calloso de sus días de plomero.
- No, tío. Usted no se preocupe. Justamente es por un… negocio. Usted sabe, la presencia ante todo…
- Ma´la facha, la facha. Ma´que facha me parla si viste como un pagliacci. ¿Ha ido a vere al mio amico, el de la biblioteca?
- No tío, no tuve tiempo.
- ¡Eh! Tempo, tempo… Tu ricordare: uno piguyi cosi de grandeno…
A las doce estaba ante las puertas vidriadas del Pasaje y todo el imponente edifico Barolo elevándose como un gigante ciclópeo imperturbable, con mi traje blanco inmaculado y el sombrero del tío Pascuale. Un vendedor de garrapiñadas me miraba más de lo normal y llegué a dos posibles conclusiones: o era gay, o podría ser algún agente encubierto vigilando nuestros pasos. Petrus me había advertido muy bien, que mucha gente estaba tras el Grial, y que nuestra misión podría ser peligrosa. Cinco minutos más tarde, Petrus se hizo presente. Tal como es su estilo, salió de entre unos contenedores de basura, vestido con las mismas ropas que el otro día, pero ahora con un bigote postizo tipo anchoíta.
- Creí que teníamos que venir disfrazados de hombres de negocio –le critiqué mirándolo de arriba a abajo.
- ¡Shhh! –me dijo algo molesto y siempre con esa voz susurrante-. ¡No levantés la perdiz! ¡Estoy disfrazado de hombre de negocios!
- Pero, Pedrito…
- ¡Petrus! ¡Petrus! Para el mundo soy Petrus… ¡No pueden saber mi nombre real!
- Petrus, Petrus, disculpá… Petrus, sólo tenés puesto un bigote…
Mi amigo me miró sorprendido y se llevó la mano al labio superior.
- ¡Creí que me había puesto el bigote de ejecutivo! ¿No es el finito?
- Si, es el finito…
- ¡Ah, qué alivio! –suspiró Petrus-. Es el bigote de ejecutivo… ¡Vamos!
El plan era sencillo. Íbamos a hacernos pasar por dos hombres de negocios que necesitamos alquilar una oficina. Así poder recorrer el edificio y ver si podíamos identificar los posibles lugares para ocultar la copa sagrada… Durante la otra semana volveríamos disfrazados de turistas y nos mezclaríamos en una visita guiada para intentar descubrir puntos flacos de la seguridad del edificio y posibles puntos de entrada y escape.
La mujer de la inmobiliaria nos aguardaba en el pasaje, junto al escritorio del encargado donde un moderno plasma estaba dividido en muchos “frames” mostrando en blanco y negro, pero de una forma muy nítida, lo que las cámaras de seguridad registraban en cada piso.
- Primer inconveniente –me dijo Petrus al oído-. Cámaras de circuito cerrado.
- ¡Buenos días, caballeros! –nos saludó con simpatía la mujer, una muchacha algo entrada en kilos que le veía algo familiar, pero por el momento se me escapaba -. Soy Rosario. Acompáñenme que los llevo a ver la oficina.
Debimos esperar unos tres o cuatro minutos a que llegara a planta baja uno de los viejos ascensores, junto con algunos hombres vestidos de traje y algunas mujeres elegantes.
- Segundo inconveniente –me apuntó al oído Petrus-. No debemos usar los ascensores, son demasiado lentos.
- Mayormente –nos explicó la de la inmobiliaria como para romper el hielo-. En el edificio hay estudios contables y agentes de comercio exterior, aunque algunos estudios jurídicos también hay… ¿Ustedes a que se dedican?
- ¡Arte! –dije yo.
- ¡Escribanía! –respondió al mismo tiempo, Petrus…
La mujer nos miró a ambos un poco extrañada y a su vez, ambos nos miramos entre sí lanzándonos rayos invisibles por los ojos. Finalmente, Petrus, se volvió a ella con una sonrisa cordial y le dijo:
- Es que para nosotros la escribanía es un arte…
La mujer continuó mirándonos un poco más.
- ¿No… los conozco yo a ustedes? –preguntó frunciendo su ceño.
Yo de inmediato me baje el sobrero para que me cubriera los ojos y comencé a toser para disimular. Petrus esquivó un poco su mirada y se llevó instintivamente una mano a su bigote falso.
- ¡Oh, no, señora! ¿Cómo se le ocurre? ¿De dónde podríamos conocer, dos hombres de negocios como nosotros, a usted?
- Bueno… no sé… Tal vez…
En ese momento llegó el ascensor y subimos a bordo junto con todo el resto del pasaje. La de la inmobiliaria quedó en la otra punta separada de nosotros por unas cinco personas. Luego de un lento viaje, el ascensor se detuvo en el sexto piso y la mujer que estaba con nosotros se bajó desparramando a unos cuantos y haciéndonos señas para que la siguiéramos.
- Verán –nos dijo mientras abría la puerta de la oficina-. Yo creo que este lugar es ideal para ustedes-. Prendió las luces-. Vean el ventanal que da a Av. De Mayo...
- ¿Qué otras dependencias tiene este edificio, señora? –quiso saber Petrus-. Digo, ¿algún lugar donde se puedan guardar cosas? ¿Una caja fuerte? ¿Una Cámara de los tesoros?
- ¿Cámara de los tesoros? –la mujer se quedó mirando a Petrus nuevamente con curiosidad-. ¡¿Está seguro que no lo conozco?! Esa pregunta suya… ¡Cámara de los tesoros, me recuerda a alguien!
Petrus le dio la espalda repentinamente y me hizo una seña con los ojos agrandados por el horror. Levemente me señaló a la gorda con un movimiento de cabeza.
- ¡De Harry Potter, seguramente! –intervine yo dando un paso al frente-. ¡La Cámara de los Tesoros de Gringotts!
La mujer dirigió su rostro hacia mí, de tal modo que me pareció más bien un búho o una lechuza.
- ¡Pacienci! –dijo de pronto la mujer, Rosario… ¡Rosario! - ¡Ese timbre de voz! ¡Ese entusiasmo por las idioteces infantiles! ¡Tiene que ser Pacienci!
- ¡Para un poquito! ¡Qué idioteces infantiles, gorda! –no pude contenerme y le largué señalándola con un dedo-. Si bien es cierto que J. K. Rowlling comenzó Harry Potter como un libro infantil, a medida que sus fans fueron creciendo, sus novelas (y las películas) se fueron haciendo más oscuras, más adultas como quién dice...
Ahora recordaba de dónde me sonaba su rostro. Rosario había sido compañera nuestra en el secundario. Una gorda resentida que no gozaba para nada de buen humor, y siempre se enojaba con nuestras bromas…
- ¡Gorda! –se sobresaltó Rosario y su rostro se volvió rojo por la ira contenida y la humillación sufrida. Creo que cinco años de secundario se le agolparon en la mente y su mirada poco a poco se fue tornando en la de una asesina-. ¡Gorda! ¡Tenés que ser Pacienci! ¡Y vos, el inútil de Pedro Carbajal!¡ Los que me volvieron loca en la secundaria solo por tener unos kilos demás…! ¡Los idiotas que leían Batman en quinto año mientras que los demás andaban apretando por ahí, pero me cargaban a mí porque era gorda! ¡El estúpido que vivía esperando que una nave como la de V apareciera sobre el patio del colegio, pero me cargaba a mí porque era gorda!
- ¡Usted está equivocada, señora Vaca! –dijo Petrus-. ¡Eh, quiero decir, señora Rosario! ¡Má´si! ¡Si somos nosotros gorda! –le gritó ya sin poder contenerse y ambos corrimos al pasillo entre risotadas. Petrus cerró la puerta de la oficina y echó llave, que había quedado del lado de afuera de la cerradura.
- ¡A ver cómo salís de acá, gorda Rosario! -le grité yo y ambos soltamos una carcajada.
- ¡Rápido! ¡A las escaleras! –me gritó Petrus y ambos corrimos entonando las estrofas de: "Señora, vaca; señora, vaca./Hoy le agradezco por todo lo que nos da/Hoy la maestra nos ha enseñado/que su cuerpito se trabaja sin cesar./Y nos da la leche/y el dulce de leche/y la manteca que siempre le pongo al pan/. También el queso que es tan sano/ y un yogurt para mi hermano/Señora vaca usted sabe trabajar" Rosario ya le estaba dando topetazos a la puerta (y hacía temblar todas las paredes del pasillo) mientras gritaba histéricamente a quien la escuchara para que nos atraparan.
Rápidamente ganamos la escalera y comenzamos a bajar los pisos saltando de tres en tres los escalones. En la loca huida perdí el sombrero de mi tío, con lo cual tuve que retroceder varios metros para recuperarlo. Prefería someterme a la furia de Rosario que a la de mi tío Pascuale. No puedo mentirles, me sentí un poco Indiana Jones, al volver por mi sombrero cuando, toda una tribu podría decirse, podía caérseme encima en cualquier momento. Cuando alcancé a Petrus, estábamos en el segundo piso. Mi amigo estaba parado, como petrificado, observando algo apoyado en el marco de la puerta que separaba las escaleras con el pasillo del piso.
- ¡Petrus! ¿Qué pasa? La gorda…
- ¡Vení, Andy! ¡Lo encontré!
Petrus me hizo señas para que me acercase y yo le obedecí. Avancé despacio y más despacio aun me asomé por la puerta que mi amigo sostenía con su espalda. Una gran oficina estaba delante nuestro, cuyas puertas eran de vidrio, y dentro, podía verse una enorme vitrina que iba de piso a techo llena de copas. Allí había cientos de copas de plata, de bronce, de latón, de oro… Altas, bajas, más anchas, más alargadas, hermosas y rebuscadas, simples y feas…
- Una de esas copas es la Copa Sagrada… -me dijo Petrus con lágrimas en sus ojos. El bigotito anchoíta se le había despegado de una mitad por la transpiración de la huida. Se lo arrancó y lo dejó caer al piso-. ¿Te das cuenta, Andy? Una de esas copas es el Grial. Debemos elegir la correcta…
- ¡Cómo en “Indiana Jones y la Última Cruzada”! –dije yo fascinado.
- ¡Si! –asintió Petrus y avanzó un paso-. ¿Pero cuál?
- ¡Esta! –se escuchó el alarido iracundo de Rosario y, para cuando pudimos reaccionar, la vimos volando con los brazos extendidos hacia nosotros. En su rostro estaba dibujada una expresión de irracionalidad y bronca que hacían poner la piel de gallina.
Petrus se movió a tiempo, con un coordinado movimiento de Tai Chi Chuan, disciplina de la cual es profesor, y la gorda siguió de largo por los aires, pegó contra la pared y cayó, para bajar rodando los dos pisos que restaban hasta la planta baja. Petrus y yo subimos corriendo hasta el cuarto piso y ahí llamamos al ascensor. Yo me oculté el sombrero debajo del saco y Petrus se quitó su abrigo negro. Cuando llagamos al hall, había un alboroto en torno a los pies de la escalera. Ya había una ambulancia y mucha gente estaba reunida curioseando. Dos enfermeros se llevaban a Rosario atada a una camilla. Ella gritaba sin cesar: ¡Son elloooos! ¡Mis compañeros del secundario regresaron para atormentarmeeee! ¡Atrapenlooos!
Nosotros nos quedamos observando cómo se la llevaban seguida por la gente que meneaba la cabeza consternada.
- ¡Ves, pibe! –me dijo el encargado-. ¡¿De qué sirve laburar quince horas por día?! Después te agarra un estresazo como a ella ¿y? ¿Qué haces? Al Moyano se la están llevando… Brote sicótico dijo el médico que le dio… Y decí que no se mató. ¡Flor de porrazo se pegó la gorda! Yo largo todo, píbe... Agarro una caña de pescar y me voy a vivir al medio del monte...
Petrus y yo nos fuimos por la salida que da a Hipólito Yrigoyen. El miércoles regresaremos como turistas para hacer la última revisión y ya con un plan más o menos esbozado de cómo hacer para obtener la ansiada copa…
El fin de semana no hubo mucho. Apareció Marcelo en casa. Gladys, por fin lo había liberado.
- ¡No sabés, Andrés! ¡Es una fiera! ¡Nunca conocí una mujer así!
- ¡No, sin lugar a dudas! –le reconocí.
En definitiva, Marcelo, extrañaba el rol y vino a ver si aún había un lugar para él. Sabía que había faltado a la primera regla de la Cofradía: “Nunca dejar una sesión ya sea por una mujer, o por cualquier causa, a menos que se presentara certificado médico por enfermedad o de sepelio por fallecimiento de familiar directo hasta en segundo grado.” Le expliqué que hacía mucho que no nos reuníamos y sobre la pelea que había surgido en nuestro último encuentro, justamente la sesión que él había faltado.
- Una maldición –dijo preocupado-. Con mi ausencia, he provocado una maldición.
- ¿Qué decis?
- Gladys mira una novela del Trece… -me explicó con gesto adusto-. “Herederos” Ahí hay una cofradía también, y cada vez que algunos de sus miembros se manda un moco o los traiciona, desata una maldición… Yo los traicioné a ustedes y desaté la maldición… Se pelearon todos y no jugaron más…
- Interesante punto de vista el tuyo –reconocí luego de meditarlo un poco-. ¿Y cómo podemos resolverlo?
- ¡Con mi sacrificio! –me dijo con la frente bien en alto y comenzó a marcharse-. Convocá a todos para el martes, deberán sacrificarme.
Mañana se verá si estamos en lo cierto o no; si con el sacrificio de Marcelo la maldición se borra…. Pero llegamos al día de hoy. Día gris y espantoso desde temprano, y no lo digo solamente por el clima. Aun con el ánimo indómito, tomé una vez más mi carpeta con el guión y salí a buscar editorial… No solo me empapé y me morí de frío, sino que gasté mis últimos pesos en un café con medialunas para ver si podía entrar en calor y acallar mis tripas al mediodía… Y una vez más me rebotaron y me aconsejaron que me dedicase a cualquier otra cosa, pero no a escribir.
Estoy triste. Mis lágrimas se mezclan con la lluvia pero no pueden lavar mi pesar ni llenar el hueco que esos sádicos editores han dejado en mi alma… Sé que parezco un emo, pero tal es el estado de mi torturado espíritu… Cuando regresaba derrotado, me topé con el señor Popescu y me invitó a tomar unas copitas de tuica para quitarme el frío. Le conté mis pesares y el viejo calvo se quedó pensando un buen rato, observando su copita de cristal tallado.
- Tal vez sea mejorr, Andrres. Quizás sea porr algo que no te quierren aceptarr los escrritos…
- ¿Pero que voy hacer, Señor Popescu?
- Buscate un trabajo, de verrdad…
- Pero yo nací para escribir…
- ¡Ah! Y yo nací parra tocarr doină en los grrandes escenarrios rrumanos y ya me vez: tacando tango en un bolichito de Buenos Airres…
Popescu me convenció. Ya llamé al amigo de tío Pascuale, el de la Biblioteca ¿se acuerdan? Me espera mañana para una entrevista. Volveré al rutinario trabajo de una oficina…
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