martes, 26 de julio de 2011

Domingo 24 de julio de 2011...

                Mi segundo día de trabajo no varió mucho del primero. A las siete de la tarde estaba sentado en mi escritorio, en la misma silla incómoda, sólo que esta vez, me vine algo más preparado, traje mi propia literatura: “Oscura”, la fabulosa segunda parte de “Nocturna”. La plaga vampírica ya está propagada por doquier y ahora aparecieron los Antiguos para desafiar al Amo. Una vez más, el señor Vautur, o el Cuervo Oscuro, apareció en lo alto, asomado a la baranda, clavándome su mirada, siempre con aquel siniestro monóculo, sin decir nada, sin mencionar palabra alguna… Este tipo me pone nervioso. Como sea, después de intentar descifrar otra vez a quién me hacía acordar su rostro, lo mejor fue enfrascarme en la lectura del libro. Definitivamente Fet es mi personaje favorito.
               La noche transcurrió lenta, a pesar de la amena lectura. Cuando uno debe pasar doce horas sentado en un mismo lugar, sin hacer nada, sin la distracción de la charla amigable de una compañía, las horas parecen no avanzar y el sueño acecha vilmente esperando una oportunidad para dejarlo a uno fuera de combate. Cada diez minutos cabeceaba, y el mismo movimiento me despertaba, y cuando alzaba la vista, allí estaba él, presencia sempiterna, inmutable, macabramente silenciosa, maléficamente vigilante… Y una vez más acudieron a mi memoria los viejos versos de Poe: “Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido…”
                Al principio, cuando le sostenía la mirada un poco, se retiraba hacia las sombras dando un paso hacia atrás. Ahora ya no parecía importunarle eso, y me la sostenía clavándome sus oscuros ojos con fuerza hipnótica. Intenté nuevamente el recurso de ir a buscar café, de ir a calentarme un caldo, de ir al baño (varias veces), pero nada parecía apartar a Vautur de su propósito y a mí de calmarme un poco. De pronto me di cuenta que continuar avanzando en el relato de Guillermo del Toro, no era conveniente, por lo menos no en esa noche. Para cuando el reloj dio las siete de la mañana, yo era un manojo de nervios. Por supuesto, el señor Vautur no bajó a despedirme, continuó desde su puesto de vigía mirándome, mirándome. Atinó, por lo menos, a alzar su mano a modo de saludo. Fue un alivio verme en la vereda, a la luz naciente del nuevo día.
                       Sin embargo no fue lo único que me pasó el día de hoy.
                Poco después de las dos de la tarde, me despertó Marcelo. Cuando abrí los ojos, tras los sacudones de mi hermana (creí escuchar como en un estado de duermevela que ella me decía algo así: “¡Despertate que te vino a ver este infeliz! Si seguís trayendo a los vagos de tus amigos aca…!”, pero no puedo asegurar que haya sido la realidad o un sueño) descubrí la figura acongojada de Marcelo,  sentada en el borde de la cama. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro algo hinchado, como si hubiese estado llorando, y la expresión que llevaba era la de un condenado a muerte, prácticamente.
                - ¿Qué haces, Marcelo? ¿Qué pasó? –el solo hecho de escuchar mi voz lo hizo derrumbarse y se deshizo en un llanto lastimero, cargado de un dolor pocas veces visto en un hombre.
                - ¡No sabés de lo que te salvaste, Andresito! –me dijo con la voz ahogada de tanto llorar-. ¡Gladys! ¡Gladys! –exclamó luego con los ojos bien abiertos y pareció que era un actor shakespereano interpretando un fragmento de Hamlet.
                - ¿Qué pasó con Gladys? –lo interrogué preocupado. Por su tono uno podía creer que una tragedia se había desatado.
                - Hoy me enteré algo de ella… -me dijo sin abandonar su dramatismo-. Algo de lo que nunca me hubiera imaginado…
                - ¡¿Qué?!
                - Gladys, no es Gladys… Es Mario Alberto –me dijo y sus hombros y su rostro se derrumbaron con abatimiento-. ¡Un hombre! ¡¿Te das cuenta?! ¡Me enamoré de un hombre!
                - ¡Huy! ¡Qué lindo! –dijo mi hermana con ternura asomándose por la puerta de mi cuarto-. ¡Me encanta que los gay declaren su amor así a los cuatro vientos!
                - No si yo… no soy… -Marcelo intentó explicarle, pero mi hermana ya había desaparecido.
                - No te calentés por mi hermana, Marce… Pero, ¿vos en serio no sabías que Gladys era un trava?
                Marcelo alzó la cabeza como si fuera una antena parabólica que hubiera captado una señal insólita y me miró con ojos sorprendidos. Acto seguido se limpió las lágrimas con el puño de su campera.
                - ¡¿Vos lo sabías?! ¡¿Vos sabías que era travesti y no me dijiste nada?!
                - ¡Claro, si es más obvio! Yo pensé que sabías y no te importaba…
                - ¡No me importaba! ¡No me importaba! –Marcelo se puso de pie y dio un par de vueltas-. ¡¿No me importaba?! –volvió a decirme mirándome furioso.
                - Bueno, perdóname, Marce… Es que era tan obvio que creí…
                - ¡Mario Alberto, le pusieron sus padres! –me interrumpió mirándome como alienado-. Su padre le puso así porque la mamá lo dio a luz en el momento en que Mario Alberto Kempes metía el segundo gol en la final a los holandeses… Me dijo que el padre soñaba con que fuera igual a Kempes… Bueno en algo salió igual… el pelo largo…
                - Disculpá, Marce… Yo no sé qué decirte…
                - ¡Dejá! ¡Dejá! No me digas nada… total si no me dijiste lo que tenías que decirme cuando debías decírmelo… ¡Ahora para qué!
                Marcelo salió corriendo de la habitación sollozando. Desde el comedor me llegó el grito de mi hermana: “¡Andate, mejor! ¡En esta casa no queremos maricas!”
                Por suerte, algo bueno me deparaba la jornada. Un regalito antes de salir a trabajar. Me llamó Mariela (una vez más fue una suerte que justo yo estuviera junto al teléfono para poder atender antes que lo hicieran o mi hermana o mi madre). Quería saber cómo me había ido en el nuevo trabajo y de paso hacerme saber que no había problema, que comprendía perfectamente que teníamos que postergar nuestro encuentro por el trabajo. De todas formas, le hice una invitación:
                - Tengo dos entradas para el estreno de la peli del “Capitán América” ¿qué te parece si te invito?
                - ¿El Capitán América? ¿No es una película para nenes esa?
                - ¡¿Sos loca vos?! ¡El Capitán América es universal, la puede ver cualquiera, además habla sobre los horrores de la Segunda Guerra!
                - ¡Bueno, dale, vamos a darle una oportunidad! Igual, quizás no veamos nada de la peli…
                - No, si… ¡Tengo excelentes ubicaciones!
                - Bueno ¿a qué hora? –quiso saber Mariela.
                - El 28, a la una de la tarde en el cine de Puerto Madero.
                - ¿A la una de la tarde? –preguntó algo decepcionada.
                - ¿Qué, no podés? ¿Estás ocupada? ¡Mirá que si no le digo a mi amigo Tony, que él nunca tiene nada que hacer…
                - No, no… Puedo… hacerme un hueco… Es que me pareció inusual la hora.
                - Iba a sacar para la noche, pero lo pensé mejor y quería ser de los primeros en verla… ¡Fue una suerte porque las entradas las saqué hace un mes! ¡Ahora trabajo de noche, no iba a poder ir si no las hubiera sacado para este horario!
                Nos despedimos y yo salí para mi trabajo con una gran sonrisa. No me preocupaba tener que  encontrarme con el loco de Vautur. No me preocupaba tener que pasar doce horas en vela, en un asiento incomodo, aburrido y solo, buen solo no, con Vautur vigilandome... Solamente me queda un sabor amargo en mi boca… No saber nada de la suerte corrida por mi amigo Petrus.




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