Aquí estoy, una vez más. No ha sido una semana agradable para mí. Aquejado por la gripe y las fiebres (y por el fantasma del enano y su “Cortito”) por un lado, y una profunda depresión por el otro. Si bien desde el miércoles empecé a sentirme mucho mejor, recibí un nuevo mazazo de ese destino artero que se empecina en complicarme la vida. Me llegó el resumen de mis dos tarjetas de crédito. Mil quinientos pesos entre ambos… ¡Chau ultimo sueldito! Revisé como tres veces cada resumen para ver si podía encontrar algún error, algo que pudiera pelearle al banco y me pudiera descontar, pero no… Todo estaba correcto. Fue ahí, en ese momento, en ese miserable instante, en que caí en la cuenta que, de no conseguir vender de forma urgente mis guiones nunca más podría ir a comprar mis comics cada jueves a “Superheroes Comics”; ni pagar las entradas (bastante costosas, por cierto) de exposiciones como la de Star Wars del año pasado, o las que regularmente realiza Ciruelo Cabral, o continuar mi colección de figuras de acción o las de réplicas de objetos de películas…
¡Maldición! Para este mes tenía planeado hacerme con una réplica de “Dardo” la espada que Bilbo le obsequia a Frodo antes de partir hacia Mordor que vendían a muy buen precio en “Mercado Net”… Un ataque de desesperación me sobrevino. Me senté al borde de la cama con el resumen arrugado entre mis manos como si fuera la sentencia de muerte dictada por algún inflexible juez. Me puse de pie, caminé en círculos. Fui hasta la biblioteca, contemplé mis libros; fui a la parte de los comics, los contemplé a ellos… ¿llegaría el momento en que debería venderlos para subsistir? Me llevé ambas manos a mi boca horrorizado. ¿Tendría el valor de hacerlo alguna vez? De pronto me sentí un vil traidor y mi primer reacción fue tomar uno de los dos tomos de “Conan El Cimmerio” editado por Timun Mas para acariciarlo como a un gatito empapado por una lluvia de invierno. Sin embrago, cuando lo fui a tomar el libro comenzó a saltar para intentar impedir que yo lo hiciera. Entonces saltó al piso y comenzó a abrirse y cerrarse por la mitad de sus hojas al tiempo que de él surgía una voz profunda, que enseguida identifiqué como la de Schwarzenegger.
- ¡Aleja tu mano de mí, traidor! –me conminó el libro. Desde su tapa, la ilustración del bárbaro montado en un caballo hecha por Mark Schultz me observaba con una mano en el pomo de su espada envainada-. ¡Piensa en vendernos y después como un mísero Judas quiere lavar su conciencia acariciándonos el lomo!
- ¡Eso, traidor! ¡Aleja tus sucias manos de nosotros! –respondieron a coro todos los libros de mi biblioteca mientras bailoteaban enfurecidos en sus estantes. Con horror vi como el muñeco de Boba Fet alistaba su arma y el de Luke encendía su sable laser. El Batman de la colección Justice League Unlimited se volvió contra un rincón oscuro y me dio la espalda…
- ¡No por favor! –gemí entre sollozos y caí de rodillas implorante-. ¡Tienen razón, fui un estúpido! ¡¿Cómo voy a pensar en venderlos?! ¡Disculpenme!
La puerta de mi habitación se abrió de golpe y la figura retacona de mi madre irrumpió atropelladamente.
- ¡¿Qué tenés, nene?! ¿Te sentís bien?
Algo aturdido y abochornado miré a mí alrededor. Los libros estaban quietos, incluso el de Conan estaba en su lugar. Ninguno de los muñecos parecía haber sacado sus armas y Batman me observaba con la severidad de siempre desde el anaquel. A su lado Superman sonreía haciendo alarde de pectorales.
Miré a mi madre tan ruborizado que si me hubiera visto al espejo en ese momento podría haberme parecido a “Cráneo Rojo” Me puse de pie lentamente, aparentando una calma que no existía (sabía perfectamente qué estaba pasando: ¡yo estaba alucinando cosas!) le sonreí subrepticiamente y le dije:
- ¡Está todo bien, mamá! Sólo estaba repasando unas líneas de Hamlet, me anoté en un curso de teatro y estaba ensayando.
- ¡Ay, nene, avisá por lo menos, sabés el susto que nos pegamos tu hermana y yo!
- ¡Por mí no hablés, mamá, eh! –nos llegó la delicada voz de mi hermana en su faceta iracunda desde el living-. Si ese tarambana va estar así de molesto todos los días mejor que se vaya a trabajar de cualquier cosa. ¡De cartonero que vaya, pero a mí que no joda!
Mi mamá abandonó la habitación tras estamparme un sonoro beso en la frente y cerró la puerta.
- No lo jorobes, a tu hermano… No ves que está mal –la escuché decirle a mi hermana-. Andá a saber si encuentra trabajo el pobre… Encima está ilusionado en que le van a pagar por esas cosas que escribe…
Fue ahí que en mi habitación se hizo presente un tipo, muy parecido a mí, yo diría que igualito, excepto por sus modos, su peinado y su ropa. Estaba peinado con gel, hacia atrás, desganado, como si la vida le hubiera pasado por encima: las manos dentro de los bolsillos del pantalón; los hombros caídos, espalda algo encorvada; el rostro limpio de vellosidad, excepto en el bigote, que tenía uno tupido. Sus ojos estaban algo sombreados por ojeras, producto de preocupaciones, algunas patas de gallo le agrietaban los extremos de los ojos. Vestía un traje de color gris apagado y su andar era cansino. Dio una vuelta por la habitación, miró mis cosas con aire ausente y me miró a mí con gesto un poco más severo y me dijo:
- ¿Te estás lamentando? ¿Vos no te prometiste algo hace poco más de veinte días? –hizo un ademán con la mano como para abarcar tanto a los muñecos como a los comics y mis libros-. ¿No podés comprar más las historietas? Mejor. ¿No podes gastarte más la plata en juguetes? Mejor… Mamá tiene razón. ¡¿Qué querés con esos garabatos que escribís?! Buscate un laburo decente, hacete hombre de una vez. ¡Mirame! ¡Acá me ves! Tu futuro…
Lo miré. Miré a mi reflejo del futuro detenidamente y decidí que había llegado el momento de salir a buscar editorial. Fue un rapto de locura en el que quise aferrarme a mis muñecos, a mis comics, a mis libros de fantasía y ciencia ficción, a mi colección de series y dibujos animados, a mis remeras de superhéroes o de películas, a mis zapatillas gastadas…
Mi madre y mi hermana me vieron salir con paso decidido, carpeta bajo el brazo y la frente bien alta.
- ¡Ya van a ver! –les dije deteniéndome unos segundos en la entrada y alzando un dedo índice-. ¡Voy a triunfar con mis guiones! ¡De la Marvel, me van a llamar! ¡De DC! ¡De… de… De Patouruzito, mirá!
Me retiré dejando a ambas mudas y con la boca abierta y me encaminé hacia la parada del colectivo.
Me presenté en Ediciones Flores y pedí hablar con el editor en jefe.
- ¿Tiene cita previa, señor? –me preguntó la recepcionista, una chica de unos veinte años, con unos lentes de marco negro grueso que estaba leyendo un libro de Chomsky y que nunca apartó la vista de él.
La miré como para fulminarla con la mirada (¡decí que no tengo el poder de Cyclops que sino!). “Ma´que tiene ni tiene, ni señor. ¡¿No ves que soy apenitas unos años mayor que vos, nada más?!”, pensé mientras le decía con una voz muy amable: “No, mirá querida, no tengo cita previa, pero decile si puede recibirme que se va a sorprender con el guión que le traigo”.
Recién ahí la mina levantó la cabeza y me recorrió con una mirada de incredulidad y noté una cierta media sonrisa burlona. Levantó el tubo del teléfono con cierto desdén y marcó un interno.
- ¿Señor, Jameson? –preguntó y volvió a mirarme todavía no muy convencida-. Acá hay un señor (¡Y dale con “señor”!) que dice que tiene algo que lo va a sorprender.
El tipo tiene una voz potente y llegué a escuchar su respuesta que, él creyó era solo para la chica.
- ¡Que no me joda! ¿Sabes los boludos que vienen todos los días con el mismo cuento?
La chica me miró y me sonrió un poco menos sínicamente, para intentar parecer amable.
- El señor Jameson (¿Jameson se llamaba el tipo?) está en una reunión importante ahora, dice si sería tan amable de llamar mañana y concretar una entrevista.
- ¡No! ¡No! Y ¡No! –le dije y me crucé de brazos haciendo pucheros (esta táctica debía dar resultado, ante el escándalo iban a preferir hacerme pasar)-. Lo escuché a ese señor… ¿Jameson, dijiste que se llama?
- Si –respondió con la eficiencia de una secretaria recibida en las academias “Pitman”-. J.J. Jameson, se llama.
- ¡¿Me estas jodiendo?! –la imitación de Axel Echeverry cada vez me sale mejor…
- ¡No, señor! ¡No lo estoy jodiendo! Se llama J. J. Jameson.
- ¿John Jonah Jameson, como el de Spiderman?
- No, señor… ¡¿Cómo puede ser tan infantil de pensar eso?! Se llama: Juan José, porque su padre era fanático del cineasta Juan José Saer… -me respondió disgustada y concluyó su respuesta con el clásico gesto de morderse el labio inferior como diciendo: “Que hambre que tenes” - ¡Bueno sea J.J. Jameson; o J. J. López, yo no pienso moverme de acá hasta que no me reciba! –comencé a gritar mientras golpeaba el piso violentamente con el pie.
Fui sacado del edificio por dos sujetos que eran seguridad privada del lugar. Me alzaron en vilo y me arrojaron a la vereda. Tanta mala suerte tuve que caí sobre alguien y lo derribé. En un principio creí que se trataba de un nene, pero su voz… su voz aguda… esa voz que recordaba a Bonavena me dijeron otra cosa.
Nos pusimos de pie al mismo tiempo, yo lo miré mientras recogía mi carpeta… Ese fue mi error. Delante de mí tenía nada más ni nada menos que a Tom, el ex de Mariela. ¿De todos los enanos del mundo, justo debía pasar este cuando yo fui arrojado por los aires? El enano en un primer momento me miró sin reconocerme, pero al instante su rostro se transfiguró y me señaló con su manito rechoncha.
- ¡¿Tú?! ¡Tú! –la voz de pito se aflautó más, al punto que casi ni le sale-. ¡Me seguiste para atacarme a traición, cobarde!
- No… Yo… El señor J. J. Jameson…
- ¡Ah! ¡¿Encima me tomás el pelo?!
- No… en seri…
El enano se lanzó contra mí con una doble patada voladora directa al pecho que me arrojó contra la puerta de roble del edificio, pegué con la espalda y caí sin aire. Tom, muy hábilmente, primero me hizo piquete de ojos y luego se acomodó por detrás para aplicar una toma manubrio que me partió la espalda. Menos mal que había un policía y me lo sacó de encima…
La cosa terminó en la Comisaría Primera de la calle Lavallle, con intervención de Crónica Tv. Seguramente habrán visto la placa roja el día de hoy. “Pibe parecido a Cabré es atacado por enano porno star”.
Acá estoy ahora abatido, envuelto en los negros nubarrones de la depresión. Mariela se enteró (vía Crónica Tv, claro) que una vez más su ex y yo habíamos reñido. Mi primer día en buscar Editorial un fracaso. Mi vida personal, un fracaso… Encima de todo la semana que viene vence la tarjeta… Los dejo, amigos, voy a intentar paliar la depre con unos cuantos capítulos de Robotech.
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