Como quedé con mi amigo Petrus, ayer a las 22 horas me encontré con él. ¿Qué puedo decir de este encuentro? No puedo decir que fue extraño, o sí, pero resulta que todos los encuentros con Petrus son raros, mucho más si tomamos en cuenta que la mayoría de estos encuentros se dan en lugares un poco peculiares... Me he reunido con él, en otras occiones, en el puesto de galletitas para animales que está junto a la jaula de los monos araña en el Zoo Porteño; en la butaca 32 y 33 del Planetario durante una función llamada: "Nuestra casita galactica", que enseñaba lo que era la Vía Láctea a chicos de jardín de infantes, no, perdón de preescolar; también me reuní una vez con él en un cine porno del Bajo Flores donde proyectaban una pelicula de los años `70 y cuyo cuatro únicos espectadores eran dos indigentes que usaban el cine para refugiarse de la noche y nosotros dos... En fin. Ayer como bien saben, fue en el exclusivo baño publico de la Terminal de Omnibus de Retiro.
Llegué a las 22 horas en punto. En el baño había dos personas: un tipo en camiseta que se estaba lavando las axilas y un gordo que jugaba con las bolitas de naftalina en un mingitorio. Recorrí el lugar con la mirada tratando de ubicar a mi amigo y luego miré a los dos individuos. El que se estaba lavando me sonrió:
- ¡Me estoy enjuagando un poco las partes, vio, son unas cuantas horas hasta Formosa!
El gordo terminó de hacer sus cosas, me miró con cara de pocos amigos mientras se subía el cierre, y procedió a lavarse las manos. Yo me disponía a retirarme pues no veía a Petrus, cuando una de las puertitas de los excusados se abrió apenas unos milímetros y la figura de mi amigo entre sombras me indicó que hiciera silencio llevándose un dedo a la boca, emulando a la clásica fotografía de la enfermera de los hospitales, y señalándome a los dos individuos con una mirada fugaz. Hecho esto retornó a las sombras y cerró la puerta. Para hacer tiempo, simulé orinar en uno de los mingitorios silbando la melodía que la banda de Figrin D'an de la Cantina de Mos Eisley tocaba cuando Luke y Obi Wan fueron a contratar a Han Solo. El gordo me miró desconfiado y se paresuró en secarse. Antes de retirarse se volvió hacia mi y me dijo:
- Conozco a los de su calaña, señor. ¡¿Cree que no me di cuenta que está haciendo?! ¿Usted es de esos maricones mirones , no?
- No, jefe, nada que ver... Yo estoy espe...
- ¿Y por qué hace que orina y no orina?
- Es que tengo cistitis… -fue lo primero que se me ocurrió pero mi cara se tornó roja como la capa de Superman.
El gordo se marchó no sin antes dedicarme una mirada fulminante. El que se acicalaba se apresuró a terminar y se marchó, por las dudas. Tan apurado se fue que se dejó su toalla con el escudo del club River Plate junto a la pileta.
Recién cuando trascurrió un minuto en que el baño quedó libre de sujetos indebidos, mi amigo Petrus salió del excusado.
Vestía un largo sobretodo negro, pantalones de gabardina y botas militares. Se lo veía un tanto ojeroso, pero sus ojos, como siempre transmitían, a pesar de todas sus extravagancias, una serenidad inusual. Se dio el lujo de sonreírme cuando me saludó al estilo "vulcano", es decir, alzando su mano derecha, exhibiendo la palma, con el dedo pulgar extendido por un lado, el índice y el mayor juntos por otro y más separados, pero también pegados, el anular y el meñique.
- ¡Larga vida y prosperidad! –me saludó-. Sabía que podía contar con vos.
-La Fuerza este contigo –le respondí yo, para no ser menos-. Sabés que siempre que me necesités voy a estar.
- Es lógico…
- ¿Qué anda pasando?
- Lo encontré, Andy… Lo encontré… -me dijo enigmáticamente.
- ¿Lo encontraste? –pregunté y tragué saliva. Había muchas cosas que Petrus estaba buscando a saber: Los restos del arca de Noé; la lanza con que Longinos clavó a Jesús; evidencia extraterrestre; probar que el Bhagavad Gita, en realidad fue una batalla entre facciones aliens; evidencia de que los Templarios habitaron la Argentina; y esto lo lleva a la búsqueda del Grial… -¿Qué, exactamente encontraste?
- ¡La copa sagrada! ¡El Grial, Andy! ¿Podés creerlo?
- La verdad, no…
Tuve malas experiencias por llevarle el apunte a Petrus en sus búsquedas. Una vez me convenció porque estaba completamente seguro que en el Centro Bhaktivedanta de Buenos Aires se escondía la prueba fundamental de su teoría del enfrentamiento extraterrestre narrado en el Bhagavad Gita. Lo único que obtuvimos fue una paliza por parte de diez pelados con túnicas naranjas mientras nos entonaban "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare". En otra oportunidad, me convenció de ir, durante las vacaciones, al sur, más exactamente a la ciudad de Telsen, en Chubut, dónde según él, había un emplazamiento templario, un fuerte, para ser más exactos. Al no poder recabar información de ningún tipo, increpó al intendente del lugar llamándolo cretino y acusándolo de "tapar la verdad que los oscuros quieren ocultar"… Los diez días de vacaciones que nos quedaban la pasamos en un frío calabozo de la comisaría local. Claro, intentó convencerme de ir al Monte Ararat a buscar el arca, pero me negué rotundamente… El disponible de mi tarjeta de crédito no me alcanzaba para el viaje…
- ¡Creelo, Andy! –me dijo y comenzó a desabrocharse el sobretodo-. ¡Creelo!. Lo encontré casi de casualidad… ¡Je! Como todos los grandes hallazgos de la humanidad… En un libro de la Biblioteca Nacional. Lo tengo acá.
- ¡¿Te afanaste el libro?! –pregunté alarmado y eché un vistazo instintivo a la puerta de entrada del baño.
- Nooo… Sólo arranqué las páginas que necesitaba… las tengo acá, dentro del pantalón.
Se llevó la mano al cierre de su pantalón e intentó bajarse el cierre, pero estaba trabado. Tres veces probó pero fue inútil.
- A ver –dijo con los dientes apretados y haciendo fuerza como si estuviera en una sinchada-. Probá vos, a ver si podés.
- ¿No lo podés sacar por arriba, por la cintura? –observé yo.
- No, pantalones muy ajustados, podría romperse una hoja… dale probá.
Con bastante resignación, me arrodillé delante de él e intenté bajar el cierre de su pantal
Llegué a las 22 horas en punto. En el baño había dos personas: un tipo en camiseta que se estaba lavando las axilas y un gordo que jugaba con las bolitas de naftalina en un mingitorio. Recorrí el lugar con la mirada tratando de ubicar a mi amigo y luego miré a los dos individuos. El que se estaba lavando me sonrió:
- ¡Me estoy enjuagando un poco las partes, vio, son unas cuantas horas hasta Formosa!
El gordo terminó de hacer sus cosas, me miró con cara de pocos amigos mientras se subía el cierre, y procedió a lavarse las manos. Yo me disponía a retirarme pues no veía a Petrus, cuando una de las puertitas de los excusados se abrió apenas unos milímetros y la figura de mi amigo entre sombras me indicó que hiciera silencio llevándose un dedo a la boca, emulando a la clásica fotografía de la enfermera de los hospitales, y señalándome a los dos individuos con una mirada fugaz. Hecho esto retornó a las sombras y cerró la puerta. Para hacer tiempo, simulé orinar en uno de los mingitorios silbando la melodía que la banda de Figrin D'an de la Cantina de Mos Eisley tocaba cuando Luke y Obi Wan fueron a contratar a Han Solo. El gordo me miró desconfiado y se paresuró en secarse. Antes de retirarse se volvió hacia mi y me dijo:
- Conozco a los de su calaña, señor. ¡¿Cree que no me di cuenta que está haciendo?! ¿Usted es de esos maricones mirones , no?
- No, jefe, nada que ver... Yo estoy espe...
- ¿Y por qué hace que orina y no orina?
- Es que tengo cistitis… -fue lo primero que se me ocurrió pero mi cara se tornó roja como la capa de Superman.
El gordo se marchó no sin antes dedicarme una mirada fulminante. El que se acicalaba se apresuró a terminar y se marchó, por las dudas. Tan apurado se fue que se dejó su toalla con el escudo del club River Plate junto a la pileta.
Recién cuando trascurrió un minuto en que el baño quedó libre de sujetos indebidos, mi amigo Petrus salió del excusado.
Vestía un largo sobretodo negro, pantalones de gabardina y botas militares. Se lo veía un tanto ojeroso, pero sus ojos, como siempre transmitían, a pesar de todas sus extravagancias, una serenidad inusual. Se dio el lujo de sonreírme cuando me saludó al estilo "vulcano", es decir, alzando su mano derecha, exhibiendo la palma, con el dedo pulgar extendido por un lado, el índice y el mayor juntos por otro y más separados, pero también pegados, el anular y el meñique.
- ¡Larga vida y prosperidad! –me saludó-. Sabía que podía contar con vos.
-La Fuerza este contigo –le respondí yo, para no ser menos-. Sabés que siempre que me necesités voy a estar.
- Es lógico…
- ¿Qué anda pasando?
- Lo encontré, Andy… Lo encontré… -me dijo enigmáticamente.
- ¿Lo encontraste? –pregunté y tragué saliva. Había muchas cosas que Petrus estaba buscando a saber: Los restos del arca de Noé; la lanza con que Longinos clavó a Jesús; evidencia extraterrestre; probar que el Bhagavad Gita, en realidad fue una batalla entre facciones aliens; evidencia de que los Templarios habitaron la Argentina; y esto lo lleva a la búsqueda del Grial… -¿Qué, exactamente encontraste?
- ¡La copa sagrada! ¡El Grial, Andy! ¿Podés creerlo?
- La verdad, no…
Tuve malas experiencias por llevarle el apunte a Petrus en sus búsquedas. Una vez me convenció porque estaba completamente seguro que en el Centro Bhaktivedanta de Buenos Aires se escondía la prueba fundamental de su teoría del enfrentamiento extraterrestre narrado en el Bhagavad Gita. Lo único que obtuvimos fue una paliza por parte de diez pelados con túnicas naranjas mientras nos entonaban "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare". En otra oportunidad, me convenció de ir, durante las vacaciones, al sur, más exactamente a la ciudad de Telsen, en Chubut, dónde según él, había un emplazamiento templario, un fuerte, para ser más exactos. Al no poder recabar información de ningún tipo, increpó al intendente del lugar llamándolo cretino y acusándolo de "tapar la verdad que los oscuros quieren ocultar"… Los diez días de vacaciones que nos quedaban la pasamos en un frío calabozo de la comisaría local. Claro, intentó convencerme de ir al Monte Ararat a buscar el arca, pero me negué rotundamente… El disponible de mi tarjeta de crédito no me alcanzaba para el viaje…
- ¡Creelo, Andy! –me dijo y comenzó a desabrocharse el sobretodo-. ¡Creelo!. Lo encontré casi de casualidad… ¡Je! Como todos los grandes hallazgos de la humanidad… En un libro de la Biblioteca Nacional. Lo tengo acá.
- ¡¿Te afanaste el libro?! –pregunté alarmado y eché un vistazo instintivo a la puerta de entrada del baño.
- Nooo… Sólo arranqué las páginas que necesitaba… las tengo acá, dentro del pantalón.
Se llevó la mano al cierre de su pantalón e intentó bajarse el cierre, pero estaba trabado. Tres veces probó pero fue inútil.
- A ver –dijo con los dientes apretados y haciendo fuerza como si estuviera en una sinchada-. Probá vos, a ver si podés.
- ¿No lo podés sacar por arriba, por la cintura? –observé yo.
- No, pantalones muy ajustados, podría romperse una hoja… dale probá.
Con bastante resignación, me arrodillé delante de él e intenté bajar el cierre de su pantal
Supe que no era una idea feliz, pero así y todo, accedí a la petición de mi amigo.
- ¡Ajá! –sonó le expresión cargada de un triunfo irrefutable-. ¡Lo sabía!
Ante la puerta del baño el gordo desconfiado de antes, acompañado por un guardia de seguridad de la estación, me señalaba con su dedo acusador.
- ¡Ahí está, agente, ahí está el degenerado! ¡Con las manos en la masa!
- No… se está confundiendo… Lo estaba ayudando a…
El guardia sacó su handie y estaba a punto de contactarse con su superior, o pedir refuerzos policiales tal vez.
Petrus los miró a ambos y le brillaron los ojos de una manera intensa. El brillo sólo duró un segundo. Cada vez que le brillan de esa forma sé que algo está elucubrando, y ese algo generalmente no es bueno.
Metió su mano en el bolsillo derecho y la sacó sosteniendo una bola negra del tamaño de una pelota de ping pong. La arrojó con violencia al piso a una distancia entre nosotros y el gordo con el guardia. La bola al pegar contra el suelo hizo un fogonazo blanco como si fuera un viejo flash de magnesio de las primeras cámaras de foto y, de inmediato, el baño se cubrió de un humo blancuzco y espeso. No sabía dónde estaba parado ni veía nada. De modo que empecé a tantear a ciegas para ver si encontraba a mi amigo hasta que encontré un hombro.
- Petrus ¿Sos vos?
- ¡Ah! -fue la respuesta en la voz desesperada del gordo- ¡Guardia! ¡Guardia! ¡Acá, el degenerado aprovechando la confusión del humo quiere violarme por detrás!
Me alejé de inmediato hasta que, la figura velada de mi amigo Petrus emergió como un fantasma y me hizo señas para que no hiciese ruido. Sentí que me tomó la mano y me dejé guiar por él. Nos metimos en el excusado donde había estado oculto minutos antes, y me hizo pie para que trepara por el techo, donde faltaba la reja del aire acondicionado. Él me siguió detrás. El humo pronto alcanzó los sensores contra incendio y comenzó a sonar una alarma al tiempo que los regadores del cielo raso comenzaron a descargar una lluvia de agua fría. Pudimos oír cómo la gente comenzaba a correr en desorden y a los gritos hacia las salidas de emergencia. Los ductos nos llevaron afuera, al Puente 1, y salimos junto a una parada de colectivos. De ahí abandonamos el edificio por la rampa que sale a Av. Ramos Mejía.
- Curso de ninja –me dijo cuando estuvimos a salvo sentados en un banco de la Plaza San Martín, contemplando desde lo alto el Monumento a los Caídos en Malvinas-. Hay que estar preparado.
Petrus pudo, por fin desabrochar su pantalón y sacar las páginas robadas del libros de la Biblioteca Nacional. Me las enseñó con orgullo.
En ellas se analizaba el poema de Parsifal escrito entre 1150 y 1170 por el trovador alemán Wolfram Eschembach y destacaba que según él, el mítico caballero había traído la copa a nuestro país. "(…) Solo Parsifal, el ángel, por los mares irá con los tres caballeros del número impar, en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo Grial, por el Atlántico Océano un largo viaje realizará hasta las puertas secretas de un silencioso país que Argentum se llama y siempre será", rezaba un pasaje del poema…
A continuación, las páginas mostraban el camino que habría tomado la copa hasta que, finalmente decía: "(…) podrá encontrar a la escondida piedra de la sabiduría ancestral que mencionan los versos de los veinte ancianos, de la isla Blanca y de la estrella Polar. Sobre la montaña del Sol con su triángulo de luz surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armónica antigua que en el Sur está".
- Está clarísimo –afirmó presionando varias veces con su índice derecho sobre la última frase-. Armórica, asi llamaban a América ciertos círculos esotéricos. "Sobre la montaña del Sol con su triángulo de luz…". Montaña, un lugar alto… un edificio… Del sol, con su triángulo de luz… Un faro… ¿Qué edificio alto tiene un faro en la ciudad?
- El Palacio Barolo –respondí…
- Fascinante ¿no?
- Es imposible…
- Si eliminamos lo imposible, lo que nos queda, aunque improbable, debe ser cierto, mi querido amigo… -me respondió parafraseando al Señor Spock, que a su vez citaba a Arthur Conan Doyle en boca de su personaje más famoso: Sherlock Holmes.
No sé cómo me convenció, siempre me convence de sus elucubraciones. ¡Maldita lógica vulcana! Lo cierto es que quedamos en reunirnos el viernes una vez más. Esta vez la cita sería en el mismísimo hall del Barolo. Nos despedimos, él deseándome una vida larga y próspera y yo, que la Fuerza siempre estuviera con él. Había sido una noche dura, estaba cansado así que decidí arriesgarme a gastar mis últimos pesitos en un taxi. Corrí a Libertador y alcé la mano para que parase una camionetita Kangoo que se acercaba como con desgano. Me lancé al asiento trasero y, cuando iba indicar mi destino alcé la vista. En el espejo retrovisor vi dos ojos inyectados en sangre que me observaban furiosos. Bajé un poco más la vista y descubrir que el conductor no era otro que el gordo del baño.
- ¡Usted! –gritó como si hubiera visto al diablo.
No esperé a que la conversación se extendiera, sabía todo lo que ese tipo tenía para decirme. Abrí la puerta corrediza de la Kangoo y me lancé a la calle con el auto en movimiento. El gordo clavó los frenos y un Audi, que venía bastante rápido, por evitar atropellarme, pegó un volantazo y se estampó de costado contra la culata del taxi. Aproveché la confusión para desaparecer corriendo en busca de la calle Florida. No sé porqué, pero creo que esta nueva aventura no va por buen camino.
- ¡Ajá! –sonó le expresión cargada de un triunfo irrefutable-. ¡Lo sabía!
Ante la puerta del baño el gordo desconfiado de antes, acompañado por un guardia de seguridad de la estación, me señalaba con su dedo acusador.
- ¡Ahí está, agente, ahí está el degenerado! ¡Con las manos en la masa!
- No… se está confundiendo… Lo estaba ayudando a…
El guardia sacó su handie y estaba a punto de contactarse con su superior, o pedir refuerzos policiales tal vez.
Petrus los miró a ambos y le brillaron los ojos de una manera intensa. El brillo sólo duró un segundo. Cada vez que le brillan de esa forma sé que algo está elucubrando, y ese algo generalmente no es bueno.
Metió su mano en el bolsillo derecho y la sacó sosteniendo una bola negra del tamaño de una pelota de ping pong. La arrojó con violencia al piso a una distancia entre nosotros y el gordo con el guardia. La bola al pegar contra el suelo hizo un fogonazo blanco como si fuera un viejo flash de magnesio de las primeras cámaras de foto y, de inmediato, el baño se cubrió de un humo blancuzco y espeso. No sabía dónde estaba parado ni veía nada. De modo que empecé a tantear a ciegas para ver si encontraba a mi amigo hasta que encontré un hombro.
- Petrus ¿Sos vos?
- ¡Ah! -fue la respuesta en la voz desesperada del gordo- ¡Guardia! ¡Guardia! ¡Acá, el degenerado aprovechando la confusión del humo quiere violarme por detrás!
Me alejé de inmediato hasta que, la figura velada de mi amigo Petrus emergió como un fantasma y me hizo señas para que no hiciese ruido. Sentí que me tomó la mano y me dejé guiar por él. Nos metimos en el excusado donde había estado oculto minutos antes, y me hizo pie para que trepara por el techo, donde faltaba la reja del aire acondicionado. Él me siguió detrás. El humo pronto alcanzó los sensores contra incendio y comenzó a sonar una alarma al tiempo que los regadores del cielo raso comenzaron a descargar una lluvia de agua fría. Pudimos oír cómo la gente comenzaba a correr en desorden y a los gritos hacia las salidas de emergencia. Los ductos nos llevaron afuera, al Puente 1, y salimos junto a una parada de colectivos. De ahí abandonamos el edificio por la rampa que sale a Av. Ramos Mejía.
- Curso de ninja –me dijo cuando estuvimos a salvo sentados en un banco de la Plaza San Martín, contemplando desde lo alto el Monumento a los Caídos en Malvinas-. Hay que estar preparado.
Petrus pudo, por fin desabrochar su pantalón y sacar las páginas robadas del libros de la Biblioteca Nacional. Me las enseñó con orgullo.
En ellas se analizaba el poema de Parsifal escrito entre 1150 y 1170 por el trovador alemán Wolfram Eschembach y destacaba que según él, el mítico caballero había traído la copa a nuestro país. "(…) Solo Parsifal, el ángel, por los mares irá con los tres caballeros del número impar, en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo Grial, por el Atlántico Océano un largo viaje realizará hasta las puertas secretas de un silencioso país que Argentum se llama y siempre será", rezaba un pasaje del poema…
A continuación, las páginas mostraban el camino que habría tomado la copa hasta que, finalmente decía: "(…) podrá encontrar a la escondida piedra de la sabiduría ancestral que mencionan los versos de los veinte ancianos, de la isla Blanca y de la estrella Polar. Sobre la montaña del Sol con su triángulo de luz surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armónica antigua que en el Sur está".
- Está clarísimo –afirmó presionando varias veces con su índice derecho sobre la última frase-. Armórica, asi llamaban a América ciertos círculos esotéricos. "Sobre la montaña del Sol con su triángulo de luz…". Montaña, un lugar alto… un edificio… Del sol, con su triángulo de luz… Un faro… ¿Qué edificio alto tiene un faro en la ciudad?
- El Palacio Barolo –respondí…
- Fascinante ¿no?
- Es imposible…
- Si eliminamos lo imposible, lo que nos queda, aunque improbable, debe ser cierto, mi querido amigo… -me respondió parafraseando al Señor Spock, que a su vez citaba a Arthur Conan Doyle en boca de su personaje más famoso: Sherlock Holmes.
No sé cómo me convenció, siempre me convence de sus elucubraciones. ¡Maldita lógica vulcana! Lo cierto es que quedamos en reunirnos el viernes una vez más. Esta vez la cita sería en el mismísimo hall del Barolo. Nos despedimos, él deseándome una vida larga y próspera y yo, que la Fuerza siempre estuviera con él. Había sido una noche dura, estaba cansado así que decidí arriesgarme a gastar mis últimos pesitos en un taxi. Corrí a Libertador y alcé la mano para que parase una camionetita Kangoo que se acercaba como con desgano. Me lancé al asiento trasero y, cuando iba indicar mi destino alcé la vista. En el espejo retrovisor vi dos ojos inyectados en sangre que me observaban furiosos. Bajé un poco más la vista y descubrir que el conductor no era otro que el gordo del baño.
- ¡Usted! –gritó como si hubiera visto al diablo.
No esperé a que la conversación se extendiera, sabía todo lo que ese tipo tenía para decirme. Abrí la puerta corrediza de la Kangoo y me lancé a la calle con el auto en movimiento. El gordo clavó los frenos y un Audi, que venía bastante rápido, por evitar atropellarme, pegó un volantazo y se estampó de costado contra la culata del taxi. Aproveché la confusión para desaparecer corriendo en busca de la calle Florida. No sé porqué, pero creo que esta nueva aventura no va por buen camino.
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