Una vez más nos reunimos con la Cofradía. Estuvimos todos esta vez, aunque Marcelo fue el último en llegar, y por un momento creímos que una vez más no iba a venir. Pero llegó. Aproveché el tiempo de espera para poner bien al tanto de las cosas al resto de los miembros. Un rato después, sentimos el ronroneo del motor de su moto, cuando estacionó en la vereda. Unos segundos después ingresaba al departamento de Tony con un andar sereno, la mirada firme y una actitud que estaba más allá de todo, de la resignación, de la entrega, de todo…
Cuando llegó junto a nosotros, nos miró uno a uno y asintió con su cabeza a modo de saludo.
- ¡Caballeros! –dijo-. Terminemos con esto cuanto antes. Yo inicié la maldición, yo la termino. Con mi vida pago mis errores; que mi sangre lave las culpas y los exima a ustedes de toda pena.
Dicho esto, abrió su mochila, sacó su hoja de personaje y se acomodó en su asiento. El resto lo imitó y yo, comencé a desplegar el tríptico que funciona como pantalla para que los jugadores no puedan ver qué es lo que hace el Master.
- ¡Bien, señores! –dije luego de aclararme la garganta un par de veces y encenderme un cigarrillo. Eran momentos de mucha tensión- ¿Están todos de acuerdo con esto?
Claudio, Alan y Pedro asintieron con gravedad. Comprendían que era necesario, pero no por eso lo iban a disfrutar. Un compañero de la vida, un compañero de muchas aventuras, de momentos de felicidad, de momentos de tristeza, de logros y de fracasos, estaba a punto de sacrificarse, estaba a punto de morir a manos de ellos para que, justamente ellos no padecieran la ira divina.
Tony se mostró un poco más animado y soltando una carcajada de gozo absoluto dijo:
- ¡Cómo no voy a estar de acuerdo, papá!
- ¡Bien! –dije omitiendo la intervención de Tony- ¡Comencemos, pues!
Todos se acomodaron en sus asientos, reordenaron sus hojas, movieron los lápices, y algunos agitaron los dados en sus manos sin arrojarlos, como para calentar.
- Después que esa locura diabólica los poseyera –remarqué la palabra locura con un tono molesto mirando directamente a Tony y a Claudio-, todo se calmó inesperadamente y decidieron acampar para analizar el asunto, aunque no pudieron llegar a ninguna conclusión, hasta que regresó Odaesh el Bardo.
- Compañeros –dijo Marcelo en la voz de Odaesh-. Con pesar y vergüenza regreso ante vosotros para postrarme y rogarles me perdonen por mi falta. Os he abandonado en momentos de tribulaciones, cuando el oscuro mal más os acosaba, y con mis actos de cobardía y deslealtad he desatado una maldición que se bate sobre vuestros valerosos espíritus. Ante vosotros me hinco, me entrego para que mi vida sea sacrificada y con mi sangre enmendar este mal. Pero antes, si me lo permitís, quisiera ejecutar por última vez mi laúd y entonaros una endecha que ha compuesto el prestigioso bardo Guillermito Fernández que es muy apta para la ocasión.
Marcelo tomó los dados con una solemnidad nunca antes experimentada por éste, los encerró entre sus dos manos y los agitó brevemente. Los soltó contra la pantalla como si estuviera jugando al Pase Inglés. Los dados repiquetearon contra la mesa, soltando un tintineo y golpearon, por último, en el cartón cubierto por una imagen de un dragón rojo vomitando fuego contra un enano que se cubría con un escudo muralla.
- Odaesh –le dije-. Ejecutás la mejor melodía de tu vida. Tus dedos danzan sobre las cuerdas como guiado por los Dioses. Tu música podría hacer sucumbir de amor a la misma Hanali Celanil…
Marcelo se alegró y poniéndose de pie comenzó a cantar: “Con el corazón en la mano/hoy vengo a tu despedida/te pido que te lo lleves/o quítale aquí la vida/Con el corazón en la mano/hoy vengo a tu despedida/te vas cuando más te quiero/como una desconocida”
En la sala reinó el silencio, cuando terminó de cantar, Marcelo tomó asiento otra vez y nuevamente habló en la voz de Odaesh:
- Ya estoy listo –dijo con serenidad y extendió los brazos como ofreciendo el pecho.
- Has sido fiel compañero, bardo –le dijo Steelstrong el guerrero de Pedro-. Nos será muy duro encontrar un bardo como tú.
- ¡Honras a los de tu gremio, tejedor de historias! –añadió Alathar, el hechicero-. Se contarán historias sobre ti…
- Cuando estuviste desmayado el otro día –intervino el bribón de Tony-. Te bajé los pantalones y te puse en ridículo ante todos…
- ¡Basta ya! –terció el enano y me miró a mí con furia en sus ojos- ¡Saco mi hacha de combate! ¡Tú! ¡Viniste a poner tu vida en nuestras manos para librarnos de tu estupidez! –le dijo luego a Odaesh-. ¡Sea!
Tomó sus dados y los hizo rodar por la mesa.
- Le doy un hachazo –sentenció al mismo tiempo.
El golpe del enano no podía haber sido mejor. Puntuación máxima, tanto en golpe como en daño.
- Mataorcos –le dije-. Desde hoy te comenzarán a llamar “Cercenabardos”. Tu golpe resultó un corte limpió al cuello que separó la cabeza de Odaesh y la hizo volar un par de metros. El cuerpo del bardo, luego de balancearse un poco, terminó desplomado a tus pies.
- ¡Lo escupo! –anunció el enano-. No se si nos habremos librados de la maldición, pero al menos nos libramos de sus estúpidas canciones…
- ¡Qué estúpidas canciones, chabón! –saltó Marcelo enfurecido-. ¡Yo soy un artista!
- ¡Andá, artista! Si tocás la guitarra como si tuvieras muñones en vez de manos –replicó Tony encendiéndose un faso y riéndose de su brillante comparación.
- ¡¿Y vos?! ¡¿Con los cuadros de mierda que haces?!
- ¡Ah! ¿Son cuadros de mierda? –Tony tomó uno de sus cuadros y se lo estampó en la cabeza a Marcelo, quedándole este de collar-. ¡Tomá un cuadro de mierda!
La hecatombe se sucedió una vez más. Todos peleando con todos y yo, como Frodo en la película, en la escena del Concilio cuando apartado a un lado, observaba cómo peleaban todas la razas en el reflejo del anillo, miraba perplejo la cotienda. Al igual que en la peli, en el comedor de Tony se estaban peleando un enano, un elfo, y los humanos…
Tan sobrecogido me sentí que sin pensarlo me puse a gritar histéricamente:
- ¡Yo lo llevaré! ¡Yo lo llevaré!
De pronto todos dejaron de discutir y me miraron sorprendidos.
- ¡Yo llevaré el anillo! ¡Yo lo llevaré! –continué gritando por unos segundos más con los ojos cerrados bien fuerte, hasta que me di cuenta que los insultos habían cesado y todos me estaban mirando.
Cada uno se fue a su casa en silencio… Tal parecía que la maldición no se había terminado con el sacrificio de Odaesh. Prometimos reunirnos el próximo martes para tratar de dilucidar el misterio.
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