¡Hola gente! ¿Están ahí todavía? Hace días que no escribo… Espero que alguno se mantenga firme aun. Tengo la necesidad de seguir contando mis avatares. Mi vida poco a poco va retornando a la normalidad. Bueno eso de normalidad es una forma de decir.
Desde que me liberaron de la casa de Cinthya me pasé los días casi sin levantarme de la cama. Apenas lo hacía para comer o ir al baño, después mis días transcurrían entre la relectura de cómics, maratones y maratones de series, y aquellas películas que me conectaban con momentos de dicha en mi vida. “Killing Joke” de Batman, pieza fundamental en el Universo del “Detective” y obra sublime del genio de Alan Moore, recuerdo que cuando lo leí en su momento había conseguido un muñeco de Colossus de X Men, de goma articulado, 15,5cms. de altura, año 1993 bastante difícil de conseguir; “La Muerte de Superman”, cuando lo leí le gané por primera vez a Claudio una partida de “Magic”, hasta ese día me había ganado siempre, varias de mis mejores cartas ahora las atesora él, pero ese día le pude arrebatar su preciada “Black Lotus”; vi el capítulo piloto de “X File”, llamado curiosamente “Pilot” donde el Jefe de División Scott Blevins presenta a Dana Scully a un grupo de superiores entre quienes se encuentra un hombre que fuma compulsivamente. Blevins asigna Scully a trabajar con el agente Fox Mulder en los Expedientes X en un intento de desacreditar su trabajo en lo paranormal… Cuando vi este capítulo sucedió algo realmente especial, Lorena me trajo de EEUU (había viajado por el trabajo) el crossover completo de “House of M”, edición TPB, y así podría nombrar cada revista, cada serie y cada película que vi. Todas algo me recordaban, todas me remitían a un día cuya felicidad había sido total… Mirar el pasado idílico para no ver el presente nefasto. Y mi presente no podía estar peor: sin trabajo, con deudas (dos meses que no pago la tarjeta), acabo de ser secuestrado por una vecina sexópata, aún sigo viviendo en casa de mi madre, y no puedo conseguir una relación estable… una relación. ¡Ah, casi olvido contarles algo! Me llamó Mariela. ¿Recuerdan que no pude ir a la cita con ella por estar bajo las garras de Cinthya? Bien, me llamó muy dolida, pues ella se había hecho muchas ilusiones conmigo y creía entender que yo no; además me encontraba bastante inmaduro y extraño, como si no hubiera pasado el tiempo desde que nos conocimos cuando teníamos quince años. Me dijo que había aceptado una oferta de su ex para viajar a Europa, llevarían a Icarus con ellos e intentarían reconstruir la pareja. ¿Pueden ver la tragedia? Vencido por una vez más, y en esta ocasión de manera humillante, por ese enano con voz de pito…
¡Pero se acabó! Esto fue la gota que rebalsó el vaso. Esta mañana me levanté por fin de mi cama, decidido a cambiar, de una vez por todas, mi suerte. Lo primero que hice fue conseguir cajas y, con mucho dolor, embalé todos mis preciados tesoros: muñecos, comics, libros, toda clase de merchandising, los manuales de rol… ¡Todo! ¡Hasta mis remeras con estampas de películas o historietas! ¡Todo! Con una solemnidad que no se ve siquiera en una misa oficiada por el Papa fui guardando cada cosa en sus cajas. De alguna forma parecía algún deudo embalando las pertenencias de algún familiar fallecido… Y tal vez la comparación no es tan errada, pues de alguna forma alguien o algo había muerto: mi pasado.
Estaba decidido, iba a cambiar de una vez por todas, y para hacerlo hay que hacerlo como para dejar de fumar: de golpe. De nada sirve ir bajando la cantidad de cigarrillos fumados, creer que uno puede controlarlo gradualmente. No, al tabaco hay que cortarlo de una, a mi pasado también. Me equivoqué en creer que podría cambiarlo de a poco. Las cajas las apilé en un cuartito que tenemos en la casa para trastos y esas cosas.
Tuve un sentimiento ambiguo cuando miré mi cuarto ahora semivacío. Por un lado, ver las estanterías de la biblioteca, el escritorio, las paredes y otros rincones de mi habitación despobladas de mis cosas, algunas de ellas que me habían acompañado por casi quince años, me producía una tristeza enorme, una angustia tan profunda que sentía como si el corazón se me estuviera resquebrajando en miles de fragmentos… Por un momento tuve el impulso feroz de correr a la sala de trastos, buscar las cajas y colocar todo en su lugar nuevamente, para poder admirarlo y sentirme orgulloso de mi colección. “¡Gollum! ¡Gollum! ¡Mi tesooooroooo!”, escuché en lo profundo de mi mente, la peculiar vocecita que el actor Andy Serkis le diera al personaje en las películas de Peter Jackson. Por otro lado, sentí un gran alivio, como quitarme una pesa de una tonelada de encima de mis hombros. En esta ocasión recordé la siguiente frase del libro “EL Señor de los Anillos“, extrañamente la escuché en mi cabeza relatada por la voz del actor Iam Holm, quien interpretara a Bilbo Baggins en la película:
“Bilbo sacó el sobre y justo en el momento en que lo colocaba junto al reloj, le tembló la mano y el paquete cayó al suelo. Antes que pudiera levantarlo, el mago se agachó, lo recogió y lo puso en su lugar. Un espasmo de rabia cruzó fugazmente otra vez por la cara del hobbit y casi en seguida se transformó en un gesto de alivio y en una risa.
-Bien, ya está -comentó-. Ahora sí, ¡me voy!”
Tras esto me dirigí al living donde mi madre y mi hermana miraban su telenovela favorita. Lo hice vistiendo unos pantalones de vestir que me había comprado para la comunión de una primita y una camisa negra.
- ¡Bueh! –exclamó mi hermana con disgusto al verme-. ¡¿Y este de qué se la da ahora?! ¡¿De hombre serio?!
- ¡¿Nene, vos te sentís bien?! ¿Qué hacés vestido así? ¿Conseguiste trabajo? –quiso saber mi mamá.
- Vieja, desde ahora voy a vestirme así. Voy a necesitar un préstamo, viejita. Para ir a la peluquería, primero; y después para comprarme pilchas nuevas.
- ¡Ah, entonces tenés alguna entrevista por un trabajo! –aventuró mi madre.
- ¡No! –dije- ¡Ningún trabajo por ahora! ¡Quiero cambiar mi look!
- ¡Vos te sentís mal, nene! ¡A mí no me engañás!
- ¡Qué lindo que estás, hermanito! –exclamó de pronto, como si recién me hubiera visto, mi hermana con una sonrisa exultante, pero de inmediato torció la boca en un gesto de congoja y se puso a llorar-. ¡Me hacés acordar cuando se murió el abuelo Antonio, tarado! ¡Estás vestido igual!
- Eh… pero cuando se murió el abuelo Antonio yo tenía trece años y estaba en remera y bermudas porque hacía un calor barbaro… -le recordé.
- ¡Callate, idiota! ¡No me rompás el clima! –fue su dulce respuesta.
Cuando estaba saliendo para la peluquería sucedió algo, inesperado, o no tanto, pero que se me había pasado por alto, que me indicó que probablemente no fuera tan fácil desprenderme de ese pasado al que trataba de huirle. Cuando salí a la vereda una lechuza muy pequeña y graciosa, muy parecida a la scops que Ron Weasley tiene en “Harry Potter” (Pigwidgeon, se llama) me arrojó un sobre casi en la cara.
El sobre era negro y no tenía escrito nada, pero la nota de su interior era clarísima: “No nos hemos olvidado de tu afrenta. La pagarás. COCSO” Estaba clarito quien firmaba la misiva: COCSO: Círculo de Ornitólogos Católicos San Onofre…

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