Parecía que el martes iba a ser un día tranquilo. Estuve con Gonzalo viendo un par de muebles, algunos adornos, además me ofreció un negocio con él. Estuvimos ocupados todo el día y en ningún momento se me cruzó por la cabeza nada referente a cómics, novelas de fantasía, terror, o ciencia ficción, ni de películas o series… Pero no contaba con que llegaría la noche y me encontraría solo en casa de mi madre.
Por primera vez en mucho tiempo estaba solo en la casa. Desde que mi madre y mi hermana se fueron de viaje, pude disfrutar de una paz, de un silencio, reparadores. Sin embargo, ayer, en la quietud de la casa, caí en la cuenta que a esa hora debía estar, en otras circunstancias, en casa de Tony jugando rol…
Intenté no darle bolilla a ese sentimiento que iba creciendo dentro de mí. En un primer momento intenté buscar, por instinto, por puro instinto, o costumbre tal vez –fueron quince años-, busqué con la mirada los implementos que usaba para el juego, pero en cuanto me di cuenta, lo reprimí como si fuera un sacerdote tentado por la carne. ¡Pero la carne es débil! Y el impulso por estar detrás de una pantalla de Dungeon Master, el impulso por sacudir un dado de veinte caras en tu mano para lanzarlo esperando que caiga el número correcto que te permita, perdón, que le permita al personaje, tener éxito en su acción, era tan fuerte, crecía tanto en mi interior que comencé a retorcerme como un poseso tendido en mi cama.
Tuve que comenzar a golpearme. No podía hacer otra cosa. Debí golpearme una y otra vez: en el rostro, en el estómago, en las piernas… ¡Las piernas! ¡Las piernas! ¡Debo conseguir un silicio, como el Albino de “El Código Da Vinci”!
Desesperado comencé a arrojarme contra las paredes, a darme la cabeza contra las puertas… En mi cabeza resonaban las palabras: “Tirada de Salvación”; “Chequeo de pericia”; “Dado de veinte”; “Tirada de Iniciativa”; “Conjuro Cambiar de Plano”; “Clase de Armadura”; “Puntos de Golpe”; “Gnoll, gnomo, No muerto”… Rebotaba contra las paredes y contra los muebles. Por cada vocablo relacionado con el rol me daba un golpe… Hasta que, agotado, me fui a la cama y me quedé dormido. Pero en brazos de Morfeo la cosa, lejos de tranquilizarse, empeoró.
Un sueño afiebrado y alocado me perturbó sin poder escapar de él.
Yo era un paladín y conmigo estaban: Pedro, personificado como Douglas Steelstrong; Alan, caracterizado de Alathar, el hechicero; Claudio, vestido como Rolin Mataorcos; Tony caracterizado como Hawk el bribón; y Marcelo como Odaesh el Bardo.
Avanzábamos por un dungeon muy oscuro, donde las telas de arañas, el moho y el polvo lo cubrían todo. El suelo de roca estaba cubierto por huesos humanos y centenares de calaveras nos miraban con sus cuencas vacías. Mis compañeros de aventura me recriminaban todo el tiempo, algo, no podía entender bien qué, pero sonaban enojados. Yo iba delante, abriendo la marcha sosteniendo en una mano mi espada, y en la otra, por sobre mi cabeza, una antorcha. De pronto, puede entender lo que Tony, en la voz de su bribón, me decía:
- ¡Mal amigo! Vuestros Dioses deberían daros la espalda, pues una acción impía es, dejar a los amigos a la deriva.
- ¡Hawk, tiene razón! ¡¿Acaso habéis olvidado el Sagrado Código?! –intervino Alan apuntándome acusadoramente con su bastón.
- No merecéis llevar aun los símbolos de la Orden –me dijo de forma despectiva el enano con rostro de Claudio.
- ¡Miserable! –rugió Steelstrong. Era curioso ver el rostro de Pedro curtido, con una barba desprolija y un parche en el ojo.
- ¡He de entonar una balada de repudio! –anunció con teatralidad el bardo, que no era otro que Marcelo, con una cabellera larga y negra y enfundado en unas calzas amarillas, una túnica corta azul eléctrico, una capa corta a cuadros rojos y blancos y un sombrero de pico color verde tocado con una pluma. En sus manos tenía el laúd que comenzó a tañer con una melodía triste.
"De fiel corazón creía el pueblo que era
Mas en su interior anidaba un corazón de piedra
Cuando todos su confianza en él depositaban
Pues la sagrada misión de los Dioses él portaba
Con vileza y sin grandeza, por la espalda traicionó
A todos sin importar rango, amistad, o buen honor:
Tolkien, Gygax, Arneson, Weis, Hickman, Eddings y Le Guin…
Pobres Dioses, de mundos creadores, han sufrido el desprecio
De este apostata descarado que hoy la va de serio señor…"
De pronto, el túnel se cortó en una pared de piedra. En otro momento había sido la salida del túnel, pero había sido sellada a cal y canto. Miré detenidamente el muro, pasando la antorcha por toda su superficie y, de pronto, con el calor de la trémula llama, una inscripción apareció de la nada:
“Acá ha llegado su fin el camino para el impío. Condenado a poliédrica muerte él está”
No tenía ni idea qué significaban estas enigmáticas palabras, pero cuando estaba cavilando en eso, algo golpeó en mi yelmo, produciendo un sonido a repiqueteo. En un primer momento creí que se trataba de pedregullo que se desprendía del techo de la cueva, pero no. Los guijarros (o lo que creí que eran guijarros en un primer instante) provenían de detrás… y estaban siendo arrojados por mis compañeros.
Todos con dientes apretados y ceños fruncidos en una mueca de profundo odio se habían colocado en semicírculo y desde una distancia de unos pocos metros, me arrojaban… ¡Dados de veinte caras! Los dados, que tenían el tamaño de pelotas de tenis ahora, sencillamente se les materializaban en las manos y, entonces, me los arrojaban con furia. ¡Estaba siendo lapidado con dados de veinte caras! Intenté protegerme de ellas, pero mis compañeros me las arrojaban muy rápido y todas no podía detener. Algunas logré parar con el escudo, otras pocas las desvié con mi maza, pero una en particular, arrojada por Tony, me dio en medio de la frente y me tumbó.
- ¡Tomá! –gritó con desprecio Hawk cuando me atinó-. ¡La verdad que te mereces que Mariela te haya dejado por un enano!
- ¡Eso! –gritó Claudio-. ¡Para que veas de lo que somos capaces los enanos!
Yo, tirado en el piso no podía reaccionar. En esa posición expuesta, recibí muchos más dadazos y pronto comencé a ser sepultado por ellos. Las piernas ya las tenía cubiertas y aprisionadas, al igual que el brazo de mi escudo. La maza me había volado lejos. Apenas pude apartar un par con la mano libre, mientras gritaba súplicas e intentaba que mis amigos reaccionaran y cesaran en su empeño… Pero un dado volvió a golpearme en medio de la cabeza (que también había perdido el yelmo) y me desmayé. En ese momento me desperté soltando un alarido agudo e incorporándome de un salto.
Estaba en mi cuarto. Con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando frenéticamente, vi como la claridad del nuevo día penetraba por entre las rendijas de la persiana de la ventana de mi cuarto. ¡La maldita pesadilla había sido tan real!
Aun temblando me dirigí al baño a pegarme una ducha. Luego, saqué una baqueta al patio y me puse a tomar mate bajo el solcito de la mañanita primaveral. Estoy mal, muy mal. No sé si podré soportar esto. Creo que debería consultar con un profesional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario