¡Compré una casa! ¡Por fin las cosas parecen estar dando fruto! Aunque del todo encausadas no están. Hay todavía ciertos detalles que ver… Pero he dado un gran paso. ¡Tengo casa propia! ¡Ya no tendré que vivir en casa de mi madre! ¡Ya no tendré que soportar los cambios de humor de mi hermana! ¡Ya no volveré a disfrutar de las milanesas de mi madre o de su leche chocolatada…!
Mejor que deje de pensar en las acciones colaterales.
No me fue difícil, como podrán ver, conseguir la casa. Una búsqueda por Internet me permitió hallarla, ¡y de dueño directo! Se trata de una casita acogedora, pequeña pero confortable en la parte norte del barrio. Dos dormitorios (que uno transformaré en escritorio), living/comedor, cocina, baño, y una piecita en la terraza. Todo está en perfecto estado. Ahora solo me queda amoblarla y decorarla…
Y acá es donde empiezan los problemas…
Creo que estoy sufriendo una especie de síndrome de abstinencia, y cada día se hace más incontrolable. Es como un fuego que nace en mi interior y debo detenerlo como sea. Y la única forma efectiva que he encontrado hasta ahora es pegándome. Sí, pegándome, autocastigándome.
Todo comenzó cuando fui a escriturar.
El destino a uno siempre le está tendiendo trampas, poniéndole zancadillas, de las maneras más insospechadas.
Hace ya varios días que intento dejar de pensar en cómics, series, películas o libros de fantasía y juegos de rol. Intento desde el día en que decidí convertirme en un adulto hecho y derecho, no pensar en nada de eso… Sin embargo es difícil, y desde el momento en que decidí hacerlo parece ser que el mundo conspira para que no logre hacerlo. Cada cosa que hago, cada persona que veo parecen remitirme a algún cómic, alguna película de ciencia ficción, algún libro de fantasía.
El tipo que me vendió la casa es abogado… y ciego. ¿Es culpa mía que el tipo me hiciera pensar una y otra vez en Matt Murdock, Daredevil? No podía dejar de hacerlo y durante toda la hora que estuve con él y su escribano, era mirarlo, escucharlo hablar y pensar en él, en El Hombre sin Miedo. A veces se me mezclaban las imágenes y veía a Ben Afleck personificando al superhéroe ciego, otras veces veía una imagen de él dibujada por Bill Everett, su co-creador, otras veces se me aparecía dibujado al estilo de John Romita Jr… Que me sucediera eso me ponía muy nervioso, y comencé a evitar mirar al abogado, cosa que notó su escribano y, en un momento me llevó a parte y me dijo:
- Estimado, sé que no es agradable contemplar a un no vidente, pero no sea tan obvio… ¡Hasta un ciego se da cuenta que está evitando mirarlo!
Supe ahí, en ese instante, que tenía un problema. El escribano creía que yo reusaba la vista del ciego porque me causaba impresión su ceguera, ni se imaginaba que lo hacía porque el maldito ciego me recordaba a Daredevil, y eso a que hacía como una semana que no consumía nada de ese material.
Nos sentamos nuevamente y, opté por algo que, me surgió casi automáticamente. Cuando me asaltaba de nuevo el impulso de pensar en cómics, cuando las imágenes de los distintos Daredevils: de Bob Brown, Don Heck, Mazuchelli, pugnaban por abrirse paso en mi mente, deslicé la mano derecha en el bolsillo del pantalón y comencé a pellizcarme la pierna. ¡La mágica solución! Ante el dolor, la mente olvidaba remitirme a las imágenes comiqueras. Pero fue una lucha ardua y cada instante, las imágenes llegaban con una fuerza renovada y yo, debía pellizcarme con más fuerza cada vez. Llegó un momento que me dolió mucho y di un salto en mi asiento, con la rodilla golpeé la mesa y la hice saltar justo en el momento en que, el ciego, con una soltura asombrosa, estaba por firmar el boleto de compra/venta. Me miró (bueno, dirigió sus ojos tras sus gafas negras hacia mí y frunció el ceño.
- ¿Se siente, usted, bien? –me preguntó Matt Murd… eh, digo el abogado.
Yo estaba sudando, y mi cabello corto lo tenía alborotado de tanto refregarme la cabeza con las manos.
- Perdoneme, la ansiedad por la transacción –respondí algo balbuceante-. No todos los días uno se puede comprar una casita. ¿Podría pasar al baño?
- ¡Claro, hombre!
Me encerré en el baño como si me estuviera persiguiendo Jason o Freddy, o cualquier otro loco asesino de adolescentes yanquis. Estaba desesperado. Ya las imágenes me danzaban en mi cabeza como una calesita demencial: Daredevil en traje rojo, Daredevil en el traje amarillo, me daban vuelta y vueltas y yo no pude hacer otra cosa que golpearme un puñetazo en el rostro, y luego una vez más, y otra vez. Me apliqué un uppercut, un directo de derecha, y nuevamente un uppercut, hasta que las imágenes remitieron. Me lavé un poco el rostro, acomodé mi ropa y salí.
- ¿Está bien, hombre? –me preguntó ahora el escribano. Yo ya me sentí bastante más aliviado.
- Si, si, muchas gracias. ¡Prosigamos!
- Extraño –acotó el ciego-. Hubiera jurado que escuché como sonidos de puñetazos, como si alguien le estuviera dando una paliza a otro…
¡Gracias a Dios, puede firmar la escritura y me fui rápidamente de la oficina del abogado siendo dueño de una casa!
El segundo incidente sucedió el domingo. Estaba en una mueblería de diseño –estaba decidido a hacer las cosas bien, por ende mi casa sería amueblada y decorada tal y como un adulto- cuando me topé con un compañero del secuandario que no veía hacía años. Gonzalo Sagardúa. Estaba con su esposa y su pequeño hijito de dos años.
- ¡¿Andrecito?! –me dijo emocionado cuando me reconoció.
- ¿Gonzalo?
Nos fundimos en un abrazo interminable, y no dejábamos de palmearnos los hombros. Bueno, en realidad él era el que hacía eso, y para ser honesto, me dejó bastante dolorido.
Después del interrogatorio de costumbre: ¿Qué es de tu vida? ¿Tus viejos? ¿Te casaste, tenés hijos? ¿En qué andás? Me comentó que se había recibido de arquitecto y cuando se enteró que estaba buscando muebles para mi nueva casa, me dijo:
- ¡Olvidate! Entre Marisa y yo te amoblamos y decoramos la casa… ¡Nos dedicamos a eso!
Marisa era una mujer muy mona y simpática con una larga cabellera rojiza que, de alguna manera me hacía pensar en dos mujeres distintas: La agente federal Dana Scully y Mary Jane, la esposa de Spider Man… La paranoia fue tan grande que, en un momento comencé a ver a mi amigo, en forma alternativa, parecido a Mulder y a Peter Parker. Una vez más el sudor, una sensación de sofoco me asaltó de improviso tanto que tuve que salir corriendo, mientras desabotonaba un botón más de la camisa, me encerré en el baño y comencé a castigarme con mis puños. Esta vez, los golpes al rostro no surtían efecto, de modo que tuve que aplicar un par de piñas al estómago y al hígado. Cuando salí tenía uno de los faldones de la camisa afuera y un hilillo de sangre cayéndome por la comisura derecha del labio.
- ¡¿Qué te pasó, Andrecito?! –quiso saber mi amigo cuando me vio en ese estado.
- Nada, nada… Me caí y me dí la boca contra el inodoro, no te preocupes no es nada.
Al despedirnos, me dijo que cuando terminara de decorar la casa nos íbamos a juntar a cenar para celebrarlo, y me dijo que le avisaría a Miguel, otro compañero del secundario que se seguía viendo aun con él.
Acepté la invitación gustoso, después de todo necesitaba nuevos amigos adultos para mi nueva etapa de adulto. Como Miguel también estaba casado y yo seguía soltero, a Gonzalo se le ocurrió una idea.
- ¡Ese día voy a traer a una chica que conocimos hace poco con Marisa –miró a su señora y le aclaró:- ¡Calandria! ¿Te acordás
- ¡Claro! ¡Calandria! –Marisa me miró a mí con una sonrisa muy tierna-. ¡Es divina! ¡Te va a encantar! ¡Es veterinaria!
Así están las cosas para mí en estos momentos. Casa nueva, amigos nuevos, y por qué no, novia nueva… Mi nueva etapa de adulto no había empezado nada mal, aunque “mi nuevo problema” no me lo haga disfrutar tanto. Pero no les quepa duda y, parafraseando a Román Riquelme: “Pacienci está felí…”


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