Hay cosas que son extrañas… Uno, muchas veces, no alcanza a imaginarse cómo puede virar su vida y qué consecuencias traerán sus actos. Ustedes podrán decir que yo soy un supersticioso o que realmente no estoy en mis cabales. Pero, aguarden a leer la entrada de este día y después juzguen, amigos.
Antes de comenzar a narrarles lo acontecido déjenme contarles que finalmente he ido a la peluquería. Mi cabello algo largo y bastante alborotado y mi barbita descuidada han desaparecido. Ahora llevo un corte sobrio, bastante corto, con un peinado formal y corriente. Al verme al espejo, una vez que regresé a mi casa, me sorprendí. Me pareció no estar mirando mi propio reflejo sino el de algún ser extraño. Ante mis ojos tenía la imagen de un hombre de 30 años normal. Alguna clase de oficinista o esos padres jóvenes que se ven en los shoppings paseando a sus hijos vistiendo camisas y pantalones pinzados. Me toqué el rostro con mis manos, analicé la textura suave de mis mejillas sin vellosidad y luego toqué la superficie fría del espejo como intentando, por el tacto, reconocer algo de mí en aquella imagen. Se me antojó en mi mente una escena de Frankenstein, asombrándose con todo lo que observaba por vez primera.
Pero, en fin, así están las cosas ahora. Todos mis artículos de ñoñerías embalados, mi corte adolescente de cabello ha desaparecido junto con mi look. Pero parece ser que haber hecho este sacrificio fue como haber realizado un ritual de purificación; como si al haber encerrado en la oscuridad interior de aquellas cajas todos mis objetos banales hubiera encerrado también con ellos toda mi mala suerte, todas las trabas que me impedían progresar…
- Es curioso –me indicó un anónimo psicólogo que se identificó del otro lado de la línea como Dr. F (por Freud, me aclaró)-. Por lo que usted me cuenta sugeriría que las cosas no le salían como quería pues de alguna manera usted se negaba a crecer. Síndrome de Peter Pan se da en llamar ¿Me sigue? Bien. Ahora, una vez que usted decide desprenderse de todos esos símbolos que lo anclaban en su niñez o en su temprana adolescencia, las cosas comienzan a encaminarse ¿No? Es porque su mente ha aceptado de una buena vez que ha crecido, que ha madurado.
El Dr. F es uno de los tantos profesionales de la salud mental que lo pueden atender a uno en “Psicólogos Anónimos: La línea caliente del Psicoanálisis”. Habrán visto en la tele, escuchado por radio, o leído en los diarios y revistas sus publicidades. “¿Edipo no resuelto? ¿Complejo de inferioridad? ¿Alguna fobia repentina? ¡Llámenos, lo escuchamos! 0 800 333 PSICO (77426)”. Es muy probable que la apreciación del Dr. F sea correcta. ¿De qué otra manera podría explicar lo que me sucedió entonces? Todo se debía al maldito Peter Pan…
Regresé el lunes a mi casa a eso de las diecinueve horas. Había ido hasta el centro a renovar mi vestuario con el dinero que mi madre me había prestado. Adquirí cuatro camisas, tres pantalones de vestir, un par de zapatos y un saco sport. Entré a mi casa bastante distraído, analizando todavía las palabras que mi analista telefónico me había dicho cuando me detuve en seco y dejé caer las bolsas que llevaba en la mano al ver a las dos personas que se encontraban sentadas en los sillones individuales tomando un café junto con mi madre y mi hermana.
- ¡Hola, Andrés! –me saludó con una alegría jovial Sandra-. ¡Mirá quiénes te vinieron a vistar! ¡Tus compañeros del trabajo! ¿No son simpáticos?
- ¡Qué hacés, Pacienci! –me saludaron a dúo.
Allí estaban ambos, Malsani y Capponi, tomándose un café en el living de mi casa (Malsani le estaba agregando un poco –bastante- de whisky de una petaca que sacó del bolsillo interno de su saco). En todos los años que habíamos sido compañeros, nunca, pero nunca, habían venido a visitarme.
- ¡Che, pero que cambiado estás, Pacienci! –comentó Capponi y ambos se miraron con la típica mirada picarona que se conjugaban siempre que me gastaban-. ¡Ahora si parecés un hombre, nene!
Los dos estallaron en carcajadas, y mi hermana se les unió a los festejos.
- ¿Qué hacen acá? –me salió decirles, no sé si en forma brusca, pero mi tono debió haber sido bastante neutral.
- Tranquilo, pibe que vinimos en son de paz –explicó Malsani y le dio un trago a su café irlandés.
- Esta vez venimos por una cuestión de honor –completó Capponi.
- ¿Qué pasó? .quise saber mientras recogía las bolsas.
- ¿Te acordás del billete de lotería que compramos entre los tres a principio de año? –me preguntó Malsani agregando un poco más de whisky al café que se ve que aún le faltaba un poco para que fuera un auténtico irlandés, o un auténtico Malsani… Yo asentí.
Habíamos comprado ese billete a principio de año para un sorteo que se iba a realizar algún tiempo más adelante, aunque luego me olvidé del mismo.
- Bueno pibe, lo sortearon ayer –anunció Malsani.
- ¡Y ganamos el primer premio! –exclamaron los dos a dúo llenos de júbilo alzando sus brazos y dando saltitos en el asiento, que podían recordar los célebres saltos que Soldán efectuaba cuando un concursante de "Feliz Domingo" lograba abrir el Cofre de la Felicidad.
Se pusieron de pie, me tomaron cada uno de una mano y a su vez ellos se tomaron sus manos libres y comenzaron a hacer una ronda como si fueran niños. Y mientras girábamos (ellos a los saltitos) iban cantando: “¡Ganamos la Grande! ¡Ganamos la Grande!”. De pronto, no sé cómo, vi que al corro se había unido mi hermana que, alegremente seguía uno a uno los festejos de mis dos ex compañeros de oficina.
Cuando se calmaron un poco, obligados por el acceso de tos que tuvo Malsani, Capponi me dijo:
- ¡Nene! ¡Un millón para cada uno nos queda! ¡Tres palitos sacamos!
Malsani, doblado, aferrándose una de las rodillas con su mano y con la otra dándole un trago a la petaquita, asentía feliz con el aliento entrecortado.
- Yo, la verdad, es que me había olvidado del billete –reconocí sincero.
- ¡Pero nosotros no, nene! –dijo Malsani-. ¡El juego es sagrado!¡Si vos pusiste plata para comprar el billete, vos tenés que cobrar tu parte! Nosotros podemos ser pesados, cargosos, molestos, te habremos gastado a más no poder en el laburo, pero el juego es el juego. Y en el fondo te queremos, nene…
- Si, se te extraña en la oficina… añadió Capponi y creí ver como con disimulo se secaba una lágrima- ¡Acá tenés tu cheque, Andrés! –me dijo medio desviando la vista y me extendió el valor-. Tal vez vos nos hayas traído suerte porque nosotros hace treinta años que jugamos el mismo número y nunca lo agarramos hasta ahora.
Se quedaron una media hora más, mi mamá sirvió un vino mistela que una vez le había obsequiado el Padre Francisco y ella siempre reservaba para ocasiones especiales. Mi hermana se mostró muy alegre con la presencia de mis antiguos compañeros y en todo momento festejaba los dichos “graciosos” que ellos dejaban caer. Me contaron que ni bien se enteraron que ganaron renunciaron a la oficina, que entre los dos iban a invertir la mitad del dinero de cada uno para llevar a cabo un negocio que hacía años que querían tener, y la otra mitad se la iban a patinar en Las Vegas y en Montecarlo.
- ¿Y qué negocio van a poner? Si se puede saber ¿No? –sentí real curiosidad.
Ambos se miraron y sonrieron con orgullo.
- ¡Vamos a abrir un Karaoke! “Si lo sabe cante!” le pusimos, en honor al programa de Galan. Si querés ser nuestro socio... ¡Bienvenido!
- No, gracias, tengo mis propios planes... Aunque la oferta es tentadora... Un karaoke...
Por un momento me imaginé con los chicos de la Cofradía interpretando canciones de Linn Minmay o Dancer... O las canciones de los Opening de los dibujos animados. La versión de Spider-Man de The Ramones me salía bastante bien... Pero, no. Esos ya no eran comportamientos del nuevo hombre en que me había convertido: maduro y equilibrado.
Cuando finalmente se fueron, mi hermana se paró con su cara de traste habitual y se encerró en su cuarto.
- ¡Gracias a Dios se fueron estos dos! –gritó mientas se alejaba del living-. ¡Qué imbancables son tus amigos!
Con mi madre nos tomamos una copita más de mistela y brindamos.
- ¿Podés creerlo, viejita? Tengo un palo en el bolsillo.
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