martes, 18 de octubre de 2011

Sábado 15 de Octubre de 2011.

              ¡¿Cómo va, gente?! Una vez más estoy con ustedes. El lunes pasado asistí a mi sesión con la psicóloga… De entrada empezamos mal. La licenciada es muy parecida, yo diría que igual, a Famke Janssen, y no pude evitar pensar en Jean Gray cuando me abrió la puerta del consultorio. ¿Les comenté alguna vez, que Jean Gray es mi amor imposible?



                Me recibió muy amablemente y me hizo sentar en un confortable sillón individual. Ella se sentó junto a mí en el sillón de su escritorio.
                - Bueno… Andrés… Usted me dirá… -me dijo leyendo mi nombre en una carpeta que tenía sobre su falda. Cuando me dijo esto, hizo ondear un poco su cabello rojizo y me sonrió.
                Comencé a transpirar. A mi mente se vino la escena de la película X Men, cuando Wolverine se despierta en la enfermería hacia el final del film.
                - Bueno… en realidad no sé bien por qué estoy acá –dije un poco inseguro-. Verá, últimamente estoy teniendo problemas…
                - ¿Dónde se hizo esas heridas? –me interrumpió señalándome con la lapicera mi rostro-. ¿Tuvo un accidente?
                Negué con la cabeza.
                - ¿Lo asaltaron?
                Volví a negar.
              - Me golpeé yo mismo–respondí y clavé mi vista en mis zapatos. Llegué a ver que en su carpeta anotaba: “Autoflagelación” y luego Delirios religiosos?!!!!
            - ¿Por qué cree que lo ha hecho, Andrés? –quiso saber-. ¿Alguna clase de vocecilla lo incita a hacerlo?
                Noté que tenía cierta expectativa en mi respuesta, tal vez demasiada para mi gusto.
                - No –dije. La doctora estaba anotando esquizofrenia, pero tras mi respuesta lo tachó.
                - ¿Siente usted que debe ser castigado por algo? –me lanzó la nueva pregunta.
                - No creo que sea castigado la palabra exacta –le dije.
                - A ver… Desarrolle ese pensamiento…
                - No sé… No siento que me estoy castigando cuando me golpeo solo es que…
              La doctora volvió a mover su cabeza e hizo danzar sus cabellos con el movimiento. No había dudas, era idéntica a Jean Gray.
                - No sé explicarlo, ¿no pude meterse en mi cabeza? Es su poder ese ¿no?
                Ella se rió.
                - No creo que sea un poder, la psicología es más bien una herramienta, un instrumento, para poder introducirnos en su cabeza sí, pero sólo si usted coopera respondiendo con sinceridad…
                Me di cuenta de inmediato de lo que había dicho, y los retortijones me asaltaron de golpe. Estaba sucediendo de nuevo.
                Disimuladamente deslicé una mano en el bolsillo de mi pantalón y comencé a pellizcarme la pierna, aunque no me servía para nada.
                - Entonces, me decía… -me animó a proseguir la psicóloga.
                - Le decía que si yo fuera Cyclops… ¡Eh, perdón, perdón! –me sequé el sudor de mi rostro con el puño de la camisa-. ¡Este es el problema que tengo! ¡Amo los cómics, las películas de terror y fantasía, los juegos de rol, pero dejé todo! ¡Me prometí no tocar más algo relacionado a ellos, y comportarme como un adulto!
               - Los procesos madurativos a veces suelen ser más lentos dependiendo de la personalidad de cada individuo –me explicó la doctora con su tierna sonrisa-. Me parece una buena idea que haya dejado todas esas cosas que usted se dio cuenta que eran para inmaduros, o niños…
                - El problema es que cuando dejé todo eso, comencé a experimentar algo… Todo lo relaciono con comics, o películas y cuando sucede eso, algo pasa en mi interior… Es como cuando a alguien le falta una droga, una muy poderosa supongo yo… Y la única forma que encontré para contrarrestar  esa sensación es golpeándome.
                - Ya ve usted cómo se van atando cabos –me dijo sonriente la doctora-. Sin mencionarlo, o sin que usted lo advierta, se está castigando por seguir pensando aun en esas cosas que usted relaciona con la inmadurez…
                - ¿Yo dije eso?
                - Así es… ¿Ve cómo la psiquis nos habla desde el inconsciente?
            - Pero… el problema es que yo no pienso que sea de inmaduros… Los demás  son los que lo creen…
                - Bueno, vamos a hacer un test de Rorschach…
          ¿Me lo estaba haciendo a propósito la muy maldita? No obstante sabía de mi problema y me nombraba a Rorschach… Me di dos o tres golpes contra el respaldo del sillón, lo más disimulado posible. ¡Rorschach! De pronto en mi mente apareció una escena de Watchmen: Un tipo de piloto y sombrero con el rostro cubierto por una bolsa de tela manchada, avanza por una sórdida calle de New York. Sobre el cordón de la vereda, a punto de caer a la zanja, se ve un pin de Smile con una gota de sangre…



                - ¿Puedo pasar al baño antes? –le pregunté con la voz casi entrecortada. Me faltaba el aire.
                En el baño, tuve que aplicarme dos o tres piñas para intentar controlar esa maldita cosa que crecía dentro de mí. Cuando salí tenía un poco de sangre en el labio y la oreja la tenía toda colorada de un sopapo que me había aplicado justo ahí. 
                La doctora se horrorizó al verme y se ofreció a limpiarme el labio con agua oxigenada.
                - ¡No puede seguir haciendo esto!
                - No lo puedo evitar…
              - Bueno, dígame que ve acá –tomó la primera de una serie de tarjetas en blanco y negro  y me la exhibió.



                -  El símbolo de los Autobots –respondí, y una vez más los retortijones, y el sudor helado…
                - ¿Y esta? –me dijo mostrándome la segunda de las tarjetas.



                - Esa es fácil, dos enanos de Erebor, el Reino Bajo la Montaña, saludándose chocando sus palmas a lo rapero…
              El fuego comenzó a consumir mis entrañas… necesitaba pegarme. Me removí inquieto en mi asiento y la doctora lo notó.  
                - La tercera –me mostró otra tarjeta.



                - Dos zombis disputándose un cerebro humano…
                No lo pude aguantar y me di un sopapo.
                - ¡No se agreda! ¡Vamos con la otra!



                - Ghostrider, en su moto…
                Otro sopapo, con la otra mano y en la otra mejilla…
                - ¡No se pegue! Una más…
                Así fueron pasando todas las tarjetas y a todas le encontraba una relación con algo de cómics, fantasía, terror, o ciencia ficción… Y mi desesperación fue terrible, y comencé a retorcerme en el sillón, y la ropa se desalineó, y yo estaba sudando frio… Hasta que finalmente me mostró la última:



                - ¡La SDF1! –grité cuando la vi y corrí hacia el baño como un poseso.
                Una vez en ese cuarto blanco, tranquilizador, silencioso y de paz, me castigué como nunca.
             La doctora llamó a la policía. Me sacaron del baño con camisa de fuerza y me derivaron a una clínica psiquiátrica. Oí decir a una de las enfermeras que la doctora les dijo que tenía una crisis de estrés.
                - Pobrecito –decía la enfermera mientras me colocaba otro sedante en el suero-. Estos jovencitos que se quieren llevar la vida por delante. Debe ser de estos jóvenes exitosos que tienen mucha presión en sus trabajos por querer ser siempre los número uno, que les gusta la noche y toda la joda, y debe andar con varias mujeres a la vez… Y después el bocho te pasa factura, claro…
                Me dieron el alta ayer por la tarde. Dicen que estoy bien. Que el pico de estrés pasó y que me vino bien una semana de descanso en la clínica. Yo me siento bien. Esa pastillita rosa que me recetaron es milagrosa. Cuando me levanto a la mañana me tomo una y ya todo deja de preocuparme… La vida es linda, por más que no haya superhéroes…

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