jueves, 6 de octubre de 2011

Jueves 06 de Octubre de 2011.

            Una vez más, pido las debidas disculpas por haberlos abandonado durante tantos días. Es que fueron días intensos para mí. Esto de vivir como un adulto es agotador... Entre Gonzalo y Calandria, no doy abasto. Con Gonzalo (que amablemente me ofreció a participar de sus negocios) estuvimos teniendo una serie de reuniones con gente importante, inversionistas, para lograr que apoyen nuestro poryecto. Bueno, en realidad es de Gonzalo ya que yo no entiendo nada de lo que hablan. Gonzalo me lleva porque dice que soy carismático y simpático con la gente.
                La reunión se llevó a cabo en una lujosa torre de Puerto Madero. Piso 24 vista al río. ¿Les conté que sufro de acrofobia? Ya solo  el hecho de subir los 24 pisos por el ascensor hizo que me apunase, de modo que cuando entramos a la reunión tenía los oídos tapados y me falataba un poco el aire. Para colmo me tocó sentarme pegado al vidrio, de modo que tenía la sensación de estar de espaldas al vací
              -  Estoy encantado de conocerlo, señor Pacienci -me saludó el señor Morris al estrecharme la mano, pero yo le entendí a causa de mis oídos taponados: “Estoy tocando el violonchelo, señor Pacienci”. Por lo cual le respondí que era un instrumento  muy noble para ser ejecutado.
             La reunión fue bastante aburrida, mucho más si le sumamos el hecho de que estaba aterrado mirando a cada instante al vacío que había detrás del vidrio, y que el taponamiento de los oídos no se iba, por lo cual no escuchaba nada y no prestaba mucha atención. A esto tenemos que añadir que  también volvieron los efectos del síndrome de abstinencia.
                Sucedió de pronto, como suele ocurrirme. Gonzalo estaba exponiendo su proyecto, de pie junto a una pizarra magnética y sostenía en su mano derecha un largo puntero blanco. Gonzalo es de vestirse muy formal (bueno, más o menos como yo ahora): camisas a cuadros, chalecos de lana con escote “V”, pantalones pinzados y zapatitos náuticos de nobuk.  Su cabello negro está prolijamente  cortado y se peina con raya al costado y con un jopito. De alguna forma, verlo allí de pie, moviendo el puntero blanco hacia todos lados, me hizo pensar en Matt Murdok, el abogado invidente del barrio newyorquino denominado “The Hell´s Kitchen”, personaje tambien conocido como Dredevil. El efecto se pronunció cuando mi amigo se colocó un par de gafas oscuras, excusandose porque el sol que entraba a raudales por las enormes ventanas le pegaba de frente. Una visión del Hombre sin Miedo, agazapado sobre un saliente de algún antiguo edificio de New York me asaltó la mente. Fue como un fogonazo, un flash de color rojo. Vi el contorno de su cuerpo, su mascara roja y sus pequeños cuernos... Y ahí tuve el primer retorticón. Pegué un saltito en la silla y todos me miraron.



   -   ¿Se siente usted bien? -me preguntó el señor Morris. Pero yo le entendí: “¿Miente usted bien?”      A lo que le respondí:
   -     Y... en el truco me defiendo bastante bien...
                El segundo síntoma me atacó cuando entró la secretaria cargando una bandeja con tazas de café. ¡Era igualita a Diana Prince! Por lo menos a la Diana Prince interpretada por la clásica y hermosa Linda Carter. Me puse rígido en mi asiento cuando, literalmente, la vi comenzar a girar sobre si misma y transformarse en Wonder Woman con su sedoso cabello negro y esos adorables ojos celestes, y su cinturita de avista ceñida por el cinto dorado y ese bombachón tachonado de estrellas....



                Me sobresalté cuando su voz interrumpió mi ensoñación y la descubrí junto a mí ofreciendome una taza de café con su encantadora sonrisa de dientes perlados.
     -    ¿Cafecitooo? -me ofreció, aunque no sonó como Diana Prince sino como Moni Argento.
              Estuve tentado a responderle que yo no tomaba café, que eso era para los amargados, que prefería una Cindor bien helada... pero pude reprimirme y me puse de pie. Sin proponermelo miré por la ventana. La inmensidad del río, la pequeñez de las cosas allá abajo, me hicieron marear, trastabillé y me fui contra la muchacha con tanta mala fortuna que golpeé en la bandeja y le hice derramarse el resto de las tazas de café encima.
                  -   ¡Ahhhhh! -gritó ella de furia y de dolor pues se quemó con el líquido candente-. ¡Imbécil mire lo que me hizo!
                Yo transpiraba, el ardor interior me atacó de súbito. Imágenes de combates entre superhéroes y supervillanos se mezclaban en mi cabeza con escenas de combates de Galáctica. Me desabroché un par de botones de la camisa.
     -   ¡¿El baño?! -pregunté casi histéricamente y salí corriendo hacia donde me habían indicado.
              Ya en la seguridad del baño, encerrado en el compartimiento del inodoro comencé a golperme como de costumbre: un par de cachetazos, algún que otro puñetazo... Pero el efecto esta vez no remitía. Seguían asaltándome imagenes de peliculas, de series, de comics, de libros que había disfrutado... Y el dolor interno era tan intenso que supe, intuí, en ese momento, que si no hacía algo drástico no pararía.
                Lo primero que se me ocurrió fue auto lanzarme por el aire. Con una mano me tomé del cuello de la camisa, y con la otra del cinturón, por la parte de la espalda, tomé envión y me arrojé saliendo despedido del cubículo, derribando la puerta con la cabeza y dándome un hombro y parte de la cara contra la mesada donde estaban las piletas. Sin detenerme comencé a castigarme con todo tipo de autogolpes, y tomas de catch al mejor estilo “El Club de la Pelea”. Mientras me golpeaba me sentía todo un Edward Norton y poco a poco comenzó a remitir ese desgarro interior que me provocaba la abstinencia de todo ese material encantador que antes llenaban mis días.



             La cosa se complicó cuando, preocupados, se llegaron hacia los servicios el Señor Morris y mi amigo Gonzalo. Justo en el momento en que entraron yo me estaba aplicando una llave candando al cuello que me tenía doblegado en el piso.
                - ¿Cómo está señor Pacienci...? -entró preguntando el señor Morris.
                - ¡Andresito! –exclamó mi amigo al verme así enroscado.
        - ¡Estoy bien! ¡Estoy bien! –les respondí incorporándome un poco y dibujando una sonrisa tranquilizadora. Claro, no conté con que mis dientes estaban teñidos de rojo por la sangre que manaba de mi labio superior que me lo había abierto de un autotrompazo, ni con el ojo que comenzaba a hincharse a causa del golpe que me había pegado contra la mesada-. ¡Estoy haciendo unos ejercicios de yoga para relajar un poco!
                El señor Morris lanzó un silbido.
                - ¡Mire que he visto personas a los que una reunión de negocios los estresa, pero como usted!
              - Mire, no -le dije yo-, a mi no me gustan las cosas raras en el pelo. Encima ahora lo tengo corto, pero cuando lo tenía largo nunca me hice trenzas...
                La reunión se postergó para la semana que viene, el señor Morris y los otros inversionistas estaban interesados por el proyecto, pero visto el estado en que yo me encontraba prefirieron esperar.
                Cuando salimos, Gonzalo, visiblemente preocupado, me invitó a dar un paseo por Puerto Madero. Estaba linda la mañana.
                - Decime que te está pasando, Andrés –me dijo de pronto mi amigo. Habíamos caminado un buen trecho en silencio.
                - ¡Nada, Gonza, ya te dije, estaba haciendo yoga! –intenté sonreírle pero el corte del labio me tiró.
                - Soy instructor de yoga, Andrés, y sé perfectamente que ningún ejercicio incluye darse golpes…
                - Es una técnica nueva…
                - ¿Tenés problemas con Calandria?
                - ¡No, por favor! Calandria es un sol.
            Aprovecho para contarles: con Calandria estoy bárbaro. Por fin encontré a una mujer dulce, hermosa, que me quiere… y con la cual puedo mantener relaciones sexuales sin enanos ni nenes mal criados de por medio. ¡Todo es perfecto! Hablamos mucho y ella se interesa por mi vida, por mi pasado… sobre todo desde que le conté que trabajé en la biblioteca. Me hace muchas preguntas acerca de eso.
                - Entonces ¿qué es lo que te pasa? –me preguntó bastante preocupado Gonzalo-. No te veo bien. Estas cosas que haces…
                No respondí. No sabía que decirle, sólo atiné a desviar mi vista hacia el río. ¿Qué iba a decirle? ¿Que en realidad necesitaba flagelarme para reprimir mis impulsos ñoños?
                - Deberías ver a alguien… Yo conozco a una profesional buenísima…
              - ¡Ay, por favor! -la verdad es que ese comentario suyo me cayó muy mal- Te acabo de decir que con Calandria estoy bárbaro! Tenemos muy buen sexo, ¿por qué debería ir con una prostituta? ¿Así resuelven sus problemas, ustedes los adultos? ¿Corriendo de una prostituta para olvidarse de las cosas?
                - Me estaba refiriendo a una psicóloga, Andrés. Yo tengo una analista buenísima.
                Sentí como me puse colorado de inmediato, por suerte los moretones impidieron que Gonzalo se diera cuenta.
                - ¡Je! ¡Claro, una psicóloga! Lo sabía… Bueeno, si querés pásame el número…
                Al día siguiente, Gonzalo me pasó el número. Ya llamé, tengo turno para el lunes. No sé que va a resultar de todo eso, pero estuve pensando más tranquilo en casa, y puede que una psicóloga sea la solución. Tal vez ella me pueda ayudar a superar este problemita que tengo con mi antigua personalidad.  

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