jueves, 27 de octubre de 2011

Martes 18 de Octubre de 2011.

                   Pasó algo extraño.  Bueno, varias cosas extrañas.  Temo por mi salud mental. 
                  En primer lugar, quiero contarles que  estoy preocupado por Calandria. Hace días que no la veo, y sólo me respondió un par de llamados. Me dijo que estaba ocupada en una investigación importante, que ya iba a saber de ella, pero no se... Algo me huele mal. Temo que esté planeando dejarme, o incluso ya esté con algún otro.
                   Pero vayamos a lo extraño, porque que me deje una chica no tiene nada de extraño...
               El otro día encontré restos de comida en mi placard. Hallé las cascaras de dos mandarinas, el envoltorio de una barrita de cereal, y un vaso con restos de jugo de pomelo exprimido.  Revisé bien la casa, no había entrado nadie. Ninguna puerta ni ventana estaba forzada. Salvo que haya sido la señora de la limpieza, me temo que: o soy sonámbulo y me dedico a cenar dormido dentro del placard, o bien hay alguna clase de fantasma glotón.  Pero para este misterio aun no tengo mucho más que aportar, en cuanto tenga novedades les contaré.
                Lo más extraño me ocurrió hace algunos días atrás. Comenzó con un correo electrónico que recibí:  “Te invitamos al evento y venta anticpada en Blue-Ray de Star Wars La saga completa. ¡Vení con tu familia a disfrutar de la fuerza y podrás sacarte fotos con tus personajes favoritos! ¡Te esperamos! Asistí caracterizado o con algún accesorio de la saga”


                Ni bien leí esto, me atacaron una serie de convulsiones, y en un momento sopesé la idea de salir corriendo a la baulera de alquiler y desempolvar mi viejo traje de Darth Vader y mi sable laser, pero me resistí y pude superar el pequeño trance. Si bien pude retomar mis actividades, la sombra de aquel anuncio me siguió a todos lados y en todas las actividades que emprendía, hasta que llegó el día.
                No sé cómo sucedió, todo es muy confuso y sólo tengo recuerdos fragmentados, como flashes de una pesadilla que uno intenta olvidar pero igual persisten.
                Lo último que recuerdo de una forma contundente es que estaba con Gonzalo teniendo una reunión con el señor Morris, cuando miré el reloj y vi que estaban marcando las cinco y media de la tarde. 
             El próximo recuerdo ya es borroso, y se presenta como de una manera muy vertiginosa y fugaz, pero siento como si fuera el recuerdo de otra persona y no el mío: el salón de ventas de la librería Yeni El Ateneo de Av. Santa Fe y Riobamba, atestado de libros y de gente, con el lujo y ese aire distinguido que caracteriza al local donde otrora funcionara un cine. La visión es rara, algo ahumada y a mi alrededor se ve negro, como si en realidad estuviera espiando a través de dos pequeños agujeros, en algún lugar cerrado y oscuro. Entre la gente puedo ver que pasan algunos cabelleros del Sith, algunos Stormtroopers, y un wookiee. Cambia el recuerdo en un nuevo flash: pasa delante de ese lugar desde el cual espío un soldado imperial, me mira (¿me habría descubierto? ¿Estaba yo oculto?) El soldado me saluda con la venia. Nuevo recuerdo. Los acordes de la banda de sonido oficial de Star Wars comienza a sonar. Tres Jedis y un soldado rebelde emergen de un ascensor. Siento que desde mi puesto de observación (o mejor dicho desde el puesto de observación de vaya a saber uno quién, por en realidad es como si yo estuviera mirando a través de los ojos de otro, como cuando Roland se mete en los cuerpos de los demás en “The Dark Tower”) veo como la gente se enloquece y todos quieren sacarse fotos. Me siento colérico, no de golpe, no. La cólera va in crescendo de a poco, lentamente como el mercurio de un termómetro, hasta que llega a lo más alto y estalla. Presiono un botón y una luz rojiza se enciende al tiempo que se escucha un leve zumbido.  Todos me miran ahora, o miran a mi huésped, y uno de los Jedis se acerca sonriente… Hasta que mi sable laser le golpea en un hombro con bastante violencia. Ahora puedo ver al hombre en cuya cabeza parezco estar. Su figura se refleja en un enorme espejo que posee el local. Es Darth Vader y comienza a realizar fintas con su sable laser rojo provocando al Jedi que, ni lerdo ni perezoso, y ante el agravio, encendió su propio sable laser que se iluminó de azul. “No puedes vencer al Lado Oscuro”. Le dijo mi huésped y atacó con destreza. Pero el Jedi se defendía bien. Unos niños, y otros no tan niños que tenían prendido del pecho un cartelito que los identificaba como miembros del Fan Club oficial de Star Wars en Argentina, lanzaron exclamaciones de aprobación y de inmediato formaron un corro para seguir el duelo. El Jedi con una sonrisa algo estúpida seguía la lucha pero como si se tratase de una coreografía previamente ensayada. Sus movimientos eran lentos y predecibles y era sencillo pararselos o esquivarlos. En cambio mi huésped, comenzó a golpear con fuerza, y si bien el jedi era diestro a la hora de parar, un par de golpes fuertes le entraron al pecho y al rostro. Ahí paró un segundo y la gente cesó de vitorear.  Hubo unos segundos de tenso silencio. La gente de seguridad de la librería se movió intranquila.
                - ¡Pará, loco! –me recriminó el Jedi con cierta tonada santiagueña-. ¡¿Qué no era una demostración para los pibes?!
                - Lo único que voy a demostrarte, Jedi, es que el Camino del Lado Oscuro es mucho más fuerte –respondió mi huésped, y gracias al distorsionador de voz que posee el casco sonó realmente como la amenaza de Vader…



                Atacó de súbito y de forma violenta, tomando desprevenido al Jedi que atinó sólo a alzar los brazos, agachar la cabeza y protegerse como podía. Los sablazos dieron en la espalda, la parte posterior de los muslos, los hombros, la cola y el abdomen. El jedi a cada golpe gritaba con voz chillona: “¡Ay, pará, pará! ¡Me rindo, me rindo! Y esos gritos parecieron enfurecer más a Vader, y arremetió con más fuerza. Los más chiquitos comenzaron a llorar y algunos padres horrorizados se los llevaron a la rastra con una mano  para que no vieran ese espectáculo de violencia, al tiempo que con la otra mano sostenían la cámara o el celular para grabar aquel duelo que no podían dejar de subir a Facebook. Finalmente, el Jedi cayó despatarrado sobre una mesa llena de libros, la mesa de las novedades, desparramando una veintena de ejemplares de “Prendete al Optimismo”, de Sergio Lapegue. En ese momento comenzaron a acercarse dos de los guardias de seguridad, pero mi huésped, los sorprendió atacándolos primero. Uno cayó de rodillas con sus dos manos en la entrepierna al recibir un sablazo en los genitales. El otro recibió un golpe en la cabeza y otro en el cuello dejándolo momentáneamente sin respiración. Quiso intervenir uno de los wookiees pero Darth Vader haciendo acopio de la Fuerza (en realidad se agachó para levantarlo y luego arrojarlo) le lanzó uno de los libros de Lape que, golpearon en el medio de la frente y, al estar parados sobre una especie de zancos para lograr la altura de un oriundo del planeta Valmori, perdió el equilibrio de inmediato y cayó sobre otro de los guardias que ya se aprestaba a atraparme. Luego pasó algo confuso: el resto de los jedis, los pilotos rebeldes, Han Solo y el wookiee que quedaba en pie, indignados se lanzaron contra mi huésped, pero también lo hicieron los pilotos del Imperio, los Stormtroopers, los clones, los guardias Imperiales…  Por más que Vader gritaba: “¡Esto es insubordinación! ¡Nadie traiciona al Imperio! ¡Palpatine se enterará!”, la turba enardecida continuó avanzando y, derrumbando una pila de libros cuidadosamente dispuestos en forma cilíndrica “No me iré sin decirte a donde voy”, de Laurent Gounelle, que les retrasó el paso, corrió hacia la salida. Allí los recuerdos se funden a negro y concluyen.
                Lo más extraño de todo esto es que al día siguiente me desperté en la baulera donde he decidido archivar todo mi material nerd. Estaba durmiendo en el piso, vestido con mi traje de Darth Vader que había comprado a través de E Bay. El yelmo no lo tenía puesto, descansaba algún par de metros, pero el sable laser lo tenía bien sujeto y apretado contra mi pecho.
                No tengo idea cómo llegué allí, ni cuándo me había colocado mi gran disfraz. Guardé todo en su lugar y me marché silbando la “Marcha Imperial”.
                 


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