¡Tres décadas! El peso de los años de pronto, con aquel despertar, me cayó encima como si fuera un yunque de diez toneladas. ¡Tres décadas! Definitivamente, ese número fatídico separa a este cumpleaños de todos los que tuve anteriormente.
Casi con un desgano apopléjico salí de la cama, me duché y me lavé los dientes, aprovechando la ocasión para examinar la imagen que me regalaba el espejo. La barba que mantengo estudiadamente crecida, o mejor dicho, recortada de una forma que parezca que es una barba que apenas intentaba asomar, ya presenta algunas hebras blancas, y otras muchas de un color cobrizo entre la negrura del resto, anunciándose como futuras canas. El cabello, que aún lo mantenía bastante intacto, (sin canas ni entradas ni otros espacios libres sospechosos
) conservaba todavía ese corte informal que me había acompañado en mi etapa de juventud rebelde. Apenas sí, podía notar algunas arruguitas junto a los ojos y unas leves líneas en las comisuras de los labios, más producto de mi risa fácil (no porque sea muy divertido sino más bien por una tonta habilidad –o defecto- de esbozar una sonrisa cuando me pongo nervioso). Hoy por primera vez me di cuenta que soy un hombre que se niega a aceptar que ya es grande, que se aferra a esa imagen de adolescente para tapar su realidad, para no ver su situación.
) conservaba todavía ese corte informal que me había acompañado en mi etapa de juventud rebelde. Apenas sí, podía notar algunas arruguitas junto a los ojos y unas leves líneas en las comisuras de los labios, más producto de mi risa fácil (no porque sea muy divertido sino más bien por una tonta habilidad –o defecto- de esbozar una sonrisa cuando me pongo nervioso). Hoy por primera vez me di cuenta que soy un hombre que se niega a aceptar que ya es grande, que se aferra a esa imagen de adolescente para tapar su realidad, para no ver su situación.
Y la situación es la siguiente: un tipo de treinta años, demasiado aficionado a los comics, los libros y las películas de horror, fantasía y ciencia ficción (algunos nos llaman freak, ñoños y nerd, yo me quedo con esta última denominación, no me pregunten por qué, pero me parece la más cool) que regresó a la casa materna al fracasar en la convivencia con una mujer tras cuatro años de relación; que convive con su madre sexagenaria y su hermana con algunos problemas psicológicos; y que tiene un trabajo medio pelo (que no es lo que a él le gusta pero está cómodo).
¡Carajo! Huí del ese espejo endemoniado que me mostró, por primera vez, y con una crueldad casi sádica, la realidad en la que estaba parado. Y fue allí que, mientras me calzaba unos jeans algo gastados, las zapatillas de lona Converse, mi remera favorita con el símbolo de Batman y una campera militar encima, fue allí, en la soledad de mi cuarto en penumbras, bajo la mirada recta y severa de alguno de los superhéroes más poderosos de la Tierra que me custodiaban en poses estáticas desde los anaqueles de mi biblioteca atestada de comics y libros de fantasía, terror y ciencia ficción; fue allí, en ese momento intimo que tiene un hombre consigo mismo mientras repasa mentalmente todo lo que tiene que agarrar antes de abandonar su casa para hacer frente a otro tedioso día de trabajo: “El I pod, el celular (no vaya a faltarnos el celular), el morral que contiene el último libro de Stephen King el que apenas me faltan un par de capítulos para terminar de leerlo, las llaves, la tarjeta magnética para abonar el pasaje del colectivo, los lentes de sol…” fue allí que tomé la decisión. Todo héroe en las novelas o en las historietas tiene ese momento sublime, único, decisivo en que debe escoger el camino a seguir, aquel que lo llevará a la victoria, a la gloria y al crecimiento o aquel que lo llevará a la muerte segura. Frodo Bolsón lo tuvo cuando decidió abandonar a la Comunidad para continuar solo su viaje a las tinieblas. Su fiel compañero, Sam lo tuvo, cuando decidió, a pesar de sus limitaciones y miedos, seguir a su amo Frodo, porque el señor Gandalf le había dicho: “Sam, no dejes que le pase nada a Frodo”. Trancos mismo tuvo su momento cuando debió aceptar de una vez por todas que su destino era el de reinar Gondor y no seguir vagando mugroso por los caminos del Norte. Bruce Wayne, Clark Kent, Peter Parker, Luke Skywalker… ¡Todos debieron tomar la drástica decisión! Y la mía está clarísima: debo convertirme en un adulto, triunfar en lo que me gusta (sueño ser guionista de historietas ¿no les dije?), emanciparme de la casa materna y conseguir una relación estable… Una relación. Ahora que lo pienso, desde que rompí con Lorena no volví a salir con nadie…Abandoné mi habitación con paso decidido, la frente en alto y esa firmeza en la mirada que solo pocas personas, como el Capitán Kirk, pueden mantener aun en los momentos de crisis intergalácticas más agudas.
- ¡Feliz cumpleaños, nene! –la voz surgió de la nada cuando ingresé al living a oscuras y un rostro redondo y blanco como una luna llena emergió de pronto y se acercó al mío con los labios fruncidos en un beso cargado con demasiado fervor y cariño. “¡Muack!” y a continuación una sucesión de tirones de oreja que me dejaron el lóbulo por las rodillas. ¡Cómo envidié a Mr. Fantástico en ese momento!
El paso decidido se transformó en un tropiezo, la firmeza de la mirada se desvaneció y la frente en alto cayó estrepitosamente…
- ¡¿Qué hacés, viejita, a esta hora levantada?!
- Iba al baño, nene. El tránsito lento me está matando, querido.
- ¡Pero, hubieras encendido la luz! ¡¿Me querés matar de un susto?!
- ¡Bueno, che! Una que quiere darle una sorpresa a su nenito por su cumpleaños… -mi mamá me tomó una vez más de los cachetes con ambas manos y me sacudió el rostro como si fuera una alcancía que se niega a entregar la última moneda- ¿Quién iba a decir que el gurrumín de la familia ya llegó a los treinta?!
- Si me seguís saludando de esa manera, voy a terminar festejando en la Unidad Coronaria.
Iba a agregar algo más pero un rugido rompió la quietud de la reciente mañana. Provenía del cuarto de mi hermana.
- ¡Se dejan de joder a esta hora! ¡Quiero dormiiiirrr!
- ¡Ay esta Sandra! –me dijo mi madre sacudiendo la cabeza con una expresión de paciencia en su rostro-. ¡Se va tu hermano! ¡Saludalo por su cumpleaños!
- No, no hace falta, vieja… Después cuando vuelvo del trab…
Pero fue demasiado tarde. La puerta del cuarto de mi hermana se abrió al tiempo que la luz se encendía como si se tratase de una heladera. La menuda figura de mi hermana apareció arrastrando los pies. Un soquete lo llevaba puesto, el otro no. Vestía su pijama de invierno que consiste en un pantalón de jogging todo estirado y gastado, cuya parte trasera le cuelga como si llevara pañales debajo y una remera vieja con una estampa del grupo The Rolling Stones. En su rostro, delimitado por una maraña de cabellos revueltos se producía la amalgama de dos expresiones: sueño y malhumor. Se detuvo ante nosotros, nos miró a cada uno con ojos como ranuras, por el sueño y por su miopía que sin lentes no ve prácticamente nada, y se restregó un ojo.
- ¡Cómo rompen las pelotas, ustedes dos! –nos espetó con una mirada ahora furiosa, de un segundo a otro había desaparecido la soñolencia para dar cabida solo a una expresión de enojo más tirando a odio, y se acercó a mi súbitamente. Lo que hizo que me encogiera un poco de sobresalto, pero cuando llegó su rostro hasta el mío ya esbozaba una amplia sonrisa y me estampó un beso-. ¡Feliz cumple, hermanito! –me dijo alegremente, me palmeó la espalda y regresó a su cuarto cantando el “Feliz, feliz en tu día” imitando la voz de Gaby, Fofó o Miliki, o la de los tres juntos, no sé. ¿Les comenté que tiene algunos problemas psicológicos?
Mi hermana padece, según su psiquiatra, Trastorno Bipolar. Según la profesional, un desequilibrio bioquímico del cerebro produce este trastorno y puede hacer que mi hermana cambie de humor en segundos. Pasa de la risa al llanto, del enojo a la alegría, de la irritabilidad más frágil a la armonía casi zen…
En fin, así dejé mi casa rumbo al trabajo, con la promesa de mi madre que, cuando regresara me iba a estar esperando con el bizcochuelo con dulce de leche, duraznos y granas que tanto me gusta. Llegué a la parada del colectivo aun saboreando mentalmente mi torta de cumpleaños preferida, me clavé los auriculares de mi I pod y le di play a la lista de reproducción que había preparado para hoy: La banda de sonido de Star Wars completa. Va ser difícil llevar a cabo esta empresa, pero a Luke Skylwalker no le fue sencillo convertirse en Jedi. “Sin esfuerzo no hay recompensa”.
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